sábado, 4 de octubre de 2014

San Juan en la literatura (4)


 
 
La ciudad letrada: institucionalización de la capital colonial
Si la ciudad del mito y la leyenda, uno de los lugares de la memoria colectiva, cuenta ya con varios siglos de existencia a fines del siglo 18, la ciudad letrada, ágora abierta a la libre expresión de sus ciudadanos y sede de instituciones, apenas comienza a sustentarse en el siglo 19. Es una ironía que el producto de un acto de violencia oficial signifique la introducción del instrumento de la cultura letrada:

La más antigua empresa editora que funcionó en el país lo fue el propio Gobierno de la colonia, el cual, bajo el mandato del gobernador don Toribio Montes, determina en 1806 la expropiación de la imprenta que trae consigo en dicho año un refugiado francés de nombre Delarue y dispone su inmediato aprovechamiento y organización funcional, como dependencia directa del Gobierno....

El primer director de dicha imprenta, el gallego Juan Rodríguez Calderón, no perdió la oportunidad de publicar un poemario propio, Ocios de la juventud, y fue ese según Rivera de Alvarez, “el libro de mayor antigüedad que se sepa hasta la fecha que haya salido de prensas en Puerto Rico”.   Sobre este personaje contrabandista de negros, versificador cortesano y empresario inescrupuloso, cuenta Tapia una anécdota que contiene los elementos de una novela. Rodríguez Calderón desembarcó en Filadelfia con un cargamento de esclavos “y pasó o trató de pasar los negros en carros cubiertos por aquel estado”. Sorprendido por las autoridades, se salvó por un pelo de la horca y regresó a Puerto Rico, donde escribió un poema que merece leerse, pues incluye tópicos que persistirán en los cantos a Puerto Rico de Gautier Benítez:
No se ven en tu tierra
Los reptiles mortíferos fatales,
Cuyo tósigo encierra
Los más funestos males;
Y que en el Continente
Son el más inminente
Peligro del pacífico aldeano...

Tras las guerras de independencia en América Latina, las Antillas españolas, salvo en breves y accidentados períodos liberales propiciados por los regímenes constitucionales de la Península, se vieron sometidas a un régimen autoritario que Betances caracterizó con la frase siguiente: “España no puede dar lo que no tiene”. Si en la misma España no llegaron a desarrollarse plenamente las instituciones civiles de la burguesía y la clase obrera, en las colonias el irracionalismo totalitario fue llevado a la desmesura. La práctica de la censura, que documenta Tapia en sus Memorias, adobó el caldo nutricio de esa ciudad letrada, comparable a una marisma alucinante de la cual surgió y en la cual se hundía ocasionalmente como un castillo de espantos. Sin embargo, favorecidos por la institucionalización que exigía la política de desarrollo impulsada por la metrópoli desde el siglo 18 y el surgimiento de una clase de profesionales letrados que soñaban con sus propias instituciones, se fundan algunos espacios culturales como la Sociedad Económica de Amigos del País, además de librerías y pequeñas editoriales. Rivera de Álvarez menciona en su recuento de estas últimas a la Tipografía Fraternidad, fundada en 1821 por Julián Blanco, abuelo del periodista y político del mismo nombre. Le siguen a lo largo del siglo la imprenta y librería de Dalmau (1836), denominada luego imprenta de Gimbernat y Dalmau, de cuyas prensas sale en 1843 el primer Aguinaldo puertorriqueño, colección de narraciones y poemas escritos por “hijos del país” y peninsulares. A partir de 1857, el viejo taller de Dalmau se convierte en la Imprenta y Editorial de Acosta, y es ahí donde se imprimen, con la colaboración del escritor y tipógrafo Pascasio Sancerrit, los Almanaques aguinaldos que se publican hasta 1880, a los cuales se suman los trabajos de erudición del propio Acosta, incluyendo su edición anotada de la Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, de Abbad y Lasierra. Ya para esa época se distinguía el establecimiento de González, luego Imprenta y Librería de José González Font, con un extenso catálogo de publicaciones, entre ellas todos los libros de Alejandro Tapia que se publicaron en el país. 
Digna de atención es la editorial hermana del semanario satírico El buscapié, fundado por Manuel Fernández Juncos en 1877.   Empresas pequeñas como ésta consolidaban gestiones y mecanismos para la creación, producción y distribución del libro. La editorial de El buscapié, por ejemplo, publicó y promovió en forma de libro los artículos de sátira social del mismo Fernández Juncos (Costumbres y tradiciones) previamente difundidos en el semanario, además de libros de otros autores y de la Revista Puertorriqueña.

