lunes, 6 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (5): entre siglos


 
 
En la última década del siglo 19, se regionaliza la vida política y cultural del país en su dimensión antillana. Desde Cuba, donde vivió exiliada, escribe Lola Rodríguez de Tió, a quien Rubén Daríollamó “hija de las islas”, sus versos más celebres, si exceptuamos la letra del himno nacional. [1]  Por otra parte, tras la invasión de las tropas estadounidenses en 1898, se consolidan los lazos de intercambio comercial y cultural con el Norte y la inevitable resistencia del pueblo invadido, centrada tanto en la ininterrumpida fábrica de la cultura popular como en la gestualidad de los sectores letrados, promotores de un iberoamericanismo cultural evidente en los discursos grlorificadores de una “raza” latina abocada a la extinción o a prevalecer ante la pujanza avasalladora del nuevo imperio anglosajón.
El ojo del viajero se manifestó, en la crítica coyuntura de entre siglos, en abundantes testimonios sobre la ciudad. Uno de los más pintorescos, ubicable como el de López de Haro, en los registros de la maledicencia literaria, es el del periodista José Olivares, redactor de un monumental panorama en dos volúmenes Our Islands and Their People:
San Juan has never been accredited with any such degree of commercial importance as is enjoyed by other local municipalities of half her proportions. Aside from the slight political haze which will periodically hover about her gubernatorial edifices, the first disturbing element that was ever known to mingle with her drowsy atmosphere was when two of Sampson’s thirteen inch shells simultaneously entered the city, one of which knocked a corner of Morro castle, while the other rent an unsightly chasm in the stuccoed facade of her regimental barracks. It took all this to arouse the city from her prolonged siesta, and then she merely turned over and went to sleep again.[2]
 
La tendencia del discurso de Olivares se manifiesta en una fábula alimentada por la propaganda de guerra, que el autor intercaló en sus impresiones, afirmando que se la había narrado un residente de la capital. Es el breve relato de la desgraciada hija de un noble español, a quien su padre castiga encerrándola en un calabozo cuando la “princesa” se enamora del hijo del pirata Barba Negra. No menos tachonado de imágenes mil y una nochescas, si bien más inteligente y atento en su registro minucioso de la vida cotidiana y de las costumbres de las mujeres de la burguesía, es el testimonio de Margherita Arlena Hamm.[3] 

Tras los vistazos de los cronistas del Norte, a fines de la primera década del siglo 20, pasó una temporada en Puerto Rico un fabulador del Sur, José Santos Chocano, poeta peruano que rivalizó por su dramática proyección de bardo continental con la figura de Darío, al menos en la estima de sus contemporáneos. Su visita corresponde a su amistad con Llorens Torres y a las relaciones americanas de este último como editor de la Revista de las Antillas. Llorens le publicó al prolífico vate un libro dedicado a San Juan, donde curiosamente reaparece la imagen de la bella cautiva idealizada por el gringo Olivares:
Noble ciudad, que yaces encantada
firme con el vigor de una promesa
un castillo ante el mar cuida tu entrada
como un dragón guardián de una princesa.[4]
 
La ciudad en compás de espera: para unos, pendiente del aldabonazo libertador de los “caballeros de la raza”; para otros, de la entrada en una modernidad tecnológica, establecida al amparo de derechos e instituciones calcados del Norte; la ciudad de entre siglos, en fin, es el escenario de varias novelas admirables por la precisión con que sitúan la realidad de la ciudad y sus suburbios. Un Santurce parecido al que Tapia había descrito en La leyenda de los veinte años es el escenario de Luz y sombra, publicada por la líder feminista y polígrafa Ana Roqué. Aunque las novelas de Carmen Eulate Sanjurjo se sitúan en ciudades españolas, comparten con las del modernismo latinoamericano una ambientación citadina, amén de minuciosas descripciones de la vida social y doméstica como escenario de tragedias modernas, donde la fatalidad del carácter ocupa el lugar del destino. Afín, aunque más ambiciosa en su inclusión del gran teatro de las clases sociales, es Vida nueva, de J. Elías Levis, una historia invadida por los tópicos del determinismo en voga y ambientada en los suburbios santurcinos, con escenas vivaces de las barriadas y chalets de Santurce, el hipódromo y las tiendas del “casco” de San Juan:

En la esquina de la calle, un caserón pintado de amarillo levantaba su espalda de cuartel sobre el laberinto de casas humildes. Un vocerío inarmónico, golpes, gritos, lloros, carcajadas, torbellino de cosas humanas, lanzaba por sus puertas la mole de madera. Era un hacinamiento de carne, apretado, oprimido allí, en aquellos cuartuchos a lo largo de los balcones. La ropa chorreando agua se balanceaba sobre los cordeles y el sol hundía su luz hasta las camas. Alguna vez un acento de cólera dominaba el eterno murmullo; era la disputa, el grito, la frase como un rayo trotando hiriente, salvaje. De aquella atmósfera donde latía el vaho de la carne y el mal olor de los trapos brotaba de pronto un murmullo solemne, interrumpiendo el sonar de las guitarras, las locas carcajadas y el lloro de los chiquillos desnudos que corrían a lo largo de los balcones con el rostro manchado, lleno de pringue. Era el rezo, el último tributo al que se va, sorprendido por el cansancio de la vida.[5]
...
Toda la brillante exhibición tras los cristales le produjo un malestar extraño. Los bellos abanicos, los chales, los perfumes, la enloquecedora riqueza, los brillantes, los trajes, las ricas telas, los enormes sombreros cuajados de flores y lazos; la fiebre a los elegantes abrigos en la última moda, toda la incitante exhibición del Paris Bazar, Las Novedades, González Padín y la Casa Géigel. A lo largo de la calle de San Francisco la gente se agrupaba en las aceras. Una lluvia menuda de invierno reflejaba sobre el empedrado los chorros de luz que brotaban de las tiendas, y los tranvías eléctricos pasaban con los cristales salpicados por la lluvia, mientras la lámpara de la cabezota iluminaba el agua fangosa que se hundía con estrépito en las cloacas. [6]
 
Otro novelista contemporáneo de Roqué y Levis, Ramón Juliá Marín, escribió una ambiciosa novela mural que recoge los primeros efectos de la migración de puertorriqueños hacia Hawaii y la vida social en un pueblo de la isla, además de abordar el choque entre las antiguas tradiciones de la hacienda patriarcal y la economía de la máquina, traduciendo, de paso, a la literatura puertorriqueña, uno de los tópicos de la literatura europea de la urbe industrial: la ciudad como reducto antinatural dominado por industrias donde habitan monstruosas máquinas deformantes.

