viernes, 27 de enero de 2012

Las buenas intenciones y otros cuentos: genealogía de Ángel Zapata




Por Javier Sáez de Ibarra

La reedición del primer libro de relatos de Ángel Zapata: Las buenas intenciones y otros cuentos, (Madrid, Páginas de Espuma, 2011) es un acontecimiento literario que no debería pasar desapercibido. Con el rescate de esta obra originalmente editada hace una década por la Diputación de Córdoba, ahora queda a disposición de muchos lectores y permite examinar la trayectoria de este cuentista ejemplar, conformada con su otro título: La vida ausente, aparecido en la misma editorial madrileña en 2006.

Ángel Zapata es un caso extraordinario; su práctica y su magisterio (tanto en obras de teoría sobre el género -en este libro incluye unas excelentes “Quince notas sobre el cuento”-, como en declaraciones y entrevistas) están influyendo ya en la obra de otros escritores, con los que ha venido a delinear una cierta “escuela” literaria en el cuento español actual de cariz fantástico-surrealista. Escuela o corriente reconocida por las últimas antologías de cuentistas españoles que han aparecido el pasado año a cargo de Fernando Valls (Menoscuarto) y Andrés Neuman (Páginas de Espuma). Además, sus intervenciones y creaciones denotan una particular “ética de la escritura” que podría sintetizarse en unos pocos principios: no reproducir los convencionalismos y modos de organización del pensamiento del orden-desorden establecido (en este sentido, rechazar la novela y el cuento realistas); no ceder a la ocurrencia banal como centro de la creación; evitar una escritura perezosa y deficiente. En consecuencia, negarse a convertirse en un productor de libros, o en un personaje mediático que busca notoriedad. Su obra es breve, de una calidad altísima, y de una coherencia y rigor en su búsqueda estético-espiritual inusuales, más próxima a la de los poetas que a la de los narradores. Uno de los sentidos de este trabajo es tratar de mostrar esto.

Su obra Las buenas intenciones no es sólo cronológicamente anterior a La vida ausente, lo es también en virtud de su estética y de su propuesta intelectual. Este libro no ha podido ser el segundo. Hasta tal punto podemos advertir la evolución de uno a otro, que si llega el tercer libro no podrá ya asemejarse a ninguno de ellos. (Y aquí entiendo que hay dos tipos de escritores, los que trabajan como el cometa y los que forman constelaciones. Estos desarrollan búsquedas diversas cuya ligazón no siempre es explícita; Ángel Zapata, en cambio, se encuadra en los primeros: su trabajo parte de un lugar y avanza según un cierto rigor propio, prometiendo, con el riesgo que esto conlleva, que no habrá regreso.) Esta obra primera nace en una tradición visible, hija de lecturas atentas de los cuentistas de los ‘50, sobre todo de Medardo Fraile -al que ha consagrado un excelente ensayo-, pero también Aldecoa, incluso Cela. Y de humoristas como Jardiel y Mihura. Aunque, bien mirado, esa huella fecunda en él proviene más que de autores determinados, de una cierta forma y recursos acuñados en esa generación que ya deberíamos denominar “clásica”. (Donde deben incluirse además Rodoreda, Matute, Fernández Santos, Martín Gaite y Quiñones.)

Creo que el primer libro, Las buenas intenciones y otros relatos, muestra la herencia de esta generación de la que luego se ha desprendido, ganando una voz más propia si cabe, aunque ya se apuntara aquí. Lo advertimos en ciertos usos del narrador omnisciente de actitud comprensiva, el gusto a veces por el personaje chusco, el juego de diálogos imposibles, la presencia de “los otros” como un colectivo unánime que observa y juzga al protagonista (a menudo en el ámbito rural), la preferencia por la frase sencilla, la palabra exacta, la admisión de un vocabulario no actual, etc. No tengo espacio para demorarme en citas que lo corroboren. Lo interesante, me parece, es la condición de “puente” de la trayectoria de Ángel Zapata (o uno de los puentes), entre los trazos finales de una generación que ha marcado una excelente manera de escribir relatos y el arribo de otra.

