miércoles, 21 de mayo de 2008

De bibliotecas y gabinetes de lectura


"España no puede dar lo que no tiene": la célebre frase de Ramón Emeterio Betances va a la raíz de lo que fue la política colonial española durante la mayor parte del siglo XIX. El gobierno de los territorios de ultramar coincidió con las posiciones más conservadoras al interior de la metrópoli en una reacción opuesta a las corrientes democráticas participativas. Si en España no llegaron a desarrollarse plenamente las instituciones adelantadas por la burguesía y la clase obrera, en las colonias el irracionalismo totalitario fue llevado al límite.1

Tan absorbente fue el absolutismo en el caso particular de Puerto Rico, que su huella marcó la gestación de toda una cultura. Sin libertad de expresión, sometida la prensa a la arbitrariedad de los censores y prohibido el derecho a reunirse más de tres personas sin autorización expresa de las autoridades, la convivencia ciudadana se caracterizó por la falta de instituciones que sirvieran de contrapeso a la arbitrariedad del poder absoluto.2

Las instituciones de la sociedad civil eran prácticamente inexistentes. Aparte de la Sociedad Económica de Amigos del País, Alejandro Tapia menciona en sus Memorias a La Filarmónica, que organizaba conciertos tertulias y bailes. El mismo Tapia intentó fundar un Ateneo en 1855-56, de lo cual desistió "juzgándolo imposible" en aquella administración, con la cual era "incompatible toda ilustración y todo progreso".3

Se permitían bailes y obras de teatro para consumo de todas las clases, según consta en las citadas Memorias. No obstante, al margen de ocasiones festivas, existía una cultura letrada. Caracterizada por una especie de nomadismo o cimarronaje europeizante, tenía sus puntos de convergencia en las bibliotecas privadas y encuentros "subversivos", al amparo de logias, celebraciones y tertulias. 4

El clima político evoluciona a partir de 1870, cuando empieza a mitigarse la tradición denunciada en la frase de León y Castillo, ministro de ultramar: "en Puerto Rico se puede hacer todo impunemente". Ese año se permite la fundación de los partidos políticos. Posteriormente los sectores reformistas van conquistando libertades que culminan con la abolición de la esclavitud en 1873. Suprimida la República en 1875, la Constitución de 1876 reconoce, aunque severamente limitados, los derechos al voto y a la representación en las Cortes españolas.5

En 1876 y 1877 respectivamente se fundan el Ateneo Puertorriqueño y el Gabinete de Lectura de Ponce. Ambas instituciones se desarrollan sobre el trasfondo de una estrategia de conciliación, producto del "turno en el poder" de los partidos metropolitanos que caracteriza al último tercio del siglo XIX y que inevitablemente repercute en la vida política de la isla.6

Desde el punto de vista del Estado, dichas instituciones articulaban la visión de un "cambio desde el poder". Ya no era posible justificar un despotismo absoluto en el último tercio del siglo, tras el crecimiento de las fuerzas liberales que llevaron a la breve, pero influyente gestión del régimen republicano.7

En cuanto a sus fundadores, la institucionalización de la cultura letrada les permitió ganar una limitada, pero imprescindible, libertad de expresión. Los ejemplos del Gabinete de Lectura de Ponce y el Ateneo demuestran hasta qué punto cobró vida, en los sectores reformistas, el proyecto de organizarse para estimular la vida cultural, proponer soluciones a los problemas del país y fomentar la instrucción ciudadana como pilar de la libertad y el progreso.

El Ateneo Puertorriqueño

El Ateneo Puertorriqueño expresa en su ordenación institucional el estilo de la conciliación. Para fundarlo se convocan representantes de sectores opuestos, desde José Pérez Moris, periodista identificado con las fuerzas del más incondicional españolismo, hasta los líderes intelectuales del liberal reformismo, como José Julián Acosta y Alejandro Tapia.

