lunes, 6 de julio de 2009

El arte de Miguel Ángel Muñoz


(Miguel Ángel Muñoz. Quédate donde estás. Madrid: Páginas de Espuma, 2009)


Marta Aponte Alsina


Para un escritor como Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970), tan dedicado a la reivindicación del género cuento, el que propongamos que la distensión es una de las coordenadas de su poética puede parecer un contrasentido. No obstante, el maestro de la distensión en el cuento es ese Chéjov que ocupa un lugar destacado en sus afectos. En Chéjov la distensión emana de la lenta dosificación de lo ordinario, de la configuración de atmósferas que ocultan el horror tras un aura confortable, semejante a la que presagia ciertos episodios mórbidos, o a la iluminación que en algunos afortunados, se dice, antecede a la muerte.

A propósito de maestros, una pareja tutelar de cuentistas es la de Chéjov y Poe. En su país natal Poe no deja de ser tomado con un grano de sal. Hace unos meses, en el New Yorker, en la reseña de una nueva biografía y dos antologías publicadas en este año del bicentenario del nacimiento del autor, la crítica Jill Lepore se preguntaba si Poe (quien adoptó los moldes sensacionalistas de la literatura gótica para poder vender sus historias al tiempo que despreciaba los gustos burdos de la masa) era un genio perfecto o un perfecto farsante. En contraste, el aprecio a Chéjov parece trascender modas narrativas. No ha perdido gracia la seducción paulatina de sus mundos extraños que se despliegan con naturalidad y que, en lugar de cerrarse de manera efectista, se van apagando en la indeterminación.

En Miguel Ángel Muñoz la balanza se inclina del lado de Chéjov y sus émulos. Su empresa como narrador ha sido airear tradiciones del arte de narrar en ejercicios que van desde la parodia de narraciones seudo-históricas hasta la estética pop aplicada al retrato de situaciones actuales.

Muñoz ha publicado dos libros de cuentos: Quédate donde estás y El síndrome Chéjov (Páginas de Espuma, 2006). En “Antón Chejov, médico”, uno de los relatos de El síndrome se presenta al escritor como personaje de ficción. Hay escenas que irradian una calidez casi erótica, un erotismo casi místico, en el espacio de la casa consultorio y taller del escritor en Yalta. El relato se construye articulando niveles temporales y de sentido, a la manera de un juego de espejos, como si el cuento fuera lo que en efecto es, una cámara oscura que miniaturiza y apresa un trozo de realidad. La escena donde los actores han terminado una representación urgente de El tío Vania para que el dramaturgo pueda descansar encierra una poética del cuento como objeto, un objeto de palabras que impregna el aire con sensaciones reverberantes y plantea un enigma, a la vez que una iluminación:

Los actores, respetuosos pero con una euforia decepcionada, fueron despojándose de los añadidos –sombreros, corbatas, chaquetas ajustadas, vestidos incómodos- y se sentaron sobre la hierba, silenciosos. Chéjov los miró por última vez antes de acostarse y notó la enfermedad en su cuerpo, se vio a sí mismo patético, y se dijo que aunque al día siguiente ese matiz simbólico desapareciese y le permitiese apreciar los aspectos técnicos de lo que había presenciado aquella noche, en ese momento su obra, que en un mes vería en Moscú, revivida por los actores, exhibía para él una tristeza funeraria que no sabía si provenía del texto, de los rostros maquillados y deformados por la exposición a una iluminación natural y sombría, o si era simplemente la melancolía que emanaba de aquella naturaleza de Crimea, todavía desconocida para él. (pp. 98-99)

En otra escena, en la noche de la boda de Chéjov, el escritor enamorado (un hombre tan fino que Tolstoi, quien lo quería mucho, lo comparaba, según Carver, con una mujer) se retira no sin antes invitar a sus invitados a que prolonguen el placer del banquete, a que beban y bailen hasta el delirio, a que vivan hasta que no puedan ya tenerse en pie. Entonces el deleite vital de la lectura proviene, en todo caso, del bienestar de una fruición estética amparada en la generosidad del anfitrión.

