viernes, 21 de octubre de 2016

Dulces








para Armindo Núñez Miranda


Se cocinan al caldero: de coco, de piña, de ajonjolí. Nuestra madre prefería el sabor amargo del dulce de naranja, hecho con azúcar, clavo, canela y las cáscaras de la fruta.  

Sobre los mostradores de los colmaditos reinaban las tiernas trampas de la niñez. Cuando pasé un año en Cayey con mis abuelos,  los bombones competían con el arte de la batea jíbara: Mary Janes, paletas, chocolatitos fabricados en el  “company  town” de Hershey, Pennsylvania, adonde muchos años después íbamos de paseo con mi hermana y los niños. En nuestra diaria ronda de  comercios, mi abuela y yo nos deteníamos en la tienda de don Cando, que vendía bombones guardados en frascos de cristal en forma de barriles con tapas de rosca. Los de frambuesa eran rellenos. Nunca entendí la razón de ser de los de menta. Los redondos y duros de uva, de limón, esas exquisiteces de “hard candy”, se fabricaban en el sur, no muy lejos de la central Mercedita, en la Ponce Sugar Candy.  Ya no existe la industria puertorriqueña de bombones, pero queda el edificio de la Ponce Sugar, de artística fachada art deco. Cuando viajábamos en automóvil a Ponce, reconocíamos  el nombre y le insistíamos, a mi abuelo – que no nos complacía, porque quién le hace caso a los insanos caprichos de los niños– que se detuviera allí para visitar las entrañas del placer y comprar una caja de delicias.

Bombones aparte, ¿cómo  no elogiar los dulces secos, acaramelados, hechos al caldero, sobre fogón de leña, sin desmerecer los flanes que, además de incluir ingredientes de lujo para el pobre,  como leche, huevos, y vainilla, exigían un control sutil de temperaturas? La fabricación de dulces fue una pequeña industria de la precaria economía doméstica.

(De camino a Aguirre ojeo el libro de Elizabeth K. Dooley, The Puerto Rican Cook Book. La costumbre de leer en el carro es más vieja que la memoria. Solo que entonces no se podía leer, se mareaba una leyendo. El calor de los carros sin aire acondicionado, las transmisiones radiales, tediosas, de juegos de pelota. Cuando viajábamos las dos familias el carro iba lleno, y mi hermana y yo no podíamos pelearnos a patadas y arañazos, así que sustituíamos las feroces agresiones inocentes por un juego despreciable. Veíamos  ruinas de casas. Yo le decía “esa es tu casa, Mili". Ella también me regalaba casitas en ruinas).

Di con el libro de Mrs. Dooley gracias a un  personaje puente: Muna Lee, poeta y diplomática, primera esposa de Luis Muñoz Marín, una de las mujeres que encontraban guapo a Muñoz. Escribo Mrs. Dooley porque así se la conocía en la casa de otra amiga, Madeline Colón Terry. Mrs. Dooley debe haber sido la anfitriona más generosa de la colonia de americanos residentes en la isla, los “continentals” que en algún viaje al sur de seguro cenarían en la casa grande de Aguirre. Mrs. Dooley le reconocía la maternidad de su cultura culinaria a Isabel, una cocinera negra nacida en St. Christophers, St. Kitts y residente, desde niña, en Puerto Rico. Su recetario tiende redes azucaradas y un tsunami de manteca de cerdo hacia la cocina de las islas.



La adicción pueril a los dulces deja trazar una ruta literaria desde el valle de Cayey hasta el frío puerto de Salem. En The House of the Seven Gables, de Hawthorne,  la dama venida a menos tiene un cliente estrella, el niño que le compra galletas de  jengibre. El jengibre fue uno de los principales productos de la economía de contrabando en Puerto Rico, según dictan las historias. También figura en la tradición culinaria de los dulces de batea, si bien el coco es rey sin par. En “Tirijala”, el cuento emblemático de Miguel Meléndez Muñoz, el maestro español se acerca a los niños nativos con curiosidad y simpatía, se llena las barbas de azúcar y establece una equivalencia entre el carácter maleable del pueblo y el dulce pegajoso que se deja estirar.