Ahora bien, esta presencia del estilo y aun de ciertos contenidos de los Cincuenta, Zapata la utiliza para subvertirlos. Así es porque se trata de una influencia que conoce bien y que acepta con plena conciencia, pero de la que él parte para volverla contra sí misma, al servicio de una intencionalidad absolutamente propia que somete a crítica esos presupuestos. En primer lugar porque ese estilo heredado no lo emplea como un recurso técnico que imitar o proseguir. Si así fuera, hubiera incluido más cuentos en ese libro, habría más libros semejantes. Sino porque conduce esa forma de escribir a unos límites de irrealidad que aquel movimiento se había prohibido dada su doble opción ética-estética por el realismo y la denuncia (la generación de los cincuenta suele denominarse también “social-realista” o del “realismo social”).

Es fácil advertir el uso “insurgente” que hace Zapata de esa estética, por ejemplo, en los textos fantásticos del libro, como el del marinero que sube al palo mayor porque las mollejas que les han servido están frías (“La partida”), o en el del inventor de la leche que canta villancicos (“Pandemia”). Además, lo reconocemos por el tratamiento que reciben en él los temas de los mayores, que lleva a otros límites. Dos ejemplos ilustrativos: El cuento de Fraile “El álbum” -sobre un tema recurrente entonces: el aburrimiento de las parejas- tiene aquí su correlato en “Sí, cariño”; solo que es este más duro, más desolador y cínico desde el momento en que el hastío de uno de los cónyuges es consentido, sabido y abrazado. Lo mismo ocurre en el relato “Mitades”, donde el tema de la infidelidad no concluye en la revelación y el conocimiento que obtiene el marido, el final consabido; Zapata indaga en las consecuencias de ese hecho.

El segundo libro se iniciaba con el cuento que daba título al conjunto, “La vida ausente”, que venía a ser un doble comienzo, una doble “genealogía”: el acta de nacimiento de un escritor (tal es el personaje protagonista), y también la despedida de un estilo para volcarse en otro, como si nuestro autor quisiera dejar constancia de cuál es su punto de partida. Ese relato extenso, con un arranque estremecedor por su perfección de ritmo, de sintaxis, de significado y verdad, posee un sesgo realista adecuado a su contenido autobiográfico. De manera que, una vez sentadas estas cosas, los demás cuentos del libro proseguían con un despliegue de libertad creativa que se despide de ese realismo para alcanzar, por un lado, unas piezas de absoluta delicadeza poética y, por otro, desarrollos de un razonado delirio surrealista. Y hasta ahí su obra publicada.

Ahora bien, no creo este segundo libro, La vida ausente, sea sólo una “evolución” del anterior, sino que ha nacido -y ha sido, en general, posible- desde la perspectiva abierta por una discusión que ya ha sucedido y ha quedado zanjada en el primero, y de la que sólo encontramos algún coletazo menor en el siguiente (“Las otras vidas”, por ejemplo).

Para lo que sigue, procedo desde el convencimiento de que un libro de cuentos no consiste en una mera suma de piezas, sino que posee entidad propia -sea o no consciente para el autor que selecciona, reúne y ordena esos textos-. Esa entidad constituye un sistema. La palabra puede sonar exagerada; sin embargo la considero útil para comprender cabalmente, y más allá de una mirada superficial o anecdótica, lo que es (lo que puede ser, al menos) un libro de cuentos. Los relatos reunidos bajo un título, creo yo, establecen un verdadero diálogo entre sí; conforman una dialéctica. Sostengo que como fruto de ese intercambio se genera un “discurso” que el intérprete puede reconocer; discurso que admite una explanación y que cabe hacer objeto de debate. De manera que, por esta vía, el libro de cuentos entra en la plaza del diálogo cultural con pleno derecho, junto a las creaciones de los demás géneros, para proponer los temas por los que se interesa y discutirlos desde su mirada particular.

Pues bien, desde este punto de vista, si hubiera que recoger en una sola frase el significado de ese segundo libro: La vida ausente, esta tendría la forma de un interrogante: “¿Qué hacer?”, o también: “¿Buscando qué?” (Cada una literalmente en boca de un personaje.) Tales interrogantes, a los que el libro trata de contestar, pueden ser formulados, como digo, una vez resuelta una discusión anterior, que atraviesa en conjunto la primera obra.

