lunes, 17 de mayo de 2010

Juan Carlos Quiñones sobre la universidad


La universidad no tiene afuera

Por Juan Carlos Quiñones


La universidad no es un lugar. Al menos, no es meramente un lugar, o es un lugar meramente en último lugar. Tampoco es meramente un modo de pensar, ni meramente un estilo de vida, ni meramente nada. Digamos, escribamos que el lugar geográfico, la ubicación material de esa cosa, esa institución que convenimos en llamar universidad, es una dramatización o una materialización de una modalidad humana, muy occidental. Chévere. No todo lo occidental es malo. Igual que la ubicación espacial de la institución dramatiza y concretiza una cosa mental (pienso en Hegel, en cierto despliegue material de la conciencia), los conflictos que vive la universidad (sí, también es un organismo, también vive y respira y recula y también muere) dramatizan en condensado una trama más universal.


No voy a explicitar esa trama, porque soy, como tú y como cualquiera, parte de ella. Es el mundo. Es Puerto Rico. Sí creo en los síntomas, como se cree en los demonios. La inquietud, el encojonamiento de los estudiantes no es distinto a una inquietud, un encojonamiento social no tan fácilmente articulable. Precisamente, el síntoma es lo que no puede expresarse de otro modo. Sino reventando. Esto no debe sorprender a nadie, y menos a los estudiantes. Digamos, que de todas esas cosas que la Universidad no es, una sí es: un experimento constante, continuo, aunque muy parable. No solo los laboratorios, las aulas, las bibliotecas, lo que podríamos denominar “zonas universitarias”, son áreas de experimentación, sino que la universidad misma es una zona de experimentación del estado, de las ideologías, del poder en sus diversas manifestaciones, en las fantasías de poder en todas sus manifestaciones. Esto suena muy abstracto, pero solo hay que ver a la fuerza de choque frente a la universidad o sufrir un macanazo para sentir la contundencia, lo concreto de esta cosa. O ver estudiantes enmascarados como en una intifada, ready para la guerra, cuando uno diría que ese no es el lugar de un estudiante, no es la guerra (ironía: ¿puede estudiar significar un acto bélico?, definitivamente).


Creo, sin ninguna humildad, que si la universidad, esa universidad, es un campo de experimentación, debe serlo para todos los involucrados. Si es un lugar (voy a proponer que es, que debe ser, para salvarla, un no lugar) para pensar, que haya al menos la oportunidad de todos pensar. Esto no es un clisé democrático, aunque lo parezca. Modo de salvar la universidad: ¡Al carajo la Universidad! Si el dogmatismo la quiere, quiere ese espacio, ese lugar, démoselo. Como un templo, un museo, una tumba. Yo digo que cada pulgada del territorio, de éste, sea la universidad. Es difícil acordonar el país entero. No imposible, pero difícil. Que la universidad sea todo Puerto Rico, y su matrícula sea la población entera. Así, le regalamos la torre a quien quiera que sea interino, para que disfrute o sufra con el eco que produzcan sus alaridos. Así, en la parada de la guagua, en la barbería, en Plaza las Américas, yo estoy en la Universidad. Que se haga una Universidad permanente, constante, como la escuela invisible de los rosacruces, que nadie, repito nadie, le pueda quitar a nadie, porque no dependería de nadie dependiendo de todos. Digo, todos a los que les interese. En último caso, que la universidad sea, como en la novela de Orwell, un lugar en la mente de cada uno de nosotros. Así, imposible aniquilarla. Imposible. O que lo intenten.

(Foto: Frank Vélez)

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