Azúcar, sustancia adictiva. Azúcar y opio. Comprar, cuando algún dinero sobre, The Oxford Companion to Sugar and Sweets, con prólogo de Sydney Mintz y Sugarlandia Revisited: Sugar and Colonialism in Asia and the Americas, 1800-1940, con ensayos de Mintz y de Juan Giusti Cordero.






sábado, 15 de octubre de 2016

Bicicletas





para Ricky
para Wandi


El tramo de carretera es corto, apenas nueve kilómetros. Sin embargo, está tan lleno de seres y de cosas que las distancias se alargan. La densidad nos reduce a la escala de las hormigas.
Benjamín Joubert se acuesta de madrugada, cuando la cama invita. Las noches son para meditar sin las fronteras que el sol impone, alumbrando la dureza de los objetos acumulados en el patio del solar. (Llaman la atención los talleres de las barriadas. Abundan, pero siempre asombran. Parecen de otra era de la máquina y de la mano). El cobertizo donde Joubert hace mecánica es un techo rectangular largo. Cubre una hilera de vehículos estacionados, restaurados o en  reparación. Sobresale una guagua Toyota roja con una maniquí rubia sentada al volante. Es la novia de Benjie, según Iris Valentín. Iris es la novia humana de Benjie, su compañera desde hace treinta años.
Al fondo hay un tractor que Benjamín reparó y usó para rellenar el terreno pantanoso donde construyeron la casa. El patio se divide en espacios: el lugar del tractor, el cobertizo del taller de mecánica, la zona de los gallineros, el estanque de los patos, la tala de yuca. A veces se mezclan las aguas que dividen los espacios. En el de los carros hay una mesa de billar y un estante con cuatro volúmenes de la Enciclopedia Británica y uno de la Illustrated Encyclopedia of Sciences. 
Viven en la Calle del Pescado, un sector del barrio Mosquito, comunidad estrecha,  larga, interrumpida a trechos, que se formó al costado del mar. Iris nació en la barriada Blondet, pero se crió en Massachussets.Cuando Iris y Benjamín se juntaron, dice ella, la casa era pequeña. Entre los dos la ampliaron. Ahora tiene dos pisos y una sala grande con techo de cinc. La sala es cerrada y calurosa, los muebles de madera tapizados con tela de motivos florales; a un costado un piano eléctrico, y más allá, sobre un librero, una guitarra.
Supimos de Benjamín por el sorprendente comentario de un amigo. En toda la casa, en todas las habitaciones, en los pasillos y en los armarios hay bicicletas, nos dijo. Exageraciones, si cabe exagerar lo que ya es excesivo. Hay un espacio dedicado a las bicicletas, un salón que recuerda lo que en casas de urbanización sería el family room, con losas italianas esmaltadas. Las bicicletas ocupan ese cuarto, y son incontables, azules, rosadas, amarillas. Habrá medio centenar de bicicletas alineadas casi todas en la misma dirección, con alguna en diagonal
Las alas no son de uso común. Desde que en el relato mitológico se derritieron aquellas alas, volar es lujo de extravagantes. La bicicleta sí es casi universal. Forma parte de una experiencia infantil prodigiosa, cuando alguien nos soltó, y supimos que sabíamos correr en equilibrio. Son máquinas humanas, no tanto por ser réplicas antropomorfas, como por el remoto reflejo de las piernas en el invento más antiguo de las civilizaciones humanas. Curioso que sean modernas, que en lugar de encontrarlas en todas las culturas de la rueda, su invención sea posterior a la revolución industrial. Para que existiera la bicicleta la técnica de construcción de caminos evolucionó, y dio paso al rodaje sutil de las ruedas.
En las filas de bicicletas se destaca la marca Schwinn: el monograma de la S, o pétalos de flores en los sillines; manubrios decorados con colas de zorra, recios timbres de mano. Del techo cuelgan cuadros de bicicletas de tamaño uniforme. Benjamín compra las costosas piezas originales, restaura las bicicletas, y las vende a quien quiera y pueda pagar lo que pide por ellas. Yo las vendo, pero nadie las compra, dice.
¿Adónde van las ideas,  las ilusiones, la mano, cuando algo se pone en venta y nadie lo compra? Reparar no es una práctica económica. Cuestan la tela del billar, las piezas de las bicicletas y de los automóviles. En la región de Walmart y Home Depot, con su aura de solidez en lo barato, con la marca del trabajo escondida, recuperar, renovar, restaurar, es problemático, porque el menos hábil se cree capaz. “Puedo tener oro de los españoles y no sé qué hacer con él“, escucho que dice Joubert.
En cada barrio hay creadores, artistas e inventores. Él prefiere llamarse ingeniero sin licencia.