Esta discusión tiene un dinamismo propio. Para reconocerlo únicamente hemos de contrariar el orden del índice, articulando los cuentos de otra manera.

El primer núcleo de este sistema que constituye Las buenas intenciones y otros cuentos podría designarse como el examen de la validez de la religión. En efecto, nada menos que cuatro de sus relatos abordan este tema, elusivo donde los haya, prácticamente ausente en la cuentística actual; pero que aún preocupaba a los escritores de los Cincuenta. Yo diría que aquí se alcanza como conclusión la idea de la inanidad de la respuesta religiosa a las preguntas existenciales. El delicioso “Justo y el ángel” presenta a un ángel que anuncia la gracia a una mujer; su maravillosa presencia contrapesa la figura asfixiante de un marido que, en nombre del principio de realidad, le impide toda alegría. La mujer concluye diciendo que entre uno y otro (y yo diría: ya sea haciendo caso a cualquiera de los dos) se va a volver loca. El personaje angélico resulta ridículo por desubicado, y el aliento de sublimidad que pudiera tener se pierde.

En otro cuento, “Quizá una mala racha”, la fe religiosa se equipara a un temor infantil y, lo que es peor, recibe la acusación de desentenderse del verdadero problema de los males sociales. Así ocurre cuando parece gastarse en condenar la iniquidad de los seres humanos para la que, sin embargo, no halla respuesta. En el titulado “Yo diría que un domingo”, un hombre asciende al Cielo; alguien a quien se califica humorísticamente como “borroso”: por su falta de carácter, y porque asegura que nunca llegó a entender nada en su paso por el mundo. Este individuo perdido, perplejo y fracasado, comprueba sin pena que nada puede cambiarlo. Esto es, la trascendencia no hará por nosotros lo que en la vida no hayamos sido o hecho. La verdad religiosa no tiene el menor efecto real sobre la existencia, no cambia, no enmienda, deja las cosas exactamente como están.

Por fin, un cuarto relato todavía elegíaco eleva un emocionado lamento sobre la imperfección del mundo. El ser humano, como todo lo que hay, es inacabado, falible, a imagen y semejanza de su creador. En “Si fuera posible” se dice / se pide a Dios que:

"termine de querernos (si esto fuera posible) con todo su corazón, o al menos con la parte derruida, o quizá únicamente inacabada, de todo su corazón."

Se trata de una mínima teodicea, en la que Dios es visto de un modo humano, y por la que se alcanza una visión que viene a ser el punto más alto de comprensión de la realidad: lo que hay no es fruto de la maldad sino de la impotencia de un dios, quizá amoroso, pero imperfecto. Y con la solemne y doliente declaración de esas palabras citadas, concluye el libro.

En La vida ausente, sin embargo, sólo encontraremos una referencia explícita a la divinidad (en “El diapasón de las llanuras tártaras”), que sirve para un chiste estupendo. Dios aparece conduciendo un Porsche, se desentiende de los problemas de los personajes que confiaban en él, y se marcha a toda velocidad. Algunos hablan del vacío de Dios. El texto parece una corrección, casi un ajuste de cuentas del autor consigo mismo, como si a la actitud elegíaca que vimos antes se le diese una despedida fría y tajante.

Ahora bien, ¿qué queda tras el desencanto religioso?, ¿cómo se resuelve ese vacío? En otros cuentos de ese primer libro, creo yo, se ofrece una respuesta Lo que resta, como testimonian, y además de maneras rotundas varios de sus personajes, es la afirmación de la sola individualidad, la libertad y la gozosa aceptación de sí.

Hay un canto vital a la autonomía del ser humano en cada línea. Una autonomía enérgica, casi absoluta e incontaminada. Hallamos una alabanza de la voluntad, de la terquedad incluso, como en “Lo bueno dura poco”, donde un hombre enamorado -no quizá a imagen de un dios, pero sí de un universo, un microcosmos- acaba consiguiendo lo que pretende, aun lo más difícil. Por esta confianza en el propio yo, se ensalza el deseo de saber la verdad, se justifica la paciencia, en algún caso la intolerancia, en otros, la conformidad; se ridiculiza, en cambio, la injerencia de los otros, la pretensión de aconsejar a los demás lo que tienen que hacer, incluso con el mejor deseo; ambas actitudes son recibidas como una intromisión, dañina y hasta absurda, pues en lugar de ayudar, confunden. (De modo explícito en “Las buenas intenciones”). Muchos textos señalan el doble rechazo de quien recibe auxilio y de quien lo procura.