Estas novelas conforman una literatura social y socialista, con el oído puesto en las realidades urbanas, que además encuentra un eco en la literatura de la metrópoli; baste mencionar una novela contemporánea de La gleba: The Jungle, de Upton Sinclair, aplastante denuncia de las condiciones de trabajo en los mataderos de Chicago. En este panorama internacionalista de las primeras décadas del siglo, cuando se plantea una relación nueva entre la ciudad, sus pobladores y el entorno, evocadora de una nueva economía del paisaje, cabe recordar al escritor cubano puertorriqueño Pablo de la Torriente Brau, nieto del historiador y sociólogo Salvador Brau, y al “transplantado” Alfredo Collado Martell, cuentista, periodista y poeta, hijo de padre puertorriqueño y madre dominicana.




[1].Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas
Reciben flores y balas
Sobre el mismo corazón...
¡Qué mucho si en la ilusión
Sueña la musa de Lola
Con ferviente fantasía.
¡De esta tierra y la mía
Hacer una patria sola!
[2].Olivares (1899): (257)
[3]. Hamm, Margherita Arlina. (1899)
[4]. José Santos Chocano. “La ciudad encantada”. En Franco Oppenheimer. (1972): 239.
[5]. J. Elías Levis. (1910): 155
[6]. Ibid.: 172

sábado, 4 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (4)


 
 
La ciudad letrada: institucionalización de la capital colonial
Si la ciudad del mito y la leyenda, uno de los lugares de la memoria colectiva, cuenta ya con varios siglos de existencia a fines del siglo 18, la ciudad letrada, ágora abierta a la libre expresión de sus ciudadanos y sede de instituciones, apenas comienza a sustentarse en el siglo 19. Es una ironía que el producto de un acto de violencia oficial signifique la introducción del instrumento de la cultura letrada:

La más antigua empresa editora que funcionó en el país lo fue el propio Gobierno de la colonia, el cual, bajo el mandato del gobernador don Toribio Montes, determina en 1806 la expropiación de la imprenta que trae consigo en dicho año un refugiado francés de nombre Delarue y dispone su inmediato aprovechamiento y organización funcional, como dependencia directa del Gobierno....

El primer director de dicha imprenta, el gallego Juan Rodríguez Calderón, no perdió la oportunidad de publicar un poemario propio, Ocios de la juventud, y fue ese según Rivera de Alvarez, “el libro de mayor antigüedad que se sepa hasta la fecha que haya salido de prensas en Puerto Rico”.   Sobre este personaje contrabandista de negros, versificador cortesano y empresario inescrupuloso, cuenta Tapia una anécdota que contiene los elementos de una novela. Rodríguez Calderón desembarcó en Filadelfia con un cargamento de esclavos “y pasó o trató de pasar los negros en carros cubiertos por aquel estado”. Sorprendido por las autoridades, se salvó por un pelo de la horca y regresó a Puerto Rico, donde escribió un poema que merece leerse, pues incluye tópicos que persistirán en los cantos a Puerto Rico de Gautier Benítez:
No se ven en tu tierra
Los reptiles mortíferos fatales,
Cuyo tósigo encierra
Los más funestos males;
Y que en el Continente
Son el más inminente
Peligro del pacífico aldeano...

Tras las guerras de independencia en América Latina, las Antillas españolas, salvo en breves y accidentados períodos liberales propiciados por los regímenes constitucionales de la Península, se vieron sometidas a un régimen autoritario que Betances caracterizó con la frase siguiente: “España no puede dar lo que no tiene”. Si en la misma España no llegaron a desarrollarse plenamente las instituciones civiles de la burguesía y la clase obrera, en las colonias el irracionalismo totalitario fue llevado a la desmesura. La práctica de la censura, que documenta Tapia en sus Memorias, adobó el caldo nutricio de esa ciudad letrada, comparable a una marisma alucinante de la cual surgió y en la cual se hundía ocasionalmente como un castillo de espantos. Sin embargo, favorecidos por la institucionalización que exigía la política de desarrollo impulsada por la metrópoli desde el siglo 18 y el surgimiento de una clase de profesionales letrados que soñaban con sus propias instituciones, se fundan algunos espacios culturales como la Sociedad Económica de Amigos del País, además de librerías y pequeñas editoriales. Rivera de Álvarez menciona en su recuento de estas últimas a la Tipografía Fraternidad, fundada en 1821 por Julián Blanco, abuelo del periodista y político del mismo nombre. Le siguen a lo largo del siglo la imprenta y librería de Dalmau (1836), denominada luego imprenta de Gimbernat y Dalmau, de cuyas prensas sale en 1843 el primer Aguinaldo puertorriqueño, colección de narraciones y poemas escritos por “hijos del país” y peninsulares. A partir de 1857, el viejo taller de Dalmau se convierte en la Imprenta y Editorial de Acosta, y es ahí donde se imprimen, con la colaboración del escritor y tipógrafo Pascasio Sancerrit, los Almanaques aguinaldos que se publican hasta 1880, a los cuales se suman los trabajos de erudición del propio Acosta, incluyendo su edición anotada de la Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, de Abbad y Lasierra. Ya para esa época se distinguía el establecimiento de González, luego Imprenta y Librería de José González Font, con un extenso catálogo de publicaciones, entre ellas todos los libros de Alejandro Tapia que se publicaron en el país. 
Digna de atención es la editorial hermana del semanario satírico El buscapié, fundado por Manuel Fernández Juncos en 1877.   Empresas pequeñas como ésta consolidaban gestiones y mecanismos para la creación, producción y distribución del libro. La editorial de El buscapié, por ejemplo, publicó y promovió en forma de libro los artículos de sátira social del mismo Fernández Juncos (Costumbres y tradiciones) previamente difundidos en el semanario, además de libros de otros autores y de la Revista Puertorriqueña.

La cultura del libro comienza a manifestarse con renovado ahínco en el último tercio del siglo, sobre todo a partir de 1870, cuando se permite la fundación de los partidos políticos en la isla y ciertas manifestaciones, siempre frágiles, de libertad de expresión. En 1876 se fundó en San Juan el Ateneo Puertorriqueño, institución posibilitada por una estrategia de los partidos metropolitanos que inevitablemente repercute en la vida cultural de Puerto Rico. Ya no era posible justificar un despotismo absoluto tras el crecimiento de las fuerzas liberales que llevaron a la breve, pero influyente gestión de la Segunda República española, aunque no fuera completa la concesión de libertades, pues siguieron vigentes las facultades omnímodas y quedan en el subconsciente colectivo los compontes ejecutados contra el Partido Autonomista en 1887, más aplastantes que la represión siguiente al Grito de Lares en 1868.

