martes, 7 de abril de 2015

Raquel en Rutherford




Dices que el terror dominó tus primeros años. Cuentas que en las mañanas invernales de este pueblo, cuando el sol se queda en la cama y no se asoma en todo el día– aquí donde nos encerró tu padre, mientras él les despachaba aguas perfumadas a las niñeras de Buenos Aires – yo lamentaba mi suerte. Te has quejado de que abusara de ti. Usar a un niño para vaciarse del dolor propio es imperdonable. En tus libros devolviste la afrenta. Con creces. Mi amargura vencida por el entusiasmo de tus flores fue tu venganza. Para mí las flores son interesantes de la raíz hacia abajo. Para ti las flores son pétalos, la resurrección circular de la carne. Te obsesiona la poesía como descenso a los infiernos, pero no aprendiste a vivir en el infierno. Tu poesía es el pretexto para la huida de los infiernos. Otra cosa. En todos tus libros sembraste mi amor a los jardines, lo ocupaste, te lo robaste.

crisantemos

ciclámenes

rosas

            flores del mar

                        margaritas

                                    astromelias

            encajes de la reina Ana

                        tulipanes

                                    narcisos

            iris

                        flores de mostaza

                                    peonías

            asfódelos

                        lirios

                                    verbenas

            jacintos

 

            Yo te hablaba de las flores de Mayagüez, las que recogíamos en los jardines para adornar el altar de la virgen. Sus nombres te entraban por el oído como soplos de viento y salían sin dejar huellas. Claveles, nardos, trinitarias, varitas de San José. Yo habré muerto, tú no me dejarás ir.  

Sé que el aura tiñosa fue uno de los relatos que olvidaste. Es un pájaro de rapiña, cruza de un extremo al otro el arco de las islas. Carlitos, tú escribes sobre flores, yo puedo hablar de piedras calientes, hirientes, resistentes. O de piedras redondas, chinos de río, como aquellas que disparábamos desde la honda que mi hermano me regaló cuando se cansó de ser niño. Yo me fugaba con los varones hacia la salida del pueblo. Allá les tirábamos piedras a los pajaritos, los pequeños caían ensangrentados, pero las auras no. Un día me dio por subirme a un árbol de mangó y tirarle a un aura con todos los malos sentimientos de mi brazo, pero la piedra cayó en el ojo de uno de los muchachitos y lo dejó tuerto. Sus padres eran peones de la finca de papá y no se atrevieron a quejarse. Desde entonces fue el entenado, el adoptado, el inútil de la familia. Lo usábamos para mandados livianos.

Pues yo era la zurrapa, atiéndeme bien. El residuo que se acumula en el fondo de la botella. Y mamá, que  bastante trabajo le daba su máquina de coser, cuando papá murió y ella se hizo cargo de alimentarnos, pero siempre me tenía más o menos detrás de la oreja y me pegaba hasta dentro del pelo, porque las madres buenas no sueltan a sus hijos, no hay mejor madre que una buena mala madre, la que quiere con crueldad egoísta. Recuerda cómo era nuestra casa. Se me ocurre (la memoria es lo más lejano de lo que fue, mejor recuerdan las manos, la lengua; la memoria diseca) que no quedaba en una de las zonas centrales del pueblo, sino más bien cerca del área de los almacenes. Era una casa de cuatro aguas con tejas de barro dispuestas como escamas. El balcón era… Pero no es verdad nada de esto. Era de madera. Quedaba en la calle más elegante de Mayagüez, bautizada con el nombre de un capitán general del imperio: la calle Méndez Vigo.

Es la hora. Raquel despierta. Se acaricia la espalda con las manos, respira un aire de azoro. Aunque la artritis le duele en los huesos carcomidos, no tarda mucho en volver al momento insoportable del presente donde el hijo la dejó tras administrarle la sopa rala del almuerzo con medicinas acompañantes que tienen nombres de hechiceras : calbisma, irradol, sanaka, anasarsin.

Raquel en Rutherford, donde cada segundo más de vida le parece un desperdicio.
 
(De La muerte feliz de William Carlos Williams, novela)

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