viernes, 5 de junio de 2015

Los placeres del texto





 

Hay novelas que se prestan como pocas al comparatismo, a la búsqueda de filiaciones. Son novelas literarias, novelas “escribibles”, además de legibles (Barthes). Cuando el pretexto de la novela es la biografía de un poeta, la pasión comparativa y la alegría de la lectura aumentan, como cuando se leen The Blue Flower, de Penelope Fitzgerald, o Prodigios, de Angélica Gorodischer. Ambas son desprendimientos del aura del poeta Novalis. Si, por añadidura, la novela se inspira en una variedad de poeta que se niega a ser masa, al grado de enajenarse de los lenguajes naturales de la especie; es decir, si la novela toma como pie forzado la figura de un matemático, escasea el aire en las cumbres y prende la risa eufórica. Hay otras novelas de matemáticos, no las he leído, pero sé que existen. La mejor de todas es esta.
Una novela se puede construir como se construye un mito, en bricolaje de temas musicales. Coronel lágrimas, podría leerse como una fuga, un canon, para evocar a Hosftadter o una serie de temas con variaciones. Entre párrafos, el narrador intercala frases que nombran dieciocho placeres, si no conté mal.  Algunos son rigurosamente ingenieriles: el placer de los datos, el placer de las sumas mínimas. Otros, traviesos o irritantes: el placer de los nudos, el placer de la nariz precisa. 
Entre las etimologías de la palabra placer, además de plano y apacible, se cuentan playa y archipiélago.
Hablemos de los placeres de Coronel lágrimas. No ya de los dieciocho placeres que en el libro se mencionan, sino de algunos que el libro provoca. Será un guiño torpe a Roland Barthes, autor de El placer del texto. De no haber sido un cadáver maduro y hermoso, Roland cumpliría 100 años el próximo noviembre.
 

Primer placer: historia y ficción o el enigma de la habitación cerrada

Esta novela, nos indica el autor, “toma como punto de partida la vida del matemático francés Alexander Grothendieck”. La figura excéntrica del matemático interesa por la constelación de puntos  que en ella convergen. Supongo que si los matemáticos, los científicos y los filósofos tienen madera de personajes de relatos ello se debe a que son seres obsesionados. Con seres obsesionados se construyen novelas del pensamiento, cuya fascinación evoca el deseo de una teoría unificada de los saberes, que de algún modo se corresponde con la ambición del género novela; la fe en que la explicación de la realidad puede resolverse en una teoría general, abarcadora y elegante a la vez. El músculo duerme como dice la letra del tango, y se ha opacado la influencia de científicos divulgadores como el biólogo Edmund Wilson y un libro que se convirtió en lectura de culto, a pesar de sus oscuridades, Gödel, Escher, Bach: un eterno grácil bucle. No obstante, la ambición de una coherencia radical es muy moderna y muy antigua. Replica lugares del platonismo,  la alquimia, el animismo romántico y el estructuralismo. Se recoge en las palabras de María Zambrano, cuando insiste en que el poeta encuentra, mientras el filósofo busca, y que el sentido de esa búsqueda pasa por la percepción del “ritmo común que abarca desde el movimiento de los astros a la yerba que brota en el resquicio de las piedras”. Una atávica pretensión de totalidad se recoge en la forma de la novela, cómplice y traidora de la historiografía. Lezama Lima nos recuerda, citando a Curtius, quien a su vez citaba a Toynbee y eso mucho antes de Hayden White, que para hacer historiografía, “con el tiempo, resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción.” (La expresión americana, p. 55)
En esta novela, tan musical por el fraseo y la sonoridad de sus oraciones, hay huellas de  la trama detectivesca de la habitación cerrada. El personaje, el coronel, con toda la carga de frustración, violencia y utopías truncas que arrastra la palabra coronel, recuerda sus proyectos y traiciones. Un placer algo oscuro, con reminiscencias de la literatura nazi en América, en ese claustro hermético, materno, mental, inquietante.