La fundación del Ateneo es un hito en la institucionalización de la cultura letrada: facilita la apertura de un espacio civil para una actividad intelectual que hasta entonces había subsistido amarrada por la censura, desde el exilio o desde el clandestinaje, impedido su desarrollo por la ausencia de un sistema de instrucción pública que no alcanzaban a subsanar los establecimientos privados, entre ellos la escuelita del maestro tabaquero y alfabetizador Rafael Cordero, situada en la calle Luna, bajo un trozo de cielo que Tapia bautizó cariñosamente “el cielo del maestro Rafael”.
La importancia del Ateneo fue valorada por el más destacado de los presidentes de la institución en esta primera época, Manuel Elzaburu, traductor de poetas franceses, abogado, ensayista e investigador. Conocedor de Talleyrand y estudioso del método positivista para el estudio sistemático de las sociedades y las artes, Elzaburu señaló en una de sus conferencias que entre 1831 y 1876 se habían publicado en Puerto Rico alrededor de cien libros. En contraste, durante la primera década del Ateneo, de 1877 a 1886, aparecieron publicados en el país 155 libros, lo que Elzaburu atribuye en buena medida a las conferencias, sesiones literarias y certámenes auspiciados por la institución, amén de la biblioteca que ya empieza a formarse y que cuando se publicó su primer catálogo en 1897 constaba de más de mil volúmenes.   Hombre visionario precisamente por su conocimiento del momento histórico que atraviesa la isla, describe con cuánto pesimismo fue acogida la fundación del enclave libresco:

El objeto al que hemos querido dedicar nuestra actividad es el interés más grande de hoy en los más cultos pueblos de la tierra... eso podemos decir a los que protestan la dureza del clima para ocultar su falta de vigoroso aliento; eso podemos decir nosotros que hemos emprendido esta obra para nuestra cultura, según se nos decía, anticipada, para nuestro estado de atraso, inverosímil, para nuestro suelo, según se nos apuntaba, exótica, y la hemos visto nacer, y vemos cómo se aclimata y subsiste con esperanzas de larga vida...
El interés en rescatar el terruño mediante las herramientas del conocimiento científico demandaba la constitución de acervos, prácticas y normas académicas en un país desprovisto de academias y amparado en el clandestinaje del contrabando y la jaibería política. La gestión del Ateneo, aunque vigilada por las autoridades censoras, significó, no obstante, la expresión institucional de la cultura letrada criolla, y por lo tanto la reducción del nomadismo precario que hasta entonces la había caracterizado, al potenciar la apertura pública del espíritu erudito, hasta entonces limitado prácticamente a la compilación documental de la Biblioteca histórica de Tapia y los trabajos de Acosta. No es accidental que una de sus gestiones iniciales haya sido premiar la primera bibliografía puertorriqueña, compilada por el mayagüezano Manuel María Sama.

La mirada retrospectiva desde la ciudad letrada echa los cimientos de una visión patriótica, tanto en el discurso de adhesión superficial al orden de la colonia expresado por los liberales reformistas como en el de los criollos independentistas. Exponente del primero es toda una familia de poetas, los Benítez. María Bibiana Benítez, la matriarca del núcleo familiar, es autora de un curioso ensayo teatral donde la fantasía mítica vence al dato histórico de la invasión de los holandeses en 1625. Lo notable es que el reconocimiento del héroe criollo Amézquita, funciona como una especie de escritura en palimpsesto, disminuyendo la carga explosiva de la expresión de una identidad local bajo ostensibles manifestaciones de lealtad a la Corona española:
Ya mi pecho está calmado
Y tan sólo queda en él,
La imagen querida y fiel
de mi Amézquita adorado.
Mañana vendrá el instante,
el instante, sí vendrá,
en que mi patria será
Puerto Rico la triunfante.
Sí, Amézquita, ya me enseña
su eterno buril la Gloria
que en ti principia la historia
de la tierra borinqueña.

Alejandrina Benítez, sobrina nieta de María Bibiana y madre de José Gautier Benítez, es la otra lírica que, en unión a Lola Rodríguez de Tió, configura la primera trilogía de mujeres poetas notables en la historia literaria puertorriqueña. Existe una continuidad entre la escasa obra de Alejandrina y la poesía de su hijo, evidente en el poema en prosa “Canto a Puerto Rico”, donde la poeta se aproxima a la ciudad nostálgicamente, como si lo hiciera desde un exilio impreciso, adelantándose al tono acuciante que marcó lo mejores momentos de Gautier:
¡Blanca ciudad que te elevas de las ondas como un cándido lirio de los frescos prados! ¡Perfumado oasis de verdura, que pareces colocado por la mano de Dios entre las revueltas olas, para recordar al navegante la tierra prometida después del azaroso torbellino de la humana existencia!

Fue precisamente Gautier el poeta por excelencia de la ciudad en el siglo 19 y uno de sus máximos mitificadores. Si bien el tópico del jardín del edén llega, como la viruela, con los conquistadores, la variante insular criolla se forja en la literatura del 19, particularmente en la escritura de Gautier, que incita, en su constante aproximación de los términos isla/mujer virgen, a una lectura sentimental del paisaje, donde se oponen las virtudes de la naturaleza y de la paz civil a los “peligros” de la vida ciudadana y las revoluciones. No olvidemos que en vida de Gautier la imagen y el nombre de la isla se confunden con los de la ciudad; en todo caso ni la una ni la otra  se han contagiado con el ritmo de la urbe “moderna”. Aunque en la visión gauteriana de la capital colonial resuene el eco de cierta calma voluptuosa, no asoma en ella el denso cuerpo de la masa fascinante que sirvió de tema a Baudelaire y de musa a la moderna poesía urbana. La ciudad de Gautier es un recinto cerrado e incorruptible; virginal, en suma:

Puerto Rico, patria mía,
la de blancos almenares,
la de los verdes palmares,
la de la extensa bahía;
¡Qué hermosa estás en las brumas
del mar que tu playa azota,
como una blanca gaviota.
dormida entre las espumas!

Gautier escribió sus más sentidos versos a la ciudad patria desde el exilio, durante una breve estancia en Madrid. Textos importantes de la literatura puertorriqueña se han escrito en esa situación de distanciamiento apasionado. Ausentes de la isla escribieron Hostos, Lola, Betances y Antonio Cortón en el siglo pasado, el mismo Tapia en ocasiones y el “excéntrico” Luis Bonafoux. Las transformaciones provocadas por los movimientos migratorios de este siglo, profundizan aún más esa dimensión a un tiempo cosmopolita y comprometida con una reapropiación de los orígenes a través de la literatura.
No importa que el escritor hable desde el exilio o en la isla, conviene destacar dos tendencias de la literatura puertorriqueña en su relación con la ciudad. Por una parte la óptica idealizadora que representa la lírica gauteriana, cuyos tropos rebasan el tiempo histórico para fijar una presencia mítica de la ciudad patria como Arcadia tropical. De otra, el humor negro de la sátira, corriente que puede rastrearse a la citada carta de López de Haro, y que invierte la anterior al ser un reflejo paródico de la imagen de la ciudad jardín. Un texto de Tapia suscribe esa visión caótica de la ciudad:

“Esto aconteció con la pobre Sanjuanópolis. Supóngase el lector que la situaron en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua corriente y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen; y para mayor desgracia suya, eran tales los asaltos de corsarios y otros enemigos extranjeros, que hubieron de considerar los vecinos de antaño, como salvación, las murallas con que se vieron precisados a cercarla.
....
(Cuando) veía disputarse y pujar como en subasta para llevarse una destartalada habitación, cual si se tratase de una mansión olímpica, porque no había casas; etc., etc., concluyó por decirse: “Pero, señor... ¡Qué diablo de ciudad es ésta que todo lo tiene: pulgas, sabandijas, zánganos, patios húmedos, agua de aljibes, (sucios hoy, mañana secos), letrinas horribles, focos de infección y de otras cosas, y no tiene casas?”

