domingo, 12 de octubre de 2014

Mayagüez


 
William Carlos en su ático de poeta persistente. William Carlos disminuido en su camita de viejo. El disloque de un cuerpo llamado William Carlos, engendro de padres inarmónicos. Raquel, nativa de una ciudad caribeña al oeste de una isla con el puerto en el nombre. Mayagüez, Puerto Rico. (En Mayagüez el comercio superaba las tragedias colectivas y levantaba un sector portuario de traficantes y conspiradores, pero había casitas de marfil con espacio para colocar pianos y colgar retratos.) William George, un inglés con mucho de negro, a pesar de su piel blanca y de sus ancestros blancos y de su empaque victoriano. (En la isla de Santomas las torres de marfil y el lugar del piano que William George aprendió a tocar eran especies raras, de esas que se miran con las manos y se tocan con los ojos.)

Habría que estar en las ciudades de Raquel como quien ve, huele y toca un traje nuevo en la cola de un traje apolillado.

Mayagüez. En el puerto de primera clase, donde ancla el único vapor con que cuenta la isla, se hablan tantas lenguas como notas tiene la garganta de un ruiseñor. Huele a brea, a borrasca. Cerca del puerto hay un mercado que alguien compara con el palacio de cristal de Londres. Mayagüez es aduana de primera clase, con agentes consulares de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, los imperios que inventaron un Caribe de sirenas y ron. Tiene 12,168 habitantes en 1860. Y, en 1878, un gasómetro que alimenta 254 faroles y 450 luces en casas particulares, una estación telegráfica, un mercado de hierro con zócalo de mampostería, cinco abogados y nueve médicos, una biblioteca popular, 37 calles y cuatro callejuelas.

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