sábado, 24 de septiembre de 2016

Barriles chinos






Esta semana, entre luces y apagones, me di una vuelta por Aguirre. Es el escenario de la novela que escribo. Le debo lealtad, le tengo cariño. Pasé por el campo de golf. Uno de los trabajadores me dijo que sintió la explosión que causó la avería en la termoeléctrica. Otro comentó que ya tenían luz, y que el ruido de la planta, que a mí se me hace insoportable, a la gente del barrio ya no les molesta. Tampoco le hacen mucho caso al humo. Pasé luego por la placita Kennedy. Le pregunté a un señor si en el árbol parlante que le daba sombra anidaban loros, y me dijo que sí. También me comentó que años atrás, cuando se fabricó la planta, entre los técnicos que la construyeron había un grupo de japoneses. Cuando la planta prende el ruido que hace es como cuando le ponen nombre a un bebé chino, me dijo. Echan a rodar unos barriles y según el sonido que hagan, escogen el nombre. Había cambiado de japoneses a chinos sin escrúpulo alguno. Con pareja fluidez retomó a los personajes japoneses y comentó que quienes construyeron la termoeléctrica habían enterrado un Buda para que dejara de llover, porque en Aguirre llovía demasiado y eso atrasaba las obras. Hay que encontrar ese Buda y desenterrarlo, me dijo. Ahora no llueve nunca. Esto es un desierto.



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