lunes, 22 de diciembre de 2008

Desde esta otra frontera


 
La cicatriz de la frontera

Por Vanessa Vilches Norat


(Presentación de La frontera más distante de Cristina Rivera Garza, en la 23 Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, 1 de diciembre 2008)

Una frontera es un lugar peligroso. Una frontera es sitiar el movimiento. Borde y centro a la vez, movimiento y quietud, una frontera es una línea delgadísima como palabras tendidas en la nieve que es la página. Divide la frontera. Sueña con acercarnos. Nos mantiene al vilo de la otredad. Frente a ella dejamos de ser uno. Todo deseo es, pues, la frontera. Pura promesa, la frontera nos ilusiona con tierra, lugar, familia, con ser otros. Echa raíces y se vuelve cicatriz, profundidad. Entonces nos marea.

La frontera más distante
, último libro de relatos de Cristina Rivera Garza publicado por Tusquets Editores, se escribe bajo la promesa y el desafío de la frontera. Los once cuentos nos sitúan en el abismo que supone toda línea divisoria. La escritura, entre ellas. Narrados con la maestría con que la firma Rivera Garza nos convoca, estos relatos nos acercan a la línea divisoria, para dejarnos allí plantados, hurgando en su verticalidad. En conjunto proponen divisiones, repeticiones de la frontera fundamental y principal para el libro, Yo- Tú, como ecos que se continúan en las peripecias de estos personajes sin nombres. Lo hermoso del libro es que prima el respeto a la frontera, en cuanto figura intraspasable, intransferible. Todos los cuentos repiten la dificultad de situarse respecto al otro, ya sea un hombre que llora, un rehén, un nativo, un amante, un extraño, una familia, la ciudad de los hombres, la forajida que se adentra en el bosque huyendo de la ciudad y el forastero que la observa, un chef criminal, una desaparecida mujer china, un viejo que profetiza el destino, la detective.

Ya desde su primer cuento, “El rehén”, el libro nos sitúa en la región límite. Un hombre llora en una sala de un aeropuerto y desata el recuerdo de otro llanto masculino para la narradora. Nada más aterrador para ella que esas lágrimas trasgresoras de una ley casi bíblica: “los hombres no lloran”. Frente a ellas qué hacer sino ofrecer un vaso de agua, un reconfortante oído y un cálido relato a otro rehén que también llora. La casa materna, con sus pasillos, cuartos y laberintos se convierte en la estructura del cuento. Pero la casa es una cárcel de la cual hay que salir.”Soñaba con salir de ahí: soñaba con convertirme en la hormiga que por fin se pierde dentro de la grieta correcta o el pájaro que logra, por casualidad o convicción, zafar la pata del pegamento.”, nos dice la narradora (21). En este juego de historias, la casa que es sala de aeropuerto, cueva y pasillo es el estar siempre en la frontera esperando llegar o salir con “el dedo índice deslizándose por la pared que lleva al último cuarto” (16).

¿Será posible escribir al otro? Esa es la pregunta que organiza el cuento “Autoetnografía con otro”, el cual reflexiona sobre la posibilidad de la disciplina etnográfica, aquella que pretende traducir en escritura el mundo que desparece. De nuevo frente a la imposibilidad del borde, una etnóloga se apropia de un nativo y lo hospeda en su casa desafiando la ética académica. La escritura por excelencia sobre el otro - la etnografía- se vuelve disfraz para los textos del yo. Este cuento dialógico, imbricación de diversas hablas, de diferentes registros, de disímiles perspectivas disciplinarias, retoma una de las líneas más importantes de la escritura de Rivera Garza y recordemos sus anteriores libros Nadie me verá llorar y La muerte me da. Esto es el problema de la representación, pues el otro es un enigma y sólo una estructura narrativa dialógica podría atisbar la dificultad de asirlo.

El riesgo de asumir la frontera se presenta en el libro. A veces cruzar implica quedarse, desaparecer, ser absorbido por el mundo distante. Tal le ocurre a la periodista en el terrorífico cuento “La ciudad de los hombres”, obligada a hacer un reportaje sobre la ciudad masculina. Ella cruza esa frontera inabordable del género y tal como le avisa uno de sus habitantes: “Las puertas de entradas no van a ser necesariamente las de salida”(62). El costo del traspaso fue alto, la periodista se queda sin palabras, desaparece en esa ciudad mortífera.

