lunes, 28 de noviembre de 2016

Invernazo






para Ivonne Acosta Lespier

Sobrevivo a mi hermana, la pequeñita solitaria y dura. Escribo este libro sin la ayuda de su portentosa memoria. Su Puerto Rico fue el de nuestra infancia, la isla escaparate que recorríamos de punta a punta con nuestros padres y abuelos paternos. De los pasajeros quedo yo. Este libro parte de aquel recorrido en un automóvil donde nos acomodábamos dos niñas con la madre, la abuela, el padre y el abuelo.
Aquellos paseos, lo apretados que viajábamos, como nos acomodábamos, las niñas hacia adelante, los mayores con las espaldas recostadas, como nos peleábamos el asiento del frente junto al padre o al abuelo, cómo luchábamos por las ventanas.  Abuelo, no sé si por acuerdo de autoridad, era el conductor en nuestras excursiones a los pueblos cercanos. A Salinas en busca de mangós llamados cubanos; al pueblito del Carmen, en la carretera 15, en busca de mangós sin gentilicio. En una ocasión visitamos el sector de Las Mareas, en Salinas, uno de los barrios comunicados por la PR 3. En Las Mareas  había colonias azucareras que suplían al coloso de la central. Algunos habitantes buscaban sustento en el mar, en las faenas de la pesca, durante el invernazo.
En la región se dice invernazo por decir tiempo muerto, los seis meses sin trabajo para los picadores que seguían a la zafra. La hermosa palabra, que combina la noción extraña de un invierno tropical con el aumentativo doblado en dos vocales fuertes que la zeta reduce lijándoles las asperezas, es, parece, un puertorriqueñismo o dominicanismo. En los seis meses del invernazo la central no pagaba ni para el café que enardecía músculos en la siembra, el abono y la tala de caña, pero no se habían olvidado las destrezas de algunos abuelos que se hacían a la mar, en el tiempo muerto, ni el deseo de saber lo que la mar traía. Y por ahí llegaban los peces de nombres creados por algún poeta: colirrubias, pargos, jareas. También llegaban las historias de terror de los naufragios, los cuentos de la gente que como todos los ancestros, llegaron de otros países. En esa costa nadie era, desde el principio, de aquí. Esa costa es la más joven del mundo.
No sé cuándo mis abuelos y mis padres adquirieron el apetito de comer langostas.  En casa se comían bacalao seco, arroz con calamares de lata, las tripitas pequeñas fritas llamadas cuchifritos, patas de cerdo. Eso en los días mejores, cuando no nos salvaba el arroz blanco con las sardinas en salsa de las mesas de las mujeres cuyos hombres estaban en Corea, cuyos hermanos y primos emigraban del campo a los arrabales o a las urbanizaciones o a Chicago y de allá mandaban algunos pesos.  O las “raciones” que le sobraban a papi de los ejercicios o maniobras militares. Mantequilla decente y jalea en latas del color verde olivo que coincidía con el de los uniformes de camuflaje.
Las langostas de la isla no son como las de Maine. Son, quizás, langostinos gigantes. El caso es que mi abuelo las compraba a buen precio. Las echaban en un saco de estopa, y luego pasaban a la olla en el monstruoso acto que implica ejecutar una langosta. David Foster Wallace escribió sobre la crueldad de ese acto. La última vez que lo hice me curé de ese acto de violencia injustificable.  Pero entonces a mi hermana y a mí las langostas nos fascinaban, con sus carapachos espinosos, que cuando se desprendían de la carne eran el doble invertido de la forma exterior, una superficie blanca, porosa, que tenía la cualidad gestora de los moldes, los mismos moldes que nos habían regalado en alguna navidad para que hiciéramos figuritas de yeso. Sus antenas de cucaracha eran menos atractivas. Nunca cuestionamos los asesinatos, la crueldad de las ollas. Éramos ya un poco más que sobrevivientes. Comíamos langostas, y algún juey con corales, es decir con descendencia; nos comíamos a los hijos del cangrejo.
Los banquetes nada refinados son la zapata de la memoria. Cuando regresé a la carretera después de una estación fuera de la isla, volví a sentir el asombro del paisaje. Me acercaba al sol con la mirada exterior de haber pasado inviernos crudos, teñida de tópicos icónicos y literarios. La franja de carretera y los campos a lado y lado eran  sabanas africanas; cabras realengas y algún negro imponente sentado frente a un ventorrillo, inmóvil. Las lecturas descubren paisajes nuevos en los sitios vistos, sin que por ello desaparezca alguna huella del pasado. Las cabras, el hombre y, por supuesto, la palabra ventorrillo. Un paisaje menos patético que el de los jíbaros anémicos de Palés y Julia, un paisaje polvoriento de nobleza desleída en el tiempo. Y sé, ahora, que el regreso constante a Guayama y a esa carretera, es algo tan entrañable, tan profundo, tan metido en la memoria celular, como aquellas comidas viscerales. Por eso Palés es puro olor. Por eso la memoria primitiva, atávica, es sabor a asaduras, olor a marisma.  A sangre. Las cabras son animales hieráticos, es decir, sagrados. Leche, excreta, sangre, olores de parto.  
En otro tiempo la carretera se me planteó como un enigma. El aura de la permanencia de una cabra hierática, de un paisaje atávico. Es una carretera esdrújula, entonces. Porque la carretera no pertenece al paisaje mítico, o solo pertenece en una percepción imposible del tiempo inmóvil. La carretera es sede de industrias que fueron, en su tiempo, paradigmas de modernidad tecnológica. Como la isla fue, hace décadas, post moderna. Antes del postmodernismo, la isla fue postmoderna. Cuando Antonioni filmó El desierto rojo, la isla celebraba la más sucia fuente de energía. Así como la costa tiene otras maneras de formar mapas, que siguen otras rutas, las refinerías petroleras pertenecen a esta serie.