Escribió Chéjov en una de sus cartas que el autor debe ser compasivo de pies a cabeza. Compasivo, es decir, ni dogmático, ni sensiblero, ni arrogante; distante sin frialdad interior. La humanidad puede ser cruel, mezquina y maligna, pero un autor, el cronista de esa especie desastrosa, no puede darse tales lujos. El tono compasivo de la escritura es inseparable de quien puede interpretar una enfermedad porque él mismo la padece.

En los cuentos de Quédate como estás se repite el motivo del escritor como personaje, así como las venturas y desventuras de la vida en pareja, incluso la dicción teatral de alguno (“Ropa de verano”) cuya ironía radica en los matices de una despedida en tono de monólogo amoroso. En materia de cuentos de escritores, sobresale una parábola kafkiana con Kafka y Jakob Brod, el hermano menor de Max, como personajes. Para tratar de salvarlo de la locura solitaria, Brod apuesta con Kafka a que el escritor no podrá sobrevivir en las condiciones carcelarias de una fantasía suya: una habitación cerrada, donde sin contacto alguno con el mundo exterior, salvo los alimentos que alguien le hará llegar por debajo de la puerta, pueda pasar la vida escribiendo, en completo silencio. Como en la evolución de otro praguense, Rilke, lo que madura en la soledad es la fusión entre el mundo de las criaturas despreciadas y la subjetividad del escritor (Rilke hablaba del escritor niño, “destinado a entrar y salir temerariamente de todo tipo de criaturas”). En todo caso este relato propone una dramatización del origen de La metamorfosis.

La fusión entre el escritor y los seres y las cosas (narcisismo especular que recuerda al poeta camaleónico de Keats, y al imperio de lo minúsculo en Bachelard) está presente en el cuento breve “Jabón de Marsella”, así como en varios relatos cortos, que también tienen por personajes a escritores: Salinger, de quien ya no se sabrá jamás si vive o ha muerto, pues vive como un muerto; Onetti, el macho que ama y abandona a dos primas, “sepultadas en el pozo de la pequeña historia de la literatura”; Carver, quien ante un ciervo muerto experimenta la epifanía que cristalizará en el bellísimo relato “Errand” inspirado en la muerte de Chéjov:

En los ojos del animal había una expresión que Carver intentó definir: no era rabia, ni rebelión ni, por supuesto, conciencia del final. Más bien recordaba el arrepentimiento que los niños muestran después de cometer una maldad, como si el animal fuese consciente de haber dado un paso en falso, de haber cometido un error fatal, después de tantas escaramuzas, de haber jugado al escondite durante varios años con las armas de los cazadores, y eso le hubiera conducido a aquella furgoneta que le transportaba con brusquedad sobre la grava y los socavones, hacia el pueblo, donde su cuerpo, troceado para carne y adorno, terminaría por desaparecer. (pp. 139-140)

La lectura de Cortázar sobresale en varios relatos, pero hay uno extraordinario, cuya óptica se corresponde mejor con la de Cristina Peri Rossi en La rebelión de los niños. Se trata de Los niños hundidos. En un hotel abandonado que se levanta en una costa desierta, desprendimiento de tantas posadas malditas que reinciden en el cine y la literatura -en las paredes de este hotel los pasillos están decoradas con fotos de actores- unos seres vigilantes parecen dedicarse a rescatar cadáveres de niños ahogados y a la devastadora tarea de notificar a los padres. En las aguas del sueño, las pesadillas de los huéspedes atrapados en el hotel se confunden con las aguas marinas, pobladas de niños muertos, compañeritos de la niñez o reflejos del niño propio. Es el reino de todos los niños asesinados, devorados por la condición misma de los cuerpos, el poder, el deseo y el horror en una trama hermética. En diálogo con Peri Rossi se ubicaría también un raro relato de aprendizaje, “El reino químico”.

