viernes, 16 de mayo de 2008

San Juan en la literatura (3)

Foto © Frank Vélez Quiñones


Que nunca Puerto Rico fue tan rico

La ciudad es tiempo edificado. Quedan en ella bolsillos de otras épocas, además de la cicatriz de sus destrucciones. Una encubre la herida de la invasión del holandés en 1625 y el saqueo y quema de una biblioteca. Lope de Vega le dedicó unos versos crueles:


Y siempre dulce tu memoria sea
generoso prelado,
doctísimo Bernardo de Balbuena.
Tenías tu el cayado
de Puerto Rico, cuando el fiero Enrique,
holandés rebelado,
robó tu librería;
pero tu ingenio no, que no podía
aunque las fuerzas del olvido aplique.
¡Qué bien cantaste al español Bernardo!
¡Qué bien al siglo de Oro!
Tú fuiste su prelado y su tesoro,
y tesoro tan rico en Puerto Rico
que nunca fue tan rico.[1]

El nombramiento de Bernardo de Balbuena (1568-1627) como obispo de Puerto Rico dio el golpe de gracia a una vida obsesionada con la fama y condenada a no obtenerla. Lejos de los centros de poder y cultura, articulada, no obstante, al sistema defensivo de los virreinatos, la isla alucinaba en sus abolengos imaginarios, además de ser la sede de una diócesis episcopal imposible, que se prolongaba desde las Antillas Menores hasta La Guayana. En carta al Rey, el obispo Balbuena, que entonces tenía sesenta y cuatro años, lamenta no poder visitar las tierras de su diócesis:

La falta de salud no me ha dado lugar con las grandes veras que lo he deseado, porque la he tenido muy quebrantada desde que entré en esta isla, y las embarcaciones para aquellas provincias son de notable trabajo y peligro... [2]


Si alguna figura presagia al señor barroco que señaló Lezama como antecedente del criollo americano, ese “que se sacude lentamente la arenisca frente al espejo devorador” al levantarse con desbocada curiosidad y un poco de ocio de la dureza de la guerra contra hombres y paisajes; el letrado para quien “el lenguaje al disfrutarlo se trenza y multiplica”[3], constituyéndose, como afirmaba Lope, en su máxima riqueza, ese fue el docto Balbuena. Manchego de nacimiento, heredó las posesiones de su padre en Guadalajara, México, acercándose en calidad de cortesano menor a la corte virreinal, donde —ejemplo primerizo de conquistador conquistado— buscó distinguirse en la escritura de poemas dedicados a proclamar la magnificencia del mundo nuevo. Obras suyas son La grandeza mexicana, testimonio del esplendor de la corte virreinal y evocación del pasado de la ciudad azteca, además de una novela pastoril, El siglo de oro, y el fabuloso poema en octavas que habría de ser su obra maestra, el Bernardo. Dejó obras inéditas perdidas posiblemente en el incendio del holandés, el mismo que sembró el pánico a la mar en generaciones de puertorriqueños.

Que en paisajes tan diversos como el altiplano azteca, la desolación isleña de Jamaica, donde vivió largos años (en “las soledades de Jamaica, donde este tiempo estuvo como encantado”[4]) y, tal vez, en la azarosa vida del asediado Puerto Rico, se escribiera y puliera, por segmentos y lentamente, una de las obras notables del barroco literario español —con sus lances caballerescos, metamorfosis, viajes panópticos, conjuros y brujerías, espejos parlantes, carros de fuego y objetos mágicos— habla tanto de la autonomía de la imaginación como de la presencia de un escenario dilatadísimo, donde bajo la piel de leyes y barreras militares convergieron libros, ideas y personajes para configurar un siglo de oro propiamente americano.

Balbuena se aleja de México medio siglo antes del nacimiento de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), erudito mexicano, poeta, naturalista, éste sí plenitud encarnada del barroquismo continental. La historia de la literatura registra una paradoja que hubiera apreciado el ingenio conceptista de Sigüenza. Sin ver jamás la isla, el mexicano Sigüenza protagonizó uno de los más señalados episodios de la narrativa puertorriqueña, al recoger de labios de un aventurero la trama de una de las primeras novelas escritas de este lado del Atlántico. Se trata, desde luego, de Los infortunios de Alonso Ramírez, que para colmo de coincidencias revisó, con miras a su publicación, el clérigo nacido en Puerto Rico y poeta mexicano Francisco de Ayerra y Santa María (1630-1703).