 Debemos la visita de hoy a un golpe de suerte. Tomábamos fotos de un negocio que en ciertos días de la semana está abierto, el cafetín El Oasis. Un hombre corpulento, entrado en años,  nos vio desde lejos y se acercó.  Dijo que era el dueño de El Oasis y de la casita abandonada que está al lado del cafetín. Le han robado, por eso vigila. Le mencioné el nombre de Benjamín como si se tratara de una contraseña. Es mi vecino, nos dijo, y nos llevó a una casa no muy distante.  Entró en la casa y salió en compañía de Iris. Sí, dijo ella, Wanda me habló de ustedes.
Benjamín, atrapado, nos recibe. Iris lo saca de la cama, nos dice que se acuesta tarde porque la noche es para el desvelo de tantos proyectos empezados o imaginados.
Benjamín nos pregunta si hemos vivido fuera del país y cuántos años.  Yo también hago preguntas, dice.  Es para saber qué se perdieron en los años que no vivieron en la isla. Él lleva cuarenta años en la comunidad, la conoce “por condición geológica”.
Menciono la desaparecida línea de guaguas entre Guayama y Cayey. Para subrayar el sentido de la pérdida, Joubert encuentra la palabra ajustada: “era algo clásico, que no debió haberse extinguido”. Se detenía sin paradas fijas, donde se encontrara el pasajero. Era una excursión subir de la mórbida plaza de Guayama a la meseta cayeyana, visitar la barriada El Polvorín, con sus cafetines y casitas enlomadas.
Tiene muchas cosas en mente, entre ellas un libro que narre la historia de la comunidad, sus necesidades. Pero incluso hacer un libro implica un repaso infinito de telas que cortar, cuando ya se tienen 66 años y lo que no es poesía se organiza en series de  relatos, esa forma que da a lo extinto peso de realidad.
Quizás la desaparición de las guaguas entre Guayama y Cayey, abandonadas por el último dueño, se relaciona con otro proyecto descartado por la historia. Los federales, que todo lo controlan, querían construir un túnel entre Cayey y Guayama. Lo dice sin notar mi asombro. Querían sacar oro de las montañas, que no se han explotado, y ese túnel sería luego de uso común. El gobierno no aprobó el proyecto (difícil concebir que el gobierno de Puerto Rico no aprobara un proyecto de los federales). El proyecto no pasó de la fase especulativa pero el oro debe estar ahí, en esas montañas que no se han explotado. “Lo del túnel”, dice, sellando el caso, “fue una propuesta efímera, sin un fundamento sólido”.
"Nosotros los puertorriqueños, estamos atrapados como en una prensa de carpintero, y no sabemos adónde ir. Unos amigos árabes dicen que el mundo es de los judíos, que son los jeques del petróleo y los dueños de mundo.”
Pero el mundo realmente es de los federales, porque si hay un jueyito o un carey no se puede hacer nada. Un juey vale más que un ser humano, según Joubert. Quieren sacar a los vecinos de la zona del mangle. En otros países se comen las tortugas y después aprovechan el carapacho para hacer peinillas. Aquí no se puede, lamenta. Y añade que la Calle del Pescado es producto de un rescate de terrenos que  pertenecían a la familia González Rodríguez. Ahora es peor, porque los terrenos del frente los compró la Monsanto. ¿Ustedes saben lo que es la Monsnato?, dice nada que hacer.  Estos son terrenos inundables, pero la solución es imposible porque no hay voluntad.
¿Cómo se forma un hombre que hace cosas, cómo aprende el arte de dar forma a las cosas? Mientras tomamos un café dulce,  Joubert nos habla de su niñez.  Fue el sexto de dieciséis hermanos, hijos de Herminia Agront, una madre constante, pero débil de carácter e incapaz de defenderse ante el marido, un tipo enorme que abusaba de ella. Faltaba una figura que velara por los niños y  fuera “suplidor”. Comían tierra. Cuando uno de los niños enfermaba, ella no tenía con quien dejar a los otros quince. La acompañaban todos al hospital, una caminata larga desde un sector llamado Hoyo Inglés, en una calle llamada Las Flores. En aquella casa no se comía carne. A los doce años él se dijo que haría lo que fuera para comer carne.  Como el hambre es la madre de la invención empezó a mirar el mundo para ver cómo están armadas las cosas. Empezó, dice, por la “creatividad visual”. “El maltrato hace que uno genere su mente.”
Joubert comparte los hallazgos de sus desvelos nocturnos.  El deseo de comer carne es puro. Cuando se sacia, el sobrante conduce al exceso, al desorden. Joubert repara objetos y las pone en venta, pero las cosas que rescata no encuentran compradores. Es un acumulador de capital sentimental. Quisiera tener menos, sus obras lo asfixian, aspira a un ascetismo imposible. Según él “la virtud debe ser inventar para sobrevivir”, no para acumular. De todos modos lo que tenemos es “la ilusión de la creación”.  El exceso se paga, es una carga.