En el cuento “La dura realidad”, un cabezota se enfrenta a otro. El cliente que comprueba la impasibilidad del vendedor de helados que jamás le venderá nada, no por eso se da por vencido; en vez de retirarse, se empecina en un diálogo sin fin. En “Pandemia”, cualquier chifladura -con tal que sea la propia-es preferible a unirse a la masa, aun cuando el personaje no sepa entenderla por completo: así, el inventor no renuncia a lo que ha hecho, ni lo desalienta el rechazo. En el trascendental “La partida”, cuento que sugiere por la polisemia del título tanto la lid -la lucha-, como la marcha, se plantea con absoluta radicalidad, hasta el extremo de la locura, el abismo de la libertad humana, que exige actuar a favor de ser uno mismo incluso contra toda lógica. Un marinero encaramado al palo mayor prefiere el riesgo de la muerte antes que ceder a las pretensiones razonables del capitán que lo conmina a volver al camarote en medio de la tempestad. Como si dijéramos: “Se hunde el mundo pero yo sé que soy, incluso aun cuando no sepa bien quién sea yo”.

Todas estas narraciones nos presentan personajes en un ejercicio de resistencia activa. No sólo frente a un orden social, sino también y quizá antes que nada, frente a las acciones y las actitudes de los otros. Cada uno ha de buscar su propio camino, o, más bien, defender el que ya ha encontrado frente al poder invasor y extraño que amenaza con alienarlo.

Pero esa actitud resistente supone un requisito: el conocimiento y aun el reconocimiento de sí, aun cuando no sea transparente para uno mismo. En efecto, cada personaje sabe, mal que bien, su deseo, y no se engaña sobre él.

Hay un rasgo excelente en los cuentos de Ángel Zapata, su humor, su jovialidad. Yo interpreto ese buen humor de fondo que se constata en ellos, como el efecto del buen-estar del personaje que se siente reconciliado consigo mismo, con su propio ser, incluso cuando se sabe mediocre (aparecen varios hombres “borrosos”: débiles de carácter, temperamentos a primera vista no extremos, situados en una condición subordinada a otros); y, sin embargo, fieramente autónomos siempre; porque cada uno se halla instalado en la finitud, conoce los límites y es reacio a cualquier imposición. Todos ellos poseen la majestuosidad de un poderío sobre sí y su destino. Están alegres y firmes incluso en momentos de incertidumbre, no ceden, se asientan sobre una seguridad íntima.

Del inventor incomprendido, por ejemplo (“Pandemia”), el narrador dice:

"Pero el sabio profesor, desconsolado y todo, es un hombre tranquilo, persistente, muy curtido en las adversidades. "

También el náufrago joven, Roque, del cuento “El valor”, que se sobrepone a su situación en virtud de una fuerza que le permitirá ser protagonista de la historia. (Una condición, la del naufragio, metáfora de la pérdida de referencias, en que el sinsentido y el fin de los relatos están presentes en esas letras a la deriva que llegan en oleadas hasta la playa; y remiten a la ausencia de un principio soberano.)

"Roque, por un momento, se siente en paz con casi todo. No exactamente consolado, pero sí en paz.
Piensa que para un hombre como él, que seguramente nació sin bravura [de nuevo este tipo de personaje mediano, no-heroico], esta paz que ahora siente porque sí -igual que luce el sol del mediodía o se parte un espejo- es una forma de coraje. Eso piensa. Vuelve a mirar sus montoncitos huérfanos, armónicos, con una gratitud recién nacida."

Los personajes de este libro de Ángel Zapata saben remontarse a una cierta altura desde la que contemplar, confiados en sí mismos, tanto su propio problema como la posición de su interlocutor. No miran con la prepotencia y la soberbia del héroe, sino desde la tranquilidad de ánimo del hombre común que permite soportar el embate de la vida.

