domingo, 7 de octubre de 2012

Madame Bovirtual


 
 
Willy: No puedo creerlo. Sé que es cosa de mujeres, (risa) tener una amiga inseparable. Que para ustedes nada existe (carcajadas varoniles) si no se le cuenta a otra mujer, lo sé y lo acepto. Acepto la perfidia de las mujeres, los impuestos y la muerte (carcajadas histéricas). Lo que no te perdono es que le hayas contado lo nuestro a una ¡ESCRITORA! Los escritores machos hunden la pluma en la letrina del alma, las hembras son más crueles. Qué asqueroso eso de prestarle nuestras fantasías a una escritora como si fueran toallas sanitarias, no sé qué decirte, mierda, sí lo sé: hemos terminado...

María: HORROR (sollozos). Perdóname por no estar a la altura de tus sueños. Resiento ese comentario sobre la letrina del alma, pero me fascinas, hubiera querido que nuestra relación durase más que las otras, más que el chat con el japonés canadiense o el affaire con el fumador de chicharrón de jabalí en polvo, perdóname...

Willy: No hay nada que perdonar, María, así son las mujeres. Adieu...

.....

Willy: Hola, María. ¿Estás ahí?...

Carlos: Maríííaaa, say it loud and there´s music playing...

Willy: Me encuentro en el aeropuerto de Frankfurt, pasé el fin de semana en Escocia. Otro congreso de mierda. Los mismos programas de cable TV, las mismas mentas en la almohada, lo único que cambia en este mundo son los virus informáticos, la realidad es pura nostalgia, en el futuro nadie echará de menos la pesadez del cuerpo. Hablando de nostalgia, me alojé en el castillo donde el Dr. Frankenstein hizo penitencia. Lo han transformado en un aburrido hotel de cinco estrellas, pero en los alrededores descubrí una taberna donde sirven platos sanos, naturales, ¡salvajes!. Liebre azafranada ahogada en cerveza, los perdigones le añaden el zest, escupí dos...

Carlos: Qué puerco...

Willy: Me tragué un montón, te extrañará que a un ingeniero le encanten las ruinas, le maraville el silencio, el vacío de los páramos...

Carlos: Jesus Christ fucking shit, qué nerdo...

Willy: y la carne roja. Prófugo de hoteles de cinco estrellas, de la esterilidad de tantas alfombras que nunca ven la boca de una aspiradora, me enardece...

María: ¿¿¿¿Willy???? Qué sorpresa, qué...

Willy: ... seguir las rutas de la liebre, sorprenderla cuando está a punto de refugiarse en su madriguera, matarla de una salva de perdigones...

Carlos: Dale con los perdigones, qué atraso...

María: ... alegría, jamás pensé que volverías a escribirme, hace dos días que no sé de ti. Después de aquel sermón (suspiro, pausa)...

Willy: Dos días, una eternidad (asombro), ¿con quién hablo? Creo que me equivoqué de María. Hay demasiadas Marías en este planetita. Deberían eliminar ese nombre para que nadie más lo use... ni una sola María más, ni una Mary, ni Míriames, ni Maríes, ni Mierdíscolas.

María: Qué bueno que te equivocaste. Aunque me gustaba más quién eras hace dos días, un propietario de cabras lecheras residente en Wundowie, suena a viento y maravilla. Esa foto tuya, calvo, con la mano en la cintura, ese cielo de cinco lunas, las plantaciones de lavanda, el zigzag de los cuernos de las cabras. Sí, te equivocaste de María, por cierto, mi amiga la escritora adora tus cartas...

Willy: Horror, la María indiscreta, he vuelto a caer en la misma trampa, adiós, au revoir, goodbye, hasta nunca....

María: QUERIDO WILLY (GRITO DESTEMPLADO), foc a tu egoísmo. Siempre estás de carrerita, cagando fino en la letrina del alma, qué sabes tú de liebres ahogadas en cerveza. Confiesa que cocinas en microondas...

Carlos: ¿Microondas? Hola María. Quiero chatear contigo. Debes ser rubia y un poco bizca. Tus lentes, gruesos. Debes ser rubia como la orina de las liebres. ¿Tienes novio?

Willy: Carlos, who the fuck is Carlos?...

Carlos: Un macho, pa que tú lo sepas...

María: ¿De veras? Me recuerdas al popcorn, si el popcorn hablara usaría palabras como ESAS...

Carlos: Quiero comerme tus palabras, quiero comerte, eat you, mami...

Willy: Y yo beberte... Soy catador de vinos. Me la paso haciendo buches, metiendo la nariz en copas cerradas, escupiendo. Papá decía que ser catador es un desperdicio, como ser ginecólogo. El catador de vinos es un bebedor triste, el ginecólogo un sobón impotente. Odio al viejo, lo envenené hace unos días, con arsénico, un veneno culto. Vivo en un pueblito junto a un puente de piedra, hay buena pesca de truchas, para no hablar de un millón de liebres, tus palabras me suenan a niña, pero de ahí a compararte con la orina de un animal hay unas distancias que el decoro no cruza. Más bien con uno de esos chocolatitos M&M de color amarillo (sonidos lujuriosos)...