sábado, 8 de octubre de 2016

La mayor perversidad







Puerto Rico, frontera donde la realidad ha sido siempre más frágil que los cuentos, es un caldo de cultivo de ficciones. Cuando los pobladores de una isla no deciden lo que entra y sale de ella, no fabrican los objetos que les rodean, no conocen ni entienden el origen y el sentido de las acciones que determinan sus vidas, la percepción de las cosas bordea la magia y florece el caos. Todo, desde cruzar una calle hasta escribir una novela, se hace con la sensación de encontrarse en un espacio ingobernable y providencial. El contrabando sigue siendo un arte de la desobediencia, pero en su versión actual, donde priman las transacciones inmisericordes del narcotráfico, carece de la mutualidad que en sus ensayos el escritor Wilson Harris atribuía a los intercambios interculturales respetuosos.

Nunca fuimos puros, sino criaturas del trasplante, del injerto y el bricolaje, y quizás por eso existimos. Lejos de mis capacidades intentar una interpretación del “carácter nacional,” pero, aunque no hemos carecido de héroes en el sentido histórico, intuyo que si todavía se puede pensar la existencia de un pueblo puertorriqueño, vale atribuirla a la tenacidad de unos afectos colectivos evasores de la supervisión y la vigilancia del Estado. La lógica esquizoide del Estado, constituido por criterios burocráticos desarraigados, subordinados a las directrices del aparato imperial y carentes de solidaridad, se presta más para destruir familias y comunidades que para protegerlas.

Tampoco forman lazos de afecto colectivo los currículos escolares domesticados. La persistencia de nuestros afectos, que tal vez salten generaciones, a la manera de ciertos rasgos genéticos, quizás se acerque a formas casi silvestres de organización social que hicieron cultura en épocas anteriores a los siglos XVIII y XIX. Esas formas cimarronas, clandestinas, venturosamente invisibles, no se recogen a profundidad en los archivos institucionales. No han dependido nada más que del aire (precariedad y cariño) y del retorno cíclico de migrantes a un pequeño hábitat familiar, incluso de un deseo de no
dejar de existir, un poco por la exclusión de que hemos sido objeto, y que nos asigna un espacio antagónico, cuando no un vacío, en el imaginario del otro. La misma fragilidad se empeña en la negación y la desmemoria. La historia de los puertorriqueños es tan dolorosa que no sorprenden los intentos de hacer borrón y cuenta nueva. Para no perpetuar el engaño, conviene descifrar lo que esconden las tachaduras.

La mayor perversidad del colonialismo ha sido reducirnos al abyecto papel de ser sus  víctimas, cómplices, pacientes e imitadores. Habría que reabrir esa trama absurda escrita por la Agencia Central de Inteligencia para conocerle bien las entrañas y entrar y salir de ellas. Habría que curarse de la locura que consiste en decretar la locura y la inferioridad del otro, y mirar con apasionado interés la vida que nos rodea y nos habita, hasta que lo familiar nos parezca extraño. Habría que desconfiar de la existencia de Inglaterra, pero sobre todo de la solidez de la propia existencia, ese no ser sumido en encierros mentales y físicos.

(Pasaje de Somos islas, ensayos de camino: Editora Educación Emergente, 2015). 

viernes, 30 de septiembre de 2016

Turner en Aguirre






Alice Hooper le atribuía virtudes espirituales. De cómo la imagen de una matanza puede asimilarse a la elevación espiritual describe la sensibilidad de la señora y de su tiempo. No se lo dejó en herencia a su hermana, sino al marido de esta, Thornton Kirkland Lothrop.
Cuando el cuadro de Turner pasó a  la residencia de los Lothrop, venciendo la inquietud de los sirvientes y la incomodidad de la mujer de la casa, William Sturgis Hooper Lothrop era un niño. Su infancia transcurrió al margen de la pintura que su padre contemplaba con un trago de bourbon en  mano y la chalina desajustada. Los males de nervios de la señora  coincidían con los traslados al desván, o el sobresalto de verla de nuevo sobre la chimenea, o en el comedor, o en el dormitorio del marido. La carne negra es más apetecible para los tiburones, esa es la lección moral de los trópicos, muchacho.
Quizás como regalo de bodas del padre, William recibió en herencia la pintura más notoria de Boston. Las hay más emblemáticas y entrañables, pero ninguna la supera en extrañeza. El título mismo no puede ubicarse en un mapa de miradas alentadoras: “Slavers Throwing Overboard the Dead and Dying – Typhoon Coming In (The Slave Ship)”.


