lunes, 3 de septiembre de 2012

Bohemias


 
Ponce se atreve a proclamar su estilo.  Siempre fue así, siempre ha sido así, desde la feria de 1882 que olvidó en la Plaza las Delicias el gracioso parque de bombas morisco y los solos en bombardino de la banda municipal. El atrevimiento de los ponceños equivale a una vida social; secretos, tertulias,  cafetines,  lealtades y deslealtades, antiguas representaciones, revoluciones juveniles, revistas y museos, y, desde hace unos años, la labor cultural y empresarial de Wilda Rodríguez y Graciela Rodríguez Martino, propietarias del restaurante  La casa de las tías. El menú como documento cultural, que hubiera hecho las delicias de un Lévi Strauss urbano, tiene su punto de cocción en uno de los juntes bohemios más finos de esta isla de refinados juntes bohemios. No porque los bohemios boleristas sean doctores en filosofía y letras, abogadas, músicos de profesión o estudiantes de música, sino porque la bohemia es un carnaval en escala íntima, donde cada quien es siempre otro, y la abogada canta una inmemorial canción argentina de compases nostálgicos que de pronto, no me preguntes cuándo, se hace ponceña, porque un barrio es siempre un barrio; y el estudioso seduce con sus boleros  masculinos, y todos andan como aspirantes a un lugar que solo ellos presienten, con abultados libros de letras bajo el brazo.  Armar una bohemia con duende y calidad exige, al igual que la cocina y el arte rigurosos, unos criterios muy graves, unas reglas implícitas para que esos encuentros semanales ocurran porque no estamos de acuerdo en nada, ni de acuerdo con nada. Brindo por esos desacuerdos, y por la bohemia mayor, Wilda Rodríguez, mujer de peso, medida y estilo.

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