En las circunstancias de Puerto Rico, convenía una institución calcada del modelo enciclopédico de los ateneos españoles. Este comprendía múltiples funciones y haberes bajo un solo techo: la cátedra, la conferencia, veladas artísticas y musicales, y el acervo de la biblioteca.8 A falta no tan sólo de la ansiada universidad sino, incluso, de un establecimiento preparatorio, el Ateneo vino a asomarse modestamente al vacío con su programa de conferencias y tertulias. También se mitigaban los efectos de la falta de apoyo oficial a las artes y ciencias con los tradicionales certámenes artístico literarios.

Ahora bien, mientras el Ateneo de Madrid era una institución vinculada con la actividad política, además de cumplir el papel de incubador de ideas y gestor de polémicas sobre el ordenamiento social, en el de Puerto Rico quedaron "excluidas de su recinto todas las discusiones o conferencias que no sean puramente las de su objeto científico, artístico y literario".9 Por añadidura, se prohibió "la circulación y lectura de las publicaciones periódicas cuyo carácter no esté conforme con el espíritu y letra del artículo anterior ".l0

Cierta tirantez entre las condiciones del orden político y la libertad de expresión que supone la gestión cultural caracterizó los primeros años vida del Ateneo.ll Sin embargo, los ateneístas ocuparon con entusiasmo el espacio abierto por el régimen. El papel jugado por la institución respecto al desarrollo de la cultura letrada es tema de los reflexivos discursos que con motivo de los certámenes literarios de 1887 pronunciara Manuel Elzaburu, el más distinguido de los presidentes ateneístas de la primera época .

Abogado y hombre de letras, traductor y crítico literario, pero sobre todo animador cultural, Elzaburu concibe la función institucional como estimulante de lo que hoy llamaríamos una infraestructura necesaria para la generación y difusión de los saberes: la producción de bibliografías y antologías, la fundación de archivos y bibliotecas, la edición de libros, la compilación de colecciones museográficas y la producción de investigaciones en torno a problemas acuciantes del país. Según su Presidente, el Ateneo, a diez años de su fundación, ya comenzaba a distinguirse en dichas gestiones.

Basándose en una de las obras premiadas, la bibliografía pionera de Manuel María Sama, Elzaburu observa que entre 1831 y 1876 se habían publicado en Puerto Rico alrededor de cien libros. En contraste, durante la primera década del Ateneo, de 1877 a 1886, aparecen publicadas 155, lo que atribuye, en parte, a las conferencias, sesiones literarias y certámenes auspiciados por la institución. En un informe de 1888, se consigna que para esa fecha y desde 1877, se habían presentado a los certámenes más de 50 composiciones poéticas, 30 composiciones musicales, 25 composiciones pictóricas y 13 memorias. l2

Para Elzaburu, influído por los criteros mesológicos de Taine, es determinante la relación entre los productos de la cultura y el medio social. Su elogio de la crítica filológica basada en el estudio riguroso de fuentes con el auxilio de herramientas investigativas, ilustra, como bien señala el título de uno de los discursos, una relación de la historia con la literatura; de la obra con las condiciones sociales que fomentan su producción. En un país carente de industrias culturales, corresponde a la institución cívica propiciar dichas condiciones, en forma análoga al gobierno que construye puentes y carreteras para estimular el desarrollo económico:

"Trabajemos por allegar toda clase de materiales; recabemos la autorización necesaria para que los escritores que quieran puedan acudir a los archivos del Estado, de la Provincia y de los Municipios, en particular al archivo del Gobierno donde se encuentran tantos preciosos documentos; pidamos insisten temente la creación en la Isla de algunas plazas del Cuerpo facultativo de Archiveros y Bibliotecarios, como las tienen las Baleares y Canarias ... e interesemos a los amantes del país para que aborden seriamente esos trabajos, en particular el que hace relación a nuestra corta y escasa vida literaria. " l 3

La glorificación del banco-archivo como centro geográfico de los saberes -- tan plenamente asociada con el dominio de los poderes imperialistas --14 encuentra aquí una réplica en el ansia de saber del subordinado. El rescate del "terruño" mediante el conocimiento demandaba la constitución de acervos, prácticas y normas académicas en un país desprovisto de academias . La gestión vigilada del Ateneo significó, al fin, la expresión institucional de la cultura letrada criolla, un "encierro" del nomadismo precario que hasta entonces la había caracterizado, la apertura del espíritu erudito que en forma casi clandestina había producido la Biblioteca histó rica de Tapia y las notas de Acosta a la segunda edición de la Historia de Abbad.