En un mundo anterior a las geografías nacionales, es notable que la historia de Alonso Ramírez proponga desde el exilio una visión de la ciudad como “patria”:

Es mi nombre Alonso Ramírez y mi patria la ciudad de San Juan de Puerto Rico, cabeza de la isla que en los tiempos de ahora con este nombre y con el de Borinquen en la antigüedad entre el seno mexicano y el mar Atlántico divide términos. Hácenla célebre los refrescos que hallan en su deleitosa aguada cuantos desde la antigua navegan sedientos a la Nueva España; la hermosura de su bahía; lo incontrastable del Morro que la defiende; las cortinas y baluartes coronados de artillería que la aseguran. Sirviendo, aun no tanto esto, que en otras partes de las Indias también se halla, cuanto el espíritu que a sus hijos les reparte el genio de aquella tierra sin escasez a tenerla privilegiada de las hostilidades de corsantes.
Empeño es este en que pone a sus naturales su pundonor y fidelidad sin otro motivo, cuando es cierto que la riqueza que le dio nombre, por los veneros de oro que en ella se hallan, hoy por falta de sus originarios habitadores que los trabajen y por la vehemencia con que los huracanes procelosos rozaron los árboles de cacao, que a falta de oro, provisionaban de lo necesario a los que lo traficaban, y por el consiguiente al resto de los isleños, se transformó en pobreza
.[5]


Los infortunios es antecesora de la novela de testimonio. El protagonista se perfila como un sujeto histórico ante las adversidades que confronta en lugares conocidos y exóticos. Aunque conciente de los fundamentos de la picaresca y de la novela bizantina, en el texto se vislumbra un acercamiento realista, de corte casi sociológico, a la situación del imperio a fines del siglo 17.

A la llegada del obispo Balbuena, San Juan constaba de 21 manzanas y más o menos 250 casas. Era una aldea perdida y miserable, con huertos frescos y calles de tierra.[6] Por lo que implica como símbolo o “figura de central imantación” de una de las posibles caras de la ciudad letrada, fijada en el anhelo de superar la fragilidad de las instituciones educativas y culturales que asolarán al país a lo largo de su historia, la llegada a la isla de la célebre biblioteca del obispo, en carnavalesca inversión antillana de la mitológica biblioteca de Alejandría, debió ser un evento casi escandaloso.
Con sus más de mil volúmenes que “aparte de libros eclesiásticos poseía bastantes autores latinos e italianos y algunos de consulta” y otras obras “incluso, es de esperar, la edición príncipe de su Bernardo”[7], pudo ser el núcleo de un San Juan que jamás llegó a concretarse, semejante al embrión de universidad y biblioteca establecida en el monasterio de los dominicos mencionada por Layfield, “con libros admirablemente encuadernados, pero (que) allí se apolillan y se pierden”.[8]
Para colmo de enigmas, los comentarios sobre la desaparición de la biblioteca no distinguen entre destrucción por incendio o saqueo: la desaparición de la biblioteca permanece en el misterio de su posible no muerte.

Cuatro años duró la gestión de Balbuena y todavía dos siglos después Manuel Fernández Juncos, en una curiosa semblanza biográfica, aseguraba que ciertos rasgos del carácter del obispo habían pasado al anecdotario íntimo de la ciudad, reclamando así una especie de túnel comunicante entre la ciudad letrada del 19 y la biblioteca del Obispo.[9] En su lecho de muerte, Balbuena insiste en legarle una capilla a San Bernardo en la catedral de San Juan. En esa capilla descansan sus restos. La Iglesia y el estado se disputaron su herencia y prevaleció el interés eclesiástico. Cuando la ciudad renazca del acto de violencia del holandés, no será bajo el signo de la biblioteca ni sujeta a los designios geopolíticos de la Iglesia sino a la sombra de la plaza fuerte militar.

Del primer siglo de fiebre fundacional, plagas, invasiones y abandono, va surgiendo San Juan, con su contradictoria función de ser a la vez llave y baluarte y desolado fin del mundo. Rodeada de murallas defensivas es punto de aguada, trasbordo y reaprovisionamiento, una ciudad dependiente y alejada del mundo en el escenario de un tablero cambiante, comparable, a pesar de su centralidad geográfica, con las más remotas soledades, esos puestos fronterizos condenados a ser disputados como botines de guerra.