El loco de Sanjuanópolis presenta un corte transversal de la típica casa capitalina, con los zaguanes, plantas bajas y corrales habitados por familias obreras y las plantas superiores por familias de clase media, a la vez que revela los prejuicios de una clase letrada que, intentando establecer diferencias a pesar de la miseria y la necesidad que le pisan siempre los talones, deplora “esa mescolanza de clases tan desacertada, en que los de abajo no mejoran y los de arriba pierden”. 
Pareja intención satírica anima los artículos y crónicas de Federico Asenjo, Fernández Juncos y algún escrito de Manuel Alonso. Extremista de la sátira, Luis Bonafoux levantó un avispero con la publicación de “El carnaval de las Antillas”, un artículo cargado de racismo que, sin embargo, comprueba, sin proponer sus virtudes, la fuerte presencia africana en la vida social de la ciudad y que por eso mismo ofendió a los liberales, propulsores de una puertorriqueñidad distante del espíritu de Cangrejos:

“La gente que allí se dice de color celebra asimismo el Carnaval, teniendo el baile un lugar preferente en las diversiones de aquellos danzantes que nacen con la pierna derecha en actitud de bailar y mueren con la pierna izquierda en idéntica actitud.“
Para Manuel Fernández Juncos, fundador de la Revista Puertorriqueña, una de las publicaciones literarias más cosmopolitas del diecinueve insular, la nostálgica evocación propia del cuadro de costumbres criollista queda desplazada por la ironía volteriana como instrumento de crítica ante las absurdas situaciones del subdesarrollo, ejercicio del periodismo literario que ya entonces estaba arraigado en un recurso cotidiano de los puertorriqueños: enfrentar la violencia y la insensatez con la lógica del humor.

Fernández Juncos describe vívidamente los hitos de la ciudad y su vida social: la Plaza de Santiago, hoy de Colón, lugar de tertulia en los intermedios del vecino teatro y escenario de juegos infantiles; el inexistente o ya entonces desaparecido Jardín Botánico en el Paseo de la Princesa; el Teatro Municipal, que lleva el sello característico de la época en que se construyó, descrito como lo haría en su libreta de apuntes un curioso e impertinente viajero:

“Puerto Rico.—Teatro.—Edificio en forma antigua y particular, término medio entre convento y fortaleza, que ofrece a la vista del observador el caprichoso conjunto de una gran jaula con honores de polvorín”.

Como una mole igualmente marcada por la ideología de sus edificadores, pero corrompida además por la decadencia moral de sus ocupantes, caracteriza Federico Asenjo una de las estructuras oficiales que rodean a la Plaza de Armas:
“En esto de edificios públicos tengo yo una opinión un tanto estrambótica; figúraseme que son como la parte física, que se resiente del estado moral en que se encuentran las Corporaciones que los ocupan. Allá tienes la Intendencia, o sea la Casa del Tesoro Público. Esbelta fachada del orden compuesto, pero que, en el abandono y suciedad en que se encuentra se asemeja a uno de esos ricos arruinados que conservan los raídos trajes de su pasada opulencia.”

lunes, 22 de septiembre de 2014

Mr. Green


 
 
para Paco 

Diecisiete años en tierra, ocho horas en el aire. ¿Quiere ir al baño señora? Abrazada a su cartera grande y lustrosa, la doña te mira con indignación. Tú sí quieres. Te levantas, te estiras sin soltar el respaldo del asiento, echas a andar. Caminar dentro de un avión en vuelo no se siente tan raro como lo raro que es. En las casitas de las putas de El Mondongo los pisos son más flojos y las tablas elásticas se estremecen con el empuje de los cuerpos, eso te han dicho, tú no has mojado nunca. Avanzas en dirección al fondo del avión agarrando los espaldares de los asientos hasta que decides soltarte. Empuñas la manija de la puerta y te enfrentas a una deslumbrante exhibición de cositas, al espejito, al pequeño lavamanos metálico, al jabón líquido, a la cajita de kleenex. El temblequeo te sorprende cuando no has terminado de orinar. Te asustas, abres los brazos, te apoyas en las paredes mientras el avión da coletazos. La azafata golpea la puerta gritando algo en inglés y respondes ya voy. Antes de salir limpias las salpicaduras del asiento para que no digan que los puertorriqueños somos unos puercos. Corres tambaleándote, te desplomas en el 10 C, te abrochas el cinturón. Cuando el avión baja en picada la doña del asiento vecino vomita. Te abraza, huele a cebolla y lágrimas, entonces vomitas tú, vomitan todos. El avión es un pantano de vómitos, pero no se estrellan, el piloto logra enderezar el rumbo y recuperar altura. El resto del vuelo da para calmarse, hacer chistes, cantar y emborracharse. Aterrizan entre rezos y aplausos.

Bajas del avión sintiendo que pesas menos. Te mojas la cara con agua de una fuente de beber, te dibujas la partidura con la peinilla que sacas del bolsillo del pantalón. Recoges la maleta de cartón con refuerzos y cerraduras mohosas, la pobre se ve arrepentida. En la sala principal del aeropuerto, con su decepcionante piso de madera, hay más gente que en las fiestas patronales. Tropiezas con cuerpos que tropiezan con otros cuerpos, hombres con sombreros de copa alta y trencitas, hombres con bigotes tupidos y turbantes, mujeres negras con sombreros y guantes, mujeres rubias con guantes y sombreros. Te asombra que en la muchedumbre cada quien siga sin confundirse el camino que le toca. Dudas, te inclinas ante el abismo de lo posible. Si siguieras a ese o a la de más allá cambiarías de vida. Si hubieras seguido a la joven oriental de guantes color perla esta historia sería otra historia, pero el grito te devuelve a ese lugar caótico que han pisado pies de todos los colores sin torcer el destino que los trajo al mundo. El que grita es Tavio, el tío simpático que visitó el barrio en aquel tiempo y te dijo vente con nosotros a New York. Hoy lleva el sombrero de salir, el de la plumita de faisán en la cinta, eso dice, que es una plumita de faisán, tan fina como el colmillo de oro que le afea la sonrisa. Socorro y Teresita hablan a la vez y se repiten. Comentan que los primos también querían venir a recibirte, pero aquí la vida es complicada, el trabajo, las obligaciones, tú sabes.

