viernes, 19 de abril de 2019

Violeta (primera parte)









(Hace años, en una excursión a la reserva Las Planadas, conocí al poeta Vicente Quevedo. Escribí un relato del viaje. Comparto el comienzo.)

Para Vicente Quevedo, el Juan Carlos del cuento


– No me lo van a creer, pero este es un arbolito de violeta – dijo Juan Carlos, deslizando un dedo por el tallo fino y las hojas grandes, quemadas en los bordes. Había encontrado uno de los seres más raros del mundo, pero no se detuvo a contemplarlo. Olvidando el hallazgo, cruzó el lecho seco del río y se ñangotó junto a la camilla del caído, que esa mañana se habría despedido de su mujer sin un beso, o de su madre con una malacrianza, y ahora estaba a punto de dejarlas huérfanas de su insolencia. Me acomodé entre Juan Carlos y Jorge. Traté de que la voz me saliera cariñosa y firme, estás bien amor, todo va a salir bien, ya verás, tranquilo, dije bajito. Jorge abanicaba al caído mientras Juan Carlos le pasaba la mano por el brazo derecho como quien estira una tela antes de cortarla. O quien roza el tallo de una especie rara. Yo le acaricié el pelo grasoso.

Los demás hombres –el senador maduro, el biólogo, el geólogo, el líder cultural – se colocaron a lo largo de la barranca, pegados a sus teléfonos celulares. Moviéndose con la desesperación muscular de actores en película de guerra, gritaban que en el lecho seco del río se nos moría un muchacho. El senador maduro, soltó una maldición, el muchacho se retorció de dolor, y Juan Carlos besó con la mayor tranquilidad los dedos delgados del gordo enfermo.

Eran las cinco en punto de la tarde.

No volví a ver el arbolito de violeta. El policía y los técnicos de emergencias médicas limpiaron a machetazos la escasa vegetación para que los helicópteros pudieran localizarnos. La vida humana, sin que mediaran contemplaciones, reclamaba su señorío ante una de las especies más raras del planeta.

Apenas dos horas antes, a las tres de la tarde, el muchacho se había asomado sin quitarse las gafas negras al interior de dos casitas que parecían esculturas de polvo. En el interior de una de ellas alguien había dejado indicios de partir con ganas de volver: un banquito largo, un catre de resortes, un almanaque que alimentaba la crueldad del tiempo en los hongos que se comían un ojo de Jesús.

Más abajo, el arqueólogo nos había mostrado los restos de una aldea precolombina. Bajo la sombra de una espesura de úcares deformes y almácigos rojos señaló el borde de una piedra cortada por un saqueador para extraerle un petroglifo. Seguimos bordeando las capas descubiertas de los concheros, bajando por una trocha abandonada, poniendo mucho cuidado en no pisar las piedras sueltas. Nos acercábamos al río y el terreno se hacía más empinado. Justo en ese lugar resbaloso el muchacho empezó a quejarse. Cuando cayó nos pidieron a mí y a la muchacha que nos alejáramos para que los hombres pudieran bajarle el pantalón. El caído se negaba a que le rajaran la tela para examinarle la pierna.

La muchacha me dijo que el caído era el chofer del senador maduro y ella la recepcionista. Se quejaba de que no les hubieran descrito las condiciones del camino. Tomé agua. No quedaba mucha. Recordé que antes de bajar desde la altura con vista al Mar Caribe, el muchacho mencionó que le dolían las piernas. No le hice caso. Con la camarita desechable tomé fotos de la autopista lejana, de la pendiente cubierta de maleza, del jardín de mírame lindas y chícharos, del perrito negro con el rabo interrogante que veía alejarse a los líderes de nuestra expedición, empeñados en bajar hasta el lecho del río Lapa, por un camino abandonado del sector Las Planadas, hasta llegar a otro sector, las parcelas Vázquez, en el pueblo de Salinas.

La expedición formaba parte de los trabajos de una comisión de legisladores empeñados en que aquella zona fuera una reserva natural. Contaba con un grupo de científicos y funcionarios, además de un policía, un promotor cultural, dos senadores y sus asistentes, entre ellos el muchacho de gafas herméticas y camiseta con un anuncio en la espalda: “DJs of the World.”

De pronto, despejando la voz nasal de la recepcionista, sentí que el aire reventaba como una vaina para expulsar unas palabras: el árbol de violetas se esconde, pero su flor lo delata.

Hablaba Juan Carlos, el botánico de la expedición. Aquella topografía era interesante porque ilustraba transiciones, nos dijo: el cambio de vegetación entre las alturas de la cordillera y los valles costeros, donde desembocan los ríos y los caminos abandonados. El Caribe empieza mucho antes de sus orillas, debajo de la tierra, en el nacimiento de las corrientes de agua dulce. Para conocer el Caribe hay que saber del monte, para saber del monte hay que leer una de sus piedras, uno de sus insectos, uno de sus árboles. Para conocer un país basta conocer un habitante de ese país. El monte es un país y cada árbol un habitante con sus manías, temores, rutinas y temperamento irrepetible. Oyendo las palabras de Juan Carlos la recepcionista lo miró con expresión de miedo, el arqueólogo callaba y yo sentí que se ablandaba el tronco del úcar viejo, anfitrión de las serpentinas colgantes que llaman barbas de úcar. Los poetas saben de estas cosas, dijo Juan Carlos, recitando unos versos de Olga Ramírez de Arellano dedicadas al árbol de violeta, sin darse cuenta del efecto de sus palabras, señalando después al aromático palo rubio, conocido también como árbol de madera sagrada, y al uvero del monte, cuyo nombre científico honra la memoria de Paul Sintenis, un botánico del siglo 19 que dejó el pellejo en la isla recogiendo muestras para el jardín botánico de Berlín.

Un hombre caído, nada que hacer, nadie que supiera hacer nada. La impotencia es la madre de la paciencia. Ningún lugar del mundo importaba más que el sitio donde nos encontrábamos, entre el árbol rubio y las barbas de úcar, a unos pasos del lecho seco del río.

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