El paisaje de la costa entre Salinas y Guayama no se deja leer con claridad, pero sigue siendo legible. La carretera es una línea que, a su vez, es una puntada en una red. Puede leerse de este a oeste, como los compases de una hoja de música, o a la inversa, como las letras de los lomos de los libros, que tienen una orientación distinta según el lenguaje de sus páginas. Puede leerse de afuera hacia adentro, del presente hacia atrás. Es posible arrancarla de su contexto y hacer con ella una transparencia que, traslapada, cruce las zonas de un parque en Boston, o una imagen de Tierra del Fuego, o de la costa del Pacífico centroamericano. Todos esos lugares tienen que ver con vidas que pasaron por esa carretera, se relacionan con las historias de la carretera, enlazan historias. Tienen que ver con ella, que tan aislada e intrascendente se percibe en la soledad de sus habitantes.

No obstante esa universalidad de la carretera, sus enlaces, sus redes, no se comunican. Los vecinos de las barriadas que cruza se sienten aislados. La carretera es una nube sobre la cual los automóviles corren a gran velocidad, sin detenerse.

(Sí: otro pasaje del libro que escribo).

2 comentarios:

Ivonne Acosta Lespier dijo...

Querida Marta:

Mi comadre América Facundo me avisó de tu dedicatoria y me ha emocionado mucho. Sabes que te tengo muy alto en mi estima y mi admiración aparte de valorar mucho tu amistad. Esto es un regalo hoy que llevo ya semana y media en casa con bronquitis asmática. O sea, que no me huelen ni las azucenas.
Pero esto es un regalo que agradezco y me hace sonreir.

Un fuerte abrazo,

Ivonne

Ivonne Acosta Lespier dijo...

Querida Marta:

Gracias por la dedicatoria, un gran honor viniendo de una de mis escritoras favoritas.

Abrazos,

Ivonne