jueves, 24 de diciembre de 2009

Un libro de Marta Ortiz


(A propósito de Diario de la plaza y otros desvíos, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2009)


A Marta Huidobro, viva en el recuerdo

A Dalidia Colón, lectora de poesía


La ciudad natal, la casa y el paisaje sustentan desde siempre el diseño de la poesía. Obras humanas, son extensiones metonímicas de la voz. Si bien el hablante lírico nunca ha sido del todo equivalente al escritor de carne y hueso, es a partir de Baudelaire que se profundiza la distancia entre el yo lírico (máscara desrealizada, sujeto retórico) y el “yo individual del escritor, cargado con su historia personal, con su estado social, y con su psicología… ”. (Combe, 149)[1]

Diario de la plaza y otros desvíos, de Marta Ortiz, es ejemplo de cómo ese sujeto lírico rebasa el testimonio autobiográfico. Conocer la entrañable relación de la escritora con los lugares de su ciudad (Rosario, Argentina) los datos de su biografía y el perfil de sus afectos familiares es privilegio de sus amigos y conocidos. La escritura de este diario poético, no obstante, renueva tropos de sólida tradición en la narrativa y la escritura y es a partir de ellos que se configuran las imágenes estelares de la constelación que es el libro.

Se trata de una autora que saca brillo a las palabras con voluntad de orfebre. Su oficio impecable no busca sumirse en la oscuridad o la representación del caos sino iluminar las cosas familiares y la melancolía que provoca su desgaste, como si el trazo pretendiera fijar el rastro de esas pérdidas.

El Diario consta de cinco secciones: “Goteo”, “Diario de la plaza”, “Mapa, “Contexto” y “Periplo”. La primera da cuenta de la chispa que incita a escribir: los objetos atesorados en la memoria, los sentidos deseantes. La segunda encierra en el libro el universo, como otra versión del aleph; magia reductora que construye un modelo en miniatura de la plaza, con sus árboles transformados en otra superficie de escritura. “Mapa” es el rastro del cuerpo en sus deseos y patologías y también una relación de las vocaciones: la escritura, el canto, el arte, la simpatía cultivada. “Contexto” y “Periplo” se refieren a un entorno dominado por la influencia mediática global con su equívoca ilusión de proximidad, cuando su mecanismo radica en reproducir lo efímero mediante un abandono del yo , semejante al de la zona estéril de los aeropuertos, donde los pasajeros esperan, tras someterse al examen de sus pertenencias, el traslado a otras coordenadas.

El título del poemario des-cubre uno de sus principios dinámicos. El prefijo des se repite a lo largo del libro. La poesía es cortina de sonidos, de aliteraciones, de ritmos: desvío, desmenuzo, des-aireado, des-enterraban, deslíe, des-pintada. Uno de los significados de des, justamente el sentido que cobra en la palabra desvío, comunica la vivencia de apartarse. Esa distancia que se acentúa al revisar lo escrito separa el dolor inefable que se siente de su fantasmal destilado poético.

El prefijo homófono, de apunta a otro concepto: la posesión. Además, relaciona las palabras destello y destilar. En su des-usado origen, destello significaba gota (stilla) que chorrea y brilla. Destilar – purificar - refinar – gotear – destellar. “Goteo" de la tinta que destila, destella y deslumbra.

El oficio de Ortiz, la limpieza del trazo en poemas breves, intensos y precisos, es tan libre y disciplinado como la pericia de quien atrapa una mariposa con un solo movimiento de la red. Arte de la escritura miniada, afín a la magia simpática que al reducir domestica y posee. Los tropos dominantes aluden a las pérdidas y a la gracia de amar en medio de las ruinas: el musgo, las grietas, el óxido, la humedad, el olvido, la familia, la memoria, el gesto que se repite, el revoque descascarado, el vagabundo, las madres de Plaza de Mayo, los libros de la infancia, la casa perdida, la cajita de hojalata donde se guardan objetos banales que nadie más valorará en su secreta memoria, de esos que a la hora de nuestra muerte recobrarán su destino de vagabundos desamados. Esa caja de recuerdos me evoca el arte de Joseph Cornell, maestro del assemblage apreciado por los surrealistas, fabricante de cajas de objetos que en el encuentro fortuito revelan su magia des-atada. Cornell, citando a Nerval, llamaba metafísica de lo efímero al aura de las cajitas deslumbrantes.

Para despedir un año que contó entre sus raras bondades la publicación de Diario de la plaza y otros desvíos, me doy el lujo compartir el primer poema de este libro de lujo. La poesía buena ayuda a respirar.