De esta forma, la paz se vuelve coraje, y el coraje se dirige no hacia la violencia sino hacia la gratitud, esto es, hacia una forma de regocijo.


Tal posición es alcanzable, los personajes lo exhiben sin una lucha interior que podamos registrar. No obstante, el microrrelato “Ecuador” parece indicar que se requiere un aprendizaje: nadie nace sabiendo, esta lección imprescindible no se logra sin esfuerzo, sin ascesis. Ascesis que, de alguna manera, debe estar incluida en la enseñanza que los padres han de transmitir a sus hijos para afrontar sus vidas. (Por otro lado, es reseñable que el tema de la relación paterno-filial ocupa un lugar clave en el segundo libro por su amplitud y riqueza de matices.)

El primer cuento de La vida ausente cantaba la libertad del adolescente que quiere ser escritor. Ese acto de afirmación condensaba la conclusión obtenida en la obra anterior; como hemos visto: el fin de la validez de la respuesta religiosa y el lugar central para la vida del reconocimiento de la propia dignidad. Alcanzado este punto, surge en los relatos una tercera cuestión de un modo casi inevitable: ¿cómo se relacionan estos personajes libres, poseedores de sí mismos? ¿Es posible la amistad? ¿Cabe para ellos el amor?

Tal cuestión constituye el tercer y último núcleo de este sistema o discurso, de esta aventura del pensamiento que constituye el magnífico libro de Ángel Zapata que venimos comentando. A ello se consagran dos relatos de manera explícita. El titulado “Llueve con ganas” me parece el canto a lo sorprendente del amor, a la experiencia gozosa de que no todo puede ser puesto por el ser humano en su existencia, sino que se asiste a la sorpresa de algo regalado, ya sea lo propicio del momento o la conjunción de la circunstancia; algo que en este caso consiste en una lluvia, un aguacero que esconde dentro de sí unas ganas, esto es, un deseo coincidente con el que se dejan sentir y al que se entregan los amantes.


El otro, el extraordinario relato “El valor” nos ofrece, a su vez, una declaración de principios acerca de la amistad, la compasión de unos por otros, la solidaridad fraterna. Precisamente lo que en tantos otros cuentos ha sido censurado al considerarlo una intromisión absurda y peligrosa, aquí brilla como generosidad y como don. Eso sí, es la libertad lo único que puede propiciar tal entrega. En la narración, un náufrago mayor solicita a otro más joven, quien lleva poco tiempo en la isla, que lo ayude a realizar un deseo que él solo no puede satisfacer. Ambos, aislados en el mundo de ese trozo de tierra, pueden caer en el desconsuelo o encontrar en la amistad un vínculo que les permita sentirse mutuamente referidos. El relato nos muestra que es la pura gratuidad lo que constituye el valor, que no de otro lugar nace la ética, y que de ningún otro sitio cabe esperar la calidad de lo humano.

Pero de este cuento, además, es preciso señalar sus concomitancias con el que da fin al último libro, titulado “Mientras dicen adiós”. De nuevo, en escena dos personajes solos: aquí, una pareja de hombres detenidos en una estepa vacía a la espera de un convoy que ha de llegar a rescatarlos. Junto a la pregunta sobre cómo convivir unos con otros reaparece, y yo creo que de manera sorprendente, otra que creíamos definitivamente abandonada: la cuestión religiosa. Si bien ahora no con el fin de examinar el valor de la fe, su coherencia y sus posibilidades, sino de mostrar una disposición de apertura a lo radicalmente nuevo, no tanto referido a una confesión, como al ámbito de lo sagrado.

