sábado, 17 de marzo de 2018

Parcelera






El 24 de marzo de 1936 Miss Enriqueta Vázquez, con dirección de remitente en el 108 W. 91 Street de la ciudad de Nueva York, envió una carta escrita en inglés a los propietarios de la Hacienda Aguirre. A Miss Vázquez le interesaba saber los nombres de los últimos dueños de una plantación que había sido propiedad de su padre y de la única hermana de éste, la esposa de un abogado español llamado, según ella, Modesto Lafuente. Mencionaba la posibilidad de que Aguirre hubiera sido vendida por el esposo de alguna de las hijas del matrimonio de su tía, es decir, por una de sus primas.
Para reclamar linajes de hispanidad Miss Vázquez escribía en inglés. La  correspondencia en inglés cruzada entre criollos trae a la memoria todo un clima de veneraciones “hispánicas” en Estados Unidos: la creación de departamentos de “hispanic studies” en ciertas universidades, la fundación de la Hispanic Society no muy lejos de la zona donde residía Enriqueta, la ideología panamericanista como  potenciadora del entendimiento entre Norte y Sur. Incluso el domicilio de Enriqueta Vázquez refleja la expresión material de su identidad “hispanic”. Es un edificio de estilo neorenacentista diseñado en 1927, nueve años antes de la fecha en que se escribió la carta, por la firma de arquitectos Gronenberg y Leuchtag.  Todavía está en pie. Se anuncia como “boutique bulding” de nueve pisos y 38 unidades.
Le respondió Marcelo Obén, administrador de Aguire, con una carta escrita también en inglés. En ella informaba los nombres de los firmantes del documento de compraventa del 10 de febrero de 1899. Miss Vázquez le contestó con una segunda carta donde consta el testimonio de oídas de la solitaria descendiente de una familia española o criolla, que había sido propietaria de terrenos en la isla, el paisaje en hilachas de los afectos de una vieja, tejido con los retazos de imprecisas grandezas.
Enriqueta tenía una escritura lenta y grande; recta, trazada con la regla de una postura señorial y letras iniciales adornadas con rabitos. Según ella el Edgardo Vázquez mencionado por Obén y firmante de la escritura era hermano de su padre, pero solo por el lado materno, lo que no explica la coincidencia de apellidos paternos. Como quien va sugiriendo la presencia de algo turbio en la transacción realizada por Edgardo Vázquez, comparte una anécdota: “Also I would like to further state that in 1903, or thereabouts, I visited Guayama and found the family of Mr. Edgardo Vázquez in evident penury, which seems incomprehensible in view of your statement. But I do not know the year of his mayorship, a still unverified information. Reconsidering, I am led to believe that he and the other gentlemen held powers of attorney conveyed from Spain, the family absenting themselves due to the change in government.”[1]Parientas pauperizadas, a semejanza de las mujeres de las mejores familias que despertaron la caritativa simpatía de Alice Bacon.
¿Quién fue el padre de Enriqueta, a quien ella no menciona por nombre, aunque reclama que había sido el dueño de Aguirre, una propiedad íntegra e indivisible? Todo indica que fue Enrique Vázquez y Aguilar, el hermano de Antonia Decia, heredero de un predio adyacente a los terrenos de su hermana. El predio hipotecado pasó de un hacendado a otro –fue propiedad de Amorós Hermanos, A. Hartman y Co., Gerardo Cautiño Vázquez y Gaspar Palmer. Tras numerosos trámites de hipotecas y saldos llegó a ser propiedad de Ignacio Rodríguez Lafuente, esposo de Antonia Decia y cuñado del padre de Miss Vázquez. Si lo anterior coincide con las escrituras de compra y venta de Aguirre, queda en el aire la identidad de Edgardo Vázquez y Aguilar, el tercer firmante de la escritura de venta a Henry DeFord. ¿Pariente de Antonia Decia y Enrique, no mencionado antes en las escrituras, y que Enriqueta relaciona con el lado materno, con el título de Alcalde de Guayama y con la miseria de su familia?
La confusión más sugerente de Miss Enriqueta la lleva a reclamar un parentesco político con el historiador y poeta español Modesto Lafuente. Sin embargo, el Lafuente que aparece en los documentos era, vale repetir, Ignacio Rodríguez Lafuente, casado con Antonia Decia y padre de Ignacio Rodríguez Vázquez, el abogado joven que firmó las escrituras de venta a Henry DeFord en representación suya y de sus hermanos y hermanas menores de edad. El mismo Ignacio Rodríguez Vázquez a quien doña Enriqueta no conocía a pesar de ser su primo hermano.
De cómo se coló en la trama de Aguirre la figura del historiador y periodista español Modesto Lafuente quizás se explica por el clima de los tiempos, aunque tampoco hay que descartar la posibilidad de un parentesco que Enriqueta Vázquez reclama con donaire: “Of course you surely know that the historian Modesto Lafuente has a niche in annals of literature,” le escribe a Obén, intuyendo que el destinatario solo sabe algunas cosas sobre el cultivo de la caña y que en lo tocante a linajes era cerrado de entendimiento. Marcelo Obén no debe haberse ofendido por la airosa ironía de la vieja, porque le importaba un pepino no haberse enterado de la fama añeja del historiador Modesto Lafuente, a quien ella confundía con Ignacio Rodríguez Lafuente, su tío político. Valdría la pena seguirle la pista al hilo de doña Enriqueta, pero Obén no tenía tiempo para leer ni un pasaje de la Historia general de España, país achacoso. Él era el administrador nativo de Aguirre, todo un destino. Si se escribiera la biografía novelada de Obén, habría que contarla al ritmo de la evolución de la compañía donde trabajó desde joven. Ya en 1919 Charles Crehore, el compañero de clase de William Sturgis, que aparece involucrado en transacciones de compraventa de los terrenos desde 1905, el año de la muerte de William, le otorgó un poder de representación a Marcelo Obén en una transacción de venta de terrenos a Luce and Company, Sociedad en Comandita.
