(de una conferencia que leí en la Universidad de Pittsburgh en septiembre de 2019)
Dedicada a Vicente Quevedo,
Áurea María Sotomayor Miletti
y Loretta Collins Klobah
La literatura
buena es de los pocos lugares generosos que nos van quedando. Hay un desprendimiento, una entrega, en ese
alejarse de la vida para trazar letras, aunque el desprendimiento no esté
reñido con el placer solitario de inventar acciones y encender luminarias que
piden mapas. Mapas de territorios imaginarios, pero no irreales. Mapas que vayan
marcando unas formas de leer. Pongo por ejemplo un regalo que recibí este año,
en primavera. Ustedes me han invitado a conversar. Compartiré con ustedes una
descripción del regalo que recibí.
El donante del
regalo se llama Vicente Quevedo. Vicente es botánico de profesión y poeta de
temperamento, no solo porque escribe poesía, sino porque vive en ese estado “expansivo
del ser… de inmensidad interior” (Bachelard). Me prometió que fotocopiaría y me
regalaría unos libritos de temas ecológicos publicados en Cuba. Imaginé que
siendo mi amigo un hombre sensible, las fotocopias de las portadas serían a
color, y que con las páginas esmeradamente dobladas vendría una carta abundante
en planes y poemas. Vicente escribe cartas.
¡Cartas!
Un papel
amarillo en el buzón del correo me hace feliz. La fila para recoger paquetes
enfadaría a una persona con obligaciones y tiempos medidos, pero no tengo
normas de ordenamiento doméstico ni obligaciones laborales. Además, el tiempo perdido en el correo suele
ser una ganancia. En la fila del correo se volvería loca una coleccionista de
historias, como esas cachorras que no saben por dónde empezar a catar olores.
Cuando la fila se alarga llueve el humor y brotan los cuentos. Es grato el
ánimo de contar y escuchar.
La caja
enviada por Vicente era grande y liviana. De regreso a casa la dejé sobre la
mesa del comedor. No se me ocurrió abrirla. Me intimidan las emociones
fuertes. Procuro dosificar impresiones.
Me asustaba abrir la caja, un cubo estampado con sellos, abollada en los
bordes.
Estuvo un tiempo
sobre la mesa. Cuando al fin sentí el cielo despejado de otras tensiones, la abrí.
No esperaba
libros. Solo las fotocopias mencionadas. El libro cubano es raro en Puerto Rico,
donde su intrusión depende del humor de los funcionarios de aduanas y correos. Alguna vez recibo una revista, que
llega maltratada, a veces dos ejemplares del mismo número de la revista.
Sentí pena. Mi
amigo me había enviado siete libros de su colección caribeña, algunos dedicados
por amigos suyos, como si a punto de fotocopiar dos se le hubiera ocurrido despedirse
de varios; como si pensara que en mis manos accederían a un más allá de sí
mismos.
Pero yo no
sabría qué hacer con los libros obsequiados. Vivo abrumada de papeles que nunca
encontraron un orden riguroso, un sistema sensato de selección y conservación.
Ahora, en mis años finales, me urge hacerles al menos el honor de quemar los
que he acumulado, para evitarle a quien los encuentre la confusión de no saber
qué hacer con ellos, y porque el fuego de la Candelaria me parece más digno que
la anonimia caótica del vertedero.
Sin embargo,
hay tal cosa como el vicio de los libros, casi tan potente como otras
adicciones. Me sobrepuse al remordimiento. Eran siete los libros del poeta.
Despedían un fuerte olor a librero apretado, una esencia de papeles de Francia
y de Cuba y de Inglaterra, cada uno de los cuales tiene una manera propia de
envejecer y enmohecer en el trópico caribeño. Con los días irían rebajándose
los olores.
Pienso en los trópicos de otras latitudes y pienso que jamás
conoceré el mundo, porque nunca iré a Tonka, ni a Sumatra, ni a Borneo. Ese trópico tópico de los cómics de aventuras
que leía en mi infancia, y de países que han cambiado de nombre varias veces. Basta
pensar en que voy muriendo sin comprender esos mundos, que son otro planeta,
para sentir pena de mí misma. Por suerte, basta también pensar en la potencia
de los libros para que se disipe la melancolía.
