lunes, 20 de agosto de 2018

Líneas cantadas: Cocinando suave, ensayos de salsa en Puerto Rico (primera parte)






César Colón Montijo me ha pedido que comente su libro. Quienes conocen a César apreciarán el privilegio que me otorga. Yo lo conocí en Caracas, en una guagüita que nos transportaba del hotel a una feria de libros dedicada a Puerto Rico. Me habló de su investigación sobre los encierros y peregrinajes de Ismael Rivera. Mencionó el culto a la figura de Ismael, sus vicarios, sacerdotes, fieles e iniciados en Panamá y Venezuela. Quedé atrapada en la red de esas curiosas hermandades.
Quizás las devociones que persisten treinta años después de la muerte de Ismael se originaron en la mágica presencia de sus conciertos. Me fascinó el poder carismático de un hombre hecho de música, que nació, sí, en el mundo de la salsa, pero en colonia, en una isla de fronteras y comunicaciones controladas. ¿Cómo viajan las culturas de un zoológico humano? Porque algo de zoológico humano tiene este país cuando sus aduaneros no nos permiten viajar con los frutos de la tierra hacia la sede del poder, en el norte. ¿Cómo se propaga y se mantiene vivo el culto a figuras como Ismael Rivera? ¿Por qué medios se ha difundido, cuáles son sus artefactos, cómo alzan el vuelo sus ondas?
En la era digital seduce la ilusión de que todo se conecta.  El tema “Las tumbas”, de Ismael Rivera, cuenta en los canales de YouTube con más de siete millones de hits y comentarios fervorosos de escuchas colombianos, venezolanos, panameños. La alquimia de la comunicación tiene una base material en un circuito de pulsiones observables y fronteras más amplias, aunque tan controladas como las de la isla.
¿Y antes? ¿Cómo viajaba la frecuencia mágica de la voz?  Para voces y oídos sensibles, el cuerpo es una central de comunicaciones. No hay base para negar, con absoluta certeza e intención de censura, la siguiente hipótesis: la comunicación de los sones antillanos remite a memorias grabadas y suprimidas en los cuerpos; formas de vida que se remontan a las experiencias comunes de las culturas de las antiguas plantaciones. No hay base para probarla con absoluta certeza, pero tampoco para negarla y desacreditarla. Los cuerpos de obreros y esclavos separados por fronteras políticas, que en la dispersión fueron empatando pedazos de tradiciones sin adivinar quizás las rutas y la procedencia de esas piezas sueltas, fueron y siguen siendo, la maquinaria de carne de un sistema global de producción y venta de mercancías; pero no han rendido del todo la potencia del misterio, la potestad de encarnar fragmentos de una memoria.



Llamaré líneas cantadas a unas rutas que, partiendo de la calle Calma, dispersaron la figura y la música del sonero. La imagen de una línea cantada se origina en los mitos creacionistas de los pueblos australianos, según los interpretaron estudiosos europeos y los convirtió en novela – exponiéndose a justas y feroces críticas– el magnífico Bruce Chatwin, autor de culto y evangelista sobresaliente del nomadismo como forma y filosofía de vida.[i] El songline, o línea tjuringa, configura una ruta delimitada por los pies del nómada. La línea acompañada por el canto traza el territorio de un clan. El caminante va haciendo un mapa con sus pies, y contando y cantando historias a su paso por lugares cuya sacralidad solo reconocen los iniciados. Cada caminante es custodio de un tramo del camino, de una cadencia musical que lleva en la memoria. Reproduce una línea melódica afinada en la tónica de sus semejantes, ancestros y descendientes, y la intercambia con caminantes de otros pueblos. El conjunto de líneas trazadas o caminos cantados compone una partitura que es el universo, y se recrea constantemente. El mundo no existiría sin ese memorioso juego de pies.
Me atrae la imagen de las líneas cantadas y de esa escritura sin papel que deja  huellas en los lugares que el nómada pisa. Es una forma de evasión que reúne la singular potestad creativa de un cuerpo y los rituales colectivos vagamente recordados o ausentes de la conciencia, pero inscritos en el cuerpo que se reproduce. Se trata de una cartografía mutante que no se despoja de una sombra ancestral.
La técnica performativa que un hombre musical compartió con los instrumentalistas acompañantes sugiere unas claves de evasión de las fronteras políticas y de las prisiones marginadoras. Asume una comunicación de códigos fragmentados; la expresión de una voluntad colectiva de vivir que no suelen reflejar la escritura y sus artes solitarias. El culto sobrevive porque convive con la capacidad de asimilar y transformarse sin perder una clave. 
Quizás los músicos poseen la gracia de entrar a ese lugar antiguo, inconcebible, intraducible al lenguaje de la razón. ¿Qué lugar es ese? La escritura está saturada de codificaciones, pero lo que los músicos hacen sigue siendo minoritario y misterioso. Leer música e interpretarla, o interpretar e improvisar de oído los sonidos que no se escriben, se suma a la influencia del instrumento en el temperamento del músico y a la necesidad de la otra para encontrar la nota propia en el espacio de sociabilidad que la música crea.



