domingo, 27 de julio de 2014

En el bosque


 
 
 
Para Vicente Quevedo Bonilla

Escribir sobre Fermina es describir paisajes. Se crió entre farallones y lomas, en la Sierra de Cayey, un bosque húmedo subtropical donde se puede tocar y pesar los olores en la luz líquida. Ese bosque es lugar de nacimiento de corrientes de agua, un vivero de quebradas sin nombre que han ido perdiendo sus caudales. Manantiales como el pozo que endulzó la agonía de mi abuela. En aquel bosque se amontonaban especies del otro lado del mundo con árboles y arbustos nativos. Los nombres con que alguna vez los llamaron ya no se escuchan en el silencio que rodea sus descendientes: uvero de monte, avispillo, cedro hembra, orégano cimarrón, guaraguao, birijí, jagüey, guamá, jácana, espino rubial, higuillo.

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Aquellos humanos eran de otra especie. Cuando visitamos el bosque de Fermina, cuando pasamos nueve horas en su bosque, al regresar a casa sentí que seguía allí, caminando a oscuras de un lado a otro de la sala cerrada. Recordé una visita que nos hizo Juan Alsina Santos, el patriarca empobrecido, a mi madre, a mi hermana y a mí. Vivíamos en una casa pequeña, como de muñecas. Fue la primera propia de mi madre, que vivió para darle mucho amor a sus casas. La posibilidad misma de ese amor fue la obra maestra de una huérfana que supo quererse a sí misma, desdoblarse en víctima y amparo, curarse con la poca ayuda que tuvo, llegar a ser dueña y custodia de tres casas propias. No sé cómo aquel jibaro, mi abuelo Juan, nacido para la fecha del nacimiento de William Carlos Williams, magro y derechito como un general de cinco estrellas, vestido de kaki, viajó hasta la casita en Bayamón donde lo esperábamos mi madre y sus dos hijas traviesas, matriculadas en un colegio católico que ella pagaba haciendo milagros. Debe haber pasado una semana con nosotras, quizás con motivo de algún examen médico o simplemente porque en aquel tiempo, cuando se estrenaba casa, era obligatorio mostrarla a amigos y parientes.  Mi madre debe haber sufrido una asombrada decepción ante la reacción del abuelo a la luz eléctrica que emanaba de las bombillas literalmente flamantes. Se recogía en el “cuarto de huéspedes” a las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecer. Por los resquicios de la puerta veíamos un inusitado resplandor. Cuando mi abuelo salía de la habitación y se perdía en el patio cercado, podando con un machete las ramas de los hermosos guayabos, se desnudó el misterio. Encontramos una vela consumida hasta la mitad y un rastro de cera en el piso. Don Juan había sellado con papel de periódico las rendijas en las persianas “Miami” por donde entraba la luz del exterior y se alumbraba con una vela, creando en el cuarto de huéspedes una cápsula del tiempo, la ilusión de una casita en el bosque hecha de tablones rústicos, humo de fogón y gallinas durmientes. Pasó menos tiempo del anunciado. El comportamiento de aquel extraterrestre le restó esplendor a la casa moderna de mi madre.

Eran de otra edad de la especie aquellos humanos. Más finos de oído, afinados en el zigzagueo de las víboras y las mangostas por la hojarasca. Su mundo era más estrecho y profundo. No quiero salir de ese mundo quiero vivirlo como ella en esta parte de la novela de la madre del poeta. Las mujeres y los niños vivían como viven las hembras de los primates y sus críos, espulgándose como acto de caridad y de placer, como se quitan las cáscaras de las semillas germinadas en casa, amamantando y recogiendo los frutos maduros del cafetal, dando nombres propios a los animales silvestres, disfrutando el golpe del agua en la garganta rocosa del lecho de las corrientes. Es la presencia del bosque, y de las rocas bautizadas y de las lianas enmarañadas lo que aquí cuenta.
 
(De "Raquel en Rutherford", © 2014, Marta Aponte Alsina; foto del Bosque Las Planadas, Cayey,
© Frank Vélez Quiñones)



 

 

 

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