William se casó con Alice Bacon en 1890. Cabe imaginar que “Slave Ship” se exhibió en la residencia del matrimonio joven, a unos pasos de la habitación donde nacieron los hijos de William y Alice. Sonsacado de las dimensiones poderosas de la casa del viejo Thornton, en Commonwealth Avenue, el cuadro de Turner duplicó la fuerza alucinante que sedujo a su primer propietario, el criticó John Ruskin. Invadió con sus luces el respaldo de las butacas, la mesa de nogal fabricada en el Salem de las brujas que la madre de Alice, coleccionista de antigüedades americanas y descendiente de una familia ilustre, les había regalado con ilusiones de abundancia. No la quiero en esta casa, dijo la madre de Alice. Sobrada sensibilidad tenía para captar la relación entre los objetos que con absoluta ignorancia y desafortunada inocencia formaban la colección doméstica de los muchachos. Esa pintura arrastra una maldición. No le veo nada edificante, solo sangre, crueldad y el muslo desnudo de una desgraciada. En nuestra familia siempre hemos sido antiesclavistas, aunque no abolicionistas, y mucho menos gente disoluta. Ustedes son un matrimonio moderno, William es banquero y hacendado, la época es un sol que amanece para todos, esta imagen es de cuando el diablo andaba suelto. 
William exploraba oportunidades comerciales en Puerto Rico. Alice, afectada en su sensibilidad por las aprensiones de la madre, detestaba la prepotente tiranía del cuadro en la sala pequeña. En uno de sus viajes ocasionales a Boston, William recordó las amargas diferencias de sus progenitores. No olvidaba que su madre lo reclamaba como herencia, porque solo la más injusta de las leyes podía decretar que su marido tuviera más derecho que ella a heredar una obra que había pertenecido a su hermana, una mujer libre. William se propuso resolver la situación sin dilemas sentimentales. La época no era auspiciosa para conservación de antigüedades, sino propicia para inversiones útiles. Tras consultar al padre, que le expresó su consentimiento en silencio, William vendió la pintura al Boston Museum of Fine Arts por  la suma de $60,000. Cabe imaginar que el producto de la venta le permitió aumentar su participación en una modalidad distinta de la explotación azucarera. Los terrenos de la Central Aguirre fueron abonados por la desconcertante obra de Joseph Mallord William Turner. 

Tuve un encuentro con ella el 8 de noviembre de 2015. Ese día me reuní en el Boston Museum of Fine Arts con Dolly Vázquez, una amiga que reside hace años en Worcester. Recuperamos durante el almuerzo escenas de nuestra niñez. Hablamos de la muerte de mi hermana, de la enfermedad de una de sus hermanas. Nos despedimos. El Boston Museum of Fine Arts se me impuso como una mansión repleta de objetos sin mapa que permita ubicarlos. Luego supe que no se le dotó de presupuesto para contratar guías que orientaran al público y velaran por la integridad de las piezas. Nunca he estado tan cerca, a un cuerpo de mutilarlas, de tantas cosas insustituibles. En la multitud de espectadores, algo me arrastró hacia una joven que me guió, subiendo escaleras y atravesando una serie de galerías decoradas con imágenes de muertos y de sus mundos, hasta que, al voltear una esquina me encontré de frente con el cuadro. Qué blanco es, qué blanca es esa luz, qué blancos los tonos, algo así le comenté a la muchacha, que desapareció llevándose la sonrisa.  

sábado, 24 de septiembre de 2016

Barriles chinos






Esta semana, entre luces y apagones, me di una vuelta por Aguirre. Es el escenario de la novela que escribo. Le debo lealtad, le tengo cariño. Pasé por el campo de golf. Uno de los trabajadores me dijo que sintió la explosión que causó la avería en la termoeléctrica. Otro comentó que ya tenían luz, y que el ruido de la planta, que a mí se me hace insoportable, a la gente del barrio ya no les molesta. Tampoco le hacen mucho caso al humo. Pasé luego por la placita Kennedy. Le pregunté a un señor si en el árbol parlante que le daba sombra anidaban loros, y me dijo que sí. También me comentó que años atrás, cuando se fabricó la planta, entre los técnicos que la construyeron había un grupo de japoneses. Cuando la planta prende el ruido que hace es como cuando le ponen nombre a un bebé chino, me dijo. Echan a rodar unos barriles y según el sonido que hagan, escogen el nombre. Había cambiado de japoneses a chinos sin escrúpulo alguno. Con pareja fluidez retomó a los personajes japoneses y comentó que quienes construyeron la termoeléctrica habían enterrado un Buda para que dejara de llover, porque en Aguirre llovía demasiado y eso atrasaba las obras. Hay que encontrar ese Buda y desenterrarlo, me dijo. Ahora no llueve nunca. Esto es un desierto.



