martes, 30 de octubre de 2012

Gotham


 
La ventana del refectorio da al cementerio de los sefardíes. Las lápidas derrumbadas, la hierba que arropa la vereda, el estado herrumbroso de la verja, proclaman el más inútil abandono. Quizás los dueños de esta ciudad de comerciantes no saben que de los muertos también se extrae algún beneficio.

Antiguo, lo que se dice antiguo, no lo es tanto. Este, el tercer cementerio de los españoles y portugueses, se fundó en 1824. En cuanto al refectorio me gusta llamarlo así, aunque sea una salita comedor donde en ocasiones, cuando éramos al menos dos, nos reuníamos.

No me desagrada la pequeñez de los pisos de esta ciudad, ni la anchura brutal de sus avenidas, aunque echo de menos los callejones de Toledo y las habitaciones que ocupaba la Orden frente al costado de la catedral. Pero mi nostalgia no se compara con la sabiduría de los padres que alquilaron este piso colindante con un lugar propicio para el cultivo de la planta. Aquí soy invisible, puedo trabajar en paz. Cuando salgo a la calle es muy raro que alguien se fije en mí. Son miles los transeúntes. Cada uno lleva un disfraz que lo protege de la mirada ajena, si bien en ciertos días del mes el giro de la brisa provoca encuentros.

No sé bien cómo contar esta historia ni para quien la escribo, sin desconocer que mi destino depende de quien lea estos apuntes escritos al vuelo, como si ya el cuerpo se me hubiera acostumbrado al ritmo de la ciudad, que tiene más misterios de los que ostenta su fachada de urbe funcional alejada de todo lo que no sea la idolatría del dinero. Si me atreviera a cultivar también la esperanza anhelaría que esta relación de antecedentes, más que una defensa, obrara como un candil de esos que colocados al dorso de un pergamino van revelando al trasluz las tintas de una escritura secreta.

De mi madre aprendí todo lo que sé. De mi madre y de mi hermana. Los tres nacimos en Toledo; madre a mediados del viejo siglo, mi hermana el año de la muerte del caudillo, yo cuando España ya se había ido al infierno. Me parece que vivo desde siempre. Quien conozca Toledo entenderá lo que digo cuando hablo de sus habitantes; esa expresión que algunos tildarán de desvarío, pero que yo prefiero describir como una respiración mística, y que se traduce en miradas brillantes, en una forma de sonreír, en una expresión de dientes desnudos que puede parecer obscena cuanto más espiritual es su fondo.

Siendo yo el varón de la familia era el llamado a sustituir a mi padre, que murió poco antes de que yo naciera, de causas desconocidas. Soy alto y fuerte. Pude haber aprendido el oficio de papá, pero madre quiso que fuera fraile. Desde pequeño me vestía con una sotanita negra. Cuando llegaba de la escuela me obligaba a usarla. Ella y mi hermana me enseñaron las ocupaciones que son útiles en una comunidad de hombres. No me daban tregua hasta que hacía la cama perfectamente, las sábanas tensas, con todos sus dobleces. Aprendí a teñir telas y a mezclar soluciones para limpiar los cristales de las ventanas. Se me revelaron los misterios que guarda la botica doméstica. El hombre que no sepa lo que es un hogar y los secretos de su manejo será siempre una bestia callejera; carecerá de la delicadeza imprescindible para confeccionar un postre o rematar un zurcido. La bestia callejera no se imagina es que todas las artes del horror y de la guerra están contenidas en el manejo de una casa.

Los conocimientos de mi madre debieron haber pasado a mi hermana, pero la Olvido nos salió rebelde. En su juventud escapó a Madrid con un novio que se perdió por ella. Volvió cinco años después, sin niños ni honra. Madre ya me había hecho el heredero de su legado. Tras la vuelta de mi hermana se verificó mi ingreso en la Orden de San José de la Planta, Patrón de la Bella Muerte. Fue todo tan rápido que hasta ahora no había tenido un instante para mirarme al espejo y descubrir quién soy. Estoy seguro de que madre acordó mi ingreso en la Orden, quién sabe si a cambio de alguna suma que gastaría en velas para sus promesas. Nunca me trató con ese amor excesivo y desvergonzadamente injusto con que otras madres tratan a sus hijos varones, aunque ciertas caricias suyas me marcaron a fuego, para siempre.

Ya, no me quejo. Mi oficio es un privilegio. Son pocos los frailes que lo practican. Además de preparar la materia prima, también bordo las casullas; es decir, de mis manos salen los materiales y el producto final que vendemos a sacerdotes pudientes en todo el mundo. Lo proclamo, por si el lector -sea quien fuere- gusta de comprar una casulla, un diván tapizado o una alfombra.

Para despejar el aire de las maledicencias me trasladaron a esta ciudad, donde no me alcanzan las miradas suspicaces de las vecinas que pertenecían a la cofradía de mi madre. La ciudad de los rascacielos le hace honor a su otro nombre: Gotham. Hay más iglesias que en Toledo, y más tumbas. En esos cruces radica, para mí, su magia profunda. El cementerio que se ve desde la ventana queda a pocas cuadras del Empire State Building. A pesar de la lejanía he notado, en ciertas noches, cómo los resplandores de las luces azules y rojas de la torre hacen juego con la lividez de las lápidas.

Al principio me sentía a gusto en espera del cambio de semáforos, viendo pasar a quienes salen a pasear sus perros a media mañana o de noche. Era feliz ejerciendo con sencillez mi oficio. Despedí a tres frailes mayores y bordé unas casullas primorosas.

