domingo, 27 de mayo de 2018

When I was an American (WASP)




Enrique Vivoni Farage escribió un ensayo que comienza con una memoria breve de su niñez en Aguirre: “Americanisation south of the border: the architecture of Central Aguirre Sugar Company”.[1] En esos párrafos describe los rituales de vivero de especies exóticas en el sector de los americanos, que a veces se cruzaba con el de los profesionales nativos de piel blanca. Los hijos de los obreros asistían a la escuela Woodrow Wilson. Los hijos de los americanos y de los puertorriqueños profesionales a la Aguirre Private School, al menos para la fecha de las memorias de Vivoni. Las maestras de Aguirre Private School eran norteamericanas. En esa escuela los niños actuaban en obras de teatro en inglés para conmemorar Halloween y la Navidad. Aprendían villancicos y canciones populares de la época –“I´m dreaming of a White Christmas”– fantaseando navidades blancas bajo la nieve negra de la central.

Le comento que yo también fui una niña con pretensiones de americanita. Vivimos una temporada en la base militar Fort Buchanan, en uno de una serie de apartamentos en hilera, de dos pisos, intachablemente blancos, con un patio común donde jugábamos como en el espejo de otro mundo. Fue hacia 1950, antes de que Ana, nuestra madre, viera los anuncios de las casitas de urbanización y se enamorara de una minúscula de balcón con arcos y alero adornado con tejas. Nos mudamos, pero alguna vez volvimos a la base militar a celebrar la navidad nevada. Yo tomaba prestados libros de la biblioteca, por supuesto en inglés. Leí las más olvidadas biografías de los más impertinentes personajes, hombres incapaces de imaginarme: el dramaturgo Eugene O´Neill, el comediante Joe E. Brown. También Little Women, Little Men, Jo´s Boys, la serie entera, y me asimilé a un paisaje folklórico de Nueva Inglaterra que en esa región de Estados Unidos se evoca en el muzak de las tiendas por departamentos, en el reino ideal de los villancicos y las postales navideñas.






Desde la memoria personal, el ensayo de Vivoni analiza el perfil arquitectónico del poblado de compañía, que se distinguía del “company town” construido en el continente por la intención de que se sintieran a gusto los funcionarios estadounidenses y sus familias. Érase, pues, el deseo de un poblado de tarjeta postal más que un calco de zonas realmente existentes en las regiones industriales del norte. La autosuficiencia, el rigor del diseño, el orden subordinado de los sectores, marcaba, además, una diferencia respecto al mundo extramuros, demostrando acaso que en el poblado se podía vivir “mejor que en la isla”, prescindiendo de intercambios con las autoridades del entorno. El eje de aquel gobierno propio era la producción, desde luego, y la central contaba con una planta generatriz propia que nutría de energía eléctrica no solo las maquinarias del molino, sino su propio sector residencial, e incluso vendía energía sobrante a zonas de la isla que existían más allá de sus guardarrayas. Un experimento sobre la capacidad del hombre blanco para vivir en el trópico sin transformarse, ni ejercer una violencia bárbara, confiado en el arraigo universal de las criaturas de su cultura popular, muñecos de nieve, chimeneas en main street, muérdago colgante, medias como cuernos de la abundancia, henchidas de dulces y juguetes.


  
Aquella navidad blanca era una proyección de “White America”, la purificación de una mitología que se exportó a las salas de cine de buena parte del planeta. Orson Welles capturó sus imágenes como fósiles en ambar en The Magnificent Ambersons. Otra película, White Christmas difundió la quimera de un ruralismo encantador. Una Navidad negra  hubiera sido inconcebible, si bien el más hermoso disco de canciones de época fue uno de villancicos interpretados por Nat King Cole, un negro retinto a quien maquillaban de blanco para que su belleza no ofendiera al público televidente. En Aguirre pasaban temporadas técnicos asiáticos. No he preguntado si pasaban temporadas estadounidenses negros. La otra gran fiesta, además de Halloween, era Thanksgiving, cuya conmemoración en una colonia de pieles oscuras es de fondo alucinante, aunque en los afectos de tantos boricuas apenas represente una ocasión más para devorar animales.



El “company town” tuvo otro antecedente estético en los paisajes idealizados de las plantaciones del sur, reconstruido para consumo de masas en los galantes encuadres “ante bellum” de Lo que el viento se llevó. La distribución del espacio en zonas residenciales, vías de comunicación y áreas recreativas entre los dos sectores principales, Aguirre y Montesoria, se dispuso conforme a una intención que Vivoni describe como serendipia de lo pintoresco (“serendipity of the picturesque”). En el sector Montesoria el trazado de las manzanas corresponde a una cuadrícula ortogonal, de clara función controladora. En el sector de los señores, la vegetación, la curva y el juego de elevaciones evocan una iconografía bucólica, el paraíso mínimo de incontables pinturas paisajistas que decoraban paredes de palacios y de residencias burguesas. Excluyendo las bases militares que se impusieron con la violencia de las expropiaciones, la intención de vivir como quien habita en una obra de arte, expresando formas sociales superiores, facultadas para la extracción de riquezas, fue, acaso, lo más cercano a la escritura en el paisaje de un país alterno: el modelo para un Puerto Rico asimilado, productivo, en paz, orden y progreso.


[1]Publicado en Prospero´s Isles, The Presence of the Caribbean in the American Imaginary. Diane Accaria-Zavala y Rodolfo Popelnik, editores. Oxford, Malaysia: Warwick University Caribbean Studies, 2004.

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