domingo, 8 de diciembre de 2013

Bulevar





Para un taller de cuento yo escogería como lectura principal Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961). Sáez de Ibarra ha publicado en Páginas de Espuma sus cuatro libros de cuentos. Antes fue editor y, desde hace años, profesor de historia y literatura en un liceo de Madrid.

En el origen de este libro hay una invitación de Guillermo Samperio a participar en una antología en homenaje a Raymond Carver. La estética Carver funda una paradoja, pues su reticencia lleva a un punto de tensión la capacidad de síntesis del género socavando al mismo tiempo la estructura dramática que suele apuntalar la fórmula. La lección de Carver, bien aprendida por otra maestra, Alice Munro, descubre la posibilidad de pasar por el cedazo de la literatura las zonas perdidas de esas terribles vivencias cotidianas que se borran de la memoria, la vida tediosa de seres ordinarios bajo una luz que revela tanto la vulgaridad como la grandeza del gesto banal e irrepetible. Ante esa honestidad rebuscada sobra cualquier amago de nota falsa.

La lectura de Carver es evidente en Bulevar, y sin embargo, en un taller, yo comentaría que el arte del cuento deja la impresión de que cada vez que algo se cuenta se renueva la forma. En las especies de Bulevar hay momentos de tensión, incluso de suspenso, que hibridan el iceberg carveriano. Cómo bajar una escalera hacia la nada con un bebé en brazos para responder a la llamada telefónica de un marido impaciente se convierte en un tour de force de suspenso. En otro corte, un hijo responde con lugares comunes asfixiantes a la cruel terquedad del padre. O en lugar de una puñalada sicótica nos sorprende la epifanía del mínimo espacio de belleza que de cada persona dimana (la gracia de una vendedora en la sección de cosméticos de una tienda perdida en un caótico centro comercial). Pero antes, unos obreros migrantes que hacen mudanzas recorren con la mirada el lugar privilegiado de un mundo paralelo, el zoológico de los ricos, que se cierra con una tapia alta de ladrillo, sobre la que hay una reja rematada con espirales.

La brutalidad frontal de algunos relatos anteriores del autor no marca la tónica de este libro. Pero sí hay registros de la materia bruta que recoge de oído y de vista en las calles de su ciudad, una región de la Europa actual que se debate entre la mediocridad rastrera, el cinismo, la desesperanza y la precariedad que no acaba de tocar fondo, quizás porque las torturas del fondo están todavía en las tierras más miserables del planeta  (no siempre las padecen los humanos) y los ciudadanos del “primer mundo” llegaron primero a la fila de repartición de las consolaciones. Uno de esos cuentos, hecho con pedazos de lo que una sociedad produce y  descarta es "Una historia reciente", que en su paso de libro escolar a ready made sufre una metamorfosis, de tediosa letanía memorizable a propuesta irónica, ferozmente didáctica. Un libro roto de cierta manera, o hecho para romperse, juntando, como ha dicho el autor, “cuentos de otro estilo, más imaginativos, más fantásticos, quizás más conceptuales”.

Sáez de Ibarra sorprende siempre por la forma de conjugar sus visiones con la renovación en los acercamientos. Escribe mucho, pero no hace literatura fácil. Intuyo que no puede dejar de escribir, pero desconfía de la tradición cultural que hemos arrastrado hasta aquí. Confrontarla para comprenderla, sin dejarse obnubilar por el pantallazo de una red social hecha de redes sociales, vigilada.

Una literatura en guerra contra el estatuto que le reconoce un espacio inofensivo busca escapar del libro como el arte de las vanguardias escapó de los museos (o los descolocó) mientras pudo hacerlo.  Pero escapar del libro en el sentido que solo el libro, independientemente del soporte, permite.

En un taller yo diría que un libro puede ser la posibilidad de una convergencia: pensar lo que nos toca vivir a unos viejos que nos creímos nuestros delirios, traicionamos, o permitimos traiciones  y claudicamos ante los deberes hipotecarios; pensar la encrucijada de nuestros contemporáneos, los jóvenes que nacieron en la época más deslumbrante del consumo para caer en una tachadura de toda opción democrática y en la desvalorización banal, (¿Arendt?) de la persona, echando abajo el contrato social para volver a los lugares primitivos sin los soportes de los saberes antiguos y de las redes comunitarias. Estamos ante la boca de un totalitarismo sin concesiones, y del cual nos toca dar cuenta a nosotros, los que podamos colocamos entre la resistencia y la complicidad (¿Arendt?) en tierras movedizas, sin aliados geográficos, pues el salvajismo viene de todos los depredadores del globo, a la par con el empobrecimiento de la experiencia (¿Benjamin?) compensada por un exceso de estímulos artificiales.