Segundo placer: cajas chinas tropicales

La ubicación de mundos más pequeños al interior de una trama es otro recurso narrativo muy antiguo y muy actual. Debe ser homóloga de la memoria celular y de los paréntesis anidados de las fórmulas matemáticas. Estructura del cerebro, cajas chinas. Estructura de la célula, cajas chinas. La maleta de la migrante, cajas chinas
El coronel tiene tantas identidades y títulos que con ellas podría tejerse una letanía. Es un matemático coleccionista empeñado en escribir Los vértigos del siglo pero lo derriban el tedio y la abulia palesianas,  como si Oblomov se levantara de vez en cuando a comer torrijas y urdir proyectos que se resuelven en el pavoroso deseo de “codificar la vida en pequeñas postales, construir una Babel enciclopédica para su memoria en grietas”.  Parecería que en las colecciones del coronel anida el deseo de la construcción deseada y perfeccionada de nuestras sociedades; proyectos imaginados, inconclusos, arrastrados, resucitados y vueltos a sellar en la habitación cerrada. El fracaso de las utopías, de las escrituras correctas, pero también el reclamo de justicia. Y la búsqueda cínica, pero sostenida, de un continente hecho de islas.
En colaboración con un discípulo mexicano que tiene nombre de emperador austriaco, el coronel colecciona. Saltan a la vista (en la obsesión de encerrar el mundo en la nuez de una colección) el Atlas Mnemosyne, de Aby Warburg  y, en las grietas de la ambición totalizadora, los montajes del libro Atlas portátil de América Latina, de Graciela Speranza. Pero el modelo excelso de la colección añadida a una trama se expresa en los libros de Sebald. Sebald, lector de paisajes y ciudades, encuentra en sus travesías colecciones de pájaros nocturnos, de estrellas de mar, de minerales, escarabajos y mariposas. Con frecuencia irrumpe en su soledad algún personaje que le cuenta una historia. Una de esas historias lleva a los trópicos ardientes de la explotación esclavista y de ahí a las grandes colecciones de arte de las familias condecoradas e infames, y a los museos de las grandes ciudades metropolitanas.
(A todo esto, ¿la isla dónde está? Porque México está, pero la abuela del autor era de Aibonito, Puerto Rico, la ciudad donde edificó su fortaleza de halcón el gobernador general Palacios.)
La isla no se repite no. La isla es irrepetible, por eso incita a contarla. Y  creo que justamente porque no se repite y siempre la estamos perdiendo, se escribe tanto hoy en Puerto Rico y se ha escrito esta novela entre Princeton y Nueva York. Coronel lágrimas procura “narrar lo propio como si fuera ajeno, narrar lo ajeno como si fuera propio”, ha escrito Ricardo Baixeras. Apetito característico, si no exclusivo, de un autor caribeño, que como escribió Barthes a propósito de Severo Sarduy, hace gala de una estética franciscana que acoge todo tipo de palabras como si fueran todas las especies de pájaros, para sostenerlas en los brazos y dejarlos hablar, apretarse, convivir, como vetas de un jaspe chino.
En las afueras de esa habitación cerrada, el ojo del trópico encuentra la belleza de la nieve y de la arena, porque en ambas ha dejado el rastro de su sangre.

 
Tercer placer: el placer del miedo

El placer del texto lleva como epígrafe una frase de Hobbes: “La única pasión de mi vida ha sido el miedo”.
¿Cómo se escribe un texto en ebullición en torno a un centro sereno, casi estático? ¿Adónde va? “La historia es un vendaval pausado”. (p. 146), un punto estático que se resiste.  La dirección no se encuentra en la historia sino en el lenguaje, que pretendiendo describir sirve para ocultar, para que no podamos acercarnos a ese coronel coleccionista, glotón, viejo vagabundo inmóvil. En el vórtice estático hay un monstruo. Como monstruo moderno está hecho de piezas inconexas. Se le llama bufón, a ratos es calvo, otras veces ídolo de rizos canosos alborotados. ¿Qué hay en ese vórtice?  ¿Será la domesticación de una violencia abismal, insoportable, como la del hombre inmóvil en el escalofriante montaje Perros héroes, de Bellatin? A juzgar por la devoción del narrador, que le trata con el cariño y la cautela de un niño que aprovecha la siesta del monstruo para invadir sus lugares secretos, algo portentoso y agónico como la potencia herniada de aquel patriarca del otoño. O, si la palabra miedo fuera femenina, como en francés, algo todavía más estremecedor; que se piensa, pero no puede nombrarse.

