domingo, 9 de septiembre de 2012

En el jardín botánico de Berlín: fragmento de novela


 
 
Ni sangre, ni corazón, dijo, y son horrendas. No hablo de los insectos. Hablo de ellas, dijo, y con un gesto lánguido descorrió un cortinaje tras el cual estalló la gama del verde, tantos tonos que no hacían falta más para sugerir un mundo completo. Era una selva poblada de árboles con barbas y ramas largas que descansaban sobre las ramas de otros árboles menos antiguos, y asfixiaban con sus sombras la ambición de las plantas nuevas. Los sonidos de la noche y el sol morían y reaparecían cada diez minutos. Es un diorama inspirado en una colección de ilustraciones para un plan abortado, dijo. Parecía un huevo: cabeza cónica, posaderas anchas, pies pequeños en zapatos anticuados. Solo algunas plantas han recibido el homenaje del miedo, por su torcida vocación de violencia y adicción a la carne. Las atrapamoscas, las rastreras capaces de asfixiar con sus tentáculos, las fábricas de venenos, las pérfidas urticantes. Pausó para recuperar el aliento, aunque hablaba despacio, con voz gangosa. Locas pasiones, pensó el otro hombre. Son las plantas desviadas de la benevolencia, dijo el huevo. Mediaron entre el renacuajo y el hombre, se quedaron atrás en el salto hacia las criaturas sangrantes por un injusto accidente, añadió, entregándose a un exceso reprochable en un científico, pensó el otro, que sentía una incomodidad extraña ante aquella masa parlante. La mayoría son insípidas, perfectas, agradecidas, resistentes. Las protege esa insipidez, siempre que no interfieran con la especie moral. Entonces les decimos yerbas malas. Y cerró la cortina.

El gabinete de Krause no se distinguía de los demás laboratorios del Jardín Botánico. Era oscuro, blindado por escaparates de libros de tapas flamantes, los volúmenes menos valiosos de la biblioteca real encuadernados con vitela para adornar los cubículos de los investigadores del edificio nuevo. Una insensatez, pretender, sin embargo, que la utilería reciente de la ciencia, incluso los aparatos transparentes, las probetas y las pesas y las pinzas, no cobraran la calidad gris de las miasmas que exhalaba el científico, la forma ovoide que respondía al nombre de  Juli Krause. Si los gabinetes de sus colegas, reflejaban el predominio de la materia manufacturada, la total y absoluta victoria guerrerista del año 1882, los objetos de Krause lucían apagados, como si no compartieran la oleada de triunfalismo hermanado con la construcción del Jardín Botánico de Berlín. Un hombre anticuado, parece un fósil de la edad de la melancolía, anotaría luego en su diario de viajes el otro hombre. Y dibujaría una mesa de trabajo con microscopios, instrumentos, y en dos pupitres, ante el desorden de la mesa, dos hombres. Uno, él mismo: alto, de hombros anchos, y ojos avellanados, muy claros, cara larga y pelos y barba de una rubicundez sin matices. Los ojos enigmáticos de esa región que es el misterio de occidente, los Balcanes. El otro, el hombre huevo, sin duda un enfermo. No es tanto mayor que el de ojos claros, pero se le nota el peso de largas horas en el laboratorio, doblado sobre el microscopio, comparando hojas muertas con otros seres muertos y resecos, clasificándolas a partir de sus yertas semejanzas morfológicas, aburrido la mayor parte del tiempo, porque el clasificador añora la diferencia; el rasgo anómalo que le deje dar su apellido a una especie nueva. Afuera, al otro lado de la cortina, sin embargo, una explosión de colores que el de ojos claros asocia remotamente con la vegetación enmarañada- robles asfixiados bejucos y enredaderas- del litoral del Mar Negro.

Así no lucirá el Jardín Botánico de Berlín, son los bocetos que un artista le presentó al Rey. Fueron rechazados. Pero yo los ejecuté, dice el hombre, tan grueso, que suda aunque la temperatura baja del gabinete. El diorama es la visión del artista. El olor de su sudor le provoca náuseas al otro.

La posibilidad de esa beatitud idiota, añade el huevo. Me refiero a la aventura minúscula. Aventuras de bacterias, los primeros seres vivos. A fin de cuentas son gigantes si se las compara con todo lo que no vemos con los microscopios más poderosos. Nosotros somos las bacterias de Dios, no recuerdo dónde leí eso. Abrimos los portales del tiempo. Detrás seguirán otros, anotando detalles que no podemos entender, hasta que llegue el próximo vidente, ese del que no seremos dignos de amarrarla las zapatillas. La ese final se convierte en un silbido asmático.

Me llamo Paul Sintenis, habla, al fin, el hombre de ojos claros. Y vine aquí porque me lo requirió el doctor Urban, y llegué aquí hasta este laboratorio, porque Ignaz Urban me dijo que usted me daría instrucciones precisas. Tamborilea con los dedos de la mano derecha el brazo de la silla, diseñada como un  pupitre de escolar, mientras con la otra, en movimientos cortantes, saca el reloj cebolla. Eso hago, Sintenis, le doy instrucciones precisas. Tan precisas como las venas de esa planta que tiene ahí, al lado suyo, seca y abierta sobre el papel absorbente. Sintenis recordó el color rojo de la flor viva. La planta de Humboldt, pensó. Como si le hubiera adivinado el pensamiento el otro dijo, lo que hacemos no forma ya parte de las grandes visiones, eso murió con los viajes de Humboldt. Aquí nos acercamos al universo de otra manera. Aquí partimos de que el plan de Dios se encuentra en la más menina de sus criaturas. Aquí no escribimos grandes novelas. Aquí hacemos una literatura menor. Pero no entendemos nada. Hacemos listas. Nombramos cosas muertas. Como si los que pagan  nuestro salario fueran conquistadores, y nombrando especies se apropiaran de ellas. Para sus usos. Para comprarles con el producto de nuestro trabajo collares de esmeraldas a sus cortesanas. Un chiste.

(Aclaración: Este es un fragmento del primer capítulo de una novela que escribe Marta Aponte Alsina. La autora dedica esta capítulo a Julio Ramos)

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