lunes, 23 de diciembre de 2013

Es posible escribir así



Hace unos días caminaba por la playa tomando fotos, con cierta ansiedad, porque el cuerpo me dice que es más inteligente hacerse parte de un lugar que interponerle una cámara. Entonces la camarita se averió. El personaje de El polaco, nouvelle de Pía Bouzas (Buenos Aires, 1968) sufre un percance similar, si bien en un contexto que promete experiencias heroicas: escalar la pared alta y plana de un pico en la cercanía del El Bolsón, en la región patagónica que ha deslumbrado a los más dispares viajeros, entre ellos Eugenio María de Hostos, el pintor Rugendas y Bruce Chatwin, teórico practicante del nomadismo. El narrador de El polaco es un muchacho de clase trabajadora, a quien su novia desprecia por soñador, y que, deslumbrado por las fotos vistas en las páginas esmaltadas de una publicación sobre alpinismo, contrae la descabellada ambición de aspirar a una salida gloriosa de su clase alzándose con la fama de fotógrafo artístico. Sus dos compañeros de aventura –la vida para la aventura, la narración de una gran expedición y sus nimias frustraciones es la cifra de este relato– aspiran a llegar a la cima porque sí, suprema vivencia de la vida gloriosa.

El polaco es, ya se ha dicho, un relato de aventuras de esos que parecen imposibles en esta era tecnologizada de reality shows, donde ya nada ni nadie es invisible, ni los países ni la gente; todo lo hacemos frente a un espectador. Quien  sabe que vive ante una cámara – o que sostiene una cámara–  renuncia a aventurarse, se conforma con parasitar en el vientre más craso. El polaco representa, en sus códigos expresivos, la tensión de los jóvenes desperdiciados y las prisiones del lenguaje. Al principio domina la musicalidad misteriosa de la jerga de la calle, esa que solo alcanza a metaforizar la vida a flor de brea de los barrios. A medida que el personaje se adentra en el bosque se apropia de un lenguaje más cercano a la letra escrita y a sus límites: “Acá estás dentro del bosque, oscuro la mayor parte del día. Bosque profundo, denso, sin un alma… Al rato nos concentrábamos y seguíamos en silencio”.
Con estos elementos se construye un relato vivaz que, como es propio de los buenos de aventuras, completa la narración de exterioridades con una inmersión en la intimidad del ojo que contempla. No comentaré el final, para no aguar la fiesta. Solo esta señal de la conciencia de la transformación, para la que faltan palabras, pero cuyos límites la palabra comunica: “Es difícil hablar. Tengo que inventarme una nueva. Ellos tampoco dicen todo. Hay una parte de la experiencia que se la devora el silencio. Queda encriptada en alguna fisura profunda. A veces sube hasta la superficie, pita como un géiser en la madrugada. Pero es fugaz. Así como brota se calma, vuelve a las profundidades”.

Cuando leo ficciones como El polaco confirmo que todavía es posible escribir con libertad de pensamiento y paciencia en un mercado literario saturado por el formalismo manierista del reality show y de las series televisadas en general, el cine ahogado de sangre artificial e idiotez y la fofa cultura pop. Libertad y paciencia para la literatura como artefacto material del ser vivo que empleó un tiempo precioso en recoger y registrar sus conmociones. Esa vitalidad, que puede incluso sentirse, aunque sea desperdiciada, en autores nihilistas, como la energía que se gasta en el exceso, es la marca del animal de palabra que somos. Para mí, que ya me acerco a mis despedidas, es importante sentirla en las nuevas escrituras, como en este lúcido relato de Pía Bouzas.  
PD. El polaco se publicó en 2013 por un colectivo de autores dedicado a difundir la nueva literatura rioplatense.  www.exposicióndela actual.blogspot.com.ar

 

 

 

1 comentario:

jordim dijo...

Pues tiene muy pinta, habrá que conseuirlo.