Cuarto placer: el placer de la lengua madre, sea la que sea
Además de coleccionista, el coronel es biógrafo de divas que en tiempos medievales y alquímicos fueron hechiceras. Divas alquímicas, nada menos; que le dan un reposo de medievalista a ese autor violento que pasa por matemático y militar.
La diva mayor es la madre del coronel. Pintora incansable de volcanes sagrados es la madre, ese lugar inicial de la repetición, en palabras de Carlos Fonseca.
“El autor, la autora”, escribe Barthes, “es alguien que juega con el cuerpo de su madre, ya sea para glorificarlo y embellecerlo o para desmembrarlo y llevarlo al límite de lo que puede saberse sobre el cuerpo”. Habla de la lengua materna. Este libro es un inagotable testimonio de belleza. ¿De qué está hecho? ¿Cómo repercuten en el oído las imágenes visuales, en qué sabores sirve sus  frases, como ilumina sus toques al lector, a la lectora? Por el camino de la belleza el lenguaje también lleva al límite: “en el espacio del sueño no existen líneas rectas”.
Conciso y correcto, no hay caídas, ni baches, ni tejidos conectores meramente útiles en el lenguaje de esta novela.  Es una línea viva, con una voluntad de invención animista y una prosa eficaz y palpitante, que en ocasiones deposita epigramas como el siguiente: “tedioso el comienzo que no regala un fin”.
Si no hay estructura lineal, cómo hacer las trampas habituales en la lectura de una novela; dónde saltar párrafos, qué deseo nos impulsa a seguir leyendo. La tensión de la música, de una sucesión de raras y precisas metáforas. Se lee sorbo a sorbo, y es intensa y esa intensidad golpea y requiere un tiempo de lectura inusual para una novela breve, que puede releerse a saltos empezando por cualquier página y llegando a una página cualquiera.
Más que un texto de gozos, este es un libro de placeres. El placer erótico de ver a alguien que lee. La percepción de una criatura hecha a imagen y semejanza, no ya de un autor, sino de un lector que reescribe. La eficacia de la novela no se explica por la suma de sus rasgos gramaticales: “¿Tiene el texto forma humana, es una figura, un anagrama del cuerpo humano? Sí, pero del cuerpo erótico. El placer del texto no puede reducirse a su funcionamiento gramatical, del mismo modo que el placer del cuerpo no puede reducirse a la necesidad fisiológica.” (Barthes, L P. d. T, p. 30)

Quinto placer: el adentro es el afuera
Carlos Fonseca es autor de una tesis doctoral titulada: States of Nature: Castastrophe, History and the Reconstruction of Latin America. ¿Será Coronel lágrimas una limpieza en clave lúdica de las atrocidades que la tesis consigna? Esa diatriba contra los esfuerzos útiles, ¿es la tesis bajo otro aspecto, una tesis contra el trabajo invertido en producir una tesis? ¿Es más útil una disertación que una novela? ¿Es más meritorio y entrañable un proyecto de novela (con sus abortos, su matanza de textos descartados) que una novela terminada? ¿Está hecha una novela de materiales que no llegaron a redondear otros textos de toda índole, leídos, imaginados, encontrados, parecidos a los que aquí refulgen?
El placer del síndrome de Diógenes en un escritor.

 
Sexto placer: El placer del carpetazo
Este último placer es muy mío, no es seguro que al autor le agrade, ni se sienta interpelado por él. Si, como insinuó Vilá Matas con etílica mala leche, Los detectives salvajes fue el carpetazo a Rayuela, Coronel lágrimas es el carpetazo a En busca de Klingsor, aquel ladrillo rezumante de diálogos sobreactuados y villanos sin sutileza. En esta novela de Fonseca hay un pastor televisivo, menos pintoresco que Yiye Ávila. No obstante, en lugar de vulgarizar y maltratar la fábula de Jonás y la ballena, el pastor de Coronel lágrimas menciona a Herman Melville, como es propio. Y de pronto, en el centenario de Barthes, puedo sacar del baúl una frase snob de El placer del texto: “Ninguna trascendencia (ningún gozo) puede producirse, estoy seguro, en una cultura de masas (que debe distinguirse, como el agua del fuego, de la cultura hecha por las masas), puesto que el modelo de una cultura de masas es pequeño burgués”.  Repito la frase y celebro esta novela legible y escribible de Carlos Fonseca.
Que la fuerza y la belleza sostenidas de Coronel lágrimas sean la hazaña de un nieto de mujer aiboniteña, y que el gentilicio aiboniteña todavía no figure en el diccionario de la RAE, acentúan en mí el placer del carpetazo.
(Presentación de la novela Coronel lágrimas, de Carlos Fonseca, Anagrama 2015, en La Tertulia, Río Piedras, el 28 de mayo de 2015).

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