Una imagen seminal de la ciudad se debe a uno de los sucesores de Balbuena, autor de una carta que ha pasado a la historia de la maledicencia literaria, abriendo el archivo de la sátira que retomarían más tarde escritores criollos como Tapia, Fernández Juncos, Bonafoux y Luis Palés Matos. La carta del obispo Damián López de Haro, con su crónica de indigestiones y alucinantes festejos en medio de la hambruna cotidiana, es el reverso del aura cosmopolita instalada alrededor de la biblioteca de Balbuena. La sustitución del pan de trigo por el casabe y de la carne de res por el carey amargaron los humores del obispo López de Haro, que para colmo de maldiciones morirá en la isla que denostó con tanta amargura. La dieta de los sanjuaneros y sus mercados sobreviven en esta crónica marcada por un humor tan barroco como las hipérboles de Balbuena:

“...fui recibido no sólo con todas las prevenciones que dispone el ceremonial Romano, sino con muchas demostraciones de singular alegría, con danzas, comedias, toros y cañas...”
... las casa son pocas, como 250, de teja, obra y cantería; los bujíos son 100, cubiertos de paja como allá de retama, y en todos corrales con árboles frutales, que de la noche a la mañana nacen sin curiosidad, y la hierba en la plaza, calles y cementerios tan porfiada que... sirviéndose todos los días de los jumentos y otros animales de carga, en lugar de darles de comer les dan cuatro palos a medio día y cuatro a la noche y los embían a pacer por las calles...
...la jente es muy caballerosa y los que no vienen de la casa de Austria descienden del Delfín de Francia o de Carlo Magno; la vecindad del lugar no llega a 200 vecinos pero hay quien diga que de sólo mujeres con negras y mulatas hay 4,000 y estas tan encerradas que aun no salen a misa, Que si bien se atribuye mucho al encogimiento de las criollas, lo más cierto es por la miseria y pobreza de la tierra, porque las más de ellas no alcanzan para mantos y vestido...
... antes de entrar en la relación, porque no se entienda que es llorar lástimas lo que dijere, quede por asentado que con la bondad del clima yo lo paso muy bien y con salud, a Dios gracias, que como pájaro bobo no me aporreo en la jaula....” [10]

Enorme el contraste entre la jaula del Obispo donde “no se pesa baca en la carnicería ni tocino ni otro género de carne” y el pan, cuando se vende “es muy malo... y lo peor que tiene la ciudad es que no hay una tienda donde poder embiar por nada, si no es que unos a otros truecan, o venden o prestan”.... y la relación hecha tres años después por el canónigo criollo de la iglesia catedral, Diego de Torres Vargas (1615-1670), secretario de López de Haro.

La memoria de Torres Vargas, según un crítico, documenta “aspectos tanto del devocionario oficial como las creencias populares. Desde este texto inicial se luchó contra los prejuicios y estereotipos del “otro” (en este caso, el elemento español) articulando una contrarréplica utópica.” [11] No es posible deslindar este juicio de las polémicas en torno a la identidad nacional, aunque sí es notable que, desde principios de siglo, comentaristas como Brau y Coll y Toste remitieran los orígenes de una literatura puertorriqueña a los escritos de los cronistas criollos.[12] Es cierto que en la carta de Torres Vargas está presente el elogio de la isla, cuyo linaje rastrea a obras de autoridades grecolatinas y patriarcas de la Iglesia.[13] Pero el habla marca el lenguaje codificado, la hipérbole y la mitificación, con un acento particular. El legado de Balbuena, caballero de la corte virreinal, encuentra un eco contaminado ya de lo real maravilloso americano y pasado por las aguas del esperpento en el mordaz comentario de Torres Vargas sobre el obispo Fray Nicolás Ramos:
“... hombre tan virtuoso, que no se entendió solicitase el Obispado, porque se le dio sin pretenderle, dicen que él decía ser de humilde linaje y hijo de un carbonero, y así era de condición llana y afable; era gran letrado y escribió mucho, pero por ser muy viejo no se pudieron leer sus cuadernos, por lo temblado de la letra, con que fue más arcano y misterioso en lo escrito que en lo razonado.”[14]

