miércoles, 16 de julio de 2008

Que no me vengan con paraísos



Lucyblell
(Juan Carlos Quiñones)



Ten paz. Ya estás aquí. Este es tu lugar final. Yo puedo decir tus palabras, como una cotorra, o puedo hacerme cargo. De tus palabras. Observa: tú dices suéltame. Yo digo suéltame y adquiere un significado mayor. Tú quieres que yo te suelte de esas amarras y yo quiero que tu me sueltes de estas amarras de lenguaje y esto es enfermo. Tú no me ayudas y yo casi no te ayudo. Calla. Haz el silencio ahora. Luego llegará el héroe que te salve o no. Nuestra relación es desigual. Asimétrica, diríamos si fuéramos dos. Tú estás amarrada, a la vida por ahora y a esta cama por ahora. Yo te prometo una flor violeta y la muerte, que son lo mismo. Escucha, que para esto y tu flor estoy:


(lo que hace una mano, ayudada por otra)


Un cuerpo es el invento de una mano, y ya una mano es la metonimia de un cuerpo. Una mano se mueve y ¡zas! aparece una escritura, o un tajo o sí, también un cuerpo que tiene entre sus pertenencias naturales una mano. Una caricia es el recorrido de la piel que hace una mano por ese territorio incógnito que es un cuerpo, que lleva una mano a rastras como la cola de un animal terrestre dialogando con el mar. Esto es un mar.

Lo indistinto. Donde todo se mueve y todo es todo y no hay que ser ni x ni y. De ahí, de ese mar, hay que sacar por la cola al animal profundo, resistente, que se indigna contra la fuerza de la indisolución. Sí, es una lucha. A muerte a veces. Mi lucha.

La caricia es un modo de la cartografía. La caricia recorre un territorio Más allá, mucho más allá de la seducción y el deseo. Esta palabra última no se repetirá, debido a su indigna facilidad. Igual lo es el tajo, el beso, el lenguaje. ¡Qué ciencia es esta!

Ahí está. ¿Lo ves oculto detrás de la neblina del lenguaje? ¿Lo ubicas más apartado del mundanal ruido? ¿Lo percibes? Un animal profundo. Una fuga que se escapa zas, dejando atrás la huella de una mano. Una mano que se cierra. Siempre. Sobre algo. Siempre se cierra sobre algo. Feuerbach, opacado por los vendavales de una teoría que se inventó como se fabrica un cuchillo. Un cuchillo, una bomba atómica tiene un destino inicial, siempre inocente. Ese destino siempre es radicalmente aburrido. Luego se tuerce la película y el cuchillo, la bomba atómica entra en el cuerpo equivocado. Un peluche, un cuchillo, el cuello de un cisne. El aire.

Mueren mil japoneses. Hiroshima, mon amour.

Mueres tú.

Dos inventos.

Existe un pasaje en Marx (¡tantos pasajes, tantos pasadizos, como culpar al pobre marx por hacer a regañadientes literatura!) en el que habla de un cuchillo. El está hablando con Feuerbach, y lo sabe. Un cuchillo no es lenguaje, pero es un objeto nombrable. Una mano no es el lenguaje pero sin mano no hay lenguaje, sin lenguaje no hay mano para nombrarla.

Matar no requiere de lenguaje. Es un gesto justo, preciso, por más torpe que sea, como una violación que siempre lleva al fracaso pero se dice, uno dice, él, ella dice, ya. Ahí está. No hubo lenguaje de intermedio.

Solo lo humano tiene la capacidad y la confusa disposición de asir el aire. O el agua. Solo lo humano ase el agua, hace el agua en la hechura de una capacidad que tiene un nombre inútil, como todos los nombres. Ahí, entre las manos, escurriéndose, anda el lenguaje. Escribe, cabrón, escríbeme.

Ahí está míralo, ese cuerpo pidiendo cuchillo, pidiendo mano, pidiendo lenguaje. Me enloquece. ¿Eso es un objeto? Un objeto es una piedra rodeada de agua. Lo distinto nadando en lo indistinto. Hagamos.

Hazme, con tu muerte de lo distinto a lo indistinto, como un ritual.

Yo no te entiendo. No entiendo tu silencio. Otra vez.

Calla. Nadie aquí ni en ningún sitio sabe tu nombre. Amarrado él, amarrada tú.

¿Qué hago contigo?

(Foto: Frank Vélez Quiñones)

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