El papel que en esta relación se asigna al intelectual ultramarino prendido de la falda de la "madre patria colonial" no es tan sólo, por así decirlo, la invención de una identidad propia como norte del trabajo cultural, sino la conquista de los centros metropolitanos, como lo había hecho el poeta Leconte de Lisle, otro intelectual isleño que llegó a ser "el maestro ilustre de los poetas maestros de la Francia ... ocupando en París ... el sillón vacío de Víctor Hugo".l5 En el acto de afirmarla diferencia sin que pareciera vulnerada la integridad nacional, Elzaburu justifica la exaltación de la localidad como una aportación a la cultura "materna". 16

A la luz de este "programa", la biblioteca como institución custodia del saber y, por lo tanto, como centro de los poderes que el saber encarna, es fundamental. El núcleo inicial de la colección de libros y revistas del Ateneo se forma con el traspaso de la biblioteca y el Gabinete de Física y Química de la Sociedad Económica de Amigos del País.l7

El reconocimiento de la institución que hasta entonces se había desempeñado como prácticamente la única promotora de la cultura letrada, consagra el patrón maestro del archivo integrador.

Existe un catálogo de libros y revistas de la biblioteca del Ateneo publicado en 1897 que incluye los autores y títulos de alrededor de 1200 obras. l8

La mayoría de los títulos, tanto obras originales como traducciones del francés y del inglés, provienen de editoriales españolas. De importancia menor, aunque también notable, son las ediciones y traducciones francesas. En toda la lista se advierte solamente un libro publicado en otro idioma, el inglés. l9

Baste, para los fines de éste artículo, destacar algunos rasgos de ese mapa de gustos y veneraciones, fragmentos, vacíos y poderes, que es toda biblioteca.

En cuanto a los "libros del país", la biblioteca contiene un buen número de estudios económicos y científicos, según correspondía a una institución que relacionaba el saber con el desarrollo. El catálogo incluye trabajos sobre educación, crédito, agricultura, transportación y comercio de José Ramón Abbad, Román Baldorioty de Castro, Manuel Fernández Juncos, Federico Asenjo y otros. Con relación a los géneros literarios, es completísima la representación de autores ya consagrados y de otros que se insertan en esa especie de florecimiento editorial que el mismo Ateneo propicia: Lola Rodríguez de Tió, Ramón Marín, Salvador Brau, José Julián Acosta, Manuel Alonso, Alejandro Tapia.

Relativamente rica es la muestra de clásicos españoles, representados en las colecciones de la Biblioteca de Autores Españoles y la Biblioteca Universal. Entre los autores del siglo, predominan Pérez Galdos, Valera, Alarcón, Echegaray, Espronceda, y Pardo Bazán. Varios libros y discursos de Menéndez Pelayo integran la muestra de estudios críticos, junto a textos de Canalejas y Revilla.

Francia es la otra fuerza cultural activa, desde Moliere, Rousseau, Pascal y Voltaire hasta los autores decimonónicos más distinguidos en su tiempo -- de Balzac y Baudelaire a los parnasianos y Zola, Bernard y Charcot, pasando por George Sand, Musset y Flaubert. Víctor Hugo es el autor extranjero con más obras -- 17 títulos, superado tan solo por Pérez Galdós con 25 -- y junto a él Lamartine, Gautier, y los pensadores que Arnold Hauser 20 llamó los últimos descendientes de los filósofos de la Ilustración: Guizot, Michelet, Thiers, Thierry. El catálogo enumera siete obras de Proudhon, una cantidad relevante. Tampoco falta algún título de Gustave Flammarion, autor híbrido, divulgador espiritista de universos astrales.