En ese mismo Fray Nicolás, el letrado de escritura indescifrable y cultura fantasiosa, cuyo aplatanamiento formado en la herencia de años de soledad y subdesarrollo, despunta en el linaje “humilde” y el carácter “afable”, alienta un inquisidor, que se “mostró severo y riguroso, como lo pide su recta administración, quemando y penitenciando en los autos que hacía, algunas personas, y hasta hoy se conserva el lugar del quemadero que cae fuera de la puerta de San Cristóbal.”[15] Los sambenitos exhibidos junto al altar mayor de la catedral hasta el ataque de los holandeses, representan otra suerte de icono de la Conquista; la pureza de sangre y la pureza ideológica tras las quemas y amenazas de la Inquisición indican no sólo la violenta intransigencia del conquistador, sino su terror ante la fuerza de las creencias marginales.

En todo caso, la orientación preacadémica de la biblioteca, como una ruina invadida por las ortigas, cede ante el influjo penetrante de la voz de las comunidades que integran el vecindario y los asentamientos en las afueras de la ciudad y en los hatos del rey en Cangrejos. El rumor, el chisme, el hearsay, radio bemba, el oído en fin, configuran una marca que recogen, entre líneas, los documentos.

Como si se prolongara el inventario de frutos, ríos, obispos y gobernadores, Torres Vargas consigna opiniones, cuya autoría se hunde en la anécdota de circulación popular, sobre los milagros de la imagen de nuestra señora de Belén, la santidad de la vecina Gregoria Hernández y la voz del demonio Pedro Lorenzo, que habla desde la barriga de una negra: “Dicen las negras que le tienen, que en su tierra se les entra en el vientre en forma visible de animalejo, y que le heredan de unas a otras como mayorazgo”.[16]


[1]. Fragmento de “El laurel de Apolo”. Citado en Rojas Garcidueñas, José. Bernardo de Balbuena: la vida y la obra. México: Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1958.
[2]. Ibid.,51.
[3]. Lezama Lima, José. La expresión americana. México, Fondo de Cultura Económica, 1993, 82.
[4]. Rojas Garcidueñas, Op.Cit., 46.
[5]. Sigüenza y Góngora, Carlos. Los infortunios de Alonso Ramírez. Edición de Estelle Irizarry. San Juan: Editorial Cultural, 1990, 95-96.
[6]. Sepúlveda, Aníbal. San Juan: historia ilustrada de su desarrollo urbano, 1508-1898. San Juan: Carimar, 1989.
[7]. “Recordemos que cuando salió de España se le autorizó a sacar doscientos ducados en libros; por otra parte, que su biblioteca era importante parece cosa absolutamente indudable pues su pérdida se supo en España, de seguro por cartas de Balbuena a sus amigos y debe de haber sido muy comentada y deplorada...”. Rojas Garcidueñas. Op. Cit., 56.
[8]. De Hostos, Adolfo. Historia de San Juan, ciudad murada. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1983, 421.
[9]. Fernández Juncos, Manuel. Don Bernardo de Balbuena: estudio biográfico y crítico. Puerto Rico: Imprenta Las Bellas Letras, 1884.
10. “Carta del Obispo de Puerto Rico D. Fray Damián López de Haro a Juan Díaz de la Calle, con una relación muy curiosa de su viage y otras cosas”. En Tapia y Rivera, Alejandro. Biblioteca histórica de Puerto Rico. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970, 529-531.
[11]. López Adorno, Pedro. “Descolonización literaria y utopía”. http://uprhmate01.upr.clu.edu/exegesis/ano9/v25/25_11.html
[12]. Coll y Toste, Cayetano. “El canónigo Torres Vargas”. En Puertorriqueños ilustres (segunda selección). Recopilación de Isabel Cuchi Coll. Barcelona: Ediciones Rumbos, 1963, páginas 10 a 12.
[13]. “Las principales y las que primero se descubrieron y poblaron fueron Santo Domingo, Cuba y Puerto-Rico y esta la llamaban la Borinqueña sus naturales y las tuvieron por las Espérides (sic) Plutarco, Plinio, Pomponio, Mela Tholomeo, S. Isidoro... Pues de esta superioridad y eminencia viene a gozar en las Indias occidentales la isla de Puerto- Rico como primera de las pobladas y principal custodia y llave de todas.” Diego de Torres Vargas. En Biblioteca histórica de Puerto Rico, 539.
[14]. Ibid.: 553.
[15]. Ibid.: 553-554.
[16]. Ibid.: 567.

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