miércoles, 12 de mayo de 2010

Un cuento de Vanessa Vilches



Neurobiótica


Vanessa Vilches Norat

Cerca del 80% de nuestro día a día está ocupado por rutinas, que a pesar de tener la ventaja de reducir el esfuerzo intelectual, esconden el efecto perverso de limitar el cerebro. Al romper la rutina diaria se activan nuevas conexiones cerebrales mejorando la actividad cerebral integrada. El aeróbico cerebral produce las sustancias llamadas neurotrofinas que fortalecen las conexiones entre las neuronas y ayuda a las dendritas a mantenerse jóvenes y fuertes. Existen datos aportados por las imágenes funcionales de las zonas del cerebro que muestran un cambio en la magnitud de una zona particular cuando el sujeto realiza alguna tarea o experiencia por primera vez.

En 1999 los neurocientíficos Lawrence Katz y Mannning Rubin publicaron el libro How to Keep Your Mind Alive. En él esbozaron la nueva disciplina de la Neurobiótica que considera el cerebro como un músculo al que hay que tonificar. La rutina cotidiana, la apatía, el televisor y la mala alimentación deterioran la materia gris de la misma forma que la inactividad afecta al físico. Sus investigaciones reflejan que una manera eficaz de combatir el envejecimiento mental y el Alzheimer es activar las neuronas con gimnasia mental. Los científicos desarrollaron un innovador plan de ejercicios para provocar nuevos patrones de actividades de las neuronas. Con la neurogimnasia se utilizan los cinco sentidos de maneras inusuales.

Animada por una internauta amiga, Doña Luci decidió poner en práctica el plan de Katz y Rubin para tonificar su cerebro. Vivía angustiada con perder la cabeza y molestar a sus hijos en la vejez. Quería mejorar su concentración, entrenar la creatividad y la inteligencia. Confiada en la capacidad extraordinaria que tiene el cerebro de crecer y mudar el patrón de sus conexiones neurológicas y esperanzada con mantener su cerebro ágil y saludable, se dio a la tarea de modificar su vida. Como no tenía presupuesto para un entrenador personal, decidió ella misma diseñar su rutina de ejercicios. Con la máxima “fuego a la lata, lo que no se usa se desbarata”, se armó de valor para hacer de su vida cotidiana un gimnasio neuróbico. Era tan fácil como contrariar su rutina, obligando al cerebro a trabajar más. Siguió a pie juntillas los siguientes consejos: 1- Involucre uno o más sentidos en un contexto nuevo. Para realizar una tarea anule el sentido que utiliza generalmente y use uno nuevo; 2- Combine dos o más sentidos de una manera extraordinaria; 3- Rompa la rutina de una manera inesperada.

Para utilizar los sentidos de manera innovadora, decidió imponerse serias alteraciones a su rutina. Comenzó a bajarse de la cama con el pie izquierdo, a lavarse la boca con la mano izquierda de espaldas al espejo, y a usar el reloj pulsera en la mano derecha. A la hora de vestirse, lo hacía con los ojos cerrados. Naturalmente, eso implicaba escoger las piezas de ropa por el tacto y no el color, lo que hacía de su vestimenta el punto de chacota de todos. Quiso también estimular el paladar con sabores diferentes; la avena la sazonó con comino, las habichuelas con vainilla. Si el tiempo le daba para más, caminaba por la casa de espaldas, a pesar de la frecuente preocupación de sus familiares por las abruptas caídas que empezó a sufrir. Ni los moretones, ni los chichones amainaron el ánimo de la mujer por revitalizar su memoria. “Mis hijos me lo agradecerán”, se repetía constantemente. Ya en la primera semana de neuróbicos, había logrado la meta de no perder las llaves del carro ni una sola vez. No es poca cosa, no es poca cosa.

El día que rodó escaleras abajo, Doña Luci se levantó más lúcida que nunca y pudo repetir sin fallar todos los números telefónicos de la familia sin ayuda del celular. Esa tarde, mientras el ortopeda le colocaba el yeso, contaba llena de felicidad a todos en la oficina sobre los prodigiosos resultados. Sólo le faltaba llegar al último nivel del plan de ejercicios: romper de manera inesperada su rutina.

La mañana en que determinó alcanzar el punto máximo de los ejercicios, Doña Luci se levantó más temprano que nunca. Logró hacer su nueva rutina tan sólo en cuarenta y cinco minutos y se ofreció a llevar a su hijo a la universidad: “Así me obligaré a cambiar de camino”, le comentó. Una vez en el carro, el hijo notó a una madre muchísimo más alerta en la carretera y se asombró de la lúcida y divertida conversación que tuvieron. Hablaron de la investigación sobre microbiología del muchacho, de las placas tectónicas, de los premios Oscar y hasta de la última película de Tarantino. El primogénito se asombró del cambio en su madre que esta vez se refería a los actores, directores y productores con nombres y apellidos. Incluso, podía recitar sin ninguna dificultad las nominaciones en cada categoría. Antes de llegar a la universidad, la señora le contó del plan innovador para ese día: transformar por completo su cotidianidad. El hijo felicitó a su madre por el admirable progreso y la conminó a continuar con el plan de ejercicios: “Adelante, mami, nos quedan muchísimos años de salud cerebral”. No presintió el hijo que él también formaba parte de ese plan.

Ésa fue la última vez que algún familiar vio a la mujer.


(Ilustración: Retrato de Georgia O´Keefe, Don Worth)

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