lunes, 19 de septiembre de 2016

Henry James







(Comienzo de un capítulo de la novela que escribo sobre la central Aguirre. En ese capítulo, el personaje Henry James visita Aguirre por el año de 1903).

.Comparto el culto jamesiano de Nilita Vientós Gastón, autora de Introducción a Henry James. Recuerdo que Nilita lo pronunciaba Jane y que lo había leído con esmerado fervor. Busqué el libro de Nilita en la biblioteca universitaria de Cayey el día de una asamblea de estudiantes.  Se palpaba la inminencia de un paro. Como quien tiene derecho a opinar, expresé que la situación no era para menos. Amenaza de huelga es amenaza de movimiento en una atmósfera social de manifiesta apatía e impunidad, que replica en esta otra colonia los efectos del “olvido prolongado” advertido por Glissant en su isla natal de Martinica.
Nilita vivió en años de confrontaciones armadas y persecuciones que se prolongan en el olvido; la insurrección del 30 de octubre de 1950, el arresto de miles de nacionalistas. Parecía otro país sin serlo. La condición de pueblo esclavizado que hoy ya no puede ocultarse se disimulaba entonces en escenarios retocados para la representación de un artificio.
El libro de Nilita fue publicado por la Editorial Universitaria en 1956.  Supongo que ella misma tradujo párrafos de las novelas, de los cuadernos, de los prefacios de James. Es lo que el título indica: una síntesis de lecturas, un panorama expresivo y amable, escrito en prosa llana y con timbre firme. Cultivar a James no requiere más propósito que el de adentrarse en una escala de tonos medios, tan sutilmente afinados en su singular frecuencia como las menudas distancias que capta un oído absoluto. Respondiendo a textos escritos en su propio registro de empatía, Nilita se situó frente al autor con la sencillez de quien reconoce a un interlocutor, mostrando una disposición que tuvo desde niña y conservó siempre (la infancia es patria de los lectores, acaso más que de los poetas) y que ella reconoce en James: un “asombrado entusiasmo”. Inmediatez quizás algo provinciana, sí, pero ajena al mal gusto de los nuevos ricos que medraban al amparo de la buena vida de entonces y lejanísima de la flaccidez mental de los criollos “de casta”. Tal desenfado, impensable en críticos de enrarecidos cenáculos patricios en otras capitales latinoamericanas, medió en sus lecturas del novelista con quien compartía el esnobismo que podía permitirse: el escandalizado horror que le provocaban las tendencias anti intelectuales de la sociedad estadounidense, las que denunciaría Richard Hostadter en su libro Anti-intellectualism in American Life. La familiaridad con que Nilita hizo suyos temas contemporáneos de la alta cultura modernista, su prolongada presencia en el periodismo cultural inteligente, la revista que armaba sin dinero, el rol de maestra universitaria y ateneísta, en nada evocan la melancolía del intelectual de país pequeño, pobre, e intervenido, de escasas riquezas mal repartidas.


No sorprende que Nilita citara la opinión de James sobre el presidente Theodore Roosevelt, como quien suscribe la visión del “americano” bárbaro, repetida por aquellos años en la puesta en escena de Los soles truncos, de René Marqués. Entre Roosevelt  y James había diferencias de clase y temperamento. Roosevelt heredó de sus padres una fortuna acunulada a la par con el crecimiento de la ciudad de Nueva York. También heredó una salud frágil, superada por una voluntad de aventurero con vocación de naturalista, explorador y cazador asesino. A Henry James lo tildaba de “amanerado” y “miserable little snob”. James, que vivía de lo que ganaba con la venta de sus libros, confeccionaba sus insultos a la medida, pero en su caracterización de Roosevelt se atuvo a la denuncia política, al referirse al Presidente como “a dangerous and ominous jingo”. (Edith Wharton, a Biography p. 144).
Comparto con los maestros Nilita y James una tesitura peligrosa (en mí, no en ellos) de cuerda floja tensada sobre la falla entre lo sublime y su “vecino íntimo” (la frase es de James). Nilita quiso ser cantante de ópera. Entiendo el gusto por la escritura musical de grandes pasiones desenfrenadas. James, sin embargo, escribió acerca de pasiones superadas, inolvidables, selladas con discreción.  Nadie ocupó mejor que él, sin rendirse al melodramatismo, los espacios (recorridos con nostalgia y nobleza de espíritu) que evocaban la figura extinta de la solterona curtida en el ejercicio del emersoniano “self-sufficiency”, mujer leal a una pasión imposible, a un principio más deseable que el placer. 



