jueves, 26 de marzo de 2015

Presentación de Narraciones puertorriqueñas





 


A primera vista el concepto de justicia parece no compaginar con el mundo de la gran gestión editorial. Los escritores “globales”, los más reconocidos, los aspirantes al Nobel, al Goncourt, al Cervantes, son minoría de minorías; sus voces y figuras se amplían en representación de regiones y continentes que, al reducirse a las visiones de figuras estelares, pierden riqueza tonal y complejidad. Hay, pues, zonas y culturas excluidas del lente de las industrias culturales globales, de los países donde se acumula el capital cultural.

Hay, por otra parte, al menos un país en el mundo donde algunos estudiosos, afectados por las mezquindades del país pequeño, juegan a borrar del mapa nacional todo lo que huela a archivo, a cuerpo de letras, a rastro.

Sin embargo, un país pequeño no tiene que tener una literatura menor, insustancial, fofa o débil.  Podría escribirse todo un libro sobre literaturas de países pequeños, y de ese modo invitar a una inversión de los modos de lectura, a un desplazamiento de la mirada lectora más allá de los centros. Podría hacerse el mapa del mundo al revés, la versión austral del planeta, que tuviera en el centro la isla continente, al Sudán en el lugar donde acostumbramos ver París y a Tierra del Fuego hacia el norte, como el pico de un ave voladora que apresara en sus garras a Alaska.
La última antología general del cuento puertorriqueño anterior a esta (Antología general del cuento puertorriqueño, de Félix Franco Oppenheimer y Cesáreo Rosa Nieves,) se publicó hace más de medio siglo, en 1959. Todavía no se había establecido la Biblioteca Ayacucho, con su misión perseverante de difundir el patrimonio cultural de América Latina.

Este volumen, Narraciones puertorriqueñas, es el sexto de los que Ayacucho ha dedicado a Puerto Rico. La selección abarca más de un siglo, y comprende textos de 47 autores que publicaron un primer libro entre 1849 y 1975. La delimitación del periodo responde, sobre todo, a una determinación de orden práctico y a un criterio sí, de justicia, relacionado con la escasa disponibilidad de textos puertorriqueños del siglo XIX y primeras décadas del XX. Hace años que no se reeditan autores dignos de una mirada desde el presente y el potencial futuro. Ampliar el campo para incluirlos ha requerido limitar el espacio de los contemporáneos más recientes, que han sido ampliamente representados en antologías generacionales. Por otra parte, el año de corte es casi un parte aguas, pues de 1976 en adelante se produjeron transformaciones profundas en el campo literario que nos sitúan de lleno en el quehacer de narradores reconocidos y activos en el oficio. 

A partir de Cuentos puertorriqueños de hoy, antología editada por René Marqués, han sido varias las compilaciones generacionales, de promociones o grupos afines a una propuesta colectiva, pero no se ha vuelto a concebir una antología general que abarcara desde los inicios hasta el momento actual. Para repetir tal hazaña habría que añadir un tercer tomo al presente libro que incluyera cuentistas publicados a partir de 1975, y que, por el redoblado cultivo y prestigio del cuento en décadas recientes, contendría casi tantos nombres y textos como los aquí incluidos.

Entre los móviles que impulsaron la presente selección figuró la curiosidad de una autora por conversar con los fantasmas de la tradición literaria del país propio, unida al sentido urgente de dejar constancia de figuras y obras desconocidas para la generación actual de lectores. Una intención que no aspiro a ocultar fue la urgencia de “exhumar” ciertos textos casi olvidados mediante una convocatoria interrogante que los “liberase” de su reclusión.

Quizás esa negociación con los muertos, como llamó Margaret Atwood al diálogo entre una autora, la muerte y la tradición, sigue teniendo sentido en un presente que muestra cierta vocación anti histórica, agresivamente desmemoriada o crítica de las visiones providencialistas del devenir histórico. Quizás no está de más, incluso,  la ingenuidad de dejar constancia, otra vez, de la escritura de ficciones en Puerto Rico para la misma época en que se construían las literaturas nacionales en América del Norte y América del Sur. Un país pequeño no tiene por qué tener una literatura insignificante. La literatura de un país colonizado tampoco debe condenarse a la exclusión, con lo que ello implica de empobrecimiento para dicho país y para los lectores del mundo, porque esa práctica de la exclusión, a semejanza de la extinción de especies biológicas, empobrece a todos los países. No es casual que uno de los temas principales de esta feria haya sido la bibliodiversidad, definida como “la diversidad cultural aplicada al mundo del libro”.

De modo que hay que agradecerle a Biblioteca Ayacucho el deseo de “hacerle justicia a Puerto Rico” con este volumen y otros en preparación, a cargo de los estudiosos Áurea María Sotomayor, Malena Rodríguez Castro y Rafael Bernabe. Visto el proyecto en toda su amplitud hay que agradecer en particular la generosidad de Julio Ramos, que medió entre las partes para que saliera adelante este volumen y se concibieran los otros mencionados. En el caso de Narraciones puertorriqueñas, además, al colaborador Armindo Núñez Miranda y a los editores Moisés Seijas, Shirley Fernández, Elizabeth Coronado, Gladys García Riera y Livia Vargas.