También están representadas en la biblioteca del Ateneo, aunque muy escasamente y en traducciones españolas o francesas, la filosofía y la l iteratura alemanas, tan influyentes en la España de la época. Tres textos de Kant reflejan los intereses profesionales de los socios lectores: La crítica de la razón práctica, La crítica del juicio y los Principios metafísicos del derecho. La biblioteca cuenta, además, con obras de Humboldt, Tiberghien, Hegel, Schiller, Jorge y Ernesto Curtius, Juan Scherer, las leyendas de Heinrich Heine, el Fausto y el Werther y La mesiada de Klopstock.

Más escasos son los textos de escritores ingleses y norteamericanos. Hay traducciones de Bret Harte, Poe y Hawthorne; del historiador norteamericano William Prescott y de los ingleses, Darwin, John Stuart Mil l y Herbert Spenser.

La colección se inclina hacia las obras representativas de las figuras venerables de la Ilustración, los pensadores metafísicos de la primera mitad del siglo y los positivistas que en Europa alcanzaron su apoteosis y decadencia justamente para la década que fue establecida la institución colonial. Es ésta una biblioteca de corte burgués ilustrado, al gusto de profesionales contagiados por el fervor de la ciencia y la tecnología, creyentes en el saber como condición del desarrollo y aficionados a la "gran literatura". Nos en contramos en un territorio formado por las corrientes intelectuales de la modernidad europea, pero limitado en sus horizontes por la asimilación de l as propuestas del naturalismo francés y del positivismo. No hubo cabida en sus estantes para los simbolistas y esteticistas de fin de siglo. Nada de Verlaine, mucho menos de Rimbaud, Mallarmé, Huysmann o Wilde. Dos libros, apenas, de Barbey D'Aurevilly.

La demarcación de territorios revela, por otro lado, en esta biblioteca institucional, un abismo entre Puerto Rico y su entorno. El aislamiento de la colonia explica la ausencia de autores de la región que recién comenzaba a conocerse como América Latina. Entre los más distinguidos apenas figuran algunas obras de Andrés Bello, Avellaneda "la trasplantada" y Jorge Isaacs.Al parecer, cuando las corrientes latinoamericanas llegaban a la isla, lo hacían casi siempre por vía de La Habana o la Península. En la biblioteca del Ateneo apenas se recogen los autores de la "Cuba oficial" que publicaban en Madrid. 2l

Si es cierto que el Caribe constituye, como dijera Federico de Onís, una de las regiones más cosmopolitas del mundo, la biblioteca del Ateneo representa apenas una de sus dimensiones. Paradójicamente, esa zona ciega, de espaldas al mundo caribeño y latinoamericano e incluso a otras regiones culturalmente distantes de la metrópolis -Estados Unidos, por ejemplo -- la hermana con sus homólogas dispersas por países incomunicados entre sí, al punto de que sólo parecen integrarse en el ideario de la latinidad utópica.

La biblioteca formativa del intelectual latinoamericano, construida según los patrones letrados de la Europa hegemónica, coincide en sus ejes centrales con la del Ateneo. Es revelador de fuentes compartidas el hecho de que, no obstante el aislamiento entre la colonia y las repúblicas hispanoamericanas, el discurso en el cual Elzaburu exhortaba a "los amantes del país" para que elaborasen estudios sobre la literatura puertorriquena, coincidiera temporal mente con la producción de las primeras historias de las literaturas nacionales en América Latina.22

El Gabinete de Lectura de Ponce
Ponce, la segunda ciudad de Puerto Rico, era, hacia el último tercio del siglo diecinueve, uno de los más prósperos emporios comerciales del Caribe español. Contrahaz de la plaza militar y ciudad murada de San Juan, centro dedicado a la comercialización de productos agrícolas, la ciudad del sur fue el eje de un mundo eminentemente seglar. La prosperidad basada en la economía de exportación dotó a Ponce de un caracter cosmopolita manifiesto en el establecimiento de grupos o colonias de extranjeros: ingleses, alemanes y otros.23 Es en Ponce donde se establece, en 1874, la primera iglesia no católica de las Antillas españolas.
Hacia 1869 se funda el primer Gabinete de Lectura de Ponce. En 1874, a la caída del régimen republicano, el General Sanz ordena su clausura. El relato de la fundación del segundo Gabinete, surgido de los restos del primero, se encuentra en la historia escrita por uno de sus fundadores , Eduardo Neumann Gandía. La reunión constitutiva se celebró el 8 de abril de 1877. 24