Todo cambió cuando llegó Fray Ignacio de la Sagrada Herida del Costado Luminoso. La muerte y el desamor lo acompañaron desde su nacimiento. Era casi transparente. Tenía el pelo del color de una zanahoria podrida. No había cumplido treinta años y era una ruina. Una ruina feliz, para colmo. Tanta alegría me pareció una obscenidad. Verlo soltar risotadas que salpicaban sangre no me provocaba piedad sino todo lo contrario, la exacerbación de una violencia incomprensible. Lo abracé, nunca había sentido tanto amor. Ese sentimiento se mezcló de inmediato con el horror y el asco. Ignacio era un desvergonzado. Poniendo los ojos en blanco musitaba que si eso formaba parte del tratamiento tanto mejor. Era impúdico y bueno hasta cuando se entregaba al pecado con alegre ferocidad.

Yo, que tantos moribundos acompañé, no he podido aceptar la pérdida de Ignacio. No sé describir el placer que me causaba abusar de su cuerpo enfermizo y cariñoso. Nadie me exigió la casulla de sus carnes. Pretexté que la debilidad del joven, su constitución enfermiza, no daban para mucho. Me creyeron o no les importó. Además, como tantos hermanos que habían recibido mi asistencia para morir bien, no tenía parientes que reclamaran su cuerpo.

La calidad moral de los jóvenes habitantes de esta ciudad no ha variado mucho a lo largo del tiempo. Los de hoy, como los de hace un siglo, profesan el culto de la muerte, pero no tienen idea de sus primores. Una noche me siguió el primero, atraído por el vuelo de mi manto. Saltó la valla del cementerio y se acercó al rincón donde cultivo la planta que sólo prospera entre muertos. Se me insinuó. Le arrojé la luz de la linterna sobre la cara y descubrí su delgadez provocada por el vicio y la anorexia, las uñas de los dedos y los labios pintados de negro, el pelo erizado a fuerza de laca, su olor nauseabundo. Le dije que era el guardián del cementerio y que prefería trabajar de noche para no ser interrumpido por niños curiosos, pero que su atrevimiento me había quitado las ganas de trabajar. Lo invité a tomar una copa.

Dominado por la impaciencia alteré el protocolo. Añadí al vaso de cerveza la dosis pura. Quería volver a ver los ojos en blanco de Ignacio. Por lo general toma unos días la reducción del hálito vital. Esa lentitud de gota no hace sino acrecentar la sensación placentera del letargo que finaliza en el primer y único encuentro con Dios, el resplandor irrepetible de la bella muerte. Dudo que algo de eso sintiera el muchacho, en la rápida y dolorosa agonía que culminó con un vómito sangriento, perdido en la noche de mi sotana.

Hace meses que no me envían a un fraile moribundo para que lo encamine por el sendero de la muerte misericordiosa, asistido por los destilados de la planta. Sin embargo, han sido varios los encuentros con jóvenes indiscretos, así que no me aburro. También he aprendido a recuperar la paciencia, madre de todas las artes. Ante todo, el placer, puesto que mis cuidados lo prodigan. La planta no crece mucho. Sus hojas son menudas. Sus flores amarillas, más chicas que granos de arroz. La semilla, que viajó conmigo desde una de las criptas de la catedral de Toledo, germina sin dificultades en este cementerio neoyorquino de judíos españoles.

Me han dicho, pues no consumo mis remedios, que la primera dosis es muy superior en sus efectos a las sucias drogas callejeras. Al cabo de unos días la piel se va secando y el pecho uniéndose a la espalda, hasta reducir el cuerpo a dos dimensiones. Las orejas, dependiendo del azar, pueden quedar a la altura del ombligo. Tras el último suspiro se acelera la sequedad y el cuerpo, que ya no conocerá los horrores de la putrefacción, parece obra de gusanos de seda. Entonces extiendo la piel, la corto, la bordo, destaco las bondades personales de cada muerto en una obra primorosa.

Esta semana he dormido bien. Me anunciaron que el lunes llegará un nonagenario. Mientras lo espero escribo estas notas sin tener idea de quién las leerá. La vida solitaria tiene placeres incomprendidos. ¡Qué diría madre de mi poca atención a la tensión de las sábanas, de los trastes sucios que se acumulan en la cocina! Los viernes tomo una copita, fumo un cigarro, me distraigo en la contemplación de mi colección personal. Completé una casulla divina. Alrededor del copón bordé los destellos de la Santa Eucaristía con hilos color zanahoria.

Me miro al espejo. Reconozco las facciones de Olvido en mi propia imagen, sobre el diván donde reposo envuelto en un manto de anchos vuelos. Qué maja estás, le digo, y acaricio con la lengua, como ella lo haría, los relieves del respaldo: los ombligos como pozos sabios que hablan de la historia familiar de cada uno; las bocas negras que se abrieron con inocencia al nacer; las orejas abismales, las narices glotonas, los testículos disecados.

Mi oficio es la clemencia. Lo he visto cuando los jóvenes, machos y hembras, en lugar de persignarse y pedir socorro, me suplican que los inmortalice. La belleza los reclama desde ese lugar que en cada uno confunde el dolor con la alegría. Si no fuera porque pongo a Dios por delante en todo, dejaría la Orden y me dedicaría al comercio lucrativo. Tú también, Olvido, y madre, recibirían el derrame de mi riqueza. Pero eso ya no es posible. Ya no sufren en este valle de lágrimas. Tan devotas, tan piadosas, tan nacidas para adornar casullas.

 

 
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