miércoles, 1 de febrero de 2017

Plan Tenesí PR8






Para Beatriz Llenín Figueroa y Lissette Rolón Collazo

(Hago una pausa en la escritura de la novela sobre la PR3 para recuperar un proyecto anterior. Comparto el primer capítulo de El plan Tenesí).

Ya es común decir que la operación conocida como el Plan Tenesí nos cambió el mundo, pero en otro tiempo esas dos palabras eran notas al calce en diccionarios que nadie consultaba. El tino de los radares nunca sirvió para situar un dato menor. No basta que sobreviva en la memoria artificial básica. Si no repercute, no existe. Todo cambió cuando un muchacho atlético de ojos azules se lanzó de cabeza al tanque de un triturador de intestinos de cerdo, estiércol de vaca y papel sanitario en The Oranges, New Jersey. La máquina formaba parte de un herrumbroso sistema de producción de energía de biomasa.
Un detalle pintoresco: el joven llevaba una capa de gran vuelo con leyenda al dorso. Plan Tenesí PR8. La capa no se descompuso, pero el cuerpo del muchacho sí. Se sabe que era atlético y demás porque sobrevivió en buen estado su memoria teledigital, donde constaban una identidad y un retrato. La antimateria desatada ahogó residentes y encendió alertas rojas en los tele transportadores de las ciudades aledañas, que también quedaron inhabitables. Los  menos afectados por el escape nanofecal pugnaron por ser incluidos en la lista de semi humanos dignos de sobrevivir. Una máquina justiciera determinó que fueran indefinidamente excluidos en una estación espacial de clase media baja, un armatoste antiguo donde se mantienen de buen ánimo, celebran el viernes social e incluso intentan reproducirse sexualmente.
Se abrieron los diccionarios poco fatigados en busca del sentido de las dos palabras. Pronto volvieron a cerrarse.
El segundo atentado contra la inestable paz de Estados Unidos ocurrió en el extremo opuesto, en Kreizer, Oregón.  En esa ciudad apenas quedan 3,000 habitantes, de una comunidad que llegó a tener alrededor de 40,000 residentes. Hacia 2011 se diseñó para Kreizer un plan de desarrollo un tanto lírico. Contaba con una infraestructura de energía renovable, jardines flotantes, granjas urbanas y, al centro, una lomita formada con composta, ceñida por una vereda en espiral. En una de las vueltas encontraron el cadáver de un joven idéntico al anterior, si bien, en honor a la verdad, no era realmente igual. Era el mismo.  El joven infiltró con un mensaje subliminal la red digitotelepática que todavía se mantiene en pie, instando al suicidio sonriente, no sin antes inyectar, en todos los idiomas que aún se leen en la Tierra dos palabras, dos letras y un número: Plan Tenesí PR8. Los sobrevivientes, que sí los hubo, añadieron su cuerpo a la composta y se encerraron en sus casas.
A pesar de la proximidad temporal de los atentados y de la coincidencia de sus representaciones en lugares que en otro tiempo habían inspirado planes visionarios, tampoco se prestó mucha atención al segundo suicidio. El miedo es inseparable de nuestra experiencia. La historia solía contarse en sucesión de pequeñas batallas y guerras prolongadas. Ahora se lleva su cuenta en la lucha cotidiana contra el terror, y cada día trae un encuentro con formas horrendas. De modo que los suicidios y sus mensajes  no tenían por qué llamar la atención de quienes procuran la seguridad de la nación (se les puede disculpar el retraso en un mundo donde lo anormal es la paz y el suicidio un método corriente de desconectarse).
El tercer suicidio, ocurrió en la comunidad californiana de Rialto, donde la especulación inmobiliaria desafió al desierto de San Bernardino y se estableció una compañía de juguetes que solo los humanos más viejos recuerdan. Allí se inmoló pegándose fuego otro joven atlético. Esta vez, además de la repetición del suicidio del muchacho, y de la capa inscrita, se produjo algo de veras insólito. De la fogata del suicidio emergieron (como de un experimento de germinación de guisantes cruzados) varones de diversos colores: negros con ojos amarillos, amarillos con ojos negros, de cuerpos rayados, de pieles moteadas. Los hijos del suicida, por así llamarlos, se dispersaron de inmediato, confundiéndose con la población, que ya incluía algunos ciudadanos de colores artificiales.
En la nación se hizo una sola voz, un solo caos, parecido al revuelo que, cuando había hormigas, dicen las viejas, alborotaba los hormigueros envenenados. No se recuerda quién fue el primero en sumar a los espacios virtuales que compartimos el comentario preciso: “El mundo es otro. Más vale reconocerlo y vivir a conciencia de que lo aprendido y acumulado no sirve para nada. Y que el lugar de nuestra especie –digo nuestra como digo vuestra– jamás será el mismo”.
De algún modo los medios dieron con las pistas que hasta entonces no habían despertado interés, inyectaron ríos de pánico, reabrieron los diccionarios poco fatigados en busca del sentido de las dos palabras, volvieron a cerrarlos.
Pasó un tiempo imprecisable – ya no se puede medir el tiempo, no hay consenso entre humanos viejos, semihumanos y humanos artificiales- antes de repetirse los suicidios y la proliferación de seres moteados, rayados, negros, rojos, amarillos y azules. No era posible entrar a la casa asignada, cepillarse los dientes, acostarse en la cama destinada, sin dispensar muestras de ADN. Cuando se fue haciendo rutinaria la prestación de heces fecales matutinas, es decir, cuando la nación se acostumbró a la molestia, comenzó otro ciclo de atentados con resultados idénticos. Para detenerlos hubiera sido preciso eliminar de raíz todas las especies, y esa pérdida no tiene sentido para los mercados, que han tomado más tiempo del previsto en hacer la transición hacia el martedólar. De modo que el misterio llegó a su fin. Al fin empezaba a vislumbrarse un método común en el suicidio, resurrección y reproducción del muchacho de ojos azules.
El cuarto suicida estalló en medio de Cicero, un sector de Chicago que en tiempos remotos fue sede de una monstruosa fábrica de feísimos teléfonos, artefactos enormes e ineficientes. De aquella comunidad de personas color barro quedaban las vías del tren elevado. Desde ellas se lanzó el muchacho al pavimento. De su sangre brotaron cientos de criaturas de colores que jamás se han visto en pieles estiradas sobre esqueletos humanoides. El suicida agarraba una bandera modificada de Estados Unidos: tenía tres franjas y ocho estrellas. De sus labios despedazados brotó un grito tan poderoso que las ruinas de Cicero se hicieron polvo, y los retoños de los arbolitos sembrados para limpiar sus tierras contaminadas lloraron de espanto: Plan Tenesí, Puerto Rico 8.
Un vistazo a la plaquita madre implantada en las neuronas del muerto reveló lo que ya se sabía: se llamaba (se llama, porque se reproduce al infinito) Sergio Calderón Morales. Al hacer las respectivas autopsias de los restos digitales de los suicidas anteriores se corroboró la sospecha. Todos eran rubios de ojos azules y cuerpos atléticos. Todos se llamaban Sergio y eran idénticos a un señor muy viejo tal cual fue en su juventud: Sergio Calderón Morales. Los investigadores, recordando sus deberes, tuvieron que acudir al museo de los servidores y rescatar un modelo del 2020. En las páginas pornográficas del tal Calderón se encontró su retrato juvenil. La solución del caso estaba encaminada. Los terroristas pudieron haberse economizado el próximo suicidio, que francamente sobraba. Sucedió en Florida. Los muchachos multiplicados se perdieron en los manglares. No se les prestó atención, pues la verdad es tan rara que no tiene competencia.