Entre los fundadores y miembros del segundo Gabinete ponceño, hubo figuras importantes en la historia de la cultura letrada. El primer presidente, Dr. Rafael Pujals, había sido encausado a raíz del Grito de Lares y en sus últimos días se adhirió al movimiento autonomista. Ramón Marín, periodista y autor de obras teatrales, Eduardo Neumann, educador, historiador y ensayista; Sotero Figueroa, tipógrafo y periodista, colaborador de José Martí y editor del periódico Patria; Francisco Amy, traductor de Longfellow y Whitman, jugaron un papel activo. También, y en ello la institución se adelanta a su circunstancia, se destacan algunas mujeres, entre el las Amalia Paoli, cantante, hermana del tenor Antonio Paoli y la poetisa Lola Rodríguez de Tió. No obstante lo anterior, es notable que la mayoría de los miembros fueran hombres ajenos al cultivo de las letras, dedicados a las profesiones, al comercio y la agricultura.25

En el Archivo General de Puerto Rico se conservan cerca de 300 páginas del libro de actas de las reuniones de las Juntas del Gabinete. Están mutiladas hasta la ilegibilidad justamente las primeras páginas del proyecto de Reglamento. No obstante, la lectura de otras actas permite acopiar datos sobre los propósitos, organización y funcionamiento del Gabinete.

La definición de socios, así como las atribuciones de los cuerpos directivos, corresponden a una estructura ideada con el fin de ampliar el radio de influencia de la institución, a la vez que se mantenían las sal vaguardas necesarias para capear los encontronazos con el gobierno.La selección de libros y la planificación de actividades quedaba en manos de la Junta Directiva, cuyos socios se escogían mediante voto secreto por la Junta General. El reglamento establecía una categoría de socios que al ingreso debían donar dos libros y pagar la cuota mensual de un peso. Para figurar como socios fundadores al momento de instalación se requería pagar cuatro pesos. Evidentemente, la condición de las cuotas sólo permitía el acceso a las clases adineradas.
Sin embargo, es evidente el afán por parte de los socios de extender la influencia del Gabinete. El reglamento establecía categorías adicionales de socios transeúntes y honorarios, brindando acceso, durante períodos limitados, a quienes no tuvieran recursos para pagar la cuota. En 1880 se crea una nueva categoría de socios colaboradores, que incluye por primera vez a las mujeres, señoras y señoritas. También se aceptan como socios colaboradores los periodistas y los miembros de las comisiones de otros centros culturales. 26

En 1876, Ponce contaba con una población de 33, 514 habitantes, de los cuales apenas 7102 (21%) sabían leer y escribir.27 No obstante, hay indicios de que las minorías letradas apoyaron con entusiasmo las actividades del Gabinete. La asociación, que a menos de un año de su establecimiento contaba con 186 socios, rebasó con creces los fines de una sociedad dedicada al fomento del libro y la lectura para convertirse en una especie de Ateneo de provincia, con la función mixta correspondiente. En lugar de limitarse al desarrollo de la biblioteca, el Gabinete hizo las veces de escuela, organizador de conferencias y certámenes y hasta de museo de historia natural, arqueología y gabinete de física.