Salen a un país de cielo gris, apestoso a humo y aceite. Esperas con las mujeres mientras Tavio busca el carro. La ruta hacia el Bronx es larga y el tío arranca el Chevy de asientos de cuero cuarteado que tiembla más que el avión en cada semáforo, como si la calle fuera una pista de aterrizaje, pero no se te ocurre la imagen correcta para calificar la forma de conducir de Tavio hasta después de unos días, cuando recuerdas la metáfora que nació en un cine de tu pueblo, ante las películas de vaqueros y la gritería de los muchachos que cantan cada puñetazo con un juá, juá. Guías como un vaquero tío, le dices al tío la segunda vez que viajan en automóvil, rumbo a un juego de béisbol en el Yankee Stadium, el domingo siguiente al viernes de tu llegada.

Tavio estaciona en una calle llamada Fox. Jomsuitjom, dice. Tus parientes viven en un apartamento siamés, como los chinitos aquellos que nacieron inseparables, parte de una casa dúplex de tres pisos. En cada piso hay dos apartamentos, seis en total. The Maldonados, así lee el rótulo del buzón colocado junto a la escalera lateral que da acceso a la segunda planta. Vivimos en un tren, dice Tavio, forzando un poco la llave de la puerta, dándole una patadita cariñosa, con un beiwindou, como los de los ricos, y después te indica dónde dejar la maleta, en el cuarto que queda junto a la sala, estrecho como un pasillito de techo alto, con ventana cuadrada de cristal que da a la calle y cortinas como sábanas de fantasma. Te quedas pensando en qué se parece aquello a un tren. Has viajado una sola vez en tren, imposible seguir viajando en tren en Puerto Rico. El tren de Aguadilla a San Juan hizo su último trayecto hace años. Esa noche no duermes. Echas de menos los ruidos animales, las voces chillonas de los coquíes y los grillos que no se dejan silenciar por el vuelo de los aviones de la base, los B-52 cargados de bombas que despegan puntualmente para vigilar el mundo.

En Aguadilla hasta las piedras cantan. El Bronx es mudo.

La mañana siguiente, cuando sales del baño, encuentras a Socorro en la cocina. Qué quieres desayunar, te pregunta, hoy es mi día libre estás de suerte, ya se fueron Tavio y Teresita, aquí nos levantamos temprano. Cualquier cosa, respondes mirando al suelo, con la cabeza metida entre las manos y la voz ronca, cualquier cosa es un huevo frito, te dice ella, con la espátula en el aire, pues un huevo frito, ¿sonisaidop?, pregunta ella, sonisaidop, respondes. El apartamento se llena de olor a aceite de oliva y huevos fritos. Así olerá siempre, con variaciones: tocino y cebolla, aceite y ajo, cebolla y chuletas, manteca y arroz.

Años después vuelves a la calle Fox. Te bajas del tren elevado en la parada de la  Simpson. Caminas unas cuadras entre solares baldíos, casitas que conservan jardines de otro tiempo y edificios tatuados con grafitis. El dúplex está igualito, como si no hubieran limpiado las ventanas en medio siglo. Te invitarán a entrar, te regalarán un café, te preguntarás cómo se acomodaban Tavio, Socorro, Teresita y tú en esa miniatura. Al inquilino lo encontraste en el balcón, en el ocio peligroso del hombre duro, vigilante de la nada, junto a otro chamaco de brazos cruzados. Quizás los desarmó la cómica euforia de tus palabras, el propósito de tu visita, el haberles dicho que años atrás, tantos que ellos ni soñaban con nacer, viviste aquí –que ahora es allí– en el mismo dúplex cuyo balcón adornan con su presencia, mientras estudiabas en Morris High School. Él también estudió en Morris, aunque no pasó de tercer año, dice. Conversando te enteras de que se llama Ricky y tiene familia en el barrio donde te criaste, San Antonio de Aguadilla. Comentas que viviste en el apartamento de la izquierda, en el segundo piso. Wow, ahí mismo vivo yo, ¿quiere subir? pregunta, y como te sobra tiempo antes de la ceremonia dices que sí. Ricky fuerza un poco la llave y le propina a la puerta una patadita seca. El piso tiembla. Ya no tiene el mismo revestimiento de linóleum, está cubierto con retazos de alfombras de colores variados. Da la impresión de que podría desplomarse sobre los habitantes del primero. Recuerdas el deleite de lo nuevo, las curiosidades del apartamento de antes: el radiador pintado de plata en una esquina, las paredes divisorias de cartón y yeso, el olor a bolitas de naftalina. (Después te impresionarán los ladrillos de los edificios, pensando en las manos que supieron colocarlos a la perfección en hileras cruzadas. Y te conmoverán otras cosas de la ciudad que no impresionan a nadie: el vapor que escapaba de las parrillas del subterráneo, los olores agrios de las comidas callejeras, las niñeras negras que pasean niños rubios, el desconcierto de ruidos.)

 

(Pasaje de Mr. Green, relato publicado en la serie RHM Flash, 2013)

