domingo, 16 de noviembre de 2014

Ella pinta



 
 


Hoy Raquel pinta. La han despertado el desgaste de las olas, el bramido del viento y, de pronto, la calma silenciosa. Cuando el viento amaina y las olas se ablandan da gusto clavar el caballete en la arena, colocar un paraguas sobre un aditamento inventado por George y abrir la cajita de colores. La luz del norte no ofrece los matices contrastantes de Mayagüez y Puerto Plata. El mar frío de Connecticut se aleja del Caribe como se distinguen entre sí parientes lejanos. La luz del norte se acerca más a los desvelos de la mujer dispuesta a no dejarse dominar por la desolación de una costa sin árboles. Además todas las luces son otras en el mundo de los quinqués, el único que le interesa habitar. De algún modo evidente en su lógica, pero  insostenible en la dimensión de los elementos, hasta el fuego que brota de los objetos naturales es otro desde la invención de la luz eléctrica. Los fantasmas huían de las ciudades saturadas de artificio para refugiarse en las tinieblas enmarañadas del litoral. Allí las hogueras se mantenían en el lugar del misterio. Respetaban esa luz otra que se iba haciendo imperceptible no solo a causa de la ceguera de la vejez sino porque todo lo digno de ser visto se iba dando a la fuga.

Abre la caja de pinturas. Ha decidido trabajar al óleo, omitiendo el paso habitual del boceto en acuarela.  Se ha enfrentado a la costa de West Haven en días menos acogedores que este. Hoy no cederá al desaliento. Cumplirá el mandato del dibujo como dominio de la imagen sobresaliente, la que se impone asesinando formas más débiles. La mano recordará cómo ejecutar la matanza, cómo entregarse al placer de la caza. No hay piedad que valga en los principios del arte. Después pintará directamente sobre la tela. Es de fabricación industrial, sin la calidad de las más duraderas y absorbentes, pero servirá. La brisa es leve; no cabe esperar ventiscas arenosas que arruinen el trabajo aunque a veces le parece que el final menos triste de una obra imperfecta lo decide la naturaleza.

La tela rectangular tiene el tamaño de la tabla grande que usa Florence para picar los vegetales insípidos de sus ensaladas. El comienzo es siempre el mismo: la perfección de las capas iniciales recomendadas por sus maestros. Si en París ese fondo servía para reflejar la luz, West Haven que se diera por satisfecha. Para empezar, embadurnar la tela con una pobre réplica de la “salsa roja” traslúcida que en la versión aprendida en el taller de Duran se componía de materiales que ha olvidado para siempre. Sobre esa base aplicará una capa de blanco plomo. A falta de los elementos originales, que no tiene a mano ni recuerda, mezcla en la paleta una porción de ocre, miajas de azul cobalto y rojo laca.

Mientras se seca la pintura el olor le trae el recuerdo de excursiones felices. Se enfrenta al horizonte. En aquel día que fue un hoy, la línea está muy marcada. Es cierto que expresa la relación del cuerpo que lo observa con todas las cosas. Ezra Pound, el amigo loco del hijo poeta, en una conversación que la historia literaria no recoge (justo en el lugar donde Raquel ha hincado las tres patas del caballete, años antes de este día en que pinta), durante el paseo de rigor tras un almuerzo pesado de los que servían en la casa, dio un salto mientras apuntaba al horizonte con el dedo índice. Según Pound allí descansaba el espinazo de un dragón dormido. En el lomo del dragón se tocan el yin y el yang.

Fuera distracciones. Se ha propuesto que hoy no le dará entrada a la marejada de cosas que le llaman la atención. Hoy responderá a la visión ordenadora de sus maestros. Pintar no es pintar. Pintar es no pintar. El ojo no recibe voces ni olores. Es pura imagen y tacto. Prefiere la muerte al desorden que acaba por disolverse en malos humores. No permitirá la entrada de los monstruos deformes que atormentaban a Ludovico. Adora la forma cabal de las cosas. Sabe que el primer trazo será una invocación al resto de los elementos. El primer trazo, como la luz que se ve por vez primera, rige la inclusión y el orden de los siguientes.

Se pasa por la frente el pañuelo que lleva sobre los hombros, se abanica con la pamela. El infinito mar es, bien lo sabe aunque sus parientes no la entiendan, el ramillete de manzanas silvestres colgadas de un clavo, las que pintó hace años. Mira a su alrededor con la intención de ver solo lo que quepa en una tabla de picar vegetales. Impone a la mirada el método que aprendió por cuenta propia. El misterio de la pintura no es tan oscuro. Se trata de acumular puntos que ante el espectador se resuelvan en una impresión única, como si lo infinito pudiera contenerse en la serie de esos puntos, en la línea del rayo que zigzaguea antes de fulminar. Como aquella sensación que George no quiso explicarle ni nombrarle, la que alguna vez sintió estremecida por sus caricias, el tonto de George, tan púdico. El mar es manzanas silvestres y olas que rompen a lo lejos rizando de blanco las honduras. A los pies de la pintora, haciendo juego con el gris de sus zapatos, el mar es un trozo de raíz más liviana que una pluma de pelícano, gastada por las mareas, picada de agujeritos que se repiten en la arena cuando se evaporan las espumas burbujeantes. En este litoral de West Haven un puñado de arena tiene múltiples tonos (desde el gris que es a su vez colección de negros y blancos, hasta el nacarado de los caracoles que el tiempo desgasta) tantos, que intentar abarcarlos sería tan inútil como reducir las corrientes a la quietud de un agujerito. El agujerito también es inabarcable.

El infinito mar, un grano de arena.

 (pasaje de La muerte feliz de William Carlos Williams, novela inédita)