Las actividades eran públicas y se anunciaban en la prensa local.23 Un indicador concretísimo de cómo a partir del núcleo de patrocinadores directos se extiende la influencia de la institución, es la compra de seis docenas de sillas adicionales para las veladas literarias, en las cuales, para hacer uso del lenguaje de la época, se destacaba la asistencia de miembros del "bello sexo".29Las conferencias y veladas literarias versaban sobre temas ilustrativos de las corrientes intelectuales en boga y de la particular configuración de la ciudad como centro multicultural. Para muestra, tres ejemplos: "Disertació n de anatomía comparada" a cargo del Dr. Pujals; "Estudio sobre literatura popular puertorriqueña", de Carlos Casanova y "Memoria o noticia histórica sobre la literatura, el periodismo, la instrucción y las artes en los Estados Unidos", ofrecida por Eduardo Neumann Gandía.30

El programa de actividades educativas incluía cursos de inglés, francés y contabilidad. Se admitían, mediante aprobación de la Junta, "alumnos no socios de condición pobres''.3l
Ilustrativa del desierto que era la colonia en materia de instituciones educativas y culturales, es la misión remediativa que se auto impone el gabinete al constituirse en una especie de museo de historia natural y de física. A estos fines, la colección de instrumentos y de artefactos arqueológicos crece en forma ingente y un tanto fantasiosa, con una voracidad indiscriminada en su afán de acumular las herramientas del saber y los enigmáticos objetos que lo estimulan. En las actas se mencionan un astrolabio; "un pedazo de madera petrificada notable por sus grandes dimensiones"; un "collar o aro de piedra labrado por los indios de Puerto Rico"; "una esfera armilar y un aparato de Rosich para la demostración de los movimientos terrestres, solar y lunar"; una máquina neumática; una colección de aves disecadas y "varios ídolos indios".32
En un país gestado a la sombra de la censura, no resulta sorprendente que, a diferencia de los "cabinets de lecture" franceses, o los "reading l ibraries" ingleses, en el de Ponce no se permitiera la circulación de libros. Después de todo, en Puerto Rico la cultura letrada tenía, como hemos visto, una proyección literalmente subversiva: "A mediados del siglo XIX no había ningún artículo prohibido al comercio de Puerto Rico, pero era necesario obtener un permiso del Gobierno Superior Civil para introducir tres de ellos: pólvoras, armas de fuego y libros".33

Antes de cumplirse un año de su fundación, el Gabinete contaba con 500 volúmenes, varios periódicos y otras publicaciones.34 Además del donativo de libros por parte de socios y allegados, las influencias y conexiones comerciales de los ricos propietarios que integraban la matrícula les sirvió para establecer una red de adquisiciones. Se compraban libros y revistas en París y Nueva York aprovechando a los representantes comerciales. Cuando un socio o amigo del Gabinete salía de viaje se le otorgaban fondos para adquirir publicaciones. Se solicitaban los catálogos de libreros del extran jero. También se compraban libros a la casa de González y a la Librería de Acosta en San Juan y al Bazar Otero de Ponce.35

Ya hemos abordado el tema de la biblioteca del Ateneo, que al parecer tenía mucho en común con la del Gabinete de Lectura. Así vemos, como en el espejo de la biblioteca sanjuanera, en ediciones españolas o francesas, una abigarrada selección de clásicos al lado de autores intrascendentes que fueron célebres en su día: Kant, Tiberghien y Letourn eau; Víctor Hugo, Gasparin y Verne; Schiller, Shakespeare y Flammarion; Rousseau, Goethe y Napoleón III.36
Sin embargo, hay aquí un estilo más cosmopolita, atribuible a la composición demográfica de la ciudad. Un ejemplo de ello es el donativo de Jorge Lohse "de 39 volúmenes en idiomas francés, español, inglés, sueco y danés".37 Carlos Armstrong, descendiente de ingleses, dona el Tesoro del arte en Inglaterra "en avance de Cuota”.