María: ¿Eres tú Willy? (risas). Así que has vuelto. De nuevo. Ya te había olvidado. Te has puesto más artesanal. Acaba de entender que chatear no es compatible con ese estilo comemierda de vendedor de antigüedades. Me sorprende tu inocencia, soy María, la indiscreta, volviste a caer en mi trampa. No he cumplido 18 años, no soy gruesa ni blanca ni amarilla. Nunca he comido liebres ni truchas. Soy joven, mi dieta es otra (sonrisa). No te vayas, tu turno, Carlos...

Carlos: Ni catador de vinos ni experto en computadoras: estudiante de medicina nuclear, bichita mía. Eso sí, puedo darle lecciones de fidelidad a este viejo que cambia tanto como una partícula subatómica. Apuesto a que tiene por lo menos 25 años. No se puede confiar en alguien que ha sobrevivido en este planeta la friolera de 25 años...

Willy: ¿María, la María amiga de la escritora? Mujer falsa y vulgar, cloaca de la falsedad, vagina cancerosa apestosa, arpía, yo desconozco la prisa, mis horas se alargan bajo la sombra virgen de un eucalipto centenario sobre una llanura donde el sol no se pone nunca. Víbora, tus amos, las ratas de Wall Street, no liban en mis horas inodoras. Pero tú no respetas al Poeta, ni al estado del tiempo, ni a la cloaca de tu madre. Ayer eras una de esas vaqueras apestosas de Texas que cuando se quitan las botas siembran muerte y desolación. Hoy eres una muchachita flaca y prieta (trompetilla). Adiós María, detesto tus trampas. Ese Carlos es un idiota, te merece...

María: QUERIDO WILLY, ESTOY HARTA DE TI. Me cago en tu estilo, espero que no vuelvas a cruzarte en mis chats...

Te regalo unos pensamientos de mi amiga la escritora...

La biodiversidad es el negocio del futuro...

La selva lacandona es un banco genético...

A Dupont le interesa conservarla...

Willy: Qué barbaridad, no soporto lo que escriben las mujeres... ¿Quo cohaerentia?

.....

Carlos: Ahí viene, ahí viene...

Willy: Ahí viene, ahí viene...

Carlos: No grites, coño. Se ve explotá, acabará con nosotros...

Willy: Es una webmistress sensible. Nos leerá antes de matarnos. Con tal de que copie mi receta de liebre azafranada ahogada en cerveza...

Carlos: Qué asco. Se ve a la legua que es una tipa cool, no le gustarán tus porquerías. Prefiere los chocolatitos M&M...

Willy: Silencio...

Regresa a su estación de trabajo tras fumar en compañía de Leo, el ocupante del cubículo vecino. Además de inhalar un montón de substancias tóxicas se ha llenado la vista de belleza. En un día claro de octubre, a las tres de la tarde, alrededor de la agencia, los campos de Virginia destellan los rubores del otoño, revuelcan la nostalgia del cuerpo, evocan los encantos cuestionables de una vida rústica, la aburren hasta más no poder.

 Acaba de sentarse cuando le llegan por e-mail las instrucciones precisas, un mensaje breve y cínico: “¿Qué haces que no trabajas, centella? Inventa un nuevo sistema para atrapar asociaciones pertinentes. In other words, escribe otro cuento”.

Ella escribe cuentos que sirven de señuelo para cazar terroristas y luego los lanza a los chats, esos foros sin ley donde todo el mundo miente. El otro aspecto de su oficio consiste en analizar las respuestas recibidas y distinguir las fantasías peligrosas con don de replicarse de las imposturas infértiles.

La última ronda había tenido resultados decepcionantes, aunque aquella mención de la liebre en cerveza podía ser un código secreto para nombrar un arma destinada a llevarse por el medio el aeropuerto de Frankfurt. Archivaría solamente ese mensaje de Willy.

En cuanto a los otros, acababa de recibir unas instrucciones despiadadas: exterminar los que no pudieran asociarse, más allá de toda duda, con la mentalidad pantanosa de los terroristas. El jefe le daba más importancia a organizar la fiesta de navidad que a  las miles de historias atrapadas en los chats.

Pensó en Willy, con pena.

De Carlos ni siquiera se acordó. Era un pobre hombre.

Un olvido imperdonable, que tendría consecuencias incómodas días después, ya que el patán de Carlos, hacker rencoroso, les devolvería un virus creado por los programadores de la Agencia incrustado en un poema dedicado a ella: “Amor de mis amores, sangre de mi alma, regálame las flores de la esperanza, bicha, te vua matal”... El virus se alojará en los sistemas desprevenidos, devorará decenas de cuentos y miles de poemas. En esta aburrida tarde otoñal a ella no le pasa por la mente la posibilidad de una catástrofe semejante.

Suspiro, eructo, puñado de M&M. Adiós para siempre a Willy y a sus identidades infinitas. Un golpe de tecla los hace nada. Clic. Siente frío, se pone la bufanda, cierra los ojos.

No ha aprendido a resistir el encanto de las palabras ajenas, mucho menos el de sus propias palabras. A cambio de un sueldo cómodo y de un círculo amplísimo de lectores le vendió su alma al diablo y el diablo la hizo Dios, es decir, escritora bien pagada y anónima.