“Vitruvio” sabe a ciencia ficción extraña, una ciencia ficción que parece cantar las alabanzas de la técnica y la ciencia en la esfera del consumo. Vitruvio, el teórico renacentista de las proporciones, el que inspiró al hombre de cuatro brazos dibujado por Da Vinci, es emblema de un monstruo que, al contrario de los de su especie, inspira amor. Se trata de otra metáfora del escritor, padre, marido y concursante crónico de esos generosos concursos auspiciados por las comunidades españolas. El hombre se “hace brazos”, como otros se hacen la barbilla o la nariz, es decir, se hace transplantar seis brazos adicionales y con ellos escribe portentosamente. Al final, en un encuentro con el escritor mutilado donante de dos de esos brazos, reaparece el linaje gótico de los monstruos y el inevitable parentesco entre escritura y violencia.

Casi siempre se lee sabiendo más que los personajes aunque estos sean Carver y Chéjov. Pero “Banda ancha”, el cuento final, cuyo tema es el acceso deslumbrado a la esfera de la Internet, plantea el recorrido en inocente ignorancia, lo que brinda matices de nobleza al vicioso deambular interminable entre una página y otra en busca de la página imposible, esa “que detalla todo, la que lo explica todo, la que, ahora sí, lo dice todo”.

“Quédate dónde estás”, el cuento que da nombre al volumen, reafirma el antagonismo amoroso entre el registro estético y la muerte. El protagonista, un joven aspirante a cineasta, pide a su amante que no se mueva. Quiere filmarla, es decir, rendir homenaje al instante, pero la cámara revela una mancha maligna. Como en “Las babas del diablo”, de Cortázar, el ojo de la cámara descubre el mal, en este caso una enfermedad aniquiladora del “tiempo florido” de la juventud.

El síndrome Chéjov y Quédate donde estás son los presentes de un narrador para quien publicar no ha sido un tanteo, sino la entrega de un fruto madurado con depuración autocrítica. Me atrevo a sugerir que Muñoz podría escribir un libro de estrategias narrativas que, como los tratados de ajedrez, nombre, describa e ilustre las formas de iniciar, elaborar y cerrar un relato. Conoce la tradición del cuento y la enriquce en su blog, que recoge muestras de todas las regiones donde se escriben relatos en español. Su escritura congrega materiales literarios, cinematográficos y vitales diversos, pero siempre regidos por esa humanidad que no es producto de la evasión ni del sentimentalismo, sino de una visión tan ecuánime como insobornable ante los desastres de la especie. En el prólogo a su primer libro, señalaba con juvenil apasionamiento el autor: “Ojalá el tiempo me dé la oportunidad, a lo largo de los años, de escribir más de cien relatos que me convenzan”. Sólo quien escribe con un deseo que raya en la fe podrá persistir en la ambiciosa intención de tomar cien veces la medida del tiempo.

Página de Miguel Ángel Muñoz:

www.elsindromechejov.blogspot.com



3 comentarios:

Javier Sáez de Ibarra dijo...

Extraordinario comentario crítico. ¡Así se lee un libro! ¡Este es el homenaje que nos debemos los escritores unos a otros! felicidad para el autor de leer algo así, felicidades a Marta que con esa penetración nos hace ver la maestría de Miguel Ángel Muñoz. Me atrevo a subrayar lo que dices al final, el deseo del autor de escribir más y mejor, de que la escritura sea una vocación de la vida, y los cuentos el territorio de la magia del lenguaje, la idea y el sentimiento. ¡Enhorabuena!!!

Jesús Garrido dijo...

Me he lanzado a la caza y captura de estas dos obras, primer intento fallido en el Corte Inglés de Jaén, a ver si el lunes en la Metrópolis puede ser.

Saludos.

Anónimo dijo...

Magnífico estudio de "Quédate donde estás", del que deberían tomar nota muchos críticos a la hora de hacer públicas sus reseñas, y en el que la autora ha demostrado grandes conocimientos y una extraordinaria sensibilidad que trasciende el mismo texto, cuando dice que la variedad de materiales que el autor utiliza vienen regidos por una humanidad que no es producto de sentimentalismos ni otros recursos fáciles. Es algo a tener en cuenta, pues la humanidad de M. A. Muñoz asoma en cada uno de sus relatos, incluso en los más irónicos. Tal vez por eso admira tanto a Chéjov, tal vez por eso, como ocurre en el autor ruso, muchas de sus historias despiertan emociones sin caer nunca en el sentimentalismo.

Antonia Moreno