También en la selección de revistas se observan las distancias entre el Gabinete y la biblioteca ateneísta. A las inevitables Revue des Deux Mon des y Revista Contemporánea se añaden publicaciones periódicas norteamericanas como el Scientific American, HaIper's Weekly y Harper's Monthly.39

Esta apertura universalista coincide con notables manifestaciones de puertorriqueñismo. Cabe destacar la lectura que hiciera el socio Mario Braschi del ensayo sobre Hamlet, escrito por el exiliado Hostos, en una velada celebrada el 26 de noviembre de 1879. Pocos meses después, en el acta del 4 de enero de 1880, se indica que el "Sr. Presidente manifestó lo bueno y útil que sería coleccionar, en lo que fuera posible, todos los trabajos científicos y literarios que hayan visto la luz pública en Puerto Rico". La Directiva suscribe la idea de construir un "ropero" destin ado al depósito de dichos libros, con lo que quedó constituida formalmente una colección puertorriqueña. Pero la apoteosis del espíritu regionalista se expresó en el homenaje a José Gautier Benítez, cantor de Puerto Rico, celebrado con pompa y esplendor en el Teatro La Perla en 1880, al que acudieron delegaciones de centros culturales de otros pueblos.40

La disolución del Gabinete ponceño transcurrió en hora infausta, según Neumann, al refundirse en 1888 con la biblioteca de la Asociación de Dependientes. Es patente la amargura del socio fundador ante la bárbara devastación de un centro que había pretendido consagrar y difundir la vida del conocimiento:

"...sus numerosas colecciones de clásicos y amenos libros, sus preciosos objetos arqueológicos, su pequeño, pero interesante museo de historia natural y retratos de hombres eminentes fueron profanados y dispersos, hasta entre personas que no conocían la importancia y mérito de un libro, y muchos pulperos dedicaron sus hojas para envolver groseros comestibles."4l

Conclusiones
El Ateneo y el Gabinete de Lectura de Ponce, representaron la institucionalización de la cultura letrada en Puerto Rico. Facilitaron la apertura de un espacio público a las manifestaciones de una gestión intelectual que hasta entonces habia subsistido, con escasas excepciones, en el exilio o en el clandestinaje.

Hemos visto en estas instituciones, mantenidas con pericia de equilibrista en el espacio limitadísimo que permitía el régimen, manifestaciones cautelosas y a veces conflictivas de puertorriqueñismo, entreveradas con la expresa adhesión, que por ley se les impone, al ideario asimilista de la "integridad nacional". Algo análogo ocurrió en las Filipinas, donde según el historiador John Schumacher, las manifestacionés del nacionalismo cultural en la década de los ochenta se inscribiéron mayoritariamente en la afirmación de los valores del pueblo subordinado para justificar su inclusión con plenos derechos en la vida política de la metrópolis.42

Marta Aponte Alsina



1 En su estudio sobre Cánovas del Castillo, Esperanza Yllán, para caracterizar las fuerzas conservadoras, expresa que la ideología de dichos sectores "presenta cierta proximidad ideológica con el irracionalismo, tanto en lo que tiene de lucha contra la idea burguesa del progreso y la democracia, como en lo que encierra de hostildad contra el socialismo". Yllán (1985) p. 223.

2 Ver Brau (1971), Cruz Monclova (1962), Tapia y Rivera (1971), Trías Monge (1980)

3 Tapia y Rivera (1971), p. 111

4 Sobre la riqueza de las bibliotecas particulares comparada con la oferta existente en las librerías comerciales, véase Tapia y Rivera (1971), p. 28. En contraste, Cruz Monclova (1974) presenta una valoración positiva de las librerías comerciales.

5 Ver Trías Monge (1980) ó Ver Acosta Quintero (1965), Trías Monge (1980), Yllán (1985)

7 Tampoco fue completa la concesión de libertades. Hasta las postrimerías del siglo permanecieron las Omnímodas. Tan aplastante como la represión que siguió al Grito de Lares fueron los compontes de 1887 contra el Partido Autonomista.