A veces recuerda las casitas rosadas y verdes de Santa Isabel. Malditas.

Para dar forma al cuento del día partirá de una idea verosímil, pero no tanto: en un laboratorio de la CIA se inyectan ejemplares de una especie amenazada de liebres híbridas a fin de rastrear en sus frágiles organismos los efectos secundarios de una cerveza belga elaborada con cilantro. Un buen anzuelo que morderían, hundiéndose en las listas de sospechosos elaboradas por la Agencia, un par de ambientalistas ingenuos, de esos que bien manejados y a la menor provocación pueden tornarse en individuos peligrosos.

Empieza a golpear las teclas, a derramar el cuento de las liebres en las aguas del chat. Esta vez se arriesgará un poco más. Ya no usará el seguro apodo de María, sino un seudónimo peligroso, muy cercano a su propio nombre.

Emma Bovirtual: Hola, compañero. ¿Estás ahí? Me llamo Emma, nunca he participado en estos chats, soy desconfiada por naturaleza, pero me envenenan las injusticias. Lee lo que sigue y dale forward. Susy lapinus, una rarísima especie de liebre manipulada genéticamente por la compañía nigeriana Atacalaquellacae y abandonada luego a su suerte en las rocosas praderas de Escocia, asoladas por cazadores y especuladores sin principios, se está inoculando como conejillo de Indias, o más bien liebre de Escocia, para satisfacer la vanidad de unos científicos corruptos, de unos mercenarios bien pagados por los servicios de inteligencia del capitalismo seductor...

Está prohibido fumar en los cubículos, pero el jefe está más ausente que nunca y tanto ella como sus compañeros saben desconectar los detectores de humo. Fumar alivia cuando se padece el insoportable tiempo de la espera en la trama  amenazadora de una red de palabras rodeada de vacíos abismales. Media hora después nadie ha respondido. Leo la invita a tomar un trago y pasar la noche en un motel cercano y aunque le gusta el pelo rizo del muchacho y su desastrada forma de besarle, morderle y lamerle los pies hasta llevarla al paroxismo, le dice que prefiere terminar el cuento. Desliza los dedos sobre el teclado dispuesta a seguir inventando atrocidades sobre la cerveza y las liebres.

Aburrida con su propia escritura, se le ocurre que el tema de las liebres no le interesa a nadie. Demasiado fino, excesivamente culinario, espantosamente banal. Como escritora soy una farsante, se angustia. Dejando a un lado la horrorosa conciencia de su falta de talento, piensa que siempre hay que probar las trampas de la seducción por aquello del control de calidad y nadie más indicado para hacerlo que quien las tiende, aunque sea para ilusionarse con la estupidez de que ningún cazador las construye más peligrosas.

Temblando recuerda a uno de sus terrores, al hombre que desde su frágil condición de criatura de papel la provoca hace más de un siglo, un personaje siniestro capaz de quitar el aliento y dar la muerte con un beso. No ignora el peligro que corre cuando echa a volar los dedos sobre el teclado. Olvidando la historia de Suzy lapinus, escribe el nombre del hombre, copia las palabras de amor que quisiera leer.

Al instante recibe una respuesta que le provoca un espanto voluptuoso.

Rodolfo: Emma, Emma, apuesto a que aquellos ojos negros se te han puesto amarillos como la orina de las liebres. Al fin me encuentras, bicha...

Emma: ¿Leíste mi carta? No culpé a nadie, ni siquiera a ti.

Rodolfo: No recuerdo, han pasado más de 150 años, tenías una letra feísima, prefiero el teclado a la mano.

Emma: ¿De veras? Antes no te disgustaba que usara las manos. Te llamé para saber qué opinas sobre la biogenética.

Rodolfo: Es una buena hembra, pero tampoco sabe acariciar. Oye, no me hagas perder el tiempo. Estoy muerto, pa que tú lo sepas, bicha.

Emma: Te compadezco, no vales más que los otros. Pues lo siento, ni eso te salvará de caer en mis redes antiterroristas.

Rodolfo: ¿Terrorista yo? Estás loca, yo inventé a los terroristas...

Emma: Me da igual. Para mí eres un nombre en una lista. Escribo para engordar mi cuenta bancaria.

Rodolfo: Una cuenta que yo sabré despedazar de un plumazo. Eres una lesbiana reprimida, como todas las hembras voluntariosas. Yo te hice mujer y ahora me injurias por un motivo miserable. Aquella tarde no tenía los tres mil francos, pero ya que tanto te interesa el dinero estoy dispuesto a autorizar una transferencia electrónica por esa suma, ni un franco más ni uno menos, a cambio de que disfrutes una noche de amor con mi cadáver.

Emma: El polvo enamorado de un canalla.

Rodolfo: Tuya es la última palabra, decide.

Emma: ¿La última?

Rodolfo: Lo que oyes, la última.

Emma: Clic.

(Continuará...)

 

1 comentario:

Beatriz dijo...

Marta:
Esto es genial.
Y aquí es lo único que puedo decir.
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