viernes, 13 de marzo de 2015

Conversa sobre la novela de Carlos Fonseca




 
 
Coronel lágrimas
Carlos Fonseca
Anagrama 2015


(Es un lujo dialogar con el autor del libro que vamos leyendo. Muy agradecida al novelista Carlos Fonseca por su gentileza.)

Marta: Carlos, hoy recibí tu novela. Un libro precioso. Es difícil dejarlo a un lado cuando se empieza a leerlo. Fíjate que, salvadas las inevitables distancias, veo unas líneas de afinidad entre tu novela y la mía, que quizás se relacionan con las formas de novelar a un personaje histórico sin hacer biografía, y a ese tomarle la medida a un mundo como proyecto del género novela. El comentario es a propósito de la posibilidad de escribir hoy una novela con personajes no imaginarios, es decir, sortear el escollo del dato en la escritura. También me impresiona en tu novela esa puesta en escena teatral, o si prefieres cinematográfica, con acotaciones de la voz narrativa que indica cómo habría que acercarse al personaje.

Carlos Fonseca: Exactamente: hay algo en ese juego con el dato biográfico que fascina, esa batalla entre la mera información y la vida. La novela está basada en la vida de un matemático muy singular, cuya vida traza una especie de picaresca a través de la historia política europea del Siglo XX. En la novela me encargo de ficcionalizar esa vida y ponerla en contacto con la historia política latinoamericana.

Marta: Es un artefacto raro. Veo rastros de la mirada objetivista del nouveau roman, el ademán teatral de Luis Rafael Sánchez, un constante juego con los lectores. Creo que una forma de acercarse a los textos es preguntarse por el lector implícito. ¿Para quién escribiste esta novela, si se puede saber? Imagino lectores afines a Piglia, y a veces a Aira, o a Thomas Bernhard, lectores de ciencia poesía, e incluso lectoras meramente curiosas, como yo.

Carlos: Sí, es una novela que se me hace extraña hasta para mí, y que fue escrita en cierto estado de extrañamiento. Yo estaba escribiendo otra novela, más melancólica, menos retórica, más clásica, más larga, hasta que un día, casi llegada la primavera, me cansé y en un golpe de alegría escribí el primer párrafo del Coronel. Me pareció extraña la teatralidad de la voz, el juego con las perspectivas, la voz narrativa de ese nosotros en tercera persona plural. Creo que un poco escribí la novela intentando descifrar ese primer párrafo. ¿Quién era ese nosotros narrativo, que posibilidades ofrecía y demás? En el camino me di cuenta de que, como dices, muy probablemente era algo que había salido de la teatralidad de Luis Rafael Sánchez, un escritor que me fascina. Recuerdo también que durante un tiempo leí mucho a Nathalie Sarraute, sobre todo una novela que me fascinó, Retrato de un desconocido, por lo cual los trucos de perspectiva tal vez tengan algo que ver con la mirada objetivista del nouveau roman. En cuanto a lo del realismo, me gustó la sugerencia de Othoniel de que la novela era hiperrealista. Cuando la escribía pensaba todo el tiempo en la obra del pintor Chuck Close, el norteamericano que hace retratos hiperrealistas a modo de pixeles: pinta los pixeles y así, con la ayuda de la escala, gana una precisión muy exacta. Había algo de eso: un intento de retratar a un hombre en batalla con la ironía. Acababa yo de leer un ensayo de Foster Wallace,“E unibus pluram”, cuyo principal alegato era que la televisión había producido una cultura irónica y que la apuesta de la literatura del porvenir pasaba por comenzar una batalla contra la ironía. Siempre pensé que mi novelita tenía algo de eso: algo de batalla contra la ironía, pero a sabiendas de que solo se podía ganar la batalla atravesando la ironía, no regresando a una voz narrativa previa a la ironía.
Me imagino entonces que pensé la novela como un intento de ir más allá de dos posibilidades que, aunque muy interesantes, me parecía que ya empezaban a agotarse: la posibilidad de eso que algunos llaman la auto ficción, por un lado, y, por otro, cierta sensación de que la novela era demasiado irónica. Mientras la escribía pensaba que de alguna manera la novela era una novela decadentista escrita contra la decadencia: en este caso nuestro decadentismo caprichoso que nos lleva a consumir información indiscriminadamente. Los “placeres” de la novela están pensados así. Sentía que la novelita era anacrónica y que sus referentes, los protagonistas en los cuales se basaba el personaje del coronel, estaban no en la novela del siglo XX, sino en la novela de fin de siglo XIX: en el Des Esseintes de Huysmans, en ese otro gran aburrido de la literatura rusa, Oblomov, al igual que en esos dos idiotas  magníficos de Flaubert que son Bouvard y Pecuchét.
Con respecto a Piglia me pasa algo raro, mientras escribía la novela sentía que estaba haciendo algo muy distinto de lo que él hace, sobre todo a nivel del lenguaje, sentía que nunca le iba a gustar cierto lirismo que la novela tiene, pero resultó que le gustó. Ahora, cuando tuve que releer la novela para corregir erratas, noté su influencia por todas partes. Creo que los maestros tienen ese poder: aún cuando queremos escapar de ellos, acabamos inscribiéndolos en nuestros textos. En cuanto a Bernhard, hay una novela que leí con pasión, Corrección, un texto muy bello sobre un matemático que se suicida luego de llevar por años un proyecto alocado: construir la casa perfecta, en forma de cono, para su hermana. Veo semejanzas, pero claro está, la prosa de Bernhard es mucho más brutal, sincera y furiosa. En esta nueva novela que estoy escribiendo ahora quiero acercarme más a esa voz. En términos de literatura puertorriqueña, creo que está claro que me siento cercano a voces como la tuya, como la de Rafa Acevedo con Flor de Ciruelo, como la de Juanca, como la de Otho.