En la primera década del siglo XX, James recorrió varias ciudades de su país natal, de norte a sur: Newport, Boston, Concord, Salem, Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Washington, Richmond, Charleston y Jacksonville (Florida). Las crónicas del viaje se publicaron en un libro: The American Scene. Tal vez por ser obra menor, el artista que construía múltiples miradas para caracterizar a sus personajes centró el lente en su propia sensibilidad al descubierto. Los espectros de experiencias anteriores en los lugares reencontrados tamizaron su mirada. La veladura suele ser decepcionante y melancólica, salvo el caso de espacios sagrados por la elemental manera de ser originales, dignos en su candidez (como la inalterable villa de Concord, la de la célebre batalla revolucionaria, la del célebre Emerson).
A James se le tenía por traidor a la patria a causa de su exilio voluntario, sobre todo tras la publicación de su exquisita biografía de Hawthorne, que solo salvaba al novelista de los siete gabletes por la transparencia de cierta ingenuidad encantadora en el campo de una literatura nueva, cruda y rústica. Marion Hooper Adams (la esposa de Henry Adams, parienta del malogrado Sturgis Hooper Lothrop, la fotógrafa, a quien James distinguía con una particular simpatía, y que para consternación del círculo de los Adams, se suicidó con los líquidos de revelar de su cuarto oscuro) criticaba el anti patriotismo de Henry en cartas a terceros.



Justo para la época en que el imperio de las franjas y las estrellas ocupaba los territorios donde no se pone el sol, se dio el reencuentro del expatriado Henry con los Estados Unidos. En una escala del viaje, en  un hotel de Charleston donde el conserje negro (“negro porter”) “put in the mud the dressing-bag I was obliged a few minutes later, in our close-pressed company, to nurse on my knees“, desenredó un hilo nostálgico del amasijo de impresiones que guardaba en la memoria. A Henry le choca la aparente incapacidad del sirviente, al confrontarla con las estampas del desaparecido sur de plantaciones señoriales, donde los negritos competían por el honor de cargar las maletas del amo blanco. El racismo de James, la cordialidad de James, cómo desenredar los hilos y calibrar las correspondientes reverberaciones. Alguna clave debió proponer James Baldwin, quien leyó mucho a Henry, como deben leer los escritores a ciertos monumentos. Además de la genealogía del expatriado, Baldwin admiraba el oído perfecto de James. El solitario Henry no hubiera imaginado la simpatía de Nilita Vientós Gastón, ni la importancia de sus novelas para un autor negro nacido en Harlem. En una de las numerosas entrevistas que otorgó, Baldwin añadió una clave insólita al enigma de la lección del maestro: “I think I really helplessly model myself on jazz musicians and try to write the way they sound. I am not an intellectual, not in the dreary sense that word is used today, and do not want to be: I am aiming at what Henry James called «perception at the pitch of passion».”


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Principios





(Fragmento mínimo de una entrevista que me hizo Paz Balmaceda en 2010. Se publicó en el libro 18 novelistas latinoamericanos. En Puerto Rico hay dos ejemplares de ese libro.)


Quisiera que conversáramos un poco sobre la escritura. ¿Desde dónde planteas una novela? ¿Cuál es el punto de partida?

El punto de partida de una novela no es un punto. En todo caso es una convergencia, o una constelación. Ahora, mientras concluyo este intento de respuesta, a las 11:47 a.m. del 25 de julio de 2010, ratifico la metáfora de una constelación de cuerpos que se corresponden. Esa metáfora elige definir la escritura (y por supuesto la lectura) como un lugar de encuentros, al que nos lleva el deseo de integración –regresivo, pueril- que le adjudicaba Walter Benjamin al instinto mimético. El comienzo de un relato es la entrada en esa convergencia.