Marcelo Obén tuvo la gentileza de despachar a Miss Enriqueta Vázquez con una carta donde comentaba que no se podía hablar con precisión de Aguirre, pues había más de un sector con ese nombre, y que las transacciones eran más de una. La multiplicación de los sectores llamados Aguirre provoca el asombrado sarcasmo de Enriqueta: “You wish to call my attention to the fact that there are other Aguirre plantations”. Da lástima pensar en la vieja que llega a Puerto Rico en busca de parientes, y quizás de las glorias de su padre y encuentra unas mujeres empobrecidas que no le dan pistas sobre la identidad de sus primos, los hijos e hijas de Antonia Decia, la  heredera de Aguirre. Dudo que Obén se tomara la molestia de contestar a su fantasiosa segunda carta, y no solo por desinterés, sino por astucia leguleya. Es normal que la imaginación de una vieja interesada en el estudio de una herencia paterna despierte la suspicacia de un administrador malicioso. Con todo, no se puede negar la cortesía de su escueta respuesta a la primera carta. Obén reconoció que Enriqueta era una doña.
El administrador de Aguirre no tuvo la misma deferencia con otra vieja apellidada Vázquez, sin la letra grande, recta y aplomada de doña Enriqueta. La segunda vieja no sabía escribir, y aún así había heredado un pedacito de terreno en los predios de Aguirre, el cantito de tierra que quizás añoraba la señorita Enriqueta cuando azotaba sus ventanas la ventisca de los inviernos neoyorquinos. La segunda vieja, Juana Vázquez, no sabía de letras ni de historiadores. El documento que lleva su nombre no lo escribió ella, aunque los detalles suenen a su voz. Además de firmar con una equis la obligaron a dejar las flacas huellas de sus dedos pulgares, identificados como tales: pulgar izq. y pulgar der. Ese documento no puede resumirse.  Hay que leerlo:[2]
Yo, JUANA VÁZQUEZ, bajo el más formal y solemne juramento, digo:
Que soy mayor de edad, soltera y vecina de la finca Aguirre de Salinas, P. R.
Que hace mucho tiempo heredé de mi padre, Ricardo Vázquez, una casa forrada y techada de zinc en la finca Aguirre, propiedad de Luce & Co., S. en C., cuya casa la construyó mi citado padre con el consentimiento de los dueños de dicha finca Aguirre y además heredé y posteriormente sembré, cerca de dicha casa, una finca de guineos y otras matitas y unos árboles que hay allí sembrados.
He decidido vender dichas siembras, plantaciones y árboles y desbaratar la referida casa y llevarme los materiales de la misma, lo que hice en el día de hoy, por lo que hago constar por el presente documento que vendo, cedo, enajeno y traspaso a Luce & Co., S. en C., la referida finquita de matas, plantaciones y árboles de todas clases sin excepción de clase alguna que puedan existir en el referido sitio de la finca Aguirre y que me pertenecieran por herencia o por haberlos yo misma sembrado, contrato de compraventa que efectúo por la suma de $100.00 (cien dólares), cantidad que recibo en este acto del Sr. Marcelo J. Obén, en buena moneda de curso legal americana, actuando dicho señor en representación de Luce & Co. , S. en C.,  por cuya suma le otorgo la más formal, eficaz y cumplida carta de pago conocida en derecho, comprometiéndome a jamás edificar casa alguna o sembrar cosa alguna en dicha finca de Aguirre o en cualquier otra finca propiedad de o arrendada a Luce & Co., S. en C., ya que reconozco que dicha entidad no quiere ni desea que terceras personas edifiquen casas o hagan siembras de clase alguna en su finca.

Y para que así conste, juro y firmo este documento en Aguirre, P. R., hoy día 5 de diciembre de 1945.




[1] “También quisiera indicar que en 1903, aproximadamente, visité Guayama y encontré a la familia del Sr. Edgardo Vázquez viviendo en la miseria, lo que me parece incomprensible a la luz de lo que usted informa. Pero desconozco el año en que fue Alcalde (de Guayama) un dato pendiente de verificación. Pensándolo bien, me inclino a creer que él y los demás caballeros tenían poderes suministrados desde España, adonde se había mudado la familia debido al cambio de gobierno.” La carta original está depositada en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico.
[2] El documento original firmado por doña Juana, así como las cartas de doña Enriqueta Vázquez, están depositadas en el fondo de la Central Aguirre, en el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Facultad de Arquitectura, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.

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