domingo, 14 de octubre de 2012

Guayama, 1886


 
 
Guayama, 14 de octubre de 1886

Aunque usted no quiera saberlo se lo voy a contar, corazón, no te molesta que te llame así, ni que te diga cojito,  ni que te encuentre gracioso, Hans con miedo. Siempre como si hubieras visto al diablo. Yo sí lo veo, es el hombre que me crió y yo soy su aprendiz. Cada mañana el viejo Homero me pide que vaya a entregarle sus medicinas a la viuda del teniente Pavía y yo localizo en un santiamén el compuesto vegetal Lydia E. Pinkham, lleno una botella azul con una dosis del láudano que ayer preparamos mezclando diez gramos de opio, una cucharada de miel, una raja de canela y medio litro de ron oro, una receta de las islas, dice Homero, de Santo Tomás, donde se cuecen mejores brujerías que aquí, añade, con una pausa para el recuerdo de todas las brujerías que ha hecho, y salgo antes que el viejo verde podrido me apriete los pezones con sus manos huesudas y frías, porque a un pie de la tumba está el viejo maldito, como quien dice mi padre, él me enseñó todo lo que sé, eso se lo agradezco, aunque no es mucho y buena parte es pura porquería, como sus pensamientos desde que empecé a desarrollar, no quiero que me toque me dan asco esos dedos verdosos, la telita del pellejo transparente, las uñas sucias, los nudillos cubiertos de pelos y además siempre están heladas y no quiero que las tetas se me acatarren, no quiero que supuren flema y mocos y estornuden mis tetitas, así que lo dejo babeándose y salgo corriendo. La botica queda atrás, oscura de sombras, con un olor a limo, porque en las canaletas de desagüe del callejón hay bosques de limo, quiero decir que abunda el limo, aunque afuera la calle arda. Te habrás fijado que el limo es bonito, Hans, y lo mejor que tiene es que es insignificante, casi nadie se fija en el limo. Cruzo la plaza, todavía no calienta el sol, camino despacio, siento que me miran desde la acera del frente, son los hombres que toman la parva en la Fonda del Indio, viajantes de comercio en su mayoría y algún fotógrafo de bodas y bautismos. Cuando entro al zaguán de la casa de la viuda me lanzan zarpazos los gatos que ella alimenta con las sobras que dejan en sus platos los huéspedes de la pensión, ustedes mismos, que aunque se harten como puercos siempre desprecian alguna migaja. Por ser protectora de los animales dicen que es la mujer más generosa del pueblo, aunque yo bien podría dar fe de lo contrario, así de raras y miserables son sus propinas, pero ella dice que valen más sus consejos, pues es la regente de la academia de los gatos y de los gatos se aprende todo lo que vale la pena aprender, dice ella con palabras que no entiendo, que si el placer, la astucia, la inagotable paciencia, la escuela de la agonía y de la muerte, sospecho que así hablaba alguien que ella no ha podido olvidar, pero que su voz verdadera no es esa, sino la chillona que le regatea a la sirvientita cada grano de arroz, cada cucharadita de azúcar. Ojala se casaran Homero y ella, son tal para cual. Fíjate en cómo mueren los gatos, dice, y sabrás que es un arte, que han perfeccionado mucho antes de que el tiempo fuera tiempo. Está loca, pero es la viuda de Pavía y dueña de la pensión donde vives, alemancito. Aprende el lenguaje de los gatos, dice, los sientes si aguzas el oído arañando las maderas de las casas, el cinc de los techos, y a veces se les oye el sueño. La interrumpo, tengo otros recados, de modo que no me interesa saber cuál de sus gatos enseña baile, cuál matemática. Ella me examina con sus ojos pequeñitos, achinados, y me pregunta con un retintín de malicia por el viejo Homero, ese demonio francés, y algún día me contará cosas, dice. Te estás desarrollando con una rapidez que da miedo, los huesos se te estiran de un día para el otro, y de eso yo sí sé porque aquí donde me vez hubo hombres que se bebían los vientos por mí.

Beberse los vientos, no entiendo. Beberse los vientos, tonta, es perder la voluntad, es convertirse en un canto de carne que huele los peos de una mujer hermosa y ama todas sus cochinadas. Los gatos no se beben los vientos de nadie, prefieren morir a comer mierda.

No me interesan los gatos.

Hans, así dicen que te llamas, aunque vives en la pensión de la viuda seguramente ni te has fijado en el lugar. Dicen que eres un sabio enamorado de las plantas y que solo tienes ojos para las hojas y las semillas. Son bellos, del color del cielo cuando hay buen tiempo, si me hicieras caso me largaría contigo, pero ahora quiero contarte más de la pensión, el lugar donde vives sin fijarte en él.

La cocina es pequeña, el fogón calienta lo que el sol termina de cocinar azotando el techo y abochornando las viandas, y ahí todo tiene un manto de olores y colores, donde se mezcla el recao con las cebollas, tan picantes que entre el humo y el zumo dan ganas de llorar, pero no importa porque la comida es sabrosa. Sobre el fogón hay una olla renegrida donde todos los días se prepara un cocido de tasajo con guineos verdes y yautía. Ese cocido es lo mejor de Guayama, dice la viuda. Que si el pueblo desapareciera de la faz de la tierra y solo quedara la receta de ese cocido, no se perdería gran cosa. La sirvientita, una niña de mi edad que a la vieja le regalaron en el campo, tiene el delantal y los dedos manchados con la pegajosa mancha del guineo verde, la veo y se me quitan las ganas de quejarme. No sabe leer ni escribir, parecería que la echaron al mundo frente al fogón, por lo tiznada que está siempre y solo sale los domingos, a la iglesia, sirviéndole de bastón a la vieja. Se llama Rosa, pero más que rosa parece flor de cadillo y duerme, me ha dicho, en la misma cocina, eso sí, está bien alimentada pues lo que los huéspedes dejan y lo que queda en el fondo del caldero es de los gatos, y de ella.
(Páginas de una narco novela histórica.)

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