Una de sus corrientes, quizás la más engañosa, es la biografía del autor. Podría decir que me planteo una novela desde el lugar de una mujer que nació en un pueblito del interior de una isla caribeña el día en que comenzaron los juicios de Nuremberg. Eso es para ponerle los pelos de punta a cualquiera, la imagen de mi madre, casi una niña, pariéndome en un hospital de un sitio irrelevante donde además había una base militar de los Estados Unidos, el día que comenzó el proceso cuyas revelaciones, según Adorno pondrían fin a la poesía. Por suerte, al margen de ese espanto, transcurría la celebración del fin de una guerra.




La isla es una colonia “clásica”, un país totalmente dependiente, donde la estética Disney esconde violencias. Un incoherente enclave colonial que se concibió como “escaparate de la democracia”, como puente invisible entre el Norte y el Sur, y que con el tiempo colapsó como modelo y ahora forma parte de otra red global: la economía del narcotráfico. Este estado colonial, tan premonitorio de lo que pasaría con las culturas nacionales en la economía global, ha sido una prisión, y también una cantera para una escritora que, además, maneja una lengua literaria que no es la lengua viva de su país, situada en un momento del mundo, en una literatura menor, a la sombra de literaturas mayores. Ella vivió la euforia de las contraculturas de los años sesenta, una corriente crítica de resistencia cultural. La marcaron la herencia de los modernistas, la cultura pop y una fe candorosa en la autonomía relativa de la literatura.

Esos contextos de la enunciación son lugares conjeturales para plantearse la escritura de una novela. Orientan el trazo que nunca llega a completarse, como en la parábola de Calvino, un escritor cuyas propuestas han tenido validez profética en cierto modo de entender la literatura.

¿Cuál es tu punto de partida? Lo que se pierde. Lo que se olvida. El olvido es parte del pacto de escribir. Las novelas de un novelista son una sola novela con variaciones. La novela que alguien es capaz de escribir está hecha ya, como el código genético y los condicionamientos de la historia, pero sólo un dispositivo es capaz de exteriorizarla. Ese dispositivo es un texto primitivo, un estímulo inquietante, un enigma, una provocación, una irritación, un deseo, una realidad entrevista. 

Desde esa clave se plantea una novela.

Si recuerdo sus efectos, esa clave tiene una frecuencia alta, extática. El camino de la escritura es la vía de la impotencia, pero el principio siempre es el gozo. Incluso cuando se plantea con la necesidad urgente que causa un desgarramiento, una experiencia dolorosa o devastadora, la clave de entrada está en una frecuencia alta, en un ritmo vivaz. Algo muy parecido a esa sensación de amparo que muchos niños no sienten nunca.

Hay relaciones entre la música y la escritura de una novela. No sólo en la estructura, aunque se hayan compuesto piezas musicales conforme a la estructura dramática, novelas sinfónicas y novelas que son piezas para un solo instrumento. Reviso la imagen de la constelación para añadirle música y movimiento.

Esto no tiene que ver con la magia, aunque parezca mágico y en cierto modo lo sea. Las modalidades de la conciencia tienen correlatos neurofisiológicos. La actividad del cerebro, que es un hacedor de ficciones, marca frecuencias de tono y ritmo. Narrar, disponer acciones en el tiempo, es una de sus funciones, un modo de organizar la experiencia. El placer engañoso de las ficciones es otra. El cerebro es un gran seductor, el poeta camaleónico de Keats.

El lugar de partida de una novela es una invitación a recuperar el principio del placer, que a la postre se estrella contra la realidad doliente de su insuficiencia. Afasia, fracaso, recurrir a una lengua escrita, inerte. Ese principio del placer es una máscara que encubre el entorno miserable, que lo sustituye con la esperanza del conocimiento, de la comunicación. Lo que queda de ese momento, el libro, es el fósil de lo que fuera una experiencia vibrante. Siempre hay algo patético en ese libro, las huellas de una componenda. Pero su principio olvidado deja una resonancia en el texto.

Uno de los riesgos de la escritura es la propensión a la utopía, la consolación escapista (Bataille). Otro riesgo es su contrario aparente, la estridencia efectista. Veo en la mejor escritura una mezcla de distanciamiento y rigor, de compasión y frialdad insobornables, o que en todo caso sólo puede sobornar la arrogancia, la ilusión del éxito. Entonces, paradójicamente, aun al precio de disolver esa unión con el otro, es preferible destruir lo hecho, ocultar lo que no debe asimilarse, degradarse, sobornarse. Desde esos lugares extraños todavía puede plantearse una novela. 


Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...