8 Ruiz Salvador (1971)

9 Ateneo Puertorriqueño (1885), p.1

10 Ibid.

11 Ver Elzaburu (1888)

12 Elzaburu (1888)

13 Ibid. p.16 a 17

14 Ver Richard, Thomas (1992)

15 Elzaburu (1888) Una relación, pp. 8-916 En el caso de las Antillas españolas, la participación del intelectual colonial en la vida de la metrópolis, lo que Said (1993) llama "voyage in", da paso a pocos pero interesantes ejemplos de contra influencia. Pensamos en Julio Vizcarrondo, fundador de la Sociedad Abolicionista española y en el influyente cubano Rafael María de Labra, que fueron figuras destacadas en los círculos políticos e intelectuales de la "otra" España, la republicana y liberal .

17 Ateneo (1876-1888), Acta de mayo de 1876, pp.13-18

18 Ateneo (1897)

19 The Physical Atlas, de Alexander Keith Johnston

20 Hauser (1969)

21 No obstante, al Gabinete de Lectura de Ponce se donaron varios libros desde Santo Domingo, según se consigna en las actas del 3 de septiembre y del 29 de agosto de 1882.

22 Ver Rama (1984)

23 Ver Lee (1963)

24 Ver Neumann (1987) p. 103 y Gabinete de Lectura de Ponce (1877-1882)

25 La lista de socios fundadores contiene 41 nombres, entre ellos los de destacados profesionales y comerciantes. Por razones de espacio nos limitaremos a mencionar unos pocos: Joseph Henna, farmacéutico inglés; Ermelindo Salazar, acaudalado comerciante, autonomista y futuro director del Banco Crédito y Ahorro Ponceño; Pedro Salazar, comerciante, hermano del anterior; Virgilio Biaggi, médico autonomista; Juan Mayoral Barnés, Bartolomé Mayol, Julio E. Steinacher y Luis R. Velázquez, organizadores de la Feria Exposición de Ponce en 1882. Ver Neumann (1987) y Gabinete (1877-1882), acta del 16 de julio de 1877.

26 Gabinete (1877-1882), acta del 10 de septiembre de 1880

26 Ver Neumann (1987)

28 Generalmente se anunciaban en La Crónica, periódico dirigido por Ramón Marín. El Gabinete apoyó la creación del quincenario La Página, dirigido por Eduardo Carreras y "acordó que dicho periódico, como órgano que es de este centro, deberá sujetar todos sus escritos al juicio de la Directiva". Ver Gabinete (1877-1882), acta del 8 de octubre de 1878

29 Ibid., actas del 17 de septiembre y 28 de octubre de 1877

30 Ibid., actas del 15 de enero de 1878, 11 de septiembre de 1877 y 30 de octubre de 1877

31 Ibid., acta del 22 de enero de 1878, p. 51

32 lbid., actas del l de julio de 1880; 5,12 y 18 de agosto de 1882; 2 de septiembre de 1878 y 25 de julio de 1881

33 Pedreira (1970) tomo 1 p. 710. En san Juan, en 1839, se fundó la Librería y Gabinete de Lectura de Santiago Dalmau, que se dedicaba a la venta y préstamo de libros. un estudio de los títulos disponibles, realizado por Lidio Cruz Monclova, nos revela, no obstante, que la lista se limitaba a obras aparentemente aceptables para la censura, los mismos autores que Tapia menciona en sus Memorias como ejemplo de las limitaciones del comercio de libros en esos años: Walter Scott y Madame de Genlis, entre otros. ver Cruz Monclova ( 1974), Tapia y Rivera ( 1971)

34 Ibid., acta del 4 de enero de 1878

35 Ibid., ver, entre otras, las actas del 12 de febrero de 1878, 2 de septiembre de 1878,20 y 22 de diciembre de 1878,2 de febrero de 1879,16 de marzo de 1879

36 Ibid., actas del 12 de noviembre de 1877,30 de julio de 1882, 21 de marzo de 1882 y 25 de mayo de 1882

37 Ibid., acta del 7 de mayo de 1882, p.267

38 Ibid., actas del 27 de abril de 1879, p.119 y 21 de marzo de 1882

39 Ibid., actas del 8 de nóviembre y 20 de diciembre de 1878

40 Ibid., pp.180-18741 Neumann (1987), p. 104 42 Schumacher (1991)

Bibliografía

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