La frontera en el libro es también una quebrada extraña, una cicatriz que se marca en el cuerpo. Aquí, ni el erotismo se salva de la grieta. A contrapelo de la idea mística del encuentro amoroso y lejos del erotismo de Bataille, se confrontan dos amantes que gozan sin encontrarse. Perturbador, el cuento propone que, ni aún en la escena erótica, el tú logra unirse al otro. Siempre hay una línea intraspasable en el forcejeo de los cuerpos. Así lo traduce el lenguaje: “Me gustaría verte otra vez, le susurró al oído. Me gustaría matarte otra vez, escuchó ella y le dio un largo trago a la taza de café. Sonriendo”. El intento de traspasar, de atravesar al otro implica literalmente devorárselo, matarlo.

De eso darán cuenta los relatos de ese personaje que se me ha vuelto entrañable, la detective. Cuatro enigmas: el cuerpo sin cabeza de “Simple placer, Puro placer”, la mujer sin mano de “Estar a mano”, la poeta asesinada en “El perfil de él” y la mujer china desaparecida en “El último signo” nos proponen el abordar al otro como un crimen. El cuerpo deseado es un enigma que termina en muerte. Tanto en los relatos como en esa espléndida novela de Cristina, La muerte me da, el singular personaje de la detective, mujer poeta y audaz lectora, intenta resolver las transgresiones sobre los cuerpos haciendo lectura poética de los fragmentos de los cuerpos, de las escenas macabras, de lo dicho entre palabras, de los perfiles, de los silencios. El límite mismo es la última frontera, la vida, y los cadáveres confirman la imposibilidad de poseer al otro sino es en la muerte. Pero incluso aquí el Yo se vuelve un borde insondable, como nos recuerda la narradora al hablar de la detective: “Estuvo a punto de dirigirse hacia ella cuando se dio cuenta de que no podía dirigirse hacia el lugar donde ya estaba” (175).

Frente a la frontera estamos siempre dislocados. Nunca logramos cruzarla verdaderamente. Sucede así en “Fuera de lugar” el cuento de una mujer varada en la frontera, sin combustible, en una estación de paso. Ella cree haber echado raíces al tener hijos con el hombre de la gasolinera. Pero los hijos también le parecían extraños, herméticos. Y, si una madre no puede reconocer a sus hijos, ninguna identificación es posible.

Hay una imagen que se repite y que me gusta para pensar el hermoso edificio de palabras que es este libro: la ventana. Las fronteras son una ventana a la dificultad del traspasar. Casi todos los personajes se han asomado a alguna. Tantas ventanas hay, que es un ventanal todo, este libro. Esa frontera tan conveniente de la casa, que procura el paso de los vientos, nos permite aún adentro mirar el afuera, colocar allí la mirada. El signo cifra la ilusión del deseo. Jugar con el aquí-allá es jugar con el Yo-Tú. Son cómodas y seguras las ventanas; son terribles y ominosas, también. Dan al muro, a la abertura. Intentan comunicar el interior con el exterior. ¿Me pregunto, qué sería de este edificio con palabras sin esas ventanas, sin esos resquicios?

¿Cuál será la frontera más distante? Pudo haber sido Assiut, la ciudad de los muertos del último cuento de la colección “Raro es el pájaro que puede atravesar el río Pripiat”. Allí se narra, tras el fondo de música electrónica, el periplo de una mujer joven, un niño y un viejo hacia la promesa, esa tierra hermosa que organiza la ilusión del límite. Al llegar los personajes descubren que la promesa, para serlo, no puede cumplirse y Assiut se derrite como nieve en una mano; el destino desaparece como el pájaro en el cielo.

Tengo para mí que la frontera más distante es el blanco de la página frente a la escritora, el blanco de la pantalla que la asoma como una ventana a los ojos de un posible lector, de una lectora distante. Desde allí, como un gato con estilete, Cristina Rivera Garza atisba ese tú distante, para aruñarlo con estos cuentos dolorosos, fragmentados, poéticos, enigmáticos.