El transito de un libro a otro de Ángel Zapata no traza un círculo (me refiero al paso del tema de la religión al de lo sagrado), ya que, en cierto modo, se corrige a sí mismo -de nuevo-. Así, en el cuento “El valor”, perteneciente al primer libro, el narrador nos decía que la perspectiva de la isla desierta representa una absoluta falta de alternativa:

"Detrás se ve el mar infatigable, yendo y viniendo, con sus mensajes caprichosos, sus letras huérfanas, su horizonte ilegible y vacío. Eso es todo lo que se ve, y eso que se ve, es todo. "

En cambio, el cuento “Mientras dicen adiós”, con que concluye el último libro, finaliza con estas palabras referidas a la pareja protagonista:

"Los dos querrán de pronto subirse a ese convoy. Y ese convoy será el que los lleve (mientras dicen adiós a su camión) carretera adelante.
¿Adónde? No lo sé.
Nadie lo sabe.
No intenten ni siquiera imaginarlo.
Imaginen la estepa."

El convoy posible, pero no presente, señala que lo que se ve no es todo lo que hay, contra lo que se afirmó antes: he ahí lo que se rectifica. Lo que hay excede lo que constatamos en este cierto momento. Y, por tanto, existe otra posibilidad que no ha llegado. Los dos libros no cierran el círculo, sino que conforman una espiral, capaz de abrir ahora una perspectiva. Sin embargo, el cuento exige la ascesis; nos advierte contra la tentación de imaginar, de querer conocer de antemano la naturaleza de lo que aún no ha comparecido; parece decirnos que seguimos encontrándonos en un tiempo incompleto, el tiempo de ser fieles a la contemplación estricta de lo que vemos, y sin dejarnos seducir por los engaños, sean fruto de la prisa, de la necesidad o de la angustia. Ángel Zapata termina colocando a sus personajes, colocándonos a sus lectores, en una estepa, lugar de soledad y vacío; de paciencia y ascesis; de esperanza más allá de la satisfacción. ¿Qué habrá después? No sabemos; los personajes habrán de mantenerse en una atenta espera; los lectores, aguardar su obra futura.

Entre tanto, leamos a este maestro, disfrutemos con él. Hagamos un silencio después de cada cuento como un homenaje y como gesto de respeto hacia nosotros mismos.


(Publicado en la revista Turia, nº 100, noviembre de 2011).