La otra cosa, en ese sentido, la última que me parece relevante, es por qué el país que aparece en la novela, del lado americano, es México, en vez de Costa Rica o Puerto Rico, mis dos patrias. Creo que me negué a escribir sobre Costa Rica o Puerto Rico precisamente porque quería narrar desde la información pura, desde los datos, y ver si desde allí podía llegar a la experiencia. Quería narrar desde lugares que no conociese más que por artículos de Wikipedia. Aún así, a veces pienso que la novela, con ese final de fuga hacia el Caribe, es una novela sobre mi sentido de culpa por no haber regresado al Caribe (a Puerto Rico o Costa Rica) antes. La lectura autobiográfica iría por ahí: yo, como el coronel, todavía no regreso.  Y mi pequeño Maximiliano interno me lo recrimina todos los días….
Marta:  Me impresiona que las lecturas intuidas coincidan con algunas de las lecturas que dieron pie a tu libro. Pie en el sentido de levadura, el estímulo al crecimiento, a la hinchazón de la masa. He leído esta novela como se lee la poesía más densa, unas páginas cada día. Es como atisbar un juego de malabares, porque cada párrafo o segmento se sostiene solo, y la redundancia del tema con variaciones no empalaga justamente por el virtuosismo del lenguaje. Tengo pendiente la búsqueda del sentido de la fórmula.

Me intriga la obsesión con las musas, supongo que es el espacio maternal que va cobrando importancia. Las reiteradas versiones del volcán me sorprenden, me recuerdan el papel de la repetición en la formación académica de la madre de William Carlos Williams, que era pintora y es uno de los ejes de mi novela. El volcán repetido de Chana no solo evoca a Cézanne, sino que también al Dr. Atl, el excéntrico pintor mexicano.

Creo que di anoche con un patrón formal, aunque tu novela sea formal justamente en su intento de evasión de la formula. Hay otra novela que comienza en la página 103, más o menos, donde se presiente que de algún modo habrá que cerrar esa larga meditación. Una posible lectura que se condensa en una poética de tu novela: No sólo las frases del coronel, sino la novela toda, "configuran un espacio en donde la oruga batalla con la mariposa". Esa tensión entre el nacer y el no nacer, como si la representación que la novela constituye fuera una imantación equívoca. La lectura que me interesa más: la correspondencia entre el dato histórico y la novela, o cómo se borraron los caminos entre eso que Henry James llamaba el dato positivo, que ya era una experiencia subjetiva, pero en todo caso anterior a la escritura, y este objeto libro. Sobre el desplazamiento geográfico, y la representación de los espacios, es algo que me interesa reflexionar, porque el espacio aquí es el interior de una recámara rodeada de nieve y rosas rojas, y desde ese espacio se evoca algo que nunca se ve: la obra del coronel y de su asistente, de la que solo sabemos en contados fragmentos. En fin, sobre tu novela hay mucho que decir. Los materiales librescos de construcción siempre plantean el riesgo de la frialdad, de generar antipatía. Aquí hay tal cariño del narrador a su criatura que es difícil no contagiarse. Todavía no tengo clara la figura del lector ideal de esta novela.