Acá, desde esta otra frontera, al otro lado del mar, yo como lectora, igual que el hombre del primer cuento que llora en el aeropuerto, “mantengo un silencio palpitante para invitar a la continuación de los relatos”, los por venir de Cristina Rivera Garza.

sábado, 20 de diciembre de 2008

De premios literarios


Los premios literarios tienen detractores. En muchos casos con razones bien fundadas. Sin embargo son importantes donde no hay otros medios para reconocer y difundir el trabajo de los escritores. Sería bueno que hubiera en Puerto Rico más reconocimientos de este tipo e incentivos materiales traducibles en tiempo para pensar y compartir la palabra.

Los premios más respetables cuentan con procedimientos y reglas que conforman una ética del acto de premiar. Es fundamental dar a conocer a los miembros de los jurados -a veces antes, pero casi siempre al momento de publicar los resultados- revelar los criterios para la selección de las obras premiadas o de otros dictámenes -como cuando se declara desierto un premio- y redactar laudos sobre los trabajos premiados.

Ninguna de estas reglas mínimas se observa desde que tengo memoria en el caso de los únicos premios dotados en metálico –con dinero de fondos públicos- que otorga anualmente el Instituto de Literatura Puertorriqueña. Para recuperar la fe en los premios del Instituto de Literatura Puertorriqueña y despejar una triste historia de sospechas, convendría corregir esa práctica de cónclave de encapuchados omnipotentes, de autoridad incuestionable, que empaña el manejo de los premios nacionales. La falta de transparencia se denuncia en todos los órdenes de la gestión pública y los presupuestos culturales no deben ser la excepción. Es imprescindible que al emitir los dictámenes del Instituto de Literatura Puertorriqueña se revelen los nombres de los integrantes del jurado y que los premios se entreguen en actividades amplias, abiertas al público, donde se celebre la bella manía de escribir y se honre la lealtad al oficio.

En contraste, las premiaciones del Pen Club son actividades públicas, donde se dan a conocer los jurados y sus criterios y se excluye a los miembros de la junta directiva de los concursos, en muestra de buena voluntad y transparencia.

Acepté el premio otorgado por el PEN CLUB a mi novela Sexto sueño con no poco de esperanza y mucha alegría, en una ceremonia donde se otorgaron otros premios y menciones a escritores muy respetables y se anunciaron iniciativas para difundir mejor lo que hacemos. Vale.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tres colores


Esta novela de Angélica Gorodischer podría leerse igual si la trama fuera otra. Su escritura, eufónica y eufórica, remite más a la música que a la relación de acciones, a ciertas armonías poco estudiadas más cercanas al oído que a la vista, a una eclosión de los sentidos cuya figura más seductora es la sinestesia:

“Don Leonel apreciaba la belleza de su casa y de su parque bajo el sol y el aire, pero tenía sus propias voces, las que le dictaban todo lo que habría que hacer para que las comidas resultaran inolvidables, eso es, inolvidables. Las voces de los olores y los colores de los ingredientes; las voces de las especias guardadas en estantes sombríos; las voces verdes de las hojas frescas y húmedas con las que acompañar las carnes; las voces saladas de los pescados cuidadosamente limpios y refrigerados; las voces heladas del chocolate y la crema rusa y el caramel; las voces calinas de los licores.”

Hay personajes y pasiones culinarias y tropiezos personales, pero la gracia suprema del erotismo desciende sobre una lengua desarraigada y sensual, cuyo registro alto, vibrante, parece hecho de aire. Más que una celebración de la vida placentera y omnipotente de los ricos de fábula, Tres colores es una comedia, es decir, la búsqueda del punto exacto donde la tragedia de la muerte visible en los alimentos se asimila de otra manera. El parlamento final, con su elogio de la cocina y menosprecio del fast food, recuerda las salidas didácticas de las comedias shakesperianas. Qué lindo darse el lujo de escribir así.

(Tres colores. Buenos Aires: Emecé, Cruz del Sur, 2008)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Borrador


Mi madre andaba descalza cargando una paloma muerta en una bolsa de papel; Salinas Hardy estudiaba griego. Los aproximo en una oración porque sin conocerse ni ser capaces de adivinarse son inseparables. Ella me parió, a él lo encontré en un salón de New York University, en el dilapidado Northern Hall donde están las ruinosas oficinas del Spanish and Portuguese Department.

Ella tiene venitas negras en los pies. Nació sin uñas en los dedos pequeños. Cuando era niña dormía en un saco relleno de hojas secas, pero dice que al principio era feliz.