Durante mucho tiempo circuló el lugar común de que Puerto Rico es un pueblo de poetas y, en segunda instancia, de cuentistas. Como en todos los lugares comunes hay más pereza transaccional que realidad en este. Por algún motivo que tal vez se relacione con el fin de compilar antologías para suplementar currículos escolares, prevaleció la brevedad en las selecciones y se olvidaron las novelas que, sin embargo, se publicaron a lo largo del siglo XX, a veces, al modo del folletín, en periódicos y revistas. ¿Será la nuestra una literatura de novelas perdidas? En un país como el nuestro, construido sobre arena movediza, cada generación parece condenada a recuperar los restos de un naufragio.

Esta antología de narraciones puertorriqueñas incluye textos que en al menos un caso se acercan a la novela corta, como el relato Sebastian Guenard, de J.I. De diego Padró; alguna estampa costumbrista, memorias, crónicas, fábulas, narraciones esperpénticas y fantásticas, alegorías apegadas a los cuentos morales del siglo XVIII, leyendas y cuentos de factura moderna. No hay por qué suponer que esa diversidad de formas narrativas se aleja mucho del perfil de otras literaturas americanas, ya que, a pesar del absolutismo y la censura del régimen colonial español afirmaba Alejandro Tapia y Rivera, que en 1840:

… la elegancia en la forma, así como el sentimiento y la fantasía poética, no eran plantas exóticas en el país;… los buenos modelos comenzaban a conocerse y a estimarse… Desde esa época data la literatura aunque asaz desmedrada, en Puerto Rico; comenzó como debía, por la canción y el romance; en una palabra: por las composiciones furtivas y ligeras… Por lo que atañe al humilde autor de estos apuntes, hijo también del noble ejemplo que hubieron de darle las nacientes letras en el período a que antes se había referido, se juzga deudor a aquella época de su persistencia en un campo abandonado por casi todos y a que (acaso por su desgracia) le llevó a una vocación incorregible. (Prólogo a El bardo de Guamaní, 1862).


 Tampoco hay que olvidar la existencia de revistas  importantes, con vínculos internacionales, desde el último tercio del siglo XIX, y el hecho de que, en un país sin universidad ni bibliotecas públicas, se gestara esa esfera tan nuestra de la contra institucionalidad: bibliotecas privadas, sociedades secretas, gabinetes de lectura y publicaciones como la Revista Puertorriqueña, fundada por Manuel Fernández Juncos, que contó con colaboradores españoles y latinoamericanos tan relevantes como Rubén Darío, Emilia Pardo Bazán, Clarín, Galdós, Julián del Casal y José Martí.

Si hubo una especie de culto a la poesía y al cuento, quizás algo le debe el aprecio de dichos géneros a la calidad de los poetas y narradores del medio siglo, como el recién fallecido Emilio Díaz Valcárcel, y a la pujanza, en medio de la instauración del Estado Libre Asociado, de una crítica contestataria desde la literatura.

La narración breve, pues, da cuenta y cuenta la trayectoria de un país no tanto invisible como inexistente, por no haber prosperado en él un proyecto liberador colectivo; de un proceso de rupturas radicales y violentas. Estas Narraciones puertorriqueñas que publica Ayacucho representan el intento, no ya de canonizar o alterar un canon que no muchos suscriben, o leen, y que algunos "nativos" desprecian, sino de presentar, como si nacieran hoy, textos escritos por autores prácticamente desconocidos. La alucinante sensación de que siempre está todo por hacer es falsa, desde luego, porque no le hace justicia al trabajo de archivo que desde el siglo XIX hiciera aquella sociedad recolectora de documentos históricos y que se consolida, a partir de la fundación de la UPR y, en particular del Departamento de Estudios Hispánicos.

No obstante, en otro sentido, está todo por hacer. Como escribió Barthes, de vez en cuando conviene volver a leer los textos clásicos para ver qué podemos hacer con ellos. Esta selección no pretende más. Con eso, con avivar la chispa, con mantener los rastros de un cuerpo, con destacar los rasgos dispares y diversos de un proceso complejo, que no guarda proporción con la complejidad del país, pero que sí da cuenta de lo que significa escribir sin medios, sin libertades políticas, sin alicientes, con suma fragilidad, en irradiación diaspórica, sin preguntarse a veces para que se escribe y para quién, pero con obstinación de animal herido que lucha por sobrevivir; si de algún modo estos móviles invitan a la lectura, no se perderá el esfuerzo.
 
(Versión revisada de las palabras leídas en la feria Internacional del Libro de Venezuela, en marzo de 2015, con motivo de la presentación del primer tomo de Narraciones puertorriqueñas, antología publicada por Biblioteca Ayacucho).

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