Abrazo grande, desde el trópico maravilloso, a pesar de nosotros.
Posdata: Hiperrealismo se me figura como la aspiración a una objetividad cruda, que se hace poética, pues aleja y hace extraño lo que pretende registrar. La ironía con dejos de arrogancia sí creo que nos ha contaminado. A veces se insinúa un lector que no sabemos dónde está, ni siquiera si existe. No es el caso de tu novela.

Carlos: Qué lindo y valioso recibir todos estos comentarios tuyos. Me sugieren muchas cosas que no había pensado. Y tienes toda la  razón: el volcán repetido de Chana tiene mucho del Dr. Atl, de quien escribí para la tesis. Ando de viaje, justo en Barcelona, pero te escribo muy pronto y seguimos conversando. Espero poder leer pronto La muerte feliz de William Carlos Williams.

Marta: Me has lanzado en pos de esa ecuación recurrente como un motivo musical que me recuerda las partituras de Levi Strauss y las líneas cantadas de Chatwin. Wikipedia me informa que fsub! es un funtor o “direct image with compact support for sheaves”, lo que me atrae porque la gavilla es un símbolo poderoso, allá voy y me encuentro con que para definir “sheaves”  debo enlazar con otros conceptos: “topological spaces, abelian groups” y de ahí a otro, u a otra. El placer del lenguaje circular de las matemáticas.

El divorcio entre lenguaje y referencialidad, que va a contrapelo del realismo naturalista, pero que históricamente brota y se genera en contemporaneidad con él: Zola, Mallarmé, Cézanne, Manet, Wagner, Debussy. ¿Esta novela es un ensalmo, una ecuación topológica, la conversión de una fórmula matemática en lenguaje natural corrupto e impreciso? ¿El deseo de comprimir el espacio extendido de una colección, que a su vez pretendía registrar la aparición y la muerte simultáneas de los eventos, un avatar de Adán sin Eva, o con varias? Los placeres de un texto provocador.


Carlos: Interesante todo lo que dices. La fórmula existe, le pertenece a Alexander Grothendieck, en cuya vida se basa la novela, pero igual ahí lo que me interesaba era la sobresaturación simbólica de algo tan objetivo como una ecuación. Me la topé un día y de tanto símbolo me pareció una granada simbólica, una cifra de una experiencia vivida. Me pareció algo que casi lleva alegría, tristeza y susurros dentro. Claro, la ecuación es un poco esa cifra absoluta, ese nudo imposible  entre experiencia e información, que el narrador intenta deshacer. La cifra, o el secreto cifrado, de una experiencia de vida. Algo muy cercano a ese deseo de comprimirlo todo que mencionas: un pequeño aleph que cifra, como el de Borges, una pasión. Una suerte de lenguaje privado - de esa lengua privada que imaginó Wittgenstein - que el narrador le recrimina al  coronel. Me encanta lo que dices en el otro mensaje sobre la novela como un espacio en el que, como el narrador mismo apunta, se "configura un  espacio en donde la oruga batalla con la mariposa," entre el nacer y el no-nacer. Hay mucho de eso, creo, en la narración: un secreto que de repente entrevemos pero que así mismo se aleja, en un movimiento de perspectiva que es fundamentalmente un movimiento narrativo. Algo que me recuerda al título de Othoniel: Otra vez me alejo. Coronel Lágrimas es una novelita de paradojas sobre el arte de vivir con una culpa. Una novelita que de vez en cuando, desde la ternura, se ríe un poco. Una novela sobre como, a veces ,nos escondemos detrás de las ideas. Y ya verás que hay Eva, singular y única, escondida entre tanto símbolo.

Me interesa muchísimo lo que mencionas sobre Henry James y el dato positivo. Sí, hay mucho de eso, del germen de una historia y de esa grieta terrible que se abre entre un mero dato placentero y la complejidad narrativa de una  historia. Siempre he sentido que la narración trabaja en ese espacio imposible. Siento el mismo placer, la misma pregunta por el rol de la  narración, al leer tus libros. Y lo sentí también leyendo Flor de Ciruelo y el viento de Rafa Acevedo, o Todos los nombres el nombre, de Bruno Soreno. Cierto placer de deshilar para luego comenzar a bordar.

 

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