martes, 17 de enero de 2012

Con Gloria Swanson en Yauco


Sorprenderla, tanto como sorprenderla, no tanto. Le resultaba familiar aquella figura ataviada con turbante de aplicaciones, gafas oscuras, bata negra rastrera de mangas largas y anchas sobre un conjunto rosa de pantalón y blusa en una sola pieza y el exclusivo accesorio de un cinturón de resplandores metálicos. Las zapatillas puntiagudas bordadas se sostenían sobre unos tacos altísimos. Sin duda la había visto antes, dormitando de madrugada, en sintonía con el canal de la época de oro de Hollywood.
Gloria apoyó un brazo sobre el marco de la puerta. Laurita, que se moría del estrés, tuvo que aguantar la risa cuando vio que la doña colocaba la otra mano en la cintura y que sujetaba entre los dedos retorcidos como las garras de una gallina señorial –largas y sucias de tanto escarbar en el jardín– una boquilla de marfil con el cigarrillo atascado en las fauces de un dragón. La vieja la miró, las córneas perdidas en el inmenso blanco de unos ojos brotados, enarcando tanto una ceja que parecía la rúbrica de una firma.
—¿Doña Gloria?
—La misma —disparó la otra indignada, con acento de gitana de Metro Goldwin Mayer—. Qué ordinaria eres, cómo te atreves a reírte de mí antes de presentarte. En fin, qué otra cosa se puede esperar, tu mundo es sumamente ordinario. Entra, pero antes dime qué quieres ser cuando seas grande.
A Laurita la respuesta le salió con naturalidad.
—Quiero viajar —dijo.
—Además de ordinaria eres bastante estúpida. Te pregunté qué querías ser, no qué querías hacer. Dime tu tipo de sangre.
—Soy donante universal —dijo Laurita, agraviada.
Gloria la invitó a pasar haciendo un gesto burlón con los dedos torcidos. El dramatismo del lunar junto a la boca competía con el siniestro maquillaje de ojos en un intento de aterrorizar que, tal vez debido al cansancio reflejado entre líneas, en la caída de las comisuras, en las arrugas de los ojos, inspiraba una extraña simpatía. Laurita, que llevaba en la memoria, como se guardan los regalos de un noviecito, las peores escenas de muchas películas ridículas, sabía que el horror siempre ha tenido su lado jocoso y que después de todo la que había llegado en son de repugnancia y relajo era ella, y que se tenía merecida la reacción agresiva de la vieja. Hizo las paces de corazón; nada, ni siquiera el miedo, le arruinaría aquel día perfecto, de nubes gordas e incitante sopa de mar que invitaba a un baño soñoliento. De las adversidades la protegerían su valentía de vieja curada de espantos y la proximidad de don Sebastián, que la esperaba en la plaza para llevarla de regreso a Miramar a cambio de una pequeña fortuna.
Tan pronto perdonó las malacrianzas de Gloria sintió que se quitaba un peso de encima para echarse otro mayor, como esos juegos electrónicos en los que una vez se superan ciertos niveles de dificultad se pasa a otro plano más complicado y horrendo.
En la temprana pubertad, mientras aprendía a simular encantos en la escuela de modelos, pintó de negro las paredes de su dormitorio de hija única sin que lo prohibiera Leonor, quizás porque en aquel tiempo la madre loca coleccionaba cuarzos y, además de tener pretensiones de bruja, no le importaba lo que le pasara a su hijita, punto. La sala de Gloria presentaba otra versión de la negrura. No era lo mismo vivir rodeada de paredes tenebrosas que sumergida en la entraña de un negro tan absoluto que el techo no se distinguía del suelo en el espacio impreciso donde Laurita vio su propio cuerpo descuartizado en fragmentos fosforescentes y móviles. Sintió náuseas, pero aunque quisiera no podría vomitar porque, ¿dónde estaba su boca, dónde, el estómago? Sobre el fondo de perfecta negrura, cual puntos de luz de una precisión incisiva, parpadeaban cientos de retratos de una muchacha disfrazada con trajes de épocas diversas. Entre todas las imágenes se distinguía una más grande que las otras, la cara de una mujer madura visible a través de un velo de tul. Tenía unos ojos enormes avellanados, de mirada tan penetrante, que para escapar de una sensación de asfixia, Laurita se distrajo admirando los detalles del velo, bordado con motivos florales que insinuaban las alas de una sombría mariposa en una hechicera fusión de ojos, alas y hojas.
—Estos son mis personajes: vírgenes, pecadoras, asesinas, frutos de mi belleza decadente y eterna. Lo único que lamento es haberlas entregado sin remedio a un público de ignorantes e insensibles como tú.

De Vampiresas, 2004.