 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Cristales


para Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra
Yes Mrs. Williams, el volumen de testimonios  hilvanados con bochinches que William Carlos Williams escuchó de boca de Raquel no forma parte de canon alguno, aunque en una de las cartas que escribió el poeta comenta que la biografía de su madre será su libro más importante. Fue uno de los más difíciles. Williams tardó décadas en entrar y salir del manuscrito. Lo publicó con señales de obra inconclusa en las postrimerías de su vida, diez años después de la muerte de Raquel, cuando la muerte propia era su perseguidora cercana. El libro, casi póstumo, no es alimento para lectores que no toleren bien el blood sausage ni la voz de una mujer que hablaba un inglés quebrado y era tan capaz de improvisaciones dispersas como el hijo. Son los recuerdos de una criolla mayagüezana, de su familia de comerciantes y diletantes, de sus esclavos, de París. De pobreza y de condesas. Apuntes, notas sueltas, comentarios traducidos desaliñadamente. Palabras mal oídas. La historia de un lado del  origen del poeta que dedicó sus versos más célebres a una ciruela y a una carretilla roja.
Carlos escuchaba la palabra Mayagüez con la distancia que merece el sonido impronunciable y quizás con un poco de vergüenza. De Mayagüez no tenía por qué saber lo que registran los documentos: la venta allí del bergantín Wissahickon, con matrícula en Nueva York, encallado en aguas caribes, declarado inservible y vendido en subasta pública en 1852. Si lo hubiera sabido quizás hubiera escrito la novela del bergantín. Tampoco llegó a leer el hijo en sus 79 años de vida el “Informe sobre el guano”, redactado en 1856 por George Latimer, cónsul de Estados Unidos en Puerto Rico. No tenía por qué haber leído los 290 despachos originados en el consulado de  Mayagüez.  Ni saber que Mayagüez era aduana de primera clase, aunque sí le hubieran interesado los intercambios incesantes entre islas e imperios en un mundo menos cerrado de fronteras.
En cambio nada se le dio a conocer con más claridad que el Mayagüez del oído que ninguna historia escrita recoge. Lo transcribió con tozudez de hormiga, él, que traducía del chino sin saber chino. Lo copió sin borrar pistas, para que alguien, acercándose a las letras con el oído luminoso para las texturas, diera algún día con ellas. Alguien que borre la transparencia de los fantasmas, un ojo que pueda captar las ondas que se le escapan al ojo humano,  para poder ver lo que Raquel le dio a ver: el día que ella y su madre, con discreción de aristócratas blancas, se bañaron en una quebrada espumosa. Batiendo el agua con las manos, cubrieron de gotas cristalinas las hojas del maguey.
Raquel es la guía y el hijo su copista díscolo. En cada línea del poeta se lee la tenacidad del hombre que cae, se levanta y vuelve a empujar cuesta arriba el peso de una existencia laboriosa.
Recuerdos propios y ajenos. Una evocación del más parisino de los músicos puertorriqueños: Manuel Tavárez (Carlos transcribe el apellido así: Tamares). Tavárez nació en San Juan en 1843. Era graduado del conservatorio de París, sufrió un derrame que interrumpió su carrera, compuso aires melancólicos. El recuerdo de Raquel se originó en algún comentario pronunciado al vuelo por una boca irrecuperable en cualquier tertulia, o en el inagotable anecdotario de su hermano Carlos. Resistió las marejadas de la migración y la ceguera de su portadora. Fue escuchado y escrito un siglo después en la casa de 9 Ridge Road. Encuentra un párrafo en esta novela, cuya existencia no le hubiera pasado por la mente a William Carlos Williams.
Tavárez frecuentaba el taller de un zapatero donde se reunían cinco varones musicales que imitaban instrumentos de orquesta. El quinteto inventaba melodías. Tavárez las apuntaba y acicalaba a la manera de un estudiante de Auber y D´Albert antes de incrustarlas como lentejuelas en sus danzas de concierto.
Mayagüez, uno de los puertos privilegiados de las Antillas, rehace su historia entre cataclismos: el “fuego grande” de 1841, el maremoto de 1918, el delirio caricaturesco del progreso que convierte la casa materna en estorbo público. Cuenta Raquel de la cantidad de alemanes que vivían en una pensión para solteros. Recuerda los piropos de los soldados españoles y el carácter nervioso de los franceses que saltaban en sus sillas de contables como si se hubieran tragado un ají picante, o frijoles saltarines o un circo de pulgas. Remember them my child? Del piano donde Raquel aprendió música  lo más memorable, además de que sobre sus marfiles habían volado los dedos de Gottschalk, eran dos sencillos candelabros de plata que denotaban la posición social de la familia. Carlos el poeta no lo sabe. Carlos no supo que ciertos sabores de su Mrs. Williams se pierden para quien no se sienta animal exótico en los umbrales del bestiario de especies extintas. O puertorriqueña viva en 2014. El regalo oscuro de un poeta que lo publicó a regañadientes, para completar los oficios de la difunta conserva unas débiles claves centenarias de una ciudad que no divulgó sus referencias ni tuvo contemplaciones al momento de extirpar los barrios y las casas que no armonizaran con las metas del crecimiento  veloz. 
Olores y sabores. Tan punzantes las morcillas de Christophine como la pulpa del mango que Raquel devora haciendo muecas de monita en el patio trasero de Mayagüez, tan cercano al mar que huele a mar.
En Rutherford el agua es dulce, pero el olor a mar deposita sus cristales en el vuelo de los pájaros. El París de las reproducciones de pinturas de Carolus-Duran y Caillebotte que forran las paredes del dormitorio de Raquel, en la casa del hijo, se empaña de polvos salinos.
Raquel sabe cómo fabricar cristales. Basta introducir un hilo en una solución. Unas criaturas muertas que se asemejan en su movimiento a los organismos vivos se le van adhiriendo.


viernes, 22 de agosto de 2014

La ventana del este


 
 
 
De un puñetazo feroz hunde las teclas de la Underwood. Se tuercen como patas de araña sorprendida. El hombre se abochorna. Acerca la mano violenta a la estufa de carbón agazapada a la izquierda de la banqueta, cerca de la pierna que más le duele.

El aire del ático congela el grafito de los lápices. Es una habitación larga y estrecha; helada en las madrugadas de mayo, humeante de calor en julio. Reorganizada para abrir un espacio habitable sin perder la función de depósito de sobrantes familiares, sigue repleta de baúles, cajas de cartón, muebles desencolados, álbumes de fotos, marcos.

El escritorio da frente a la ventana del este. La luz de una luna enorme entra por ella. Alarga la sombra del conducto de la chimenea fría que oscurece la pared del sur y rebota de un lado a otro con la alegría de un encuentro de duendes. Sobre la pared del oeste el rayo de luna alumbra las caricaturas de un padre proveedor y una madre desprendida.

El hombre reacomoda las teclas de la maquinilla con el cuidado de una tejedora que desenreda sus hilos. Abre una gaveta del escritorio, saca un forro plástico y la cubre.

Mientras se levanta sin enderezar la espalda, apoyando las manos en los bordes de la banqueta, se enamora del crujido de sus huesos. Está vivo, le asombra esa alegría intacta. La asocia con el orden de los libros. Él escribe libros porque olvida quién es cuando escribe. Ha tatuado tantas páginas que con ellas podría empapelar la fachada de la casa, los troncos de los árboles, las aceras que bordean las calles del vecindario. Si las alineara una tras otra en una vereda hacia los humedales del río Passaic y de ellas se desprendiera una balsa de letras flotantes para sortear mares, llegaría a un país que es otro planeta, ese que solo se deja empapelar en la oreja de un poeta loco o en imágenes mercantiles de plato de porcelana decorado con aguas rizadas.

Fue un ay estremecedor seguido de gemidos como aquellos que parecían brotar de las paredes de la casa vieja, situada unas cuadras al sur de la casa del ático helado en las madrugadas primaverales. En aquel tiempo, en aquella otra casa, el padre salía al pasillo y escupía una orden seca a los demonios. Gritaban por las bocas de un animal de tres cabezas: la abuela que olía a sustancias anteriores al cine y a los automóviles, incrustadas en el pelo decadente; el tío Godwin, un monstruo que se comió las cadenas y Raquel, escapada de la cama del marido para sumar su coro de voces parásitas en créole y en español a la explosión de aullidos que de pronto daban forma a un verso en francés o en el inglés vetusto del tiempo de los lagos donde se ahogaban las letras de otros poetas y los niños abortados de sus amantes. Ese inglés cristalizado en la dicción de un actor, nieto de otro actor de los años de Byron y, como una salpicadura a un tiempo deslumbrante y vulgar, en la lengua de la abuela. Cuando Raquel, la abuela y el tío soltaban sus demonios, en las iglesias de Rutherford se encerraban los hombres de Dios. Entonces la voz del padre se imponía como cuando su cuerpo, el del padre, asimilaba tortas de hormigas en las junglas nicaragüenses con el mismo estoicismo que toleraba el exceso de pimienta en la carne de res cocida con papas sobre arroz blanco y habichuelas coloradas que almorzaban puntualmente en el angosto comedor de la casa vieja. 