La cultura del libro comienza a manifestarse con renovado ahínco en el último tercio del siglo, sobre todo a partir de 1870, cuando se permite la fundación de los partidos políticos en la isla y ciertas manifestaciones, siempre frágiles, de libertad de expresión. En 1876 se fundó en San Juan el Ateneo Puertorriqueño, institución posibilitada por una estrategia de los partidos metropolitanos que inevitablemente repercute en la vida cultural de Puerto Rico. Ya no era posible justificar un despotismo absoluto tras el crecimiento de las fuerzas liberales que llevaron a la breve, pero influyente gestión de la Segunda República española, aunque no fuera completa la concesión de libertades, pues siguieron vigentes las facultades omnímodas y quedan en el subconsciente colectivo los compontes ejecutados contra el Partido Autonomista en 1887, más aplastantes que la represión siguiente al Grito de Lares en 1868.

La fundación del Ateneo es un hito en la institucionalización de la cultura letrada: facilita la apertura de un espacio civil para una actividad intelectual que hasta entonces había subsistido amarrada por la censura, desde el exilio o desde el clandestinaje, impedido su desarrollo por la ausencia de un sistema de instrucción pública que no alcanzaban a subsanar los establecimientos privados, entre ellos la escuelita del maestro tabaquero y alfabetizador Rafael Cordero, situada en la calle Luna, bajo un trozo de cielo que Tapia bautizó cariñosamente “el cielo del maestro Rafael”.
La importancia del Ateneo fue valorada por el más destacado de los presidentes de la institución en esta primera época, Manuel Elzaburu, traductor de poetas franceses, abogado, ensayista e investigador. Conocedor de Talleyrand y estudioso del método positivista para el estudio sistemático de las sociedades y las artes, Elzaburu señaló en una de sus conferencias que entre 1831 y 1876 se habían publicado en Puerto Rico alrededor de cien libros. En contraste, durante la primera década del Ateneo, de 1877 a 1886, aparecieron publicados en el país 155 libros, lo que Elzaburu atribuye en buena medida a las conferencias, sesiones literarias y certámenes auspiciados por la institución, amén de la biblioteca que ya empieza a formarse y que cuando se publicó su primer catálogo en 1897 constaba de más de mil volúmenes.   Hombre visionario precisamente por su conocimiento del momento histórico que atraviesa la isla, describe con cuánto pesimismo fue acogida la fundación del enclave libresco:

El objeto al que hemos querido dedicar nuestra actividad es el interés más grande de hoy en los más cultos pueblos de la tierra... eso podemos decir a los que protestan la dureza del clima para ocultar su falta de vigoroso aliento; eso podemos decir nosotros que hemos emprendido esta obra para nuestra cultura, según se nos decía, anticipada, para nuestro estado de atraso, inverosímil, para nuestro suelo, según se nos apuntaba, exótica, y la hemos visto nacer, y vemos cómo se aclimata y subsiste con esperanzas de larga vida...
El interés en rescatar el terruño mediante las herramientas del conocimiento científico demandaba la constitución de acervos, prácticas y normas académicas en un país desprovisto de academias y amparado en el clandestinaje del contrabando y la jaibería política. La gestión del Ateneo, aunque vigilada por las autoridades censoras, significó, no obstante, la expresión institucional de la cultura letrada criolla, y por lo tanto la reducción del nomadismo precario que hasta entonces la había caracterizado, al potenciar la apertura pública del espíritu erudito, hasta entonces limitado prácticamente a la compilación documental de la Biblioteca histórica de Tapia y los trabajos de Acosta. No es accidental que una de sus gestiones iniciales haya sido premiar la primera bibliografía puertorriqueña, compilada por el mayagüezano Manuel María Sama.

La mirada retrospectiva desde la ciudad letrada echa los cimientos de una visión patriótica, tanto en el discurso de adhesión superficial al orden de la colonia expresado por los liberales reformistas como en el de los criollos independentistas. Exponente del primero es toda una familia de poetas, los Benítez. María Bibiana Benítez, la matriarca del núcleo familiar, es autora de un curioso ensayo teatral donde la fantasía mítica vence al dato histórico de la invasión de los holandeses en 1625. Lo notable es que el reconocimiento del héroe criollo Amézquita, funciona como una especie de escritura en palimpsesto, disminuyendo la carga explosiva de la expresión de una identidad local bajo ostensibles manifestaciones de lealtad a la Corona española:
Ya mi pecho está calmado
Y tan sólo queda en él,
La imagen querida y fiel
de mi Amézquita adorado.
Mañana vendrá el instante,
el instante, sí vendrá,
en que mi patria será
Puerto Rico la triunfante.
Sí, Amézquita, ya me enseña
su eterno buril la Gloria
que en ti principia la historia
de la tierra borinqueña.

Alejandrina Benítez, sobrina nieta de María Bibiana y madre de José Gautier Benítez, es la otra lírica que, en unión a Lola Rodríguez de Tió, configura la primera trilogía de mujeres poetas notables en la historia literaria puertorriqueña. Existe una continuidad entre la escasa obra de Alejandrina y la poesía de su hijo, evidente en el poema en prosa “Canto a Puerto Rico”, donde la poeta se aproxima a la ciudad nostálgicamente, como si lo hiciera desde un exilio impreciso, adelantándose al tono acuciante que marcó lo mejores momentos de Gautier:
¡Blanca ciudad que te elevas de las ondas como un cándido lirio de los frescos prados! ¡Perfumado oasis de verdura, que pareces colocado por la mano de Dios entre las revueltas olas, para recordar al navegante la tierra prometida después del azaroso torbellino de la humana existencia!

Fue precisamente Gautier el poeta por excelencia de la ciudad en el siglo 19 y uno de sus máximos mitificadores. Si bien el tópico del jardín del edén llega, como la viruela, con los conquistadores, la variante insular criolla se forja en la literatura del 19, particularmente en la escritura de Gautier, que incita, en su constante aproximación de los términos isla/mujer virgen, a una lectura sentimental del paisaje, donde se oponen las virtudes de la naturaleza y de la paz civil a los “peligros” de la vida ciudadana y las revoluciones. No olvidemos que en vida de Gautier la imagen y el nombre de la isla se confunden con los de la ciudad; en todo caso ni la una ni la otra  se han contagiado con el ritmo de la urbe “moderna”. Aunque en la visión gauteriana de la capital colonial resuene el eco de cierta calma voluptuosa, no asoma en ella el denso cuerpo de la masa fascinante que sirvió de tema a Baudelaire y de musa a la moderna poesía urbana. La ciudad de Gautier es un recinto cerrado e incorruptible; virginal, en suma:

Puerto Rico, patria mía,
la de blancos almenares,
la de los verdes palmares,
la de la extensa bahía;
¡Qué hermosa estás en las brumas
del mar que tu playa azota,
como una blanca gaviota.
dormida entre las espumas!

Gautier escribió sus más sentidos versos a la ciudad patria desde el exilio, durante una breve estancia en Madrid. Textos importantes de la literatura puertorriqueña se han escrito en esa situación de distanciamiento apasionado. Ausentes de la isla escribieron Hostos, Lola, Betances y Antonio Cortón en el siglo pasado, el mismo Tapia en ocasiones y el “excéntrico” Luis Bonafoux. Las transformaciones provocadas por los movimientos migratorios de este siglo, profundizan aún más esa dimensión a un tiempo cosmopolita y comprometida con una reapropiación de los orígenes a través de la literatura.
No importa que el escritor hable desde el exilio o en la isla, conviene destacar dos tendencias de la literatura puertorriqueña en su relación con la ciudad. Por una parte la óptica idealizadora que representa la lírica gauteriana, cuyos tropos rebasan el tiempo histórico para fijar una presencia mítica de la ciudad patria como Arcadia tropical. De otra, el humor negro de la sátira, corriente que puede rastrearse a la citada carta de López de Haro, y que invierte la anterior al ser un reflejo paródico de la imagen de la ciudad jardín. Un texto de Tapia suscribe esa visión caótica de la ciudad:

“Esto aconteció con la pobre Sanjuanópolis. Supóngase el lector que la situaron en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua corriente y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen; y para mayor desgracia suya, eran tales los asaltos de corsarios y otros enemigos extranjeros, que hubieron de considerar los vecinos de antaño, como salvación, las murallas con que se vieron precisados a cercarla.
....
(Cuando) veía disputarse y pujar como en subasta para llevarse una destartalada habitación, cual si se tratase de una mansión olímpica, porque no había casas; etc., etc., concluyó por decirse: “Pero, señor... ¡Qué diablo de ciudad es ésta que todo lo tiene: pulgas, sabandijas, zánganos, patios húmedos, agua de aljibes, (sucios hoy, mañana secos), letrinas horribles, focos de infección y de otras cosas, y no tiene casas?”

El loco de Sanjuanópolis presenta un corte transversal de la típica casa capitalina, con los zaguanes, plantas bajas y corrales habitados por familias obreras y las plantas superiores por familias de clase media, a la vez que revela los prejuicios de una clase letrada que, intentando establecer diferencias a pesar de la miseria y la necesidad que le pisan siempre los talones, deplora “esa mescolanza de clases tan desacertada, en que los de abajo no mejoran y los de arriba pierden”. 
Pareja intención satírica anima los artículos y crónicas de Federico Asenjo, Fernández Juncos y algún escrito de Manuel Alonso. Extremista de la sátira, Luis Bonafoux levantó un avispero con la publicación de “El carnaval de las Antillas”, un artículo cargado de racismo que, sin embargo, comprueba, sin proponer sus virtudes, la fuerte presencia africana en la vida social de la ciudad y que por eso mismo ofendió a los liberales, propulsores de una puertorriqueñidad distante del espíritu de Cangrejos:

“La gente que allí se dice de color celebra asimismo el Carnaval, teniendo el baile un lugar preferente en las diversiones de aquellos danzantes que nacen con la pierna derecha en actitud de bailar y mueren con la pierna izquierda en idéntica actitud.“
Para Manuel Fernández Juncos, fundador de la Revista Puertorriqueña, una de las publicaciones literarias más cosmopolitas del diecinueve insular, la nostálgica evocación propia del cuadro de costumbres criollista queda desplazada por la ironía volteriana como instrumento de crítica ante las absurdas situaciones del subdesarrollo, ejercicio del periodismo literario que ya entonces estaba arraigado en un recurso cotidiano de los puertorriqueños: enfrentar la violencia y la insensatez con la lógica del humor.

Fernández Juncos describe vívidamente los hitos de la ciudad y su vida social: la Plaza de Santiago, hoy de Colón, lugar de tertulia en los intermedios del vecino teatro y escenario de juegos infantiles; el inexistente o ya entonces desaparecido Jardín Botánico en el Paseo de la Princesa; el Teatro Municipal, que lleva el sello característico de la época en que se construyó, descrito como lo haría en su libreta de apuntes un curioso e impertinente viajero:

“Puerto Rico.—Teatro.—Edificio en forma antigua y particular, término medio entre convento y fortaleza, que ofrece a la vista del observador el caprichoso conjunto de una gran jaula con honores de polvorín”.

Como una mole igualmente marcada por la ideología de sus edificadores, pero corrompida además por la decadencia moral de sus ocupantes, caracteriza Federico Asenjo una de las estructuras oficiales que rodean a la Plaza de Armas:
“En esto de edificios públicos tengo yo una opinión un tanto estrambótica; figúraseme que son como la parte física, que se resiente del estado moral en que se encuentran las Corporaciones que los ocupan. Allá tienes la Intendencia, o sea la Casa del Tesoro Público. Esbelta fachada del orden compuesto, pero que, en el abandono y suciedad en que se encuentra se asemeja a uno de esos ricos arruinados que conservan los raídos trajes de su pasada opulencia.”

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