martes, 8 de septiembre de 2009

Bonsai (cuento)




“Estar muerto es menos fácil de lo que puede parecer.”


Italo Calvino, El señor Palomar


Eran dos, pero parecían una muchedumbre. Su presencia acortó aún más el espacio breve de mi refugio. Él se quitó el sombrero para saludarme, ella me extendió una mano suave. Él se alzó los pantalones antes de posar las nalgas en el sofá, ella se sentó con las rodillas juntas. Los dos me miraron sin pestañear, dibujando sonrisas tan marcadas que tropecé con un nudo oculto en el tiempo.


Decidí no ofrecerles café.


–Ustedes dirán– dije con voz seca. De inmediato me sobresaltó un recuerdo de papá.


Papá y Stendhal. Cada uno es imprescindible para mi entendimiento del otro. Stendhal leía el código civil napoleónico cuando completaba la redacción de una novela. Papá raras veces leía el código civil napoleónico. Se sentía más inclinado a visitar amigas que a memorizar leyes o redactar escrituras. Ojalá hubieran sido buenas hembras, pero no. Su afición al esperpento explica que aquella mujer fuera uno de sus amores. Una mañana nos recibió vistiendo una bata raída, mal abotonada. Con movimientos flotantes sacudía el enjambre de un pelo impenetrable. Me regaló bombones derretidos pegados de la envoltura. Antes de despedirnos se acercó y casi me tumba el aliento a alcohol. De lejos parecía una muchacha, de cerca una vieja maloliente.


–Maneco – susurró– la única aventura que me queda es el desorden.


Había sido una poetisa legendaria. Creo que ahora tengo la edad que ella tenía cuando papá y yo la visitábamos. Yo con las medias estiradas hasta las rodillas y los pantalones cortos color vino del colegio, frente a ella y papá. Destilaban el olor agrio de la gente usada.


Los usados del momento eran limpios sin exageraciones de maquillaje y tintes. Justo cuando la mujer cruzaba las piernas la radio daba cuenta de un escándalo: guardias de las Naciones Unidas destacados en la República del Congo compraban “favores sexuales” a mujeres y niños a cambio de alguna botella de agua, tan apreciado el recipiente como el líquido. Con una mano doblada por la artritis, las venas en relieve y sobre los huesos una piel de nata, el viejo sacó un papel del bolsillo de la chaqueta.


–Don Manuel, no se imagina las ganas que teníamos de conocerlo. Estas no son horas de visita, pero pasábamos frente a su casa y pensamos que a nuestra edad le quedan pocas horas al cuerpo físico y todos los momentos del día son iguales. Mi hermana y yo somos madrugadores.


–Nos gusta el friíto mañanero –prosiguió ella, estirando el parlamento del otro.


–Seré breve –dijo él. Usted desconoce una realidad in-quie-tan-te.


- Peor que la muerte misma es que ya nadie tenga tiempo para pensar en los muertos. La muerte ya no es lo que era. Nadie la toma en serio.


–Muy lamentable- prosiguió él o ella, imposible distinguir quién hablaba. Empezaba a aburrirme aquel juego de cabezas injertadas. Bostecé, me acaricié la barba.


–Perdonen, pero tengo un compromiso y se me está haciendo tarde. En qué puedo servirles.


La frase hipócrita les provocó dos sonrisas.


–Mi hermano es un hombre muy desarrollado. Hace años un fuego destruyó nuestros archivos. Hemos tenido que rehacerlos. Estamos realizando decenas de experimentos. Recibimos mensajes de todo el universo.


–Uno de ellos nos trae a esta casa.


–Es la palabra de uno de los siete sabios universales. Se trata de...


–Dionisio el aeropagita– reveló él, sin que le temblara un pelo del bigote.


Con que esas tenemos, pensé. Los visitantes revelaban su procedencia sin mencionarla. Eran emisarios de la Casa de las Almas.


El papel que el hombrecito puso en mis manos me recordó los olores tenebrosos de la poetisa amiga del desorden. Estaba tan arrugado que tardé un rato en descifrar la línea. Pero no llegué a leerla en voz alta, se me adelantó él, pronunciando de memoria las palabras escritas en el papel con un acento digno de una madama de las islas.


Manuel, don’t let me die…


Desbordé una reacción vulgar, algo así como “no sabía que Dionisio hablaba inglés”. El varón, picado, me arrancó el papelito de las manos.


–Óigame Sagardía, su nombre surge en las últimas semanas con una insistencia alarmante. Unos seres muy cercanos a usted no alcanzan la paz, ni la alcanzarán mientras usted se obstine en olvidarlos.


–Sabemos que no es creyente –gimoteó la mujer.


–Eso no tendría la menor importancia si además de ateo no fuera tan insolente –encadenó el viejo, engolando la voz de galán con sombrero–. Pero allá usted con su conciencia. Nuestro deber es advertirle que tiene muy abandonados a sus muertos. Lástima, pues de usted dependen ciertas secuencias cósmicas.


Tengo poca paciencia. A veces la pierdo sin remedio.


- Caramba, pues se jodió el universo. La astronomía no es mi fuerte.


No diré que la expresión los sobresaltó. Sí que los obligó a poner todas las cartas sobre la mesa. En sentido figurado, claro. En la vida real sólo se movieron un poco en el sofá. Él carraspeó, ella abrió y cerró el broche de la cartera.


–Usted sabrá quién es Anselmo –dijeron ambos a dos.


–Y quién es Carla-dijo sólo él.


Bájé la cabeza para asimilar el golpe, un boxeador noqueado por el asombro. El viejo no me dio tregua.


–Ningún lugar es más frío que el parque abandonado de un hombre insensible.


–El parque de un hombre es el corazón. Parece mentira que un jardinero como usted no lo reconozca.


Me dejó sin aliento el descaro de quienes habían entrado en mis dominios desbordando cordialidad. ¿Cómo se atrevían a saber tanto de mí estos dos portavoces del otro mundo? Les devolví la hostilidad poniéndome de pie.


–Señores ustedes deben estar locos, pero no tanto como yo, puesto que tan bien me conocen. Quedo advertido –dije, mientras les señalaba la puerta.


- Piénse en lo que hemos dicho Sagardía- y ambos a dos me extendieron las manos antes de girar maquinalmente sobre las puntas de los pies.


Cruzaron el portón sin mirar atrás. Se movían por la calle, que empezaba a desdibujarse en la luz intensa de la mañana, con una rapidez aprendida de su trato con los fantasmas. Los odié hasta el escalofrío, sentí el quebranto de una fiebre fulminante, me derrumbé.


(Continuará)

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