Los siete libros
del regalo del poeta son papeles fuertes: La
tragedia del rey Christophe, de
Aimé Césaire; The Arkansas Testament, de Derek Walcott; Victoire, los sabores y las
palabras, de Maryse Condé; Poesía
afroantillana y negrista, en edición del poeta y maestro de la UPR Jorge
Luis Morales; Luis Palés Matos y su trasmundo poético, de J. I. De Diego Padró; Árboles mambises, de Dulce María Sotolongo Harrington; y Cuentos ecologistas cubanos y paisajes de la
finca isla, de Jorge Santamaría Guerra.
Primero los
coloqué en una hilera sobre la mesa. Esos libros tenían las espaldas encorvadas
de cargar palabras. El más viejo y pungente
era el de Walcott, publicado en Bungay en Suffolk, Inglaterra. Casi Mumbai.
Luego, sin
atreverme todavía a leer la carta, me dije que conforme a su procedencia los
libros podrían colocarse en el orden geográfico de las islas natales de sus
autores, formando una curva inspirada en el arco geográfico que trazan las
islas, de este a oeste: primero Walcott y luego Césaire, Condé, De Diego y
Palés, la antología de Morales y, finalmente, los libros de los naturalistas
cubanos. El amigo poeta me había regalado un mapa del Caribe insular, con
huecos, con ausencias, pero con presencias que convocaban otras. Y en la carta que
leí cuando me recuperé del efecto generosidad, incluyó unas explicaciones, un párrafo que comparto con ustedes:
Hele aquí, un encuentro de escritos caribeños, dentro
de un paquete de cartón de humilde acabado. Textos dispuestos, uno junto al
otro, como evocación de la geografía regional, compartida entre cada cual desde
sus procedencias insulares tan cercanas. Un archipiélago que, como una
alucinación venida al plano culminado, conjuga un pacto solidario interno sin
intervenciones foráneas; uno literario y plurilingüe, con potestades absolutas…
Hay islas de las cuales no hay textos en este envío. Tenlas de igual forma presentes.
Sus ausencias son aparentes. Componen y completan nuestro arco.
El regalo me
pareció una invitación al desvío; dibujar
un mapa hecho de libros que no formaran parte del regalo y que ese mapa fuera
una “evocación de la geografía regional”. A propósito de mapas cómo no recordar
el fascinante proyecto del crítico Franco Moretti. La intención de acumular
datos para la formación de una literatura global no me anima, pero la
metodología de usar la cartografía para ilustrar otras escalas sí. Los mapas son metáforas. Al igual que las
metáforas, ocupan el lugar de las cosas y, si son afortunados, descubren
objetos perdidos. No es condición esencial de un mapa que el espacio de
referencia sea hemisférico o continental o global. Los espacios locales más reducidos
también pueden representarse en mapas. Orientarse en la densidad de algunas
habitaciones pequeñas abarrotadas de cosas requiere mapas. Tampoco hay que
descartar los descubrimientos a gran escala de los mapas de Moretti. Un estudió suyo de la novela inglesa del siglo
19, reveló que el canon de textos conocidos y más estudiados incluye unas
doscientas novelas, pero que esa cantidad es apenas una muestra mínima, el 1%
de un total de 20,000 a 30,000 novelas publicadas durante ese periodo. (Graph,
Maps, Trees, p. 4)
Para hacer un
mapa del archipiélago Caribe insular conforme a los indicadores de Moretti
(lugares donde transcurren las novelas, categorías temáticas), habría que
acceder a numerosas bibliografías regionales y nacionales, en un proyecto colaborativo.
Compartiré con ustedes lo que hice a una escala mucho más modesta, partiendo de
una relación entre pequeñez geográfica y literatura. (Continuará)
1 comentario:
Ay, Marta, que poesía inmensa eres.
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