lunes, 11 de octubre de 2010

Un cuento


El trazo de tu canción


Un explorador blanco en África, ansioso
de seguir adelante con su viaje, pagó a sus porteadores
para que realizaran una marcha forzada.
Ellos se negaron a moverse.
Tenían que esperar a que sus almas los alcanzaran.
Bruce Chatwin, Los trazos de la canción



Detrás del mostrador una negra vieja enjuagaba copas. Harrry le estudió la cara, congelada en una expresión de asombro. Después, en el baño, la imitó con fidelidad ante el espejo, hasta que descubrió sus ojos azules bajo unas cejas de mujer aparatosamentre enarcadas. De vuelta a la mesa ordenó una copa de champaña e interrogó al mozo. Supo que la vieja se llamaba Jewel y que no tenía amigos.


Para conocer la ruta de Jewel esperó al cierre del Panama y la siguió hasta un edificio achacoso en la calle Fulton. La noche siguiente, cuando ella salió a trabajar, Harry invadió el apartamento. Sintió un escalofrío al rozar con las plantas de los pies las pantuflas deformadas por los juanetes de la vieja, antes de superar poquito a poco sus melindres para oler la tosca ropa interior doblada en las gavetas y liberar cierta ternura en plena comunión con los tubos de linimento y las fotografías alineadas sobre la cómoda. Pasó las yemas de los dedos por los pasajes subrayados en una Biblia de páginas endebles. Leyó las cartas guardadas en una caja de cigarros y copió con esmero la letra de la remitente hasta que logró una imitación perfecta. Cansado de husmear, se quedó dormido en la cama abollada, un sueño inquieto que ultimó justo a la hora en que la inminente llegada de Jewel lo obligó a huir con las alas del sombrero y las solapas del abrigo sombreándole la cara.


Esa misma semana Jewel recibió una carta. Su prima Ruby le anunciaba que se había establecido en Chicago y la invitaba a casa de los Green, una pareja de ancianos muy amables. Disfrutarían la vista del lago, la casa se encontraba en un lugar bellísimo. Los viejitos confiaban en Ruby. Apreciaban su inteligencia de empleada doméstica y le permitirían abrir la alacena para obsequiar entremeses exquisitos a su parienta.

El domingo siguiente los vecinos vieron que Jewel vestía su mejor traje, el verde con cuello de encaje, bajo el gastado abrigo de invierno. Llevaba el sombrero adornado con ciruelas y gorriones de papel maché.

En el autobús de Kenwood recorrió las calles del South Side. Luego caminó varias cuadras pasmada de frío hasta llegar a una casona alejada de las demás. Tocó la puerta con el nudillo del corazón. Tuvo la impresión fugaz de reconocer los ojos azules del joven mayordomo.

Tras un breve forcejeo casi cómico, Harry encerró a Jewel en lo que parecía la habitación más discreta de un hotel de lujo, un recinto decorado para el amor. Los cortinajes no ocultaban un ventanal con vista al lago de aguas congeladas rodeado de árboles esqueléticos. En ese cuarto sería servida con devoción por el niño blanco, que la abrumaba a fuerza de un cariño delirante y legiones de platos con nombres franceses. Cuando Harry salía de la habitación, se cuidaba de atarla a un pilar de la cama, tan espaciosa como el piso de la calle Fulton.

Él la animaba a comer y a charlar. Ella probaba sin ganas las salsas extrañas, enmudecida de espanto bajo el fuego azul de los ojos chocantes. De noche no la amarraba, pero el encierro era inapelable. Frente a la ventana no pasaba nadie; detrás de la puerta hermética Jewel adivinaba la existencia de un mundo silenciado como ella. No se oían más voces que la de Harry y el nervioso frenesí de cinco pájaros de especies distintas.

Se le ocurrió que la pasión del niño era una broma gigantesca. Si hubiera sido joven y hermosa, entendería la locura de un muchacho necio. Con el paso de los días, a medida que se acostumbraba a la rareza de su suerte, transitó del terror a la astucia. Si su secuestrador quería cuentos a cambio de manajres y una cama espléndida, ella lo complacería. No trataré de escapar, dijo una mañana cuando Harry, antes de salir rumbo a la universidad para aburrirse en una de sus clases de lujo, la despertó con el desayuno. No es necesario que me amarres, añadió, y de inmediato exterminó dos lascas de jamón, tres huevos duros, cuatro rebanadas de pan untadas con jalea de membrillo, dos cucharadas de caviar y una copa de champaña.