Aquella noche lejana el padre impartió el latigazo de una orden y las voces regresaron a la oscuridad de los cuerpos. Él no ha practicado mucho el arte del látigo, fuera del destilado inútil que supuran los rencores literarios. En cambio  es un virtuoso de la nalgadita seca. Ha asistido en miles de partos, ha sobado los culitos de miles de recién nacidos agarrados por los tobillos. Casi siempre golpea las teclas de la Underwood con nalgaditas dulces. De su voz no sale el grito autoritario del padre.

En su diario vivir, cuando escribe, porque es posible seguir escribiendo en el mundo de los animales cuando completa las rondas diarias llevando en el maletín el estetoscopio, las pinzas y las gasas, es solar como un hijo alimentado de obediencia. Años atrás ocupó el espacio del ático para pulir sus letras en el silencio de la medianoche. Y ahora, ante sus ojos, el empapelado de rayas cruzadas se ha convertido en alambre de púas.

Desfallece como se quedan mustios y blandamente asquerosos los párpados de los pollos muertos. El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.

Baja la escalera estrecha, entre la pared del lado del sol naciente y la pared del cuarto de Raquel, con un paso medido que se opone al desgreño de los gritos, cuidándose de no añadir ruido, como un marido que llega tarde y no quiere que su mujer lo huela. Como si el olfato de un cuerpo que has invadido fuera un demonio resistente al jabón desinfectante de los hoteles de sábanas gastadas. Ya en el rellano del segundo piso, donde están los dormitorios, lo espera Florence cruzada de brazos, en bata y chinelas: el traje de gala de Florence. No quiere mirarla ni entrar en conversaciones sensatas con esa pizca de rabia que se muerde el rabo. No quiere mirarla y recordar que ya es el día señalado para entregar a su madre. Va al encuentro de la otra mujer de la casa.
 
Se mete de perfil en el dormitorio. Cuando sus rodillas tocan el borde de la cama de pilares la vieja se alza como la ha visto desde que era un niño: el torso enarcado, los brazos al aire, la carita sudorosa, el pelo blanco erizado. Él sabe que despertarla bruscamente le hace daño, y que una inyección de nembutal la adormecería. Despertaría atontada, más sumida en un lugar que nunca será la hoja que habitan los saludables, los humanos normales, sino boqueando en aquel pantano donde se hunde y al cual, alargando la mano hasta el cuello del hijo, pretende llevárselo. Vuelve a recordar el grito autoritario del padre, el hombre que, si no supo quererla con la vehemencia que tanta fuerza reclamaba, sí tenía una forma resistente de cuidarla y un protocolo de comportamientos domésticos. Ante el cuerpo de la madre, un conocimiento que no es tanto decisión como fascinación lo empuja hacia el método que el viejo le disputaba a las curas parlantes del Dr. Freud.
 
–¿Quién habla? ¿Quién eres?
 
Quejidos, contorsiones. Se le acerca sabiendo que una vez escuche la voz del hijo no correrá peligro de muerte. No confía en el hijo, pero al médico que hay en el hijo lo respeta. Moja en Agua de Florida el pañuelo que carga como un mecánico de automóviles en el bolsillo trasero del pantalón y se lo pasa a la vieja por las sienes. Ella manotea su rechazo, él aprieta el pañuelo, dejando caer una gotita del perfume en los ojos desorbitados con una delicadeza cruel que lo compensa un poco de estar atado a los caminos del infierno. 
 
La vieja grita su espanto de ojos lastimados. Él le refresca las sienes con el pañuelo. Acerca una oreja. Cree escuchar la palabra casa. A veces piensa que ya es imposible recibir una imagen viva de aquel cuerpo contemporáneo del nacimiento de la poesía moderna.
 
Escuchar y ver son hábitos. Y apuntar. Suele llevar los bolsillos llenos de papeles. El padre de Florence le regalaba resmas de papel donde imprimir sus libros, pero este tesoro de papelitos es solo suyo. Echar a la basura un papelito equivale a despreciar a los humildes. Por más que los hubieran destinado a la esclavitud de los recibos, al dorso estaban en blanco. El dorso puede ser tabla de salvación. Un dorso en blanco puede salvarle la vida a un poema. Incluso prefería anotar en papelitos abocados a la basura. Le parece demasiado solemne el cuaderno de apuntes, casi tan almidonado como T. S. Eliot, el poeta que ha detestado con  lealtad de enemigo. Esos cuadernos que le regalaban sus pacientes, esos que solo usaba cuando se encontraba fuera de casa representando el papel de poeta.
 
Desde que la vieja se volvió más huraña, al regreso de aquel verano en la costa, se perdieron las máscaras de la palabra. Desde las cartas que se habían cruzado antes de la muerte del padre, cuando él era un pobre estudiante de medicina y ella una mujer todavía deseosa, no habían cambiado los roles. Él se dedicaba a consolarla con descripciones apresuradas del día y declaraciones de que estaba dispuesto a ser, más que hijo, hermano y amante. Ella se dedicaba a dejarse adorar y a expresar que el mundo, salvo París y algunos parajes de Mayagüez, era una porquería. Pero años después la mano temblorosa de la madre solo servía para pedir dinero con que pagar los impuestos, pagarle al carpintero y encargarle remedios con nombres de botica. Pies hinchados, sordera. Rota la corriente brava de palabras el médico y su madre se enfrentan como dos barajas en un páramo. Cuadradas, unidimensionales.
 
Él sabe de palabras, él no cesa de intentar consolarla con palabras. Su aprendizaje fue aquella casa de voces dolientes. Pero las madres no necesitan que los hijos hablen. A las madres no les interesa escuchar a sus hijos. La madre sabe que los hijos no son del padre. Los hijos son suyos. Si son varones alargan el dominio de ella, porque el padre ausente no tiene más dominio sobre sus hijos que el otorgado por la madre. El médico reconoce, a veces, en sus propios desamparos, que siempre fue el hijo de las mujeres de la familia. A la madre ni siquiera le interesaba que el hijo conservara sus palabras. Solo quería seducirlo, arrebatárselo a las artimañas de la otra seductora de la familia. La abuela. La madre sabe lo que se trae entre manos el hijo. Una trampa. El hijo quiere escribirla, no porque la quiera, eso siente la madre, sino para poder quererla. Porque el hijo solo quiere lo que le sale de los dedos a las teclas. El destilado de su insufrible vanidad de optimista.
 