Nosotros no es uno, pero cada uno cuenta. Y de cada uno se aprende. Por eso las narraciones vuelven a ser importantes.  Aún en circunstancias que bordean lo extremo, cabe una mirada pensante que descubra en cada gesto el espacio significativo que el arte posibilita. Y un aire de tragedia, entendida como la dignidad que reviste la más común de las vidas. Trascendiendo la ñoñería y el regodeo en lo trivial, en la vana degradación que marca tantas propuestas formalistas actuales –porque formalistas son el arte de explotación del narcocorrido y del reguetón, además de cierta literatura falsa de explotación sexual y de la violencia- es posible retomar los fines inquietantes de la escritura no utilitaria, esa que desarma el poder que la penetra. En la traición a la belleza del simulacro y al formalismo huero radica el interés de estos relatos. En esa conciencia de lo que significa escribir centraría yo mi lectura y relectura de estos cuentos. En el taller.

-El colofón de Bulevar lee así: "Esta primera edición de Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra, se terminó de imprimir el 4 de noviembre de 2013, día en que un hombre dijo "hasta aquí hemos llegado" y dio un paso al frente."

(Javier Sáez de Ibarra, Bulevar, Madrid: Páginas de Espuma, 2013, 241 páginas)

2 comentarios:

Tio Sergio dijo...

Si ese taller existiese y yo estuviese tomándolo me alegraría porque Carver y Munro me gustan bastante (igual que los escritores que han sido un poco influenciados por ellos, como Richard Ford, Anne Tyler, Edward P. Jones, y no sé si Elizabeth Strout y el Junot Díaz de Drown). Me preguntaría en secreto si hoy día hay autores igual de honestos en PR pero creo que no me atrevería a hacer la pregunta frente al grupo porque sé que al tratar de articularla tendría que explicar a qué me refiero con eso de ‘honestos’ y eso es difícil (la literatura es ficción pero no tiene que sonar hueca y clichosa, creo que diría, y tendría que dar ejemplos de literatura hueca y clichosa en PR y entonces tendría que confesar que no leo tanta literatura puertorriqueña como quisiera, qué bonito, pero bueno, mencionaría que recientemente leí el primer número de la revista Trapecios (online) y solo encontré tres cuentos buenos (“Una mañana sin pájaros”, “Abrigo”, y “De cómo Xu Wei…”), uno interesante pero un poco torpe en su escritura (“Ayín”), y uno OK (“Delirio”); los demás me parecieron repletos de clichés, majaderías, complejos, oraciones académicas que dicen ‘los cuales’ y ‘éstos’, y si no me equivoco hacen un esfuerzo extraño por irse fuera de Puerto Rico a contar historias en la porra (lo cual es válido, por supuesto, pero tiende a terminar sonando a gente que habla sin saber, y se presta para seguir convirtiendo tragedias en clichés: como la persecución de negros en Mississippi y los secuestros en Latinoamérica—temas de dos cuentos en Trapecio). Sonaría bastante antipática la preguntita y carecería de ejemplos suficientes. (Tal vez dejaría que me juzguen, so what, o tal vez aclararía que si no he leído a suficientes boricuas mientras que sí he podido leer a Carver y a los otros gringos que mencioné es en parte porque eso es lo que consigo en las bibliotecas en upstate NY y porque mi sueldo de profesor adjunct no me da para comprar libros a menos que los vendan a peso en una mesa fuera de las librerías). Pero anyway, si yo estuviese en ese taller creo que le pediría a mi cuarta reina maga que nos explique un poco más sobre la honestidad en el cuento (¿A qué se refiere con ‘honestidad rebuscada a la que le sobra la nota falsa’?). Y quizá también le pediría que le regale al grupo una breve reseña de ese primer número de Trapecio. (Yo no espero que esté de acuerdo conmigo; yo solo quiero tratar de entender qué es lo que hace algunos cuentos ‘buenos’ y otros ‘no tan buenos’ o ‘malos’; yo creo que esa diferencia existe para cada género de cuento, aunque es difícil de articular; y creo que hace falta tener este tipo de conversaciones para que nuestra literatura se beneficie de la crítica honesta y sin mala fe. Pero ya estoy hablando de nuevo sin saber: qué sé yo si se están dando o no esas conversaciones y qué si yo si la gente no se atreve a criticar porque todo el mundo se conoce).

P.S. Voy a tratar de conseguir el libro de Samperio; gracias por la recomendación. Y gracias por todas las entradas del blog durante este año.

Marta Aponte Alsina dijo...

Sergio, creo que en tu comentario están las respuestas a las preguntas que haces. No he visto Trapecio, leo poco, releo más, y me centro en los libros que tocan de algún modo las cuestiones que me interesan, entre ellas si es posible escribir bien hoy, y cómo. No redactar bien, se entiende, sino la acción de escribir como propuesta y aventura arriesgada, planteándose las cuestiones que interesaban a los autores que releo y algún otro más reciente (digamos Sebald y el mismo Sáez de Ibarra). Gracias por este comentario. Ojalá alguien se sienta invitado a debatir. Deberías publicarlo en Facebook.