lunes, 2 de enero de 2012

Can Pancho



Soy hijo de un gran hombre. Mi padre es el asesino más desalmado de Medellín, tan entrador y tan zorro, tan poderoso en su invención de carteles, que el mismísimo Pablo Escobar fue uno de sus lugartenientes. Debe usted creerme, Lorenzo. No tengo evidencia alguna de lo que le digo. El viejo tampoco quiso que su nombre pasara a la historia. Le decían el padrino. Los pendejos no somos originales ni en la mentidera.
Como la vieja María, yo también amé mi ciudad arrebatada por las nubes, invadida por los gringos de los Cuerpos de Paz, que enseñaron a los montañeses a sembrar marihuana en vez de café. Sus barriadas patriarcales de calles paridas en medio de tanta guerra. Mi ciudad y yo éramos hermanos de sangre.
Yo llevaba una vida descomplicada, usted me entiende. Hembras, zapatos italianos, un verdadero cachaco a juzgar por la vestimenta. La coca nunca me enloqueció, pero si había que usarla para estar en algo, como dicen ustedes, tampoco le hacía ascos. En cambio las mujeres me gustaron más que nada en la vida. Será porque soy huérfano de madre.
Papá me pagó el diploma de abogado. No había en toda Antioquia profesor capaz de suspenderme. Estaba la tinta fresca en el pergamino cuando me llamó.
–Vea, Francisco –me dijo– ya está bien de vivir como si la plata no mereciera respeto. Le voy a dar la oportunidad de ser hombre honesto. Dígame cuantos muchachos nos mataron el mes pasado entre la competencia y el Gobierno. A que no siquiera lo había pensado. Pues fueron bastantes. Eso no importa, siempre hay que morirse. Pero entre ellos estaba su primo Evaristo. Una muerte innecesaria. El ejército se valió de una ley de tiempos del virreinato para encarcelarlo, y en prisión lo torturaron hasta darle muerte. Esa ley se me ha metido entre ceja y ceja, hay que eliminarla. Lo hará usted cuando sea diputado. Pero primero vamos a echar adelante los faroles con una buena rumba.
No podría exagerar lo vergonzosa que fue la campaña electoral. Antes de ir a la televisión me ponían un discurso en la mano y yo lo leía con los puntos y las comas. Creo que de puro bochorno desperté a la vida. Es como si hasta ese momento hubiera estado enyerbado, en Colombia levantas una piedra y salen de su madriguera diez brujas. Un gran periodista, Germán castro Caycedo, conoce bien el asunto.
Recorriendo los barrios de mi pobre hermana intenté hacerme el candidato, pero solo conseguí profundizar mi vergüenza. Tanta miseria, tantas desgracias, por amor a los sufrientes llegué a regalar hasta la camisa. Papá no dijo ni perica, pensaba que como político su hijo era genial.
La guerra estaba al rojo vivo. La campaña electoral también. La maquinaria funcionó como aceitada y salí electo.
El día de mi inauguración como diputado –para apaciguar cualquier amago de protesta, sobre todo de los blancos, que siempre resienten el ascenso de indios como nosotros al poder– nuestros sicarios sembraron una bomba en el sector más exclusivo de Medellín. Murieron doña Catalina de Villares y su hijita, que estudiaba en Suiza y había vuelto de vacaciones. Fue un caso de puta madre, pisa duro el viejo. En solidaridad con las almas de las difuntas mandó cantar veinte misas al Divino Niño.
Yo entonces dormía mal, oía voces y en una de esas se me apareció un tipo con cara de jodón. Primero pensé que una bruja me había echado sal. El tipo aquel –tenía cara de endemoniado– dijo que era Jesucristo. Necesito que destruyas mi casa, dijo. Yo interpreté que la casa era el negocio de mi padre.
No voy a alargarle el rollo, Lorenzo. Sepa que casi nunca me presentaba al Congreso, pero ni falta hizo. Quitamos y aprobamos las leyes que nos dio la gana.
A veces cruzaba el hueco por encomienda del viejo, para supervisar nuestros negocios en Estados Unidos. Lo del hueco es impresionante, hay muchas rutas, por México, Aruba, Puerto Rico y Haití, muchas. Una vez entré en avioneta por los Cayos y tuve que mantenerme encerrado mientras los caleteros cortaban un cargamento. Mataba el tiempo viendo televisión, esos canales con programas bonitos, muy educativos. Recuerdo un documental sobre la sexualidad humana, me pregunto cómo le hacen para fotografiar los espermatozoides entrándole al huevo de la mujer. Así nos metíamos nosotros por el hueco, con el mismo furor. Morían algunos, pero el que daba en el blanco se hacía de repente padrote.
Ya entonces yo no podía más con tanta marrulla. Mi viejo, con el tiempo, se hará respetable. La guerra es la ley del mercado, la esencia del progreso. Pero la respetabilidad de la guerra me asqueaba. En esa vida empieza uno a perder el olfato.
Un día esperábamos la llamada de un contacto en un gran hotel de Ciudad de México. Los muchachos veían en la tele una película de María Félix, qué vieja más verraca. Yo me encerré en el baño, metí el pistolón en la caja del agua del inodoro y me miré al espejo. “Voy a destruir la casa de mi padre”, pensé. Jamás le daría el gusto de que sentara un nieto en sus rodillas. No volvería a ser su Francisco, su hijo del alma.
–Eres un pendejo– dije mirándome al espejo. Y salí a la calle. Hice un lío con la camisa y los pantalones que llevaba puestos y se los cambie a un barrendero por su uniforme. Hay un millón de barrenderos en esa enorme ciudad.
En México ocurrió mi segundo nacimiento, el cambio de piel de mi conversión, la experiencia que me dividió la vida.
(Fragmento de un capítulo de la novela El cuarto rey mago, 1996.)