Entusiasmado, Harry olvidó su clase. Se sentó en el borde de la cama, a los pies de Jewel. Movido por la alegría del momento, confesó que era coleccionista desde que tenía uso de razón. Poseer cosas es mi vicio solitario, dijo. Ahora que soy un hombre de 19 años ya no me interesan los juguetes.

Estaba harto de secuestrar pájaros carnívoros, canicas manoseadas, volantines sagrados, libros escritos en lenguas muertas. Al momento coleccionaba personas, o más bien los cuentos de las personas.

Los trazos de sus canciones.

Cada persona es un hilo tramado en la red del universo, explicó con entusiasmo. Una línea melódica que discurre en cierta frecuencia. Cada vida insignificante evoca la totalidad de un conjunto de vidas. Los aborígenes australianos rehacen a diario el mundo volviendo sobre los trazos de las canciones de sus antepasados. Así mantienen siempre frescos los valles, los ríos secretos, las montañas, los desiertos. En esta ciudad americana, sin mitos ni rituales, algunas vidas se agotan en un escaso compás de relaciones. Otras forman parte de un continente de trazos.

Deseaba con delirio los trazos de Jewel. Empezarían esa misma noche.

A las diez, disfrazado con unos pantaloncitos cortos que dejaban al descubiertos sus regordetas piernas blancas, un casco de misionero jesuita en el Congo belga y un halcón vendado que hincaba las garras en un chaleco grueso, Harry, cuaderno en mano, volvió a sentarse a los pies de Jewel. Cuando le brotó el cuento, Jewel tembló; no sabía que había heredado de su familia de campesinos de Tennessee el don de contar historias.

Con lágrimas en los ojos dijo que su padre arrendaba unos terrenos dedicados a la siembra de papas, guisantes y maíz. Vivían en una cabaña mal calentada por una estufa de carbón defectuosa. A veces hacía tanto frío que Jewel y sus diez hermanitos se sorteaban cuál de ellos se levantaría entre sueños para avivar la leña. La madre ponía en una olla un trozo de tocino, lo ablandaba con guisantes, y esa sopa salada les mataba el hambre.

align="justify">Perdón, ¿puedo sugerirte un poco de humor?, interrumpió Harry. Podrías contar la pobreza aligerándole el sufrimiento. Hasta en la basura hay rayitos de sol. Jewel estuvo a punto de enmudecer, pero, amansada por la caricia de las sábanas de seda, concluyó que Harry tenía razón: si el dolor no trajera sus consuelos, ella misma habría elegido el suicidio.

Escarbando en los pocos edenes de su memoria recordó que el más pequeño de sus hermanos se negaba a empeñar el violín que le regaló un negro del vecindario. El chico violinista fue contratado para amenizar veladas en el burdel de Madame Zora. Detrás de él emplearon a Jewel. A los doce años la chica recibió sus primeras propinas y aprendió a mezclar tragos. Su blanda simpatía le permitía confundirse con el empapelado de la barra, escuchar las cuitas de todos, hacerse poseedora, en fin, de los secretos comunitarios. Jamás aburría a nadie, ya que nunca hablaba de sí misma, pero había acumulado un admirable repertorio de historias ajenas.


Con gusto contaría las más gratas.


En el burdel conoció a Shadow Morton, un pianista a quien le pagaban con dosis de morfina. Era el alma más delicada del planeta, tan conmovedora su música que Madame le rogó que pusiera freno a su don y tocara, al gusto del público, piezas breves y sensuales. Para quedarse dormido abrazaba a Jewel como a una perrita faldera, acariciándola con unos dedos colmados de anillos de vidrios de colores. Ella se sentía honrada. Aquel hombre no derrochaba sus humores con cualquiera. Por eso le indignó que acusaran al pobre de mirar mal a la hija del pastor blanco. El mal de ojo era un crimen tan terrible como la violación. Para evitar que lo lincharan Shadow escapó a Chicago.

Jewel también huyó una noche. Llegó a Chicago gracias a otros negros que la transportaron en sus camionetas y fue a vivir en una pensión situada detrás de la vía del tren, donde los niños, las ratas y las cucarachas colgaban como trapecistas de la escalera de incendio. Era graciosa la convivencia entre insectos, humanos y roedores, una recreación de la cordialidad legendaria disfrutada por las bestias en el paraíso. Además, en Chicago descubrió la realidad de la palabra hacinamiento, y eso también tenía un aspecto risueño.

Dormir era toda una empresa en cuya ardua acometida salían a relucir las virtudes de un buen cristiano. Cada cama se alquilaba a tres durmientes. A veces le tocaba acostarse desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche y después deambular por las calles hasta el turno siguiente. A esa hora, con el frío calándote los huesos, se valora la vida. Harry tenía razón.

Jewel se empleó de rompehuelgas en una empacadora de carne. El olor putrefacto se le pegaba a la piel. Hedionda, se desplomaba en la cama caliente, donde atraía, además de la tibieza, los sueños de los demás ocupantes. Algunos la mataban de risa, como las pesadillas del hombre que se ahogaba en una charca atestada de tiburones.

Un día amaneció febril. No podía moverse. Al despertar encontró que la apresaban unos brazos duros. Con dificultad se separó de la durmiente del turno de las seis de la mañana: Bess, empleada en el cabaret Panama y dueña de una voz de barítono. Claro que sí, dijo Bess. Había oído hablar de Shadow Morton. Y añadió que para sobrevivir en el Panama más valía no ser una mujer atractiva y que Jewel sí lo era. Jewel rechazó con diplomacia el abrazo de Bess, y le pidió que la llevara al Panama.

En el Panama Jewel empezó limpiando baños y escuchando rumores. No perdía la esperanza de ver a Shadow. El cabaret era uno de los más favorecidos por los amantes del jazz. Se cansó de explicar que ella mezclaba cocteles, pero en el territorio de la barra dominaba el viejo James. Tanto jorobó la paciencia del gerente, que le asignaron una tarea odiosa: cuidar a la cantante Emerald Brown. Qué nombre más típico, bostezó Harry, pausemos hasta mañana.

La cantante se llamaba Emerald Brown, repitió Jewel la noche siguiente, saboreando el fulgor de sus palabras suspendidas en el aire escarchado que entraba por las ventanas abiertas. ¿Por qué los negros tienen unos nombres tan concretos?, suspiró Harry. Se oía un murmullo de voces detrás de la puerta. A ver qué pasó con Emerald, dijo, llevándose el lápiz a los labios.

Esa noche el niño vestía pantalones y camisa verdes de cirujano. El pájaro escogido era un cuervo que a Jewel le puso los pelos de gallina. Había oído que algunos de esos animales arrancan los ojos de sus seres queridos. Le amainó el terror de ver con cuánta atención la observaba Harry, con cuánta intensidad anotaba detalles.

Al igual que Shadow Morton, el pianista de dedos cadavéricos, Emerald se entregaba al vicio terrible de la morfina. Despertaba a medias de su languidez, así que vestirla era como meter a un muerto en las ropas de su entierro. Para colmo, Jewel tenía la misión de hacerla cantar.

Emerald era perversamente amorosa. Sabía que la manera más eficaz de ser malo es comportarse como una caricatura de alguien bueno que se deja guiar sin interés por los adoradores de su talento o las víctimas de su incompetencia. Pero en el escenario era toda una señora cómplice de su destino. Cimbreaba su cuerpo gordo y elástico por regiones, desde la punta de las caderas hasta los senos sísmicos y las pestañas que sombreaban los ojos verdosos. Jewel imitó los gestos de la diva, el cuervo graznó y Harry chilló una risita nerviosa.

A mí Emerald me trataba con cierto distanciamiento cortés, sin agredirme, dijo Jewel. En eso la cantante se diferenciaba de las grandes damas vulgares, pero no era fácil enfrentarse cada noche al reto de resucitarla. Jewel lo hacía con el talento que practicaba desde su niñez para no morir de invisibilidad en una familia grande y pobre: escuchar hasta los silencios del otro, cuidándose, sobre todo, de que su compañía no resultara molesta, sonriendo con su cara blanda, velando las pausas de Emerald para recordarle tímidamente que ella sabía mezclar todo tipo de tragos y que podía servirle a la señora el coctel que se le antojara, o algún trago fuerte y puro. Sumándole Southern Comfort a la morfina, Jewel consiguió que Emerald lograra las mejores notas de su canto. A veces la diva ponía atención cuando Jewel le contaba chistes sosos que siempre daban pie a que ella los hiciera mejores. No llegó a escucharlos todos porque se murió.

Jewel disimuló una lágrima con una sonrisa al recordar cómo encontró a la gorda. Había recibido la muerte con una expresión alegre en los labios. Jewel se acostó junto al cadáver, sin olvidar las disculpas correspondientes por haberse retrasado. Sabía de cierto que los muertos tardan en irse y que seguramente Emerald se encontraba rondando el camerino. La muerta se reía como siempre de sus embustes halagadores. Entonces a Jewel se le ocurrió que Emerald debía salir de todas maneras, ya que nunca la había visto más fiel a sí misma. No pensó en las consecuencias. Logró acomodarla en una mecedora y, cuando la luz abrasó la escena macabra, el público ronroneó de placer.

Emerald, correctamente maquillada, el negligé negro y las zapatillas rosadas, apareció en el escenario de siempre, una habitación de hotel bañada en las luces parpadeantes de un barrio bajo, criadero de cucarachas ancestrales. Aunque ni siquiera sabía entonar, Jewel sintió que en la garganta se le colocaba un objeto exótico, no para que salieran al aire las escalas cromáticas de The Man I Love, sino otra melodía de resonancias silvestres. En la mesa del fondo, zigzagueante en la luz torneada por volutas de humo, vio la figura de Shadow, y a su lado el fantasma gordo de Emerald. Ésta es para ti, Shadow, y para ti, Emerald. Ahora soy otra, dijo que había dicho.

Abroquelada detrás del cadáver caliente, le salió una versión horripilante de Backwater Blues: I woke up this morning, can´t even get out of my door, ain´t no place for a poor girl to go, con la nostalgia de un bajísimo fondo de aguas estancadas. Los gangsters y los señoritos del público se dejaron vencer por una histeria alimentada de sí misma, como las orgías de gritos de los rituales pentecostales.

El gerente del Panama estaba acostumbrado a manejar reyertas a tiros y navajazos, pero no le agradó el desorden de las lágrimas de los penitentes, ni la broma macabra que había provocado el ascenso del Dios de los muertos a los infiernos de la tierra. Decidió trasladar a Jewel a la barra.

Pasaron los años. La búsqueda de Shadow fue mudando de grosera obsesión a dulce nostalgia. Un maleficio indescifrable lo mantenía tan metido en el corazón como alejado de sus brazos. Hasta que un día…

Basta Jewel, descansa, la historia de Emerald da por cuatro, dijo el niño Harry. Jewel coincidió en que lo mejor estaba por venir. Valía la pena esperar hasta la noche siguiente.

Harry, cortés e impaciente, le indicó que ya no estaba sola. Los ruidos tras la puerta eran de otros invitados que había ido acumulando desde que desatara su pasión de coleccionista en el cabaret Panama: un puertorriqueño vendedor de sombreros, un rabino ruso de apellido Panofsky, una violinista ciega y Giacomo, un pícaro nacido en Venecia. La presencia de otros inquilinos en Soul House transformaba el diálogo entre dos en un encuentro de muchos, obligándolos a economizar cada palabra. Después de todo no les convenían los excesos; ni a ella, que había excavado trazos de canciones estremecedoras en su memoria, ni a él, que se enfrentaba a la tediosa labor de anotar y clasificar en sus especies las palabras fértiles y descartar las inútiles, como compete a un coleccionista culto. La historia de Shadow prometía ser una der esas madejas sentimentales que los humanos necesitan en días difíciles, cuado sólo queda la satisfacción de saber que el horror y la desdicha se alejan de nuestra órbira para invadir el universo desarmado de un prójimo indefenso.

–No te ofendas, primero se te fue la mano en la sal, tu canción sabía a lágrimas, a sopa de guisantes con tocino. Ahora se desvía por el rumbo de un cuento de fantasmas repetidos que se niegan a desaparecer. En la categorá de cuentos de negros basta y sobra con la resurrección de Emerald, para no hablar del cuento de tu pesadilla, la historia del tipo que se ahogó en la charca de su propio sueño.

Bostezando, Harry cerró el cuaderno. Tan pronto culminara ciertos detalles podría regresar al pisito de la calle Fulton llevándose unos bellos obsequios y su agradecimiento. Con las cejas enarcadas en expresión de asombro, Jewel reconoció que el niño empezaba a aburrise, obligándola a cortar de golpe, como en una caída desde la azotea de un edificio achacoso, el trazo de su canción.

Entonces se le hizo amarga la inagotable cordialidad de su rencor. No era cierto que cruzando aquella puerta se doblarían, pesarían y archivarían las palabras que recién se atrevía a formar, no estaba dispuesta a confundirse de nuevo con el empapelado del mundo.

–No entiendes –le dijo tuteándolo–. Ya es demasiado para detener el trazo, hace rato que nos salimos de la raya.

Harry la miró como si la escuchara por primera vez; no estaba acostumbrado a que los objetos de su benevolente coleccioniso hablaran sin permiso.

–Te equivocas, esos pasos que oyes no son los de tus invitados –añadió Jewel.
Harry se acercó a la bandeja de los alimentos, extrajo unos polvillos de su maletín de médico de teatro infantil y los disolvió en una copa de champaña. Pobre vieja, primero no quería hablar y ahora no paraba, así de egoístas son los moribundos, se niegan a ceder su espacio.

–Shadow no existe, yo te ofrezco la libertad, rehaz tu vida, corta de un tajo esa madeja de fantasmas–, escupió Harry con dureza, pero de inmediato se percató de que las voces angustiadas de sus invitados desertaban de una larga espera al otro lado de la puerta. No pudo evitar un escalofrío cuando oyó el toque leve de unos dedos cadavéricos aderezados –de ello no cabía duda, los veía en el origen de su propio trazo– con anillos de vidrios de colores. Una sombra caliente ennegreció el añil de sus ojos.

–Toma, es un calmante. Mañana te marcharás en un carro magnífico, te regalaré el más violento de mis pájaros. Nada te faltará.

–Me faltará todo –dijo ella fuera de sí, con un rastro de magnolias ajadas y versos insufribles.

–No me obligues a la crueldad, ¿qué quieres? –rogó Harry, mientras convocaba con un chasquido de los dedos al cuervo dormido, cuyo aleteo no apagó la estrafalaria percusión de los dedos furiosos. Viéndola dormir cerraría el cuaderno, como cerraba los libros y las jaulas de los pájaros. Refugiado en un gesto impasible de verdugo que oculta los temores de su oficio, sosegó el espanto del cuervo antes de repetir la pregunta. Ella lo miró con las cejas enarcadas en una expresión donde ya no cabía el asombro, y contestó:

–Abre la puerta.

Harry reconoció su derrota. Era él, ahora, quien veía, de golpe, como en una caída interminable, el trazo de su canción. Por la puerta entreabierta se metieron todos, sin ton ni son, sin orden ni concierto.

Esa noche se dieron gusto devorando platos franceses, zampándose copas de champaña, bailando marchas fúnebres con la bárbara intermitencia de un regimiento de elefantes borrachos, comportándose, en fin, como lo que eran: los invitados menos sutiles del mundo. Sólo se inclinaban ante Jewel, la dueña de todos, aunque ella prefiriese enroscarse con lujuria al abrazo tenaz del puertorriqueño vendedor de sombreros, que se parecía a la vieja como una gota de agua a otra. Debidamente encontrado tras años de búsqueda, Shadow no pasaba de ser un gigantesco telón de sombras sobre el cual se proyectaba Jewel, monstruosamente fértil como una fruta hendida por una plaga.

Al otro día Harry, que era animoso, se consoló pensando que mientras los locos dormían podría conjurar el terror de la noche encerrándolos en un capítulo de su amado libro de trazos. Conservaba intactas las ganas de trabajar. Jewel, en cambio, dormía como un caníbal satisfecho, con las piernas abiertas, soltando unos ronquidos desvergonzados. Los locos gemían en las entrañas de la vieja, se alimentaban de su libertinaje parlante, con la acumulada pasión de frases escritas en la pared de una barra. Harry sujetaría aquellas voces al mandato soberano. Las reduciría al orden del libro.

Escribió en el cuaderno la primera oración. Trazó las letras tan juiciosamente que al releer lo que había escrito no pudo menos que gritar de asombro. Rescribió la oración varias veces sin lograr que saliera a su gusto. Con un suspiro de resignación comprendió que el extraño caso, como una enfermedad fatal, no tenía remedio, y empezó a vislumbrar el sentido de las palabras que nunca hubiera querido escribir.

Se levantó del escritorio. La mañana estaba perfecta para salir a jugar con el cóndor favorito, para cambiar súbitamente de humor, como cambiaría las magnolias marchitas del jarrón. En el cuaderno, olvidado sobre la jaula del cóndor, quedaron las diez versiones idénticas de la oración traicionera: “Detrás del mostrador un joven blanco muy tonto enjuagaba copas, y copas, y copas, y”.

(De La casa de la loca, Alfaguara, 2001)