Se sienta en el borde de la cama, acaricia el pelo de la vieja, mira hacia el esqueleto gris del arce del jardín. La luna llena ilumina sus ramas. La madre solloza, habla con los ojos cerrados. Podría maldecirlo como maldicen otras madres a los hijos crueles. Pero Raquel no es capaz de olvidar el empaque de su dama interior. En un escenario teatral no sabría interpretar la fragilidad de una desvalida común. Es una reina expulsada de su reino y sabe cómo pesar cada palabra con una intensidad que la poesía del hijo envidia. Recoges mis palabras como si fueran muestras de excreta, le dice la vieja, que ha liberado en su locura senil un sentido grotesco de la vida. Y lo mira con los ojos bien abiertos, sin parpadear, con la esclerótica dominando el centro del terror, con aquel desprecio que le mostraba de niño, ante sus insuficiencias. Cuando él se le acerca a tomarle el pulso, ella se levanta sin esfuerzo y le planta en el oído un beso ruidoso y frío.

 
Entonces la inyecta. Despertará tarde, a las diez, cuando él se tome un receso de sus pacientes para subirle el desayuno y las medicinas. Desayunaría solo con Floss, quien entendería que el tema de la madre no forma parte del cereal y las ciruelas frías, de las citas, de los pacientes, de la limpieza de la casa, de la decisión inaplazable. Porque ese mismo día entregará a su madre cuando los del asilo vengan a buscarla. Regresa al ático y escribe: Gracias a dios por la poesía viva. Es el único motivo de satisfacción.
 
En la calma loca no es posible escribir más. El aire no circula. Se siente niño en el refugio del ático. Le avergüenza, como en otros momentos de debilidad, la ambientación pueril. La idea de morirse de repente, sin antes recoger sus juguetes. Ha decorado las paredes con cartulinas: avisos de exposiciones, tarjetas postales con vistas de París o del campo inglés, enviadas por el poeta loco –¡cabrón, aquí es donde tendrías que estar!- . El poeta loco nunca tuvo problemas de identidad con su nombre. Era hijo de una millonaria y de un aventurero. Ezra Pound. En el apellido llevaba la raza. En cambio, ¿qué raza lleva el nombre de William Carlos?
 
El ático es el lugar de la locura femenina, pero para William Carlos, que es mujer solo en parte, es la habitación propia que rescató y mantiene gracias a su trabajo. Mientras él escribe sus hijos combaten con nazis, fascistas y japoneses. Matan para dejar de matar. Abre la ventana que da al jardín, se consuela saludando las ramas altas del arce, respira el aire frío. Se toma el pulso. Ya es tarde para alargar la parte negra del día en los comienzos del siguiente. Se acuesta en el piso, mirando el árbol. Era joven cuando compraron la casa y aún se ve menos gastado que él, porque no se enfrenta con la misma urgencia al placer y al espanto.
 
Desde aquellas noches fue la poesía de Carlos. Nació vestida de terrores. Le ha costado, cuando escribe, deshacerse de esa carga de palabras. También ha pagado el precio de la compasión que le inspira la música de las palabras débiles, como esos gatitos enfermos que exigen la vida que no merecen. Anota palabras, no podría dar un paso sin llevarlas a la tinta. Desconfía de la facilidad, desconfía del oído hecho a la medida de la voz del padre. Persigue una poesía que no se contenta con ser lo radicalmente hermosa que es, como si el cuerpo más agraciado del mundo no se resignara a la belleza y prefiriera vestir andrajos.
 
Él no quisiera saberlo, pero sabe que la madre, ese cuerpo desordenado por los espíritus, también es lo más cercano al contacto poético, el olor a mortaja que despiden ella y los apuntes secos.
 
Carlos se propuso anotar las voces de cuanto le rodea: de las casas de los pobres en sus cortinas, pisos sucios, vasos rotos, olores e infamias; de las flores cuyo suelo nutricio ha visto desaparecer ahogado por desperdicios industriales que tiñen el río de colores venenosos, a lo largo de una vida que ha tenido el pie del nacimiento por allá lejos, cuando no existían ni la luz eléctrica en cada hogar ni los automóviles que ahora lo transportan casi a la velocidad con que lo invaden las palabras. Pero hay voces invencibles y también ha sabido dejarlas en paz, como a veces decide no recomendar cirugía a un viejo incurable. La poesía nueva es antigua, dice incorporándose con alivio y volviendo a sentarse en la silla, volviendo a desenfundar la maquinilla. Coloca los codos en el escritorio y la barbilla en las manos cruzadas. Te engañas si crees que no podrás escribir una línea más.
 
 

(Del primer capítulo de Raquel en Rutherford, novela inédita)

jueves, 14 de agosto de 2014

 
 
 
Underwood... señaló vigas entrelazadas caricaturas de impresión. La vergüenza, la frustración, pierde el juego. Un hombre sentado en el lado izquierdo para evitar el acoso de sus piernas, por lo que la estufa de carbón para la calefacción. Atari es una pluma congelado. Esta es una habitación larga y estrecha. ¿Puede el calor de julio húmedo, todo el gabinete, muebles, marcos de cuadros en la mañana. Al este frente de mi ventana. Ventana, la luna, una gran luz que viene en silencio en la oscuridad de la incertidumbre, la pared de ladrillo chimenea apagada y rebotar hacia atrás y adelante deleite de hadas para cumplir. Familia servicio de luz de la luna de la historieta Muro de los Lamentos, la madre y el padre. Él cree que la navaja fácil unión de punto de fibra reorganizado. Forro de plástico y la caja, tire del cajón abierto.
 
(Primer párrafo de la (ex) mi novela inédita Raquel en Rutherford pasado por aguas del húngaro, urdu, chino, sueco y de ahí al español de google. Para Nestor Barreto.  En la foto la casa de la familia Williams Hoheb en Passaic Avenue, Rutherford)

lunes, 4 de agosto de 2014

George

 
Carlos Hoheb se alegró mucho cuando Raquel enamoró como por encanto a William George Williams. William George es hombre escéptico, predecible como un tendero. Sin gran talento para la música, aunque capaz de sacarle al piano unos acordes acompañantes. Fiel lector de Shakespeare, puntual, de buen carácter, dotado del temple necesario para amansar los nervios de Raquel. Carlos Hoheb no disputaba que el espiritismo fuera una de las ciencias de su tiempo. ¿Quién era él para enmendarle necrofilias a Betances y a Victor Hugo? Los saberes no tienen fronteras. Pero lo que Raquel veía sorprendía. Lo que no decía inquietaba más. Ese secreto aterrador que es Raquel.
(De Raquel en Rutherford, novela inédita; retrato de William George Williams, padre del poeta William C
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arlos Williams)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...