Un mortal sin implantes llamado Francisco Valdés desentrañó el enigma que escapó a las más complejas inteligencias artificiales. El Plan Tennessee fue la estrategia empleada por el estado de ese nombre –hoy desaparecido– para ingresar, en 1796, al club de las trece colonias recién independizadas de Inglaterra. (Los datos históricos se apuntan con retórica ironía, pues son absolutamente incomprobables). Los colonos de Tennessee,  matadores de indígenas, devoradores de carne de jabalí ahumada protagonizaron una invasión de bárbaros peludos al parlamento de los founding fathers con peluca. Parecida estratagema usó el territorio de Alaska en el siglo XX y también Washington, DC. Con la admisión de la extinta Washington DC a la Unión, la bandera de Estados Unidos llegó a tener 51 estrellas. Tras la desaparición catastrófica de cuarenta y cuatro estados, es decir, casi todos, con excepción de Illinois, Florida, Oregon, California, New Jersey, Virginia y Nueva York, las estrellas se redujeron a siete y las franjas a tres. En Nueva York no hubo atentado suicida. Total, para qué.
La teoría de Valdés asombra. Algo tiene que ver el sacrificio de los Sergios con el deseo de que Puerto Rico sea admitido como el octavo estado de la nación. En el archivo de uno de los diccionarios poco fatigados se informa que Puerto Rico todavía existe.  Es una de las miles de islas que pertenecieron a Estados Unidos (solo el archipiélago filipino, estadounidense hasta 1945, tuvo siete mil islas). Puerto Rico, la inspiración de una chillona comedia musical olvidada. Puerto Rico, cuyo nombre, para algunos, evocará a una escritora joven que tuvo muchos lectores y los perdió: Micaela Minh Said.