jueves, 9 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (8): de metrópolis a monstrópolis primera entrada


 
La ciudad de la raíz y el desarraigo, de encuentros y desencuentros, lugar de pesadillas y añoranzas donde se escenifican agudos conflictos de clase y casta, es una estructura articuladora de buena parte de la literatura puertorriqueña en la segunda mitad del siglo veinte. En "Spiks", Pedro Juan Soto despoja su escritura de lirismos dulzones para dejar en el hueso de una expresión esperpéntica y desolada la experiencia del exilio neoyorquino. Alrededor del eje de una obra de teatro de René Marqués, La Carreta, se mueve no sólo el desplazamiento poblacional en dos tiempos —del campo al arrabal sanjuanero; de San Juan al arrabal neoyorquino— sino la alborada de un mito: el regreso. Años después, en el relato "Ese mosaico fresco sobre aquel mosaico antiguo", inspirado en la demolición de la mansión Georgetti, símbolo de todo un orden social señorial, Marqués refundirá los planteamientos de su obra narrativa, tan insistente en la dimensión misteriosa de una ciudad abocada al desenfreno desarrollista especulativo.

La exploración del misterio coincide en cierto sentido con el deseo de relaciones de convivencia estimulantes, en un espacio abierto a encuentros fortuitos o determinados, pero en todo caso favorecidos por la densidad poblacional del ambiente urbano, que hubiera permitido la confluencia e interacción de intereses plurales y contradictorios en un intercambio fecundo.
Se ha relacionado la presencia de lo “uncanny” en la literatura moderna con el germen inquietante de la destrucción, al señalar que lo fantástico en la literatura es también producto del colapso de formas tradicionales de sociabilidad ante el paso arrollador del desarrollismo, que acentúa el carácter abstracto e “irreal” de los poderes ocultos del capital multinacional dominante y convierte a la ciudad en un campo de fuerzas aparentemente azarosas, cuyo control escapa a sus pobladores. La presencia de lo fantástico en la literatura puertorriqueña no es tan escasa como suele creerse. Una de sus expresiones más hermosas se encuentra en una novela publicada en 1948: Los Vates, de Tomás Blanco, texto que se posa oblicuamente en la extraña influencia de las fiestas en honor al santo patrono de la ciudad, las cuales dan pie a toda una figuración sobre la pluralidad cultural:

“Una vez en la playa de Punta Alcatraz, los tres gravitaron hacia el centro del bureo; donde a la luz de las fogatas, bajo la gran burundanga antillana entreverada de modernidad y cristianismo, reverdecían antiquísimas supersticiones y los viejos ritos paganos del solsticio. “

La presencia de fuerzas remanentes de ideologías y formas de vida soterradas en la uniformidad estéril de la ciudad industrial seduce a Sylvia Rexach en su “Luna sobre el Condado”, además de rozar la voz de Francisco Matos Paoli cuando invoca la bahía, llamándola “abeja de clausura de San Juan Cordero” en su "Canto a Puerto Rico", para no hablar de su misteriosa huella en el canto extático que dedicó Pedro Salinas al mar que rodea la ciudad.

Rota la escala peatonal por un desarrollo sujeto a la velocidad del automóvil, los espacios de la sociabilidad se mueven de las plazas y los cafés en dirección a los malls y a las playas y con ellos el limitado y fugaz encuentro de códigos diversos. El más connotado de los “flaneurs” contemporáneos, Edgardo Rodríguez Juliá, en su recorrido de las playas de Isla Verde, donde contempla un variado muestrario de clases sociales, se detiene ante la obra de un artista playero que habilita, a la manera del bricoleur mítico de Levi Strauss, un volkswagen transvestido en objeto sagrado. En “La ciudad que me habita”, Magali García Ramis elogia la solidez del Viejo San Juan en contraste con las pérdidas que hacen de Santurce un espacio mutante, evocando en la mano de una mujer de otra época la presencia de un tiempo lento, palpitante en las fuerzas atávicas que sobreviven en la modernidad. De forma comparable, en la ciudad chatarra asfixiada de desperdicios y abandono, Ánjelamaría Dávila adjudica a la mirada del poeta la potestad de materializar la belleza de la rosa.

La segregación del espacio urbano en sectores aislados como casonas condenadas y sometidas por los descendientes del automóvil villano de "Redentores", imposibilita la confluencia de los campos de fuerza descritos por Blanco. Como señaló en un lúcido pasaje de sus memorias José Luis González:

“Más de una vez he pensado que mientras mi amiga Nilita Vientós Gastón escribía su libro sobre Henry James en su casa biblioteca de la calle Cordero en Santurce, a unas cuantas cuadras de esa casa, en la calle Calma para no ir más lejos, los tambores y las gargantas de sus vecinos expresaban “en lengua” una Weltanschaung popular que nuestra literatura culta casi nunca ha sabido ni querido recoger. Y conste que tan puertorriqueño me parece el interés de Nilita por el gran novelista norteamericano —¡no habrá de parecérmelo a mí, que tanto le debo como narrador a Ernest Hemingway!— o el de Margot Arce por Garcilaso de la Vega, como el de Ismael Rivera por la lengua que realza sus espléndidos soneos. Todo eso, no se engañe nadie pensando lo contrario, es lo que nos hace ser lo que somos los puertorriqueños.”

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