Menos esperanzados suelen ser los estudiosos que han sobrevivido a su tiempo, a la guerra, al exilio, poseídos por demonios de vaga y dura presencia. Sobrevivir mientras el mundo propio se muere es un presagio de ese desinterés que sienten los espíritus condenados a no alejarse del lugar donde se desprendieron de sus cuerpos, los cuales, sin embargo, deben parecerles tan absurdos como trajes comprados en baratillo.

Se llama Nuncia, un nombre improbable para quien carga una paloma muerta en una bolsa de papel, un obsequio que la hermana mayor -casada con un hombre rico- enviaba a su madre enferma. Caminar descalza por caminos pedregosos, cruzar quebradas, acompañada por el delirio de los ruiseñores; si mi madre niña fuera la vieja neurasténica que es hoy, los hubiera oído cantar en griego.

Su madre no murió de un cáncer fulminante, sino de parto. Ella no lo sabe. Sólo yo sé que murió de parto y que acaso por eso su hija, mi madre, siente una pasión extraña por los niños.

Ve a casa de Virginia, no Woolf, y tráeme una paloma para hacerle un sopón a Mina.

Esta oración, metida en el borrador de una novela nonata, le fascinaba a Salinas Hardy.

A ratos, desordenadamente, pretendía ser un lingüista aficionado y un adicto lúcido. Se había hecho de una personalidad comprada en baratillo, a tono con los protocolos de New York University. Las palabras de mi madre, salidas del poso de un lenguaje muerto, le complicaban el placer de la heroína.

Todo ensayo de escritura apuesta a evadir de algún modo la estupidez y siempre fracasa, decía con sorna. Es imposible escribir con inteligencia. Escribir es un acto de ingenuidad -de ignorancia, hablando en plata, platita de periquito real- que sólo reivindica la hipocresía del arrepentimiento.

(Fragmento de novela nonata)

martes, 2 de diciembre de 2008

Bessie y las madres (páginas de una novela)



Allá la madre con sus lamentos. Allá las muertes de las madres. La madre merece una novela. Será una novela larga. Pero este cuento es de Bessie Smith. No recuerda cómo supo de Bessie Smith, qué la llevó de la garganta de Mítchel a la garganta de Bessie. Un golpe de sangre sería. La sangre de Bessie es parte de las aguas universales que son las mismas desde el principio del mundo.

Bessie Smith murió desangrada. Viajaba en automóvil por el Deep South y tuvo un accidente. No quisieron admitirla en un hospital de blancos. O sí, la admitieron, pero no había sangre de negros y los médicos se negaron a hacerle una transfusión de sangre blanca. Dejaron que se desangrara. Hasta que derramó la última gota con un suspiro espantoso. Después los enfermeros echaron la sangre al río y desinfectaron el quirófano. Antes de morirse nació en Chatanooga, en un barrio abundante en las pestes de la pobreza. Fue en 1892, dos años antes del alumbramiento de Silvinia Baker en Milparinka, Australia. Bessie andaba descalza. Se limpiaba las plantas de los pies en el agua que su hermana botaba después de lavar varias veces los tres platos de latón que constituían la vajilla familiar. Lavaba en agua de lluvia su único traje, que se le fue encogiendo encima. Era un trajecito con cuello de marinero, no se lo quitaba nada más que para lavarlo. Su padre, un religioso fogoso, murió predicando la palabra. Su madre se apagó con él.

Bessie y sus hermanitos quedaron al cuidado de una hermana mayor. Sus hermanos la violaron más de una vez. No se daban cuenta, dormían juntos. La niña aprendió a abortar y a cantar como otras niñas aprenden a ser niñas.

Cantando y abortando pasó de las calles a los cabarets. Se casó con un hombre y amó a varias mujeres. Compró un tren. Si pudiera llegaría a la puerta del Cotton Club en su tren decorado de rojos terciopelos, pero apenas tiene cabida frente al club la alfombra roja por donde su garganta se desliza. Es gorda, un pajarón en zapatillas. Le sigue su amante, la quinceañera, Diva.

Para Bessie la injusticia es más habitual que la loción de estirarse las pasas. A diferencia del musculito de Mítchel, su corazón es enorme. Cuando abre las compuertas sale un diluvio capaz de limpiar la mierda de 3,000 establos. Para ella todos los días son de culto dominical, como si acabara de cerrar los ojos de los muertos y todavía le sobrara aire para seguir cantando.

(De Lunáticos, novela inédita)