Persistencia

resiste

esta memoria de palabras

como líneas

de celestes nomeolvides

crepita

en el mimbre del sillón desvencijado

al lento fuego

de mis vanos devaneos

(sombras grises deshilan

cielos rasos

de telas de araña)


persiste

esta lengua y esta letra verosímil

en la trama

de las telas

sepultaban la piel suave de mi madre


y en la curva de voces como ríos

voces de viento

en sobremesas

noche a noche censuradas


perdura

canto primario

tacto a mapa antiguo

-tiempo y gubia-

en la corteza del ciruelo

y habría que ver

resiste creo

en el vaho aquel amarillento

olor naranja terroso

color grieta papel viejo

del viejo libro de cuentos

de Perrault


[1] Dominique Combe. “La referencia desdoblada: el sujeto lírico entre la ficción y la autobiografía”. En Teorías sobre la lírica. Fernando Cabo Aseguinolaza, editor. Arco Libros: Madrid, 1999.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Devolver la mirada


(A propósito del libro Puerto Rico en fotos: la colección menonita, 1940-1950, de Libia M. González López)

Cuando se presentó este libro en la Fundación Luis Muñoz Marín hace un mes yo no me encontraba en Puerto Rico. La Dra. Malena Rodríguez Castro leyó una versión de estas palabras. Ahora que me encuentro en PR, no pretendo repetir todo lo que Malena leyó a la perfección. Más afortunado sería entrar al libro por otra puerta. Esto que acabo de decir, el planteamiento de encontrarse o no encontrarse a sí mismo en un lugar -expresión de lógica extraña- bien podría ser esa puerta.

El Mennonite General Hospital de La Plata servía a los campamentos y a los vecinos de los pueblos adyacentes. En aquel hospital, una barraca de madera que aparece en varias fotografías del libro, me practicaron una tonsilectomía.

Quién sabe si la fascinación con la parcela de higienismo donde perdí las amígdalas, en el verde agreste del Río La Plata, me anticipó, como en un juego de espejos acuáticos, el encanto seductor de Castañer, la colonia laquista donde otra comunidad religiosa fundó otro hospital en torno a otro resettlement project. Para bien y para mal, la isla ensimismada y desposeída se “prestaba” para llevar a término operaciones radicales y soñar utopías delirantes. Utopías y espacios distópicos donde podemos o no encontrarnos: bases militares, laboratorios, hospitales, comunidades marginales, parques industriales en ruinas, accesos descontrolados, resistencias inesperadas.

Ante el ojo que nos examina con curiosidad clínica -ya sea en la mesa de operaciones o en la mirilla de un rifle o una cámara- se nos va formando la mirada. Buena parte de lo que mueve a escribir y a investigar es el deseo de mirar a quien nos mira. Esa devolución de la mirada puede obedecer a un intento de confundirnos con el otro que cree conocernos y de aspirar, asimismo, a conocer al otro que nos mira.

Puerto Rico en fotos añade una dimensión inédita al acervo de las fotografías de Edwin Rosskam y Jack Delano, los fotógrafos oficiales que documentaron el proyecto de La Plata. Las fotos, a todo color, fueron tomadas por misioneros menonitas miembros del elenco de observadores participantes que allí vivieron y formaron familias. Quizás por esa razón el alcance de este libro no es puramente local. No conozco otras publicaciones donde se mire el territorio colonial desde afuera y a la vez desde adentro, en la cotidianidad de las familias de allá y de acá, en las rutinas y los oficios. En las relaciones imperiales de Estados Unidos ha dominado el principio de la mutua invisibilidad, una especie de don´t ask don´t tell a escala territorial. Libros como este no sólo enriquecen la historiografía de Puerto Rico sino que iluminan la historia profunda de Estados Unidos. Este libro, que representa la devolución de una mirada y que, por decisión de los editores se publica en dos idiomas, debe recorrer más de un camino de lectores, debe circular en los lugares de todos sus protagonistas y autores.

Los editores se propusieron “divulgar la labor fotográfica y misionera de los menonitas en Puerto Rico a partir de los años cuarenta”. Objetivo esencial, pues la fotografía, como afirmó Barthes, es un mensaje cuyo sentido queda determinado por el texto que lo encuadra. Además, como fusión positivista de arte y ciencia, reafirma la ilusión de un espacio liso, homogéneo, externo.

Las fotos tomadas por los menonitas, esas diapositivas que pasaron de los baúles familiares al libro por vía de la Internet, encuentran aquí unas coordenadas de lectura que invitan a valorarlas en más de un sentido. A primera vista, lo que las distingue de las fotografías “oficiales” de Rosskam y Delano es la figura del observador participante. En efecto, los fotógrafos forman parte del elenco de personajes que ocupan la escena. Algo retienen estos documentos del sesgo etnográfico que registra el estado “primitivo” de las familias pobres con sus cuadros de hijos, en una mirada de salvamento a especies en vías de extinción, pero el registro no se detiene nostálgicamente ahí. Propone, a la par, el imaginario de nuevas formas comunitarias.

Puerto Rico en fotos provocará más de un comentario, más de una lectura, más de una interpretación. Se hablará de los encuadres y planos, de las fotos posadas en contraste con las fotos instantáneas, de las tipologías que el fotógrafo casero reproduce, acaso con mayor candor y menos fortuna que el fotógrafo avezado, pero siempre con la pretensión de objetividad propia de la fotografía documental. Se hablará de los sujetos y las comunidades que la mirada construye desde su subjetividad invisible, y de cómo el fotógrafo se retrata a sí mismo en el proceso de fijar los objetos que le atraen. Fascinarán los modelos anónimos, las imágenes ejemplares de bodas colectivas, deportes y “vida sana”. Chocará la frialdad de la mirada clínica. Provocará asombro la batalla entre la enfermedad fecunda y la esterilidad saludable. Se analizarán las manifestaciones del trabajo y los encantos de la naturaleza, que luciría tan seductora como pródiga en fuentes de enfermedades. Se hablará de las familias de aquí y de las familias de allá; del antes y el después. Del nuevo papel social de las mujeres; de filantropía, turismo y arrabales.

Se comentará un descubrimiento de la editora: el importante libro de Justus Holsinger, uno de los misioneros. En su testimonio, Serving Rural Puerto Rico, Holsinger habla de “los niños haraposos y descalzos, pero orgullosos y felices”, y de un momento de gracia en Castañer, cuando sintió que era posible “en hogares pobres y enfermos, en medio de la ignorancia, encontrar una gran alegría”.

Este libro tiene el aire feliz de lo que estuvo a punto de no ser, de lo que estuvo a punto de perderse para este presente nuestro, tan desconcertante. Fragilidad azarosa la del esfuerzo personal para rescatar lo que había quedado al margen de la historiografía.

La historia de cómo se hizo este libro daría para otro libro. Primero, el descubrimiento del archivo por los investigadores de la Fundación Luis Muñoz Marín. Luego, los viajes a Indiana y Ohio. La doctora Libia González recogió testimonios e impresiones en Goshen, un poblado de 30,000 habitantes en el norte de Indiana, localizado “en una hermosa planicie verde”. Este poblado, quizás el doble “Main Street” de La Plata, contiene, a su vez, imágenes de otros espacios y personajes replicantes. El archivo de los menonitas conserva fotos y documentos de las misiones de la secta en Asia, África y América. Desde sus inicios históricos, la tradición pietista alemana, de la cual descienden los menonitas, construyó misiones en las fronteras coloniales. En Estados Unidos las comunidades de Moravianos, Hermanos y Menonitas intentaron cristianizar a los indígenas, proponer la asimilación como una vía que los integrara a la república federada y evitara el despojo de sus tierras. Vano empeño el de los pietistas. La expulsión de las naciones indígenas, la solución final, se ejecutó implacablemente en el éxodo desde Tennessee y Alabama hacia el oeste. El imperio se extendió haciendo invisibles no sólo a sus antagonistas evidentes, sino clausurando y expulsando de su conciencia los espacios híbridos donde se iba construyendo. Para cerrar los huecos del caos se fue forjando una comunidad imaginaria, homogénea y excepcional, que no corresponde con la experiencia histórica de violencia, migraciones, negociaciones, fusiones e intercambios y que ayer no más proclamaba, en el enrevesado discurso de su comandante en jefe, la vigencia de la doctrina del destino manifiesto: es decir, el derecho, por mandato a todas luces divino o acaso darwiniano, a ser el modelo universal de cómo hacer la guerra e imponer la felicidad a la fuerza.

Lo contrario de todo lo anterior no es menos cierto. Parte de nuestra historia caribeña en sus infinitas extensiones y enlaces pasa por la planicie verde de Goshen, por la ruta visionaria de los primeros hermanos pietistas. El insularismo mental que nos sigue afligiendo sucumbe ante la materialidad de las conexiones. PR en fotos nos acerca a esas redes comunicantes, a los caminos largos hechos de mínimas historias locales que constelan un universo en el libro, esa caja memoriosa donde a veces nos encontramos. Nos invita a salir de sus márgenes en busca del otro que se encontró a sí mismo mirándonos. Nos invita a devolver la mirada.

Texto: Marta Aponte Alsina

Foto: Edwin Rosskam