jueves, 26 de marzo de 2015

¿Una literatura invisible?




 
¿Una literatura invisible?

 
 
por Marta Aponte Alsina

Entiendo que la idea de los gestores de esta mesa fue provocarnos a conversar en torno a una palabra muy llevada y traída en más de un contexto. En Puerto Rico, desde hace unos años, se mencionan los temas de la visibilidad del escritor y la invisibilidad de ciertos países y literaturas. A riesgo de nadar contra la corriente, declaro que Puerto Rico no es, para nada, un país invisible. En todo caso es un país muy visto, leído hasta el agotamiento, estudiado, cuadriculado, vigilado y controlado de maneras tan precisas como los métodos de las ciencias positivas y tan fantasiosas como un corazón tenebroso. En 1898, en el séquito del ejército invasor, llegaron periodistas, antropólogos, maestros, predicadores, médicos, folkloristas y científicos. Los observadores que realizaron el "Scientific Survey of Puerto Rico", una serie de estudios que comenzaron de inmediato y se extendieron indefinidamente, no dejaron pulgada de tierra, de agua, de recursos de aire y suelo sin  describir, inventariar, analizar, distribuir y sopesar. Todo esto tiene un correlato en la  valoración y uso de los objetos de estudio en ámbitos experimentales y comerciales. Sabemos, gracias a las revelaciones de Edward Snowden, que no quedan países invisibles en un mundo englobado por las tecnologías de vigilancia y administración del miedo, incluso en lugares aparentemente distantes de la inserción tecnológica. En el caso de Puerto Rico, el ojo que nos ve no parpadea desde el régimen despótico de los capitanes generales españoles. Solo se hace más minucioso y eficiente a partir de 1898.
Más que de un país invisible quizás el nuestro es un país secreto, escamoteado, oculto. Tal vez al amparo del secreto y la invisibilidad se han refugiado y evolucionado ciertos rasgos –silvestres, airosos– de una cultura resistente.
La óptica de la política imperial y sus intermediarios criollos, portavoces de un oscuro pueblo sui generis “en amistad con los Estados Unidos” (esta última frase se repite en algunos programas independentistas) descifra, interpreta, representa. En Los diarios del ron, Hunter Thompson trazó la caricatura de cómo nos ven el americano feo y los "mimic men" nativos, además de narrar los ardides de los relacionistas públicos encargados de maquillar, con afeites de democracia, la cara impresentable de la colonia. La publicidad no alcanzó a encubrir el trauma que aguó más de una fiesta gracias a las insurrecciones nacionalistas de los años cincuenta del siglo XX. Sin embargo, la política del olvido, la hipocresía y la complicidad ("don´t show don´t tell"), sumada al desprecio y el auto desprecio como sucedáneos de una relación de sometimiento, sí se lo propuso con cierto éxito. No es extraño que en lugar del ataque de los nacionalistas puertorriqueños al Congreso y a la Casa Blair, acto que no figura en las gestas de ningún otro pueblo del mundo, prevaleciera mucho tiempo como emblema del país la imagen de los zapateados de West Side Story. Ni siquiera ha merecido nuestra literatura los zarpazos cariñosos de algún autor canónico estadounidense a figuras como Pedro Pietri o Piri Thomas; esas caricias del tigre, análogas a los que Virginia Woolf les prodigó a Joseph Conrad y Henry James, dos “invasores” extranjeros de su lengua anglo británica. (Norman Mailer escribió sobre el boxeador José Chegüí Torres). Tampoco parece haber despertado la literatura puertorriqueña el interés de grandes casas editoriales metropolitanas, con notables excepciones.  En otras palabras sí nos ven, quizás demasiado. Nos ven, nos vigilan, nos controlan, pero no les interesamos, porque no les interesa entender más allá de sus intereses.
Otra mirada pertenece a la obra íntima de las literaturas puertorriqueñas, las que se han hecho a lo largo de casi dos siglos, desde la isla y en sus redes diaspóricas. En los registros de la literatura hay, creo, algo imposible de silenciar e invisibilizar ante los ojos de las lectoras y los lectores de buena fe, en las escalas más amplias de la especie, en sus plazos más largos.
La visibilidad es uno de los temas de las conferencias con propuestas para el próximo milenio que Italo Calvino escribió en 1985, en los umbrales de la era digital. La cultura pop y los medios mecánicos se hicieron presentes en la tradición eurocéntrica del siglo XX, pero todavía en vida de Calvino era posible distanciarse críticamente de ellos desde un afuera. Ahora es impensable desprenderse de la esfera mediática y las redes digitales.  Por eso me parece importante la presencia de Calvino en el umbral de un universo del cual fue vidente, sin llegar a instalarse en él. 
La visibilidad para Calvino era un rasgo inseparable de la literatura: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus medios específicos, puede dar. Quisiera, pues, dedicar estas conferencias a algunos valores o cualidades que me son particularmente caros, tratando de situarlos en la perspectiva del nuevo milenio.”[i]  En el capítulo que dedica a la visibilidad y a la capacidad poética de la imaginación, explica una cualidad frágil y esencial. Lo hace con ademán profético, como el capitán que antes del naufragio decide quién se salva y qué se pierde: “Si he incluido la Visibilidad en mi lista de los valores que se han de salvar, es como advertencia del peligro que nos acecha de perder una facultad humana fundamental: la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de caracteres alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes.  Pienso en una posible pedagogía de la imaginación que nos habitúe a controlar la visión interior sin sofocarla  sin dejarla caer, por otra parte, en un confuso, lábil fantaseo, sino permitiendo que las imágenes cristalicen en una forma bien definida, memorable, autosuficiente, icástica”.[ii]
Esta relación de la imaginación poética con la visibilidad, poco tiene que ver con el tópico de la invisibilidad de la literatura puertorriqueña, tan manoseado en la isla. Mucho menos con ciertas derivas comerciales, como cuando se alega que “nuestra visibilidad” puede ser el objetivo de una campaña publicitaria, de un plan mediático. Bastaría dotar de presupuestos ciertas actividades efímeras que no comprometan políticamente la marca literatura. Según algún tutor, o algún consejero ducho en maniobras de “damage control”, ayudaría, además, escribir de manera genérica, como podrían hacerlo un californiano o un noruego hipotéticamente universales. He escuchado propuestas delirantes: lo que ha impedido la difusión de la literatura puertorriqueña es la obsesión con el tema de la identidad, señala algún opinólogo -como si la problemática de la identidad no fuera una figura inescapable del lenguaje, de la voz que enuncia, desde Proust  hasta Becket- o el excesivo apego a la lengua franca de la calle. Hay, según algunos, una escritura propia del autor visible: genérica, neutra,  amena, correcta, sencilla, maquinal.
Para ciertos discursos de la “invisibilidad” -que raras veces se enfrentan críticamente a la raíz política de cómo se construyen y canonizan las literaturas, y mucho menos a la raíz política de la condición colonial, que no es una patología, sino una afrenta-, parece más importante la proyección de la figura del autor o de la autora que su mirada. De ahí que me parezcan banales e incluso dignas de pena las quejas de que no nos ven, de que no figuramos en las historias de los centros metropolitanos acumuladores de capital cultural. Jamás ocuparemos en igualdad de condiciones las historias del centro: en no vernos radica su centralidad, su fuerza. En verlos, en vernos sin que nos vean, radica la nuestra. Viene al caso el proverbio de Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”.
 
Si el rastro de la visibilidad ha de tenerse por una de las cualidades importantes de la literatura, esa visibilidad es una facultad que radica en el autor o la autora como videntes, no como objetos o invenciones de la mirada del otro dominante.
Pero digamos, en honor a la complejidad, que hoy, más que nunca, es imposible separar al autor o a la autora de su obra. Si hace unas décadas se hablaba de la desaparición de la figura del autor, hoy parecería que lo único que queda de la literatura es la figura del autor; que aquella desaparición del autor no fue tal, sino un remake del autor, que ha derivado hacia una fusión del autor o autora con su obra. El autor es un brand name, una marca. Eso me parece desconcertante e incluso patético, porque los procesos literarios han sido, desde que se habla de la literatura como un cuerpo autónomo y del libro como una mercancía, una puesta en valor de la cultura.
La visibilidad que debe importarle a un autor, o a una autora, radica en su ojo; en el ojo que mira. Ese respeto al oficio, a la honestidad, se desplaza también a la literatura como un valor que no es del todo propiedad del autor o de la autora, sino que le antecede y le sobrevivirá. La insoportable percepción de soledad tan propia de las islas coloniales, no debería distorsionar el don de la visibilidad como valor o cualidad insobornable de la literatura. La literatura es un juego serio, porque la especie humana se desvía de la conciencia de la muerte jugando, porque la alegría del juego, de la ilusión de libertad, es refugio ante la atrocidad de la muerte, de la violencia, de la enfermedad, de la miseria.  Esa, entiendo, es la visibilidad que debe interesarle a un autor; a una autora comprometida con un oficio que es ya un privilegio.
No se vaya por las ramas del gran gesto, Marta, me dirán. Su discurso es anticuado. El autor, la máscara del autor, su performance, es el medio. Es cierto que ya no estamos ante el umbral del mundo configurado por los medios. Estamos dentro, somos a la vez tuercas androides y actores de ese mundo. La invisibilidad es imposible, a todos se nos vigila continuamente, en algún lugar alguien nos lee, desde algún lugar alguien nos sigue. Solo podemos aspirar a morir en el goce de la inconciencia.
Quien así piense está en su derecho. Sabe que no hay países invisibles, y piensa que esa condición es irremediable. Sabe que hay países agredidos, explotados, pueblos marginados de nuestra conciencia, millones de vidas opacas, historias mínimas.
Sin embargo no creo en el destiempo de una literatura y un arte videntes. Opinar que a los escritores nos corresponde ver; ser respetuosos del trabajo propio y exigentes con la difusión editorial de nuestro trabajo, allí donde esa difusión exista. La visibilidad literaria de calidad no es tema de pasarelas de autores; antes bien constituye el propósito de una industria del libro; del fomento del libro y la lectura como trabajos de amor al libro y la lectura: lentos, pacientes, cuidadosos. Ese quehacer es el que debería fortalecerse en Puerto Rico, al margen de un gobierno colonial mediocre; lo demás es levantar castillos en el aire, rumiar resentimientos que se generalizan como si fueran verdades, explotar vanidades; lo demás es branding.
 
(Palabras leídas en la mesa “Debate: invisibilidad en la literatura puertorriqueña”, 17 de marzo de 2015, Feria Internacional del Libro de Caracas, 2015).




[i] Italo Calvino. Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid, Ediciones Siruela, 1998, pp. 17.
[ii] Ibíd., p. 98.
 


 

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