Cuando la música se interpreta de oído por un músico que no necesariamente la ha leído en un papel o en una pantalla, se aloja en el cuerpo, y mientras ese cuerpo exista tiene en él un santuario, es decir, un refugio, y una voz, es decir un centro de irradiaciones. De cómo ocurren esas comunicaciones telepáticas o empáticas, que según el diccionario de la RAE “inducen a pensar en la existencia de una comunicación de índole desconocida”, entre cuerpos distantes; de cómo se forma una nota aquí y se recibe en otros cuerpos que residen en Caracas o en Panamá, esa trayectoria que ocupa algunos lugares invisibles de algún espectro sigue siendo un misterio. La música no es el lenguaje universal, puesto que tiene una fuertísima marca de contexto, pero quizás en el cuerpo del músico sí queda algo del tiempo arcaico en que ninguna lengua era privada, o intraducible.
La línea de Ismael Rivera se hizo culto y el sonero se transformó en brujo. Esos lugares remiten a una visión sagrada de la música. Tales comunicaciones –ni ortodoxas ni mecánicas– me interesan hace años, quizás por la carga de vivir en isla, en frontera controlada por voluntad del imperio que nos ve bien, pero no nos entiende y que ha convertido su incomprensión en mirada dominante. El mar nos cerca. Sin embargo, ha sido mar grande y abierta. Lo sigue siendo para transportar venenos y fervores.



Como caudal cultural me parece importante pensar en esa comunicación libre, esa forma alterna del viaje “afuera” y su relación particular con la música. En sus recorridos por algunas tierras afroamericanas de Ismael Rivera, César está haciendo el mapa de un territorio de líneas cantadas. Admiro su sabiduría paciente, esa libertad conquistada que lo ha llevado a viajar a Panamá, donde Noriega le decía el brujo a Ismael, y a Venezuela, donde ha entrevistado a los macropanas,  miembros de una cofradía de hombres residentes en un sector de Caracas. Veneran la figura de Ismael Rivera en función de santo patrón y mensajero. La noche que se presentó Cocinando suave en la feria de Caracas, César compartió mesa con varios de ellos. La Librería del Sur estaba tan abarrotada de público que no pude entrar.
Entiendo que Cocinando suave respondió a un llamado desde allá, desde Caracas, uno de los polos de la salsa. Provino de una editorial joven llevada por gente joven: El Perro y la Rana. Fue recibido con entusiasmo por autores de diversas generaciones y muy diversas posturas ante el tema. De esos vínculos afectivos nace este libro rico en matices y situaciones de lectura, que repican en escalas diferentes. Propongo unas constelaciones de temas para agrupar las respectivas líneas cantadas de sus colaboraciones. (Esta presentación del libro de César Colón Montijo se escribió en 2016. Estuvo un tiempo en el portal de la revista 80 Grados. Continuará.)



[i] Bruce Chatwin. The Songlines. London, Jonathan Cape, 1987. Chatwin se inspiró en los estudios